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viernes, 21 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 4: El Desafío de Helen: La Guardiana de Secretos

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  A las diez en punto, Agatha entró en el dormitorio de Helen con la inquietud marcándole el paso. La joven aún dormía profundamente, ajena al mundo. Al descorrer las cortinas, Agatha se quedó gélida: frente a la casa, un coche negro custodiaba la calle. En su interior, dos desconocidos apuraban el contenido de unos vasos blancs. «Quizá Helen no desvariaba con sus historias de espías», murmuró para sí. ¿En qué clase de intrigas andaría metido Lord Leonard?

—¡Arriba, dormilona! —exclamó Agatha, regresando al pie de la cama. —Déjame... —protestó Helen entre sábanas—, apenas he pegado ojo.

  Tras comprobar que Sharon también dormía —seguramente tras una noche de confidencias y travesuras—, Agatha inundó la estancia de luz y bajó al salón. Allí, impecable en su traje de raya diplomática y su eterna pajarita de lunares, Lord Leonard la esperaba como una estatua de elegancia. —¿Es que esas dos no piensan bajar a desayunar? —preguntó él, con una frialdad que contrastaba con el sol de la mañana.

—No las espere, milord. Duermen como troncos; seguro que anoche se les fue el santo al cielo charlando —comentó Agatha con una sonrisa cómplice antes de enfilar hacia la cocina. —Puede que sea así, pero me alegro —respondió él, aunque su mente ya empezaba a perderse entre legajos y sellos oficiales.

  Mientras Lord Leonard se sumergía en sus asuntos de Estado, el servicio —Remedios, Betty y Brilliz— entraron en el comedor de criados. Peel ya presidia la mesa con su habitual rigidez cuando Agatha, impaciente ante la parsimonia del grupo, rompió el aire con un palmetazo seco.

—¡Siéntense de una vez antes de que el estofado se enfríe más que el corazón de un prestamista! —sentenció Agatha, fulminando al grupo con la mirada mientras se limpiaba las manos en el delantal—. ¿Creen que el tiempo se detiene porque el señor esté ocupado con sus legajos y sellos oficiales?

Peel, impasible, se ajustó la chaqueta y comenzó a afilar el cuchillo de trinchar, ignorando el drama habitual de la cocinera. El aroma a estofado de buey y pudín de sebo llenaba el comedor de techos bajos, un contraste terrenal con el refinamiento silencioso de la planta de arriba.

—Remedios, deje de soñar despierta; Betty, enderece ese delantal, que parece que viene de una pelea; y Brilliz, si vuelve a arrastrar los pies de esa manera, pensaré que tenemos una alma en pena en el sótano —ordenó Agatha, dejando caer una montaña de puré sobre el plato del mayordomo—. Coman rápido, que los platos de Lord Leonard no se van a lavar solos cuando termine lo que está haciendo.

  Peel hizo amago de incorporarse para imponer orden, pero la mano firme de Agatha sobre su hombro lo devolvió a la silla de un golpe seco. Ella tomó asiento frente a él, clavándole una mirada cargada de intención.

—Y bien —dijo el mayordomo, entornando los ojos mientras recuperaba la compostura—. ¿Qué historia traes hoy entre manos para estar tan mordaz, Agatha?

  El tintineo de los cubiertos se detuvo en seco cuando una voz temblorosa cortó el aire.

—¿Podemos hablar? —soltó Brilliz. Su voz sonó pequeña, casi ahogada por el peso del techo bajo.

Peel abandonó su posición de hierro y suavizó el gesto. Dejó el cuchillo de trinchar sobre la mesa y asintió con una solemnidad casi paternal, esa que solo reservaba para los muros del sótano.

—Desde luego —respondió—. Aquí abajo somos una familia, Brilliz; estamos para sostenernos cuando el piso de arriba pesa demasiado. ¿Qué te ocurre? ¿Es que no te sientes a gusto entre nosotros?

  Agatha dejó de servir el puré y apoyó los codos en la mesa, escrutando a la joven. El silencio en el comedor de criados se volvió denso, a la espera de una confesión que amenazaba con enfriar el estofado definitivamente.

—Me siento bien, es una casa tranquila —respondió ella, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde del mantel—. Lo que no me gusta es ese coche. Siempre está ahí, apostado frente a la puerta. No sé si nos vigilan o si...

—Eso son imaginaciones tuyas —la cortó Peel con un gesto de desdén, volviendo a su plato como si quisiera enterrar el tema bajo el puré.

—¡No es cierto, no me lo invento! —insistió ella. La voz se le quebró en la garganta, una nota aguda que hizo que Remedios y Betty dejaran de masticar—. Lleva tres días ahí. El mismo motor apagado, los mismos cristales oscuros. Acechando.

  Peel clavó el tenedor en la carne con más fuerza de la necesaria. Agatha, que no le quitaba ojo, notó cómo la mandíbula del mayordomo se tensaba, revelando que, tal vez, él también lo había visto.

—Brilliz tiene razón —añadió Remedios, bajando la voz como si las pareces pudieran oírla—. Yo también lo he notado. Es más, cuando salgo a hacer los recados, siento que me pisan los talones.

Peel soltó una risa seca, un chasquido carente de humor que cortó el aire del comedor.

—Remedios, te estás volviendo una paranoica —la sentenció, sin levantar la vista de su plato—. Londres está plagado de coches negros y hombres con prisa; lo vuestro es pura sugestión.

—¿Sugestión? —intervino Agatha, dejando el cucharón sobre la mesa con un golpe seco—. El miedo no se inventa un motor en marcha a medianoche, Peel. Si la muchacha dice que la siguen, es que hay ojos donde no debería haberlos.

—No soy ninguna paranoica —replicó Remedios, sosteniéndole la mirada al mayordomo con una firmeza que no le conocían—. El otro día, en el mercado, estaba segura de que un hombre me pisaba los talones. Entré en el pub de una amiga y le pedí que vigilara mi cesta mientras yo me alejaba un poco. Ella vio cómo el tipo se agachaba junto a la compra fingiendo atarse los cordones. Me dio tanto miedo que volví en taxi. Y cuando llegué a casa y revisé la cesta… encontré esto.

  Remedios rebuscó en su delantal y depositó una mota oscura sobre el mantel inmaculado. Agatha se inclinó hacia delante, con la vista fija y la mandíbula tensa, mientras el aire en la sala parecía espesarse ante la mirada atónita del servicio. Peel dejó a un lado el tenedor, tomó el objeto con una delicadeza quirúrgica y lo giró lentamente bajo el resplandor de la lámpara.

—Un micrófono —dijo, con un tono ensombrecido por la sospecha—. Inútil, está destrozado.

—Pensé que alguien se estaba tomando demasiadas molestias por escucharnos —continuó Remedios con una chispa de orgullo en la mirada—, y no iba a consentirlo. Así que grité: «¡Vaya, un bicho en la lechuga!». Y lo aplasté con todas mis fuerzas. Si alguien estaba al otro lado, pensará que lo rompí por accidente, sin saber qué era.

Peel asintió, impresionado por la sagacidad de la mujer.

—Bien hecho, Remedios. Si me lo permites, me quedaré con el aparato para enseñárselo al Señor.

  Mientras el resto comentaba la jugada, Agatha se percató de que Betty permanecía estática, con la mirada perdida en algún punto difuso de la cocina. Su silencio pesaba más que las palabras de las demás.

—Betty —la llamó Agatha, captando la atención del grupo—. Es obvio que te pasa algo. Estás demasiado callada. ¿A ti también te han seguido?

Betty tragó saliva, nerviosa.

—No sé si debería decir nada...

—¿Qué dices, mujer? —insistió Peel, suavizando el tono—. Te lo repito: aquí abajo somos una familia y nos protegemos. Confía en nosotros, suéltalo de una vez.

  Betty tomó aire, jugueteando nerviosa con el borde de su delantal antes de empezar:

—Sucedió hace tres días, en mi tarde libre. Freddy vino a buscarme y, apenas empezamos a caminar, notó que algo iba mal. Un hombre nos seguía a corta distancia y aquel coche negro avanzaba a nuestro paso, como una sombra metálica. Freddy se puso tenso; llegó a preguntarme si me estaba burlando de él, si aquel tipo era algún pretendiente. Le juré que no lo conocía de nada.

Betty hizo una pausa, recordando el miedo de aquella tarde.

—Para forzar la situación, nos desviamos por un callejón y fingimos ponernos románticos. El tipo intentó pasar de largo, pero en cuanto estuvo a tiro, Freddy lo agarró por las solapas y lo estampó contra la pared. «¡Habla ya!», le exigió. El hombre, casi sin aire, preguntó si yo era la criada de Helen Spencer. Cuando asentí, soltó el mensaje: «Nos pondremos en contacto pronto; prepara el paquete».

  Las mujeres en la cocina se miraron, pálidas. Betty continuó, con la voz quebrada:

—En ese momento apareció un segundo hombre. Freddy me gritó que corriera, que buscara un taxi y no mirara atrás. Lo hice, pero al girarme vi cómo los dos se ensañaban con él. Freddy se defendía como un león, derribó a uno, pero el otro sacó una barra de hierro y se dispuso a golpearlo por la espalda. Entonces, de entre la niebla, surgió una cuarta figura. Fue un visto y no visto: un golpe certero y el atacante cayó al suelo como un fardo.

Betty levantó la mirada y señaló directamente al final de la mesa.

—Ese hombre, el que salvó a Freddy... era Peel.

  Las mujeres clavaron sus ojos en el mayordomo, mudas de asombro. Las preguntas se agolpaban en sus mentes, pero nadie se atrevía a romper el hechizo. ¿Qué hacía Peel en aquel callejón? ¿Por qué se movía como un fantasma entre la niebla?

—No quiero que pienses que soy una desagradecida —continuó Betty, rompiendo el silencio—. Aprecio de corazón lo que hiciste por Freddy. Pero te marchaste tan rápido como llegaste, camuflado por la oscuridad, sin darme tiempo a darte las gracias. Como aquí en casa no dijiste ni una palabra al regresar, decidí guardar el secreto.

  Peel se irguió en su silla, recuperando su habitual compostura.

—No hay nada que agradecer, Betty. Solo cumplía con mi deber. Estoy en esta casa para protegerlos a todos.

—¿Cómo? —¿Qué estás diciendo? —saltó Agatha, indignada—. ¿Qué clase de tontería es esa?

—No es ninguna tontería, Agatha. Es la realidad —sentenció él con una frialdad que les heló la sangre—. Y espero que todas sepan guardar el secreto, por su propio bien y, sobre todo, por el de la joven Helen.

  Remedios palideció mientras procesaba las piezas del rompecabezas.

—Así que lo que dijo aquel tipo... lo del paquete... no era una invención. Es cierto.

—Es cierto, Remedios —admitió Peel—, aunque todavía no sabemos qué es exactamente ese "paquete".

  Fue entonces cuando Remedios se inclinó hacia delante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de sospecha:

—¿Qué es usted, Peel? ¿Es de la policía... o acaso viene de Scotland Yard?

—Soy guardaespaldas —sentenció Peel, con una naturalidad que heló el ambiente—. Me contrataron específicamente para proteger a la señorita. Ahora que lo sabéis, espero que todo siga como antes entre nosotros.

  Peel se recostó ligeramente en su silla, observando las caras de estupefacción. Se fijó en Betty, que parecía procesar la información a toda velocidad.

—Te conozco, Betty. Sé lo que estás pensando: «¿Qué hacía el mayordomo en ese callejón precisamente esa noche?». Para saciar tu curiosidad: cuando tu novio vino a buscarte, noté que aquel coche negro arrancaba tras de vosotros. Mi instinto se puso en alerta. Os seguí aprovechando la oscuridad y el amparo de las sombras. Cuando os vi entrar en aquel callejón, temí lo peor y me mantuve cerca, oculto en un portal para intervenir si era necesario.

  Peel esbozó una brevísima sonrisa de reconocimiento antes de añadir:

—Por cierto, Betty... tu novio es un hombre muy fuerte.

—¡Desde luego! —exclamó ella, recuperando el aliento con orgullo—. Practica lucha libre.

—Menos mal que tu novio sabe encajar los golpes —añadió Peel con una mueca seca—. Y suerte que no sacaron armas de fuego. Pero hiciste mal en no marcharte, Betty; si yo no hubiera estado allí, las cosas habrían acabado de forma muy distinta.

  En ese instante, un chasquido metálico y una luz roja en el panel de la cocina interrumpieron la confesión. Alguien llamaba desde el dormitorio de Helen. Peel reaccionó con la precisión de un resorte:

—¡Es la señorita! Betty, sube a ver qué necesitan. ¡Y ni una palabra de esto!

—No se preocupe, soy una tumba. No sabrá nada por mí, lo prometo.

  «Eso ya lo veremos», pensó Agatha para sus adentros mientras le ordenaba preparar una bandeja para dos; estaba segura de que Sharon no se habría movido del lado de Helen.

  Betty cumplió la orden a rajatabla. Al entrar en la habitación, encontró a las dos jóvenes sentadas entre las sábanas.

—¡Qué bien! Gracias por el servicio doble, Betty —dijo Helen, mientras la criada posaba la bandeja sobre la mesilla—. Pero te veo decaída... ¿te ocurre algo?

«¿Cómo es posible que lo note tan rápido?», se preguntó Betty, sintiendo un sudor frío.

—Todo está bien, señorita —respondió, sin mucha convicción.

—¿"Todo" qué? —insistió Helen con una sonrisa pícara—. ¿Te refieres a Freddy y a ti?

Betty suspiró aliviada. Si la señorita pensaba que era un asunto de faldas, mejor dejarlo así.

—A eso me refiero, sí. Somos muy felices, aunque me gustaría tener más días libres para estar con él.

Pero Helen no era fácil de engañar. Se cruzó de brazos y la miró fijamente.

—Sé que me ocultas algo, Betty.

—¿Qué podría saber yo que le interesara a usted, señorita? —intentó defenderse ella.

—Si no fuera porque frunces el ceño cada vez que me guardas un secreto, querida Betty, te creería. Anda, cuéntanos qué está pasando de verdad.

—Creo que no es más que una broma de alguien con ganas de enredar —comenzó Betty, tratando de recuperar la compostura—. Recuerde que hace unos días me dio la tarde libre para ver a Freddy. Pues bien, cuando iba a su encuentro...

  Betty hizo una pausa. Se sentía observada. Miró a Sharon y por un instante se distrajo con la extraña elegancia de la mujer, cuya presencia le resultaba vagamente incómoda, casi iridiscente bajo la luz de la mañana. Pero ya no podía dar marcha atrás. Helen la observaba fijamente, como si esperara que las palabras brotaran de las paredes de la habitación.

—Era un hombre alto —continuó Betty al fin—, de aspecto serio pero con una forma de hablar muy cordial... incluso atractivo, si me permite decirlo. Se acercó a mí con mucha cortesía y me preguntó si yo era la doncella de la señorita Helen Spencer, la hija de Lord Leonard.

  Helen dejó la taza de té a un lado, intrigada.

—Asentí, por supuesto —prosiguió la criada—, y entonces él me indicó que tenía un mensaje para usted. Me aseguró que era algo que solo usted, señorita, sería capaz de entender.

—¡Bueno, Betty! ¿A qué esperas para soltarlo? ¡Tanto rodeo me pone nerviosa! —exclamó Helen, perdiendo la paciencia.

  Betty tragó saliva, sintiendo el peso del secreto que aún guardaba bajo la lengua.

—Ya verá, señorita... El hombre me aseguró que se pondría en contacto con usted muy pronto y que debían tener listo «el paquete».

Helen arqueó una ceja y, con una frialdad que descolocó a la criada, se encogió de hombros.

—Si eso es todo, Betty, puedes retirarte. No tengo ni idea de qué hablas.

  Betty asintió, aunque la confusión le nublaba el juicio. Había cumplido con su deber de entregar el mensaje sin desobedecer del todo a Peel —ya que no había mencionado la pelea ni la sangre—, pero sentía que se marchaba dejando una bomba de relojería en la habitación. Helen fingía desinterés, pero sus dedos jugueteaban nerviosos con la sábana.

  Mientras tanto, un piso más abajo, la parsimonia británica saltó por los aires. Peel irrumpió en el despacho de Lord Leonard sin llamar, con la respiración contenida y el rostro encendido por la gravedad del asunto. El noble levantó la vista de sus informes, estupefacto ante tal falta de protocolo.

—¿Qué ocurre, Peel? ¿A qué viene esta entrada? —preguntó Lord Leonard, dejando la pluma suspendida en el aire.

—¡Lo que sospechábamos, señor! —exclamó Peel, dejando el micrófono roto sobre el escritorio—. Siguen al servicio... se lo metieron a Remedios en la cesta de la compra. Ella lo destrozó, pero es la misma tecnología que encontramos en el salón. Estoy decidido a averiguar quién mueve los hilos, aunque los informes externos siguen en blanco.

  Lord Leonard suspiró mientras se masajeaba las sienes con cansancio.

—Quizá el desenlace de esta noche nos arroje la luz que tanto necesitamos, Peel.

—¿A qué se refiere exactamente, señor?

—Helen y Sharon cenarán con dos caballeros —respondió Leonard con una media sonrisa—. Y uno de ellos es, nada menos, que un inspector de Scotland Yard.

—Tengo mis reservas, señor... —Peel comenzó a recoger el micrófono destrozado con la mano enguantada como si fuera un insecto muerto—. Mis contactos en los bajos fondos no guardan simpatía alguna por Scotland Yard. Me preocupa que, al abrir la puerta a la ley, las jóvenes queden expuestas a una investigación que escape de nuestro control.

—Ha llegado el momento de confiar en los demás, Peel —el señor suspiró, clavando la mirada en los cables retorcidos que aún colgaban de la mano del mayordomo—. ¡Aceptar ayuda no es una derrota, es una estrategia!

  Peel asintió, aunque el gesto le pesaba en los hombros.

—Señor, yo también he tenido que mover ficha. Mi anonimato entre el servicio se ha quebrado; Betty me descubrió la otra noche, cuando tuve que intervenir para sacar a su novio de un aprieto.

—¿Confías en ellas para un asunto de este calibre, o nos estamos excediendo? —preguntó Lord Leonard, clavando su mirada en él.

—Descuide, señor. Pondría la mano en el fuego por su fidelidad. Es el momento de que nos demuestren que son capaces de estar a la altura de las circunstancias.

Lord Leonard guardó silencio, sopesando la apuesta de Peel. Finalmente, bajó el tono de voz.

—Está bien. Dime una cosa: ¿sabes qué le dijo ese hombre a Betty?

—Al parecer, el mensaje era directo: «Nos pondremos en contacto pronto; prepara el paquete». ¿Sabe usted, señor, a qué se refería con eso del paquete?

—No tengo nada más que decirte, Peel —sentenció Lord Leonard, poniéndose en pie—. Ya veremos qué ocurre esta noche. A partir de ahora, extrema las precauciones al seguir a las señoritas; mantén los ojos bien abiertos. Me retiraré a mi habitación a trabajar; no quiero que nadie me moleste.

  Peel asintió en silencio y abandonó el despacho. Al llegar a la cocina, se encontró con Agatha a solas. La mujer lo midió con la mirada antes de soltar un suspiro cargado de ironía.

—¡Vaya, hombre! Me equivoqué de medio a medio con usted, si es que ese es su verdadero nombre.

—Efectivamente, Agatha. Peel es mi nombre real.

—He vivido con el corazón en un puño por Helen —confesó ella, dejando un paño sobre la mesa—, y ahora resulta que tenía un guardaespaldas pegado a los talones. ¿Lleva mucho tiempo en esto?

—Desde que regresó de su viaje a España. Me contrataron para asegurar su integridad y decidimos que lo más eficaz era infiltrarme en el servicio como mayordomo.

  Agatha bajó la cabeza, algo avergonzada.

—Y pensar que le he hecho la vida imposible desde que llegó...

—No se preocupe —respondió Peel con una nota de calidez inédita—. Lo entiendo. Usted es la ama de llaves; de pronto le quitan responsabilidades y, para colmo, un extraño ocupa el lugar que antes tenía su marido. Comprendo perfectamente su incomodidad.

—¿Alguna vez me perdonará por todo lo que le hice pasar? —preguntó Agatha, con una nota de arrepentimiento que rara vez se permitía mostrar.

Peel le dedicó una inclinación de cabeza, casi solemne.

—Todo olvidado, Agatha. Agua pasada.

La mujer se acercó un paso más y bajó la voz; la rigidez de ama de llaves se desvaneció para dar paso al tono de una madre.

—Dígame la verdad, ahora que estamos en confianza... ¿Qué le pasa a mi niña? ¿En qué lío se ha metido Helen?

  Peel suspiró, dejando que la fatiga asomara por un segundo en sus ojos.

—Esa es la pregunta que le quita el sueño a Lord Leonard. No lo sé con exactitud. Mis vigilancias confirman que un coche negro no le quita el ojo de encima, y he detectado otros vehículos camuflados que rotan para no llamar la atención. Son profesionales, Agatha. Pero todavía no he podido averiguar quiénes son... ni qué demonios pretenden conseguir de ella.

—¿Y se encuentran ese «paquete» del que hablaba Betty? —preguntó Agatha, con la inquietud grabada en el rostro.

—Es posible —admitió Peel—, pero la única que tiene la respuesta es la señorita.

—Pes iré a hablar con ella para ver qué puedo sonsacarle.

  Peel la detuvo con un gesto severo.

—Mi deber es pedirte que no te entrometas, Agatha. Recuerda la reprimenda que te llevaste cuando enviaste aquel telegrama a Sharon sin consultar. Aun así... comparto tu curiosidad. Solo te pido que seas cauta. No preguntes directamente; espera a que ella hable. Si guarda silencio, no insistas.

—Una reprimenda no va a detenerme —replicó ella con firmeza—. Subiré a recoger el servicio y, de paso, soltaré un par de indirectas. Ya veremos qué pesco.

  Agatha entró en la habitación justo cuando Sharon le decía a Helen en un susurro cargado de veneno:

—Tu terquedad va a provocar una desgracia.

  Agatha dejó la bandeja con un ruido seco, rompiendo el momento.

—¿Podría saber a qué desgracia se refiere Sharon, Helen? —preguntó ella, con una calma inquisidora—. ¿Tiene algo que ver con ese coche frente a la puerta? Me resulta extraño que se haya puesto de moda vivir en un auto, en plena calle.

—¡Caramba! No me había dado cuenta... ¿Tú lo habías visto? —balbuceó Helen, intentando sonar casual.

—Es mejor que no contestes, Helen —la cortó la ama de llaves—, porque presiento que no vas a decirme la verdad. Sabes que soy como una madre; cuando te pasa algo, lo huelo. Sé que no has quitado el ojo a ese coche ni un segundo. ¿Qué quieren de ti esos hombres?

—No tengo ni idea de qué estás hablando —respondió Helen, aunque sus ojos seguían fijos en el cristal de la ventana, perdidos en el vacío.

—Ojalá pudiera creerte —suspiró Agatha—. Confía en mí, sabes que estoy aquí para escucharte y ayudarte en lo que necesites.

  Agatha permanecía rígida junto a la ventana, como un centinela, hasta que Helen se acercó y la apartó con un gesto cargado de ternura.

—Nanny, sabes que te quiero muchísimo —le dijo Helen con suavidad—, pero por favor, no te angusties así. ¡Escucha! Te prometo que, cuando volvamos de cenar, me sentaré contigo y te contaré todo lo que quieras saber. En cuanto a los tipos del coche... de verdad, no sé quiénes son ni qué pretenden.

  Agatha clavó entonces su mirada en Sharon, exigiéndole en silencio una explicación que pusiera luz a tanto misterio. Pero no obtuvo nada; la invitada parecía tan desconcertada como la propia Helen.

—Entonces —sentenció Agatha, soltando un as en la manga—, el asunto queda en manos de Peel. Esta misma noche se encargará personalmente de ir a hablar con ellos... o de llamar a la policía.

  Agatha sabía de sobra que Peel no daría un paso en falso sin órdenes, pero quería ver cómo reaccionaban. Si las chicas no soltaban prenda, quizás el miedo al mayordomo lo haría.

—¡Vaya! —exclamó Sharon con una pizca de ironía—. Qué valiente nos ha salido el mayordomo.

—No te burles, Sharon —cortó Helen con un tono inusualmente severo—. Peel es un hombre serio; si Agatha dice que va a intervenir, me parece bien. Quizá así esos tipos se larguen de una vez por todas.

  Sin esperar respuesta, Helen caminó con paso decidido hacia el armario, arrancó un vestido de la percha y se encerró en el baño. Apenas unos segundos después, su voz resonó desde el interior, cargada de una autoridad que no admitía réplicas:

—¡Prepárate, Sharon! ¡Nos vamos! Necesito aire fresco, Hyde Park... lo que sea. Siento que estas cuatro paredes se me echan encima; me asfixio aquí dentro.

  Sharon alzó las cejas, sorprendida por el arrebato de su amiga.

—¡Está bien, mujer! Iré a cambiarme.

  Se giró hacia el ama de llaves con una sonrisa forzada antes de salir de la habitación.

—Lo siento, Agatha, pero los planes han cambiado. Seguiremos hablando... en otro momento.

  Tras la marcha de Sharon, Agatha se sintió confundida; no había logrado nada, el asunto parecía realmente serio. Se quedó sola en medio del dormitorio, con el eco de las palabras de las jóvenes y el presentimiento de que, en lugar de aire fresco, lo que iban a encontrar en Hyde Park era un peligro mucho mayor.

  El trayecto hasta Hyde Park transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el rugido del motor. Una vez estacionaron, Sharon contempló el paisaje grisáceo con una mueca de desdén.

—¿Qué sería de Londres sin sus parques? —murmuró Sharon sin esperar respuesta—. Es una ciudad tan poco agraciada...

—Londres no se diseñó para la belleza, como París o Roma —respondió Helen mientras caminaban—, sino para el comercio. Nuestra arquitectura es sobria, casi utilitaria, pero mientras nos queden oasis como este, podemos darnos por satisfechas.

  Se acercaron al área de los oradores, donde los charlatanes y predicadores se desgañitaban sobre sus tarimas de madera. Helen se detuvo a escuchar un instante.

—No andan desencaminados —continuó ella—. Analizan las grietas que nos llevaron a la Gran Guerra del 14 y auguran que ya está germinando una todavía peor.

—No seas trágica —la interrumpió Sharon—. Yo tengo fe en nuestros políticos. ¿Acaso tú no?

  Helen soltó una risa seca, carente de alegría.

—¡No, Sharon! Muy pocos cuentan con mi beneplácito. Su política hace aguas por todos lados, como un calcetín viejo. Están más preocupados por sus sillones que por el destino del pueblo; para ellos, solo somos corderos esperando el turno del sacrificio.

—Vaya... deberías subirte tú también a una plataforma y dar un discurso sobre tu inconformismo —ironizó su amiga.

—No tengo vocación de mártir, Sharon. Les dejo ese trabajo a mi padre y a sus colegas del Parlamento. Pero que no sea política no significa que sea ciega a lo que nos rodea... como pareces serlo tú.

—¡Está bien, mujer! No voy a discutir de política contigo. Caminemos y disfrutemos de la naturaleza.

  Helen no respondió. Se dejó caer en el primer banco libre, absorta en el murmullo de las damas distinguidas que se mezclaba con los gritos ininteligibles de los mítines. Tenía la certeza de que la cena de esa noche marcaría un punto de no retorno en su vida. Mientras otros hacían oídos sordos a los nubarrones de guerra, aquellos oradores callejeros daban voz a una verdad incómoda.

  Miró de reojo a Sharon y se preguntó en qué bando encajaría ella cuando todo estallara. «Espero estar equivocada», pensó Helen con un escalofrío. «De verdad espero estarlo».

  Sharon, ajena a la gravedad del momento, extendió su pañuelo sobre la hierba con delicadeza y se sentó sobre él. No era fatalista; los discursos de los charlatanes le resbalaban como la lluvia. Ella prefería habitar en sus sueños quiméricos y sus ideales utópicos. Sin embargo, algo rompió su burbuja: la punzada de sentirse observada.

  Discretamente, Sharon buscó la mirada de Helen y señaló con un leve gesto de cabeza hacia un banco a su derecha. Allí, dos hombres las observaban con una fijeza gélida. La agradable belleza del parque se marchitó al instante.

—Vámonos de aquí —instó Sharon, poniéndose en pie de un salto.

  Caminaron a paso lento, fundiéndose entre la multitud pero sin separarse ni un centímetro, sintiendo el peso de aquellas miradas en la nuca. Una vez a salvo tras el blindaje de las puertas del coche, Sharon estalló:

—¡Helen, no puedo más! Tenemos que actuar. Voy a enfrentarme a ellos ahora mismo y averiguar qué demonios quieren.

—No te impacientes —la frenó Helen, manteniendo la calma—. Esperaremos a que anochezca. Habrá tiempo para lo que tengas que decir, pero no ahora. Si tuvieran el más mínimo interés en hablar, ya se habrían acercado.

—Me gusta sentirme libre —protestó Sharon, apretando los puños sobre el volante—. Saber que cuando salgo de casa soy una persona corriente, sin que nadie intente intimidarme.

Helen no respondió; se limitó a accionar el pestillo del coche, asegurándolo con un chasquido seco. Sabía que la libertad era un lujo que, estaba a punto de agotarse.

—Lo que pides es un imposible, Sharon: negarse a la realidad —sentenció Helen mientras el coche devoraba la distancia hacia casa—. No puedes salir a la calle esperando que el mundo no te afecte; si lo hicieras, acabarías encerrada en ti misma, como me ocurrió a mí. No te deseo el infierno mental en el que yo habito.

  Al cruzar el umbral de la casa, el silencio habitual había sido sustituido por un murmullo de voces graves. Betty apareció de inmediato para recoger sus abrigos y sombreros, colgándolos en el pesado perchero barroco del recibidor. Con un gesto cómplice, les informó de que Lord Leonard no estaba solo; había visitas en la biblioteca.

  Helen y Sharon intercambiaron una mirada eléctrica. «Vienen a por el manuscrito», pensaron al unísono.

  Entraron en la biblioteca, donde el aroma a cuero y tabaco flotaba en el aire. Lord Leonard, apoyado con elegancia en su bastón de empuñadura de marfil, permanecía junto a la chimenea observando cómo las ramas de roble se consumían entre chispas y resplandores. En el sofá, un hombre y una mujer de porte aristocrático sostenían sendas copas de Oporto, charlando con una confianza que denotaba años de trato.

  Al ver a su hija, Lord Leonard se irguió, recobrando su impecable compostura.

—Lo siento, querida. No te avisé de que tendríamos compañía; pensaba que almorzarías fuera —se disculpó, aunque sus ojos escudriñaban la reacción de Helen—. Permíteme presentarte a mis invitados: la señorita Margaret Bondfield y el señor Clement Richard Attlee, líder del Partido Laborista.

—Es un placer conocerles —respondió Helen, dibujando una media sonrisa de cortesía.

—El placer es mío, señorita Spencer —repuso Clement Richard Attlee mientras le estrechaba la mano. Era un hombre de rasgos enjutos, con un bigote castaño bien recortado y una calvicie que le daba un aire profesoral; de hecho, parecía más un erudito de despacho que un líder político. Sin embargo, tras sus gafas, sus ojos claros observaban con una precisión gélida. Su autoridad no residía en el volumen de su voz, sino en un silencio pausado, solo interrumpido por el rítmico chasquido de su pipa, que manejaba con la parsimonia de quien dispone de todo el tiempo del mundo para tomar la decisión correcta.

  Junto a él, la señorita Margaret Bondfield destacaba por una belleza curtida, de baja estatura, pero con una presencia que llenaba la habitación y un aire levemente masculino que delataba una vitalidad inagotable. Su voz, cálida y profunda, llenaba la estancia. Clement desvió entonces su expresivo rostro hacia el dintel de la puerta, donde Sharon permanecía apoyada, observando la escena.

—Y usted, señorita... Temo que no hemos sido presentados —aventuró Clement, sosteniéndole la mirada.

—Discúlpeme, qué descuido por mi parte —intervino Helen de inmediato—. Le presento a la señorita Sharon Hunter; nos honra con su compañía esta temporada.

—Un ángel, sin duda. Es un placer, señorita Hunter —murmuró él con una inclinación.

—Es usted muy amable, señor Richard —respondió ella, acompañando sus palabras con un leve y medido cabeceo.

Helen, detectando que el ambiente se volvía demasiado denso, intentó cortar la reunión:

—Siento que tengamos que dejarlos ahora que la charla se animaba, pero imagino que tienen asuntos pendientes...

  No terminó la frase. Peel entró en la biblioteca con una reverencia casi imperceptible, escoltando al Conde de Bewdley, Stanley Baldwin, el ex primer ministro. Su sola presencia era la personificación de la respetabilidad: de hombros anchos, rostro rubicundo y una mirada que transmitía la paz del campo inglés. Era el tipo de hombre que jamás daría un disgusto a su esposa; amable y buen padre, pero con una parsimonia que en esos tiempos de amenaza de guerra se antojaba carente de ese fuego que acelera el pulso.

—¡Conde de Bewdley! ¡Qué alegría que haya venido! —exclamó Helen con entusiasmo sincero.

—Siempre es un placer volver a esta casa, querida Helen —dijo Stanley con voz pausada—. Desde que dejé Downing Street no he tenido muchas ocasiones... Nos has sido de gran utilidad durante mucho tiempo.

—No se lo crean —bromeó ella—, no estaría aquí si fuera cierto.

—Tan audaz como de costumbre. ¿Saben? —dijo el Conde a los demás—. Con solo dieciséis años, Helen tuvo la valentía de señalarme mis propios errores. Me dijo que estaba demasiado absorto en minucias como para ver que Alemania extendía sus alas de buitre sobre sus vecinos. Creo, Margaret, que si la entrenáramos, sería la gran dama política a la que todos temeríamos en el Parlamento.

—Soy enemiga acérrima de la ociosidad —añadió Margaret con firmeza—. Me agrada ver espíritus renovadores en nuestras filas.

—Se lo agradezco, señorita Margaret —concluyó Helen—, pero la política se la dejo a ustedes. Aun así, cuenten conmigo para cualquier cosa que aporte estabilidad y progreso al Reino Unido. En eso, siempre estaré a su disposición.

—Y ahora que me fijo... ¿Quién es esta belleza? —preguntó el Conde, volviendo su atención hacia la joven que aguardaba junto a la puerta.

—Una amiga de la familia, Stanley: la señorita Sharon Hunter.

—¡Encantado, señorita Hunter! —exclamó él, entornando los ojos como si buscara un archivo en su memoria—. Hunter... Hunter... ¡Ah! Conozco a su padre; ¡es un arquitecto magnífico! Por cierto, ¿cuándo piensa regresar a Inglaterra?

—No tienen intención de hacerlo, señor —respondió Sharon con cortesía—. Se sienten muy cómodos con su nueva vida.

El Conde asintió, aunque se percibía una sombra de decepción en su rostro.

—En ese caso, cuando regrese a casa, dele mis saludos. Anímelo a que vuelva a Londres y venga a verme. Necesitamos hombres inteligentes como él en estos tiempos.

—Me temo que le gusta demasiado su trabajo en Washington —repuso Sharon—. Goza de gran prestigio allí; ha realizado proyectos para la Casa Blanca y no me sorprendería que terminara dedicándose a la política. Al parecer, ya ha trasladado todas sus pertenencias desde su antigua residencia en Roma.

—Es una lástima —suspiró el Conde—. Pero cada uno elige su destino. En cualquier caso, hágale saber que lo recordamos.

Helen, sintiendo que la red de conexiones se volvía demasiado estrecha, intervino para liberar a su amiga:

—Si nos disculpas, Stanley, estábamos despidiéndonos de los caballeros justo cuando llegaste. Os dejaremos a solas para que continuéis con vuestros asuntos de Estado.

—¡Un momento! —la detuvo el Conde con un gesto autoritario pero amable—. No te quitaré mucho tiempo, querida. Entiendo que hoy tienes una cita de suma importancia con Walter Gallichan y Edwin T. Woodhall.

Helen sintió que el aire de la biblioteca se volvía gélido. Aquellos no eran nombres de simples invitados; eran hombres que cargaban con el peso de los secretos más oscuros de Scotland Yard.

—Intuyo que mi padre no te oculta nada, Stanley —replicó Helen con una calma gélida—. Es cierto: Gallichan y Woodhall serán nuestros acompañantes esta noche.

Clement Richard se inclinó hacia delante, con los ojos brillando de curiosidad.

—Qué interesante, ¿hay alguna intriga? —preguntó Richard.

—¿Por qué tendría que haberla, Clement? —soltó Helen. La pregunta quedó suspendida entre ambos, pesada como un veredicto. Margaret Bondfield rompió el silencio con una risa seca, un chasquido de incredulidad que cortó el aire.

—Sé de buena tinta que Woodhall no suele cenar en compañía femenina. —terció Margaret, clavando la mirada en Helen—. Todos sabemos lo mucho que se violenta en nuestra presencia; lo digo por experiencia propia.

  Hizo una pausa deliberada, dejando que su escepticismo llenara el hueco.

—Se pone muy nervioso, por lo cual me extraña que aceptara cenar en compañía femenina. ¿Acaso es una orden directa del Alto Comisario, como fue mi caso, o es que están bajo investigación? ¿Cuál de las dos, señoritas?

Sharon, lejos de amilanarse, sostuvo el envite con una sonrisa audaz:

—Quizá haya oído que somos la cura para su timidez. O simplemente aceptó porque su amigo Walter se lo pidió.

—¿Conoces a Gallichan? —preguntó Margaret, arqueando una ceja.

—Perfectamente, señorita Bondfield. Es un hombre de mi entera confianza y, para más señas, un caballero impecable.

Clement Richard asintió, dando un sorbo a su Oporto.

—Es bueno que piense así, señorita Hunter. Ese hombre siempre nos ha resultado... extremadamente útil.

—Bueno, ahora que su curiosidad ha sido satisfecha —sentenció Helen con una elegancia gélida—, nos retiraremos. Les deseamos una agradable tarde.

En cuanto la pesada puerta de la biblioteca se cerró tras ellas, el ambiente se volvió denso y profesional. Clement Richard dejó su copa de Oporto y clavó la mirada en su anfitrión.

—Leonard, volvamos al asunto que nos ha traído hoy aquí —dijo Clement con voz grave—. ¿Has descubierto ya qué es lo que tanto nos preocupa de tu hija?

—Ya os lo dije: está pasando por un mal momento —respondió Lord Leonard, esquivando la pregunta.

Margaret Bondfield soltó una risa escéptica mientras se ajustaba los guantes.

—Nadie lo diría, Leonard. No parece estar tan "afectada" como sugieres. Al contrario, se la ve más aguda que nunca.

—Puede que te parezca inverosímil, Margaret, pero para mí también lo es —admitió Lord Leonard, apoyándose con cansancio en su bastón—. Y respecto a esa sospecha de si transportó desde España algo que no le pertenecía... no me ha contado nada. Tampoco creo que se lo haya confesado a su amiga; de ser así, Sharon me lo habría dicho.

Clement se levantó, dando por terminada la reunión.

—Esperamos que nos mantengas informados si descubres algo, Leonard. Por tu bien y el de todos. Ahora, si nos disculpas, Margaret y yo tenemos mucho trabajo por delante. Nos vemos mañana en el Parlamento. ¡Ah! Y felicita a tu cocinera; el refrigerio estaba exquisito.

  Lord Leonard llamó al mayordomo, quien ayudó a los invitados con sus abrigos y los escoltó hasta el coche que aguardaba en la entrada. Una vez que el eco de los motores se desvaneció, el silencio de la biblioteca se volvió asfixiante. Stanley se volvió hacia su viejo amigo con una mirada que no admitía más rodeos.

—No vas a decirme lo mismo que a ellos, Leonard —sentenció el conde—. Conozco a tu hija. Sé que es perfectamente capaz de traer ese paquete, esconderlo y entregarlo cuando le plazca. ¿Qué fue lo que la impulsó a hacernos el favor de introducirlo en el país?

—No te equivoques, Stanley —replicó Leonard con voz sombría—. Helen no le hizo un favor a nadie más que a nosotros y a la Corona británica.

  Stanley suspiró, apoyando las manos en el respaldo de un sillón de cuero.

—Leonard, sabes que siempre he confiado en ti y valoro tu lealtad por encima de todo, pero mi visita no es una cortesía social. Chamberlain me ha llamado personalmente; sabe que eres mi colaborador más fiel y está nervioso. Los españoles nos están estrechando el cerco. Insisten en que el paquete lo trajo tu hija y exigen su devolución inmediata.

  El conde se inclinó hacia delante, bajando la voz.

—Nos amenazan con abandonar su neutralidad y apoyar abiertamente a Alemania. Entenderás que, en el clima actual, eso es algo que no nos podemos permitir. Sería el desastre.

Lord Leonard guardó silencio, perdiendo la vista en el rescoldo de las brasas antes de hablar.

—Lamento las implicaciones, Stanley, pero te diré lo mismo que a él: ¿y si ella ya no lo tiene? —Su voz bajó de tono, cargada de una urgencia sombría—. ¿Qué demonios hacemos entonces?

—Scotland Yard la ha seguido desde que puso un pie en el puerto —reveló Stanley con gravedad—. Sospechan de sus contactos en España y saben que oculta información clasificada. Chamberlain me pidió que hablara contigo porque sabe que, si tú se lo pides, ella no podrá negarlo.

  Lord Leonard suspiró, derrotado por la evidencia.

—Está bien. Es cierto. No lo niego: ella lo tiene.

—Dámelo, entonces. ¿Podrías entregárselo a Chamberlain?

—¡Es imposible! —exclamó Leonard—. Helen ni siquiera me lo ha enseñado. Dice que lo ha puesto a buen recaudo, en un lugar que solo ella conoce.

  Stanley golpeó el suelo con su bastón, indignado.

—Tu hija está actuando con una temeridad absoluta, Leonard. Se está oponiendo frontalmente al Gobierno, y sabes perfectamente lo grave que es eso.

—No seas tan severo, Stanley. Cuando le sugerí entregarlo al consulado, ella temió que hubiera topos infiltrados. Cree que, si lo entrega allí, el paquete nunca llegará al alto mando español.

—No es tonta —admitió el conde—, pero debe dárselo al Primer Ministro.

—A mí no me escuchará. Tendría que ser el propio Chamberlain quien se lo exigiera en persona.

—Organizaremos un encuentro informal para no levantar sospechas —concluyó Stanley—. Pero dime... ¿sabes al menos qué contiene ese maldito paquete?

—Al parecer, se trata de un manuscrito y correspondencia privada.

—¡Vaya! Tanto estrépito por un montón de papeles viejos. Me marcho, Leonard, pero no lo olvides: prepara a Helen para lo que viene.

—Gracias por la visita, Stanley. Y la próxima vez, vuelve como amigo, no como mensajero de nadie.

  Stanley abandonó la mansión y subió a su coche oficial. Apenas habían avanzado un par de calles cuando el chófer miró por el retrovisor con el ceño fruncido.

—Señor, un coche nos sigue desde que salimos de casa de Lord Leonard. ¿Quiere que intente despistarlos?

—¡No, Blak! Deja que nos sigan —ordenó Stanley con una calma gélida—. Dirígete directamente al número 10 de Downing Street, a la residencia del Primer Ministro.

  Blak obedeció sin rechistar. Al detenerse frente a la famosa puerta negra, uno de los agentes de guardia se acercó al vehículo con paso firme.

—¿Le espera el Primer Ministro, señor? —preguntó, reconociendo de inmediato al pasajero.

—No exactamente —respondió Stanley—, pero me pidió que acudiera en cuanto tuviera noticias.

  El agente entró en la residencia y regresó casi al instante, abriendo la puerta del coche con deferencia.

—El Primer Ministro Chamberlain le recibirá ahora mismo, Conde de Bewdley.

  Antes de apearse, Stanley se inclinó hacia su chófer.

—Blak, regresa en quince minutos. Da un par de vueltas a la manzana y presta mucha atención a cada movimiento del coche que nos sigue. Quiero saber exactamente qué pretenden.

  Blak asintió con gravedad y arrancó de inmediato mientras Stanley cruzaba el umbral del poder. Una vez en el despacho, Neville Chamberlain levantó la vista de sus documentos, visiblemente sorprendido por la rapidez de la visita.

—¡Vaya, Stanley! Veo que me traes noticias puntuales sobre el encargo que te hice —dijo Chamberlain, señalando una silla frente a él—. Supongo que no vienes con las manos vacías.

—¡En efecto! —confirmó Stanley—. Sus sospechas eran certeras: Helen trajo el paquete de España.

—¿Lo has visto? ¿Qué contiene exactamente? —inquirió Chamberlain, inclinándose sobre su escritorio.

—Ni siquiera Leonard lo ha visto, señor. Ella se lo oculta. Al parecer, solo ha confesado que se trata de un manuscrito y correspondencia privada.

  Chamberlain golpeó la mesa con impaciencia.

—Leonard tendrá que convencerla de que nos lo entregue.

—Lo dudo. Conociéndola, no cederá fácilmente. Su actitud es enigmática; teme que el consulado español esté comprometido y que la información nunca llegue a manos limpias.

—¿El cónsul bajo sospecha? ¿Incompetencia o traición? —Chamberlain frunció el ceño—. Es una acusación grave.

—Tan grave como el hecho de que me hayan seguido varios hombres desde que salí de casa de los Spencer —añadió Stanley—. Alguien tiene mucho interés en que esos papeles no lleguen a usted.

Chamberlain guardó silencio un instante, procesando la magnitud del problema.

—Hablaré con el Alto Comisionado para que la investigación prosiga.

—¿No sería más sencillo pedírselo directamente a la señorita Spencer? —sugirió Stanley—. Es una mujer razonable y siente una verdadera admiración por usted. Si organiza una reunión informal e invita a Leonard, a su hija y a la señorita Sharon, estoy seguro de que ella le entregaría el manuscrito sin preámbulos.

  Stanley hizo una pausa antes de soltar el último aviso:

—Por cierto, Clement Richard y Margaret Bondfield estaban allí husmeando. Se marcharon sin estar convencidos de las negativas de Leonard. Necesitamos su apoyo, y sus informantes son los mejores de Londres.

  Chamberlain suspiró, asumiendo el envite.

—Consideraré su sugerencia, Stanley, aunque detesto estar a merced de las circunstancias. Necesitamos que España se mantenga neutral si el conflicto con Alemania estalla. Debemos asegurar esa frontera a toda costa.

—Empiece por tranquilizar al embajador Jordana —concluyó Stanley—. Dígale que el paquete está localizado y que se le entregará en cuanto obre en su poder. Eso le ganará el tiempo necesario para entrevistarse con Helen.

—Buena idea. Gracias por el consejo, Stanley. Mantengámonos en contacto.

  Tras una breve despedida, Stanley recuperó su bombín y subió al coche. Blak, que había regresado puntualmente, mantenía la vista fija en el retrovisor.

—¿Y bien, Blak? ¿Qué fue de nuestros amigos del coche negro?

—Nada, señor; salió detrás de mí, pero al dar la vuelta a la manzana se fue por otra calle. Solo querían marcar el territorio, señor. ¿A casa ahora?

—Sí, Blak. Hay mucho que procesar.

  Mientras tanto, en el número 10 de Downing Street, el teléfono de Shaw, el Alto Comisionado, no dejaba de sonar.

—Shaw, sobre el paquete... Tenía razón —sentenció Chamberlain—. Stanley acaba de confirmar que Helen Spencer lo tiene.

—¡Maldita sea! ¡Entonces Arthur nos engañó y se burló de mis hombres en sus narices! —rugió Shaw.

—Eso parece. Stanley sugiere que hable con ella personalmente. ¿Qué opinas?

—Es una buena idea, aunque tengo entendido, por lo que me ha dicho Veil, que Woodhall cena esta noche con unas señoritas y el periodista Gallichan. Creo que podríamos esperar y ver qué sucede, porque me da el presentimiento de que una de ellas es la hija de Lord Leonard.

—¡Descubra lo de Woodhall con esas señoritas!

—Si se trata de Helen, en el momento en que sepa su nombre se acordará del caso y pondrá en marcha su olfato de sabueso. No olvide, Arthur, que es uno de los mejores investigadores.

—Entonces esperaremos para ver qué pasa.

—Es lo mejor, Arthur; ya te comunicaré lo que acontezca.

  Shaw colgó el teléfono. Se quedó como abstraído, pensando en lo que podría suceder. Mientras tanto, en la mansión de los Spencer, el tintineo de las tazas de porcelana marcaba la hora del té. Lord Leonard observaba a su hija con una mezcla de orgullo y temor.

—¿Qué chismorreáis? —preguntó Lord Leonard.

—De esa visita tan "oportuna" que has tenido, papá —respondió Helen, arqueando una ceja.

—Era una comida de trabajo pendiente, Helen. No podía cancelarla sin levantar sospechas; esos dos ya andan con la mosca detrás de la oreja.

—A mí me da el cuerpo que han venido por otra cosa —insistió ella, dejando la taza sobre el plato—. Todos te preguntan por el paquete, incluido Stanley. ¿Verdad?

Lord Leonard suspiró, rindiéndose ante la agudeza de su hija.

—No debemos subestimar a Clement y Margaret; tienen informantes en cada rincón de Londres y huelen la sangre. En cuanto a Stanley... venía de parte del Primer Ministro. Para mí, Helen, la seguridad de este país es lo primero. No lo olvides.

—No te culpo por priorizar al país, papá —admitió Helen. Sostuvo la mirada de su padre con una calma que empezaba a resultar inquietante—. Pero me pregunto qué es lo que busca realmente el Primer Ministro.

—Saber qué contenía el paquete y, sobre todo, quién te lo entregó —respondió Lord Leonard con firmeza.

—Así que era eso. ¿Le dirías que no lo tengo a mano?

  Lord Leonard se removió en su asiento, escandalizado.

—¿Qué estás insinuando, Helen? ¿Acaso pretendes negárselo al mismísimo Primer Ministro?

—¡No, por Dios! —exclamó ella, con una chispa de rebeldía en los ojos—. Pero exijo que me lo pida él mismo, cara a cara. Solo entonces... ya veré. Necesito que me garantice que se cumplirá la voluntad de su verdadero dueño.

—¡Espero haberte entendido mal, hija! —tronó Leonard, incapaz de dar crédito a la audacia de la joven.

—No te preocupes, papá. Lo entenderás todo a su debido tiempo.

Sharon, que hasta entonces había permanecido en un discreto segundo plano, intervino con una sonrisa enigmática:

—Déjela, Lord Leonard. No hay nada que hacer con ella cuando se pone así; está decidida a seguir su propio camino.

  Helen se puso en pie, alisándose el vestido.

—No tengo nada más que decir. Disculpadme, pero debo prepararme. El reloj no se detiene y la noche promete ser larga. Nos vemos en un momento, Sharon.

  Helen abandonó el jardín y se refugió en su dormitorio. En el baño, el rumor del agua llenando la tina rompió el silencio de la estancia mientras ella vertía el contenido de un frasco de cristal tallado. Se despojó de sus ropas con lentitud, deteniéndose un instante frente al espejo para contemplar su propia figura, antes de sumergirse en la calidez del agua.

  La espuma, densa y blanca, cubrió su cuerpo gradualmente. El vapor transportaba el aroma de las sales de lavanda, una fragancia que parecía disolver la tensión de sus músculos y la fatiga de su mente. Allí, en la penumbra del baño, el mundo exterior —los espías, el manuscrito y las presiones de su padre— parecía quedar al otro lado de una puerta infranqueable.

  Tras el baño, se secó la piel con una toalla de hilo y aplicó un aceite de perlas con sutiles notas de salvia y menta. El frescor del perfume le devolvió la firmeza y la vitalidad necesarias para la noche que se avecinaba. Helen se sentía renovada, lista para enfrentarse al escrutinio de los mejores sabuesos de Londres.

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jueves, 20 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 3: Entre Costuras y Conspiraciones

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  La inquietud me devoraba por dentro; el sueño era un lujo que no podía permitirme. Tras vestirme en silencio, me deslicé por la puerta secreta que conducía a la habitación de Sharon. Dormía profundamente, ajena a la tormenta que arreciaba en mi pecho. Apagué su despertador antes de que el primer pitido rompiera el silencio de la casa y la sacudí con suavidad.

—Sharon… es la hora —susurré al pie de su oído.

—Por favor, Helen —protestó ella, con la voz pastosa y los ojos entrecerrados—. Aún es demasiado pronto.

—¿Vienes conmigo o no? —le solté con una firmeza que la hizo espabilarse de golpe.

—No lo dudes —asintió Sharon, incorporándose con un suspiro de resignación.

  Abrí mi armario y rescaté dos prendas pesadas para combatir el frío del alba: un abrigo malva oscuro para ella y uno violeta para mí. Nos calamos los sombreros a juego —el de ella azul marino, el mío violeta— y me ceñí el cinturón con fuerza, como si me preparara para una batalla. Nos descalzamos, sosteniendo los zapatos en la mano, y descendimos las escaleras centímetro a centímetro, evitando cada peldaño traicionero que pudiera crujir.

Al llegar a la cocina, cogí un termo con té caliente y un paquete de galletas. Salimos por la puerta trasera, donde la luz de dos farolas enfrentadas nos golpeó con una claridad cegadora antes de alcanzar la penumbra de la calle principal.

—¿Adónde vamos, Helen? —me preguntó Sharon mientras subíamos al coche, con el tono de quien empieza a perder la paciencia.

—Deberías saberlo —le respondí, arrancando el motor.

Sharon se revolvió en el asiento, visiblemente alterada.

—No juegues conmigo, Helen. Te lo digo en serio: si no me hablas claro, me vuelvo a la cama ahora mismo y te vas sola. ¡No voy a seguirte a ciegas a estas horas!

—No lo hago —respondí con un susurro que cortó el aire. Asentí para mis adentros, invocando aquel recuerdo—. West End. ¿Acaso has olvidado lo que nos ocurrió allí, a las dos de la madrugada, justo después de enterrar a mi madre?

—¿Cómo podría olvidarlo? —contestó, dejando que la memoria fluyera—. Era esa hora muerta, la más oscura, justo antes de que el amanecer empiece a doler. Londres parecía un desierto de piedra. Los cuatro ojos luminosos del Big Ben vigilaban con frialdad las plazas mudas y el río, que se deslizaba bajo los puentes como una cinta de acero vacío. Aquel silencio nos pesaba más que el propio luto.

  Vimos al día ganar terreno a zancadas, forzando a la tiniebla a batirse en retirada de esquina en esquina. Era una luz plomiza, pesada de niebla y humedad. El Támesis tiritaba ante un aliento gélido que soplaba historias de mares lejanos. Con la capitulación de las farolas, San Pablo emergió del letargo como un espectro pálido, escoltado por los campanarios que herían, como dagas, el gris del firmamento.

  Entonces, nos sorprendió aquel ruido. Primero un roce, luego un clamor: un concierto de trinos y silbidos saltando de parque en parque. Eran los gorriones despertando; fue el sonido más emocionante que he escuchado nunca. Justo después apareció el primer tranvía, un gigante dorado por sus propios faros, balanceándose entre el repique de campanas y el tintineo del hierro. Con él, la metrópolis volvió a latir.

  De repente, Helen me clavó una mirada cargada de una seriedad antigua, deteniendo el tiempo.

—Lo has descrito bien —admitió, aunque su escepticismo seguía vibrando en el aire—, pero yo me refería a lo que ocurrió exactamente en West End Street, donde has aparcado.

Hizo una pausa, como si rescatara los sonidos de entre la bruma:

—El silencio de la noche estalló con el impacto de cristales rotos. Luego, el chirrido lacerante de unos neumáticos huyendo a toda velocidad. Un agente corrió hacia el estruendo haciendo rasgar el aire con su silbato; apenas unos segundos antes, lo habíamos visto comprobando cerraduras con el haz de su linterna, moviéndose con esa calma de quien se cree a salvo del peligro.

 Nos ocultamos en las sombras, testigos mudos de aquel caos. El escaparate de la peletería estaba hecho añicos; la barra de hierro que usaron todavía yacía en la acera, como un testigo mudo. En un abrir y cerrar de ojos, las pieles habían desaparecido. ¡Un robo audaz a escasos metros de la ley! Fuimos temerarias al no huir; nadie habría notado nuestra presencia en mitad de aquellas horas intempestivas.

 Aún te recuerdo, Helen, con la mano trémula entregando aquel papel donde habías anotado la matrícula y el modelo. Corriste al puesto de alarmas y diste el aviso que permitió su captura. Aunque, para ser honestas, lo que peor sabor de boca nos dejó no fue el robo, sino la reprimenda de nuestros padres y aquella semana de castigo...

Pero, ¿qué pasa ahora, Helen? ¿Por qué me has traído de vuelta aquí? Sigo sin entender a dónde quieres llegar.

Ella me miró con una fijeza inquietante:

—¿Te parece extraño, querida amiga, que siempre haya coches involucrados en nuestras huidas? —hizo una pausa letal—. Lo que me sorprende es que esta vez no te parezca sospechoso el vehículo que nos sigue desde que salimos de casa.

—Perdóname —me soltó, tratando de sonar racional—, pero no voy a alimentar tus alucinaciones. ¿No crees que estés dejando volar demasiado la imaginación?

—Puede que sí —repliqué con una calma gélida—. Pero si es así, no te importará conducir hacia los edificios de Scotland Yard. Si no nos siguen hasta allí, admitiré que solo son fantasías mías.

—Me parece una soberana tontería, pero te seguiré el juego... por los viejos tiempos.

Sharon no apartaba la vista del retrovisor. El coche mantenía una distancia constante, como un depredador que no tiene prisa. Se preguntaba qué razón oculta la obligaba a tomar tantas precauciones. ¿Qué había de cierto en sus miedos? Al aproximarnos a Scotland Yard, el primer vehículo se desvió, pero otro ocupó su lugar de inmediato.

De repente, Sharon dio un volantazo violento. Aceleró a fondo y se lanzó hacia Whitehall, clavando los frenos junto a la acera derecha. Al instante, el coche que nos acechaba chirrió tras nosotras, deteniéndose en seco a pocos metros, en la acera opuesta, para sellar cualquier salida. Dos hombres con gabardinas de cuero negro bajaron del vehículo; sus figuras avanzaron hacia nosotras con un paso firme y depredador.

Sharon aguantó el pulso, esperando a que estuvieran lo bastante cerca para reconocerles las caras; entonces, con el motor rugiendo en un estallido de furia, metió primera y salió disparada hacia casa.

El regreso fue un silencio de tumba. Al llegar, entramos sin cruzar una sola palabra, buscando cada una el refugio de su habitación. Cerré mi puerta con el pulso todavía desbocado; el eco de nuestros pasos en el pasillo me recordaba, en cada golpe contra el suelo, que la noche acababa de volverse peligrosamente real.

«Sharon utilizó la puerta secreta, confirmando mis peores sospechas en un solo movimiento.

—Ahora te creo —dijo ella, sintiendo todavía el amargor de la adrenalina en la garganta—. Pero dime: ¿qué demonios está pasando? ¿Quiénes eran esos hombres y qué querían de nosotras?».

—Sinceramente, no lo sé —respondió, con la mirada perdida.

—¿Cómo que no lo sabes? ¡Por Dios, Helen, pídele a tu padre que lo averigüe!

—¡Ni hablar! —reaccioné con una brusquedad que me sorprendió incluso a mí—. Mi padre tiene demasiados enemigos acechando en las sombras. Cualquier escándalo, por mínimo que sea, serviría de excusa para apartarlo definitivamente de la vida política. No podemos involucrarlo; sería entregarle su cabeza en bandeja de plata a sus rivales.

—Lo entiendo... pero, ¿cuánto tiempo llevan siguiéndote?

—Desde que regresé de España —confesó, y su voz sonó pequeña, casi ahogada—. Por eso no salgo de casa. ¿Entiendes ahora por qué necesitaba que lo vieras con tus propios ojos?

Sharon la miró fijamente, tratando de unir las piezas de un puzle que se volvía cada vez más oscuro.

—¿Qué te pasó en España? —preguntó al fin, con un hilo de voz.

—Nada en particular. Fue un viaje estupendo —respondí, aunque mi voz vaciló un instante—. Pero ocurrió algo curioso al final. Organizaron un vuelo especial desde el noroeste de Valladolid para que regresara a Londres cuanto antes. Me acomodé como pude en el estrecho interior del Dornier y, al colocar mi bolsa en el compartimento, algo resbaló. Al caer, vi un paquete pequeño, extraño por su envoltorio. Una vez en el aire, vencida por la curiosidad, lo abrí: era un manuscrito acompañado de varias cartas personales.

—¿Pero cómo terminó eso entre tus cosas? —preguntó Sharon, con el desconcierto pintado en el rostro.

—Creo que fue aquella mujer que tropezó conmigo justo antes de subir al coche en Valladolid —respondí, reconstruyendo la escena en mi mente—. Se disculpó por su torpeza, pero ahora estoy segura de que fue en ese preciso instante cuando deslizó el paquete en mi bolso. Tenía una prisa desesperada por perderse entre la multitud, como si aquel envoltorio le quemara en las manos.

—Es obvio que esa mujer lo deslizó en tu bolso a propósito, pero... ¿por qué tú? —preguntó Sharon, bajando la voz como si las paredes pudieran oír.

—Lo he pensado mil veces —respondió Helen, con la mirada perdida en el reflejo de la ventana—. Estoy segura de que estaba en la recepción del Consulado el día antes de mi partida. No sé su nombre, ni quién era aquel hombre de porte rígido que la acompañaba, pero es ella. No tengo ninguna duda.

«Al aterrizar en Londres, el despliegue policial era asfixiante. Revisaban cada pasaporte, cada maleta, hasta el equipaje más insignificante. Cuando llegó mi turno y mostré mi acreditación diplomática, el oficial frunció el ceño. Me examinó de arriba abajo con unos ojos brillantes, afilados como los de un halcón; me sentí desnuda bajo aquel escrutinio.

Al salir, tomé un taxi y no tardé en notar, a través del retrovisor, que un Rolls-Royce nos marcaba el paso. El taxista no les quitaba el ojo, tenso al volante; supe entonces que no eran simples curiosos. Debían ser de la Brigada Volante».

—Actúan con una precisión quirúrgica —añadí, sintiendo un escalofrío que me recorría la espalda.

—Lo confirmé al llegar —continuó Helen, con la voz ensombrecida—. Desde mi ventana vi a uno de ellos bajar del Rolls-Royce. Tenía un aspecto impecable, casi burgués, y caminaba frente a la casa con una parsimonia aterradora, como un ave de rapiña que solo espera a que su presa cometa un desliz. Cualquiera se sentiría a salvo bajo su protección, pero yo... yo me siento cercada.

—Eso significa que saben que tienes el paquete —sentenció Sharon, con una fijeza en la mirada que cortaba el aire.

—Si estuvieran seguros, ya habrían echado la puerta abajo, ¿no crees? —replicó Helen, tratando de convencerse a sí misma—. Están esperando. Acechan, aguardando a que yo cometa un movimiento en falso que les dé la excusa legal para entrar.

Sharon se acercó un paso, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de urgencia:

—Helen... ¿realmente es tan importante lo que contienen esos papeles? ¿Vale tanto como nuestras vidas?

—Lo son —sentenció Helen con una voz tan sombría que pareció enfriar la estancia—. Si estos papeles caen en las manos equivocadas, el gobierno de Franco en Burgos podría tambalearse. Y con la sombra del conflicto que ya se gesta en Alemania, lo último que el mundo necesita es que el Reino Unido se vea arrastrado a una guerra antes de tiempo.

—Me estás poniendo los pelos de punta, Helen —admití, sintiendo cómo un frío repentino se colaba bajo mi ropa—. Me cuesta creer que unos simples papeles tengan tanto poder. Pero escúchame bien: ¿cómo voy a ayudarte si no sé a qué nos enfrentamos realmente?

Me acerqué a ella, buscando sus ojos en la penumbra.

—Necesito la verdad, Helen. Toda la verdad.

Helen bajo la voz, como si las paredes de la habitación tuvieran oídos.

—He pensado en traducirlos para ti. Sé que el español te es ajeno, pero tengo los papeles... los guardo a buen recaudo. Son las cartas de un hombre que intenta rescatar su honor de una acusación infame. Aporta documentos, pruebas irrefutables. Su vida entera depende de lo que dicen esas páginas.

—Entiendo —asintió Sharon con gravedad—. Pero escucha, tenemos que blindar esa documentación. Nada es más seguro que la cámara acorazada de un banco.

Helen soltó una risa seca, cargada de amargura.

—Te equivocas, Sharon. Cometí ese error el mismo día de mi regreso. Preparé un señuelo: un paquete idéntico al original, envuelto con el mismo papel y sellado de la misma forma, y lo deposité en una caja de seguridad. Cuatro días después volví para comprobar mis sospechas y descubrí, para mi asombro, que alguien lo había manipulado. No te puedes imaginar la cara de la empleada cuando le solté a la cara que su banco era un coladero de espías.

Helen hizo una pausa, recreándose en el recuerdo del enfrentamiento.

—Ella insistía, balbuceante, en que era imposible, que yo custodiaba la única llave. Le pedí que no me tomara por idiota: había preparado una trampa química en el envoltorio. Quienquiera que lo abriera se habría manchado las manos con una tinta indeleble, un rastro que no se borra ni con mil lavados. Le dije que si no eran capaces de custodiar un fardo de papeles, no pensaba confiarles mis joyas. Lancé la llave sobre la mesa y me marché con una decepción fingida, sin añadir una palabra más.

Helen calló un segundo, midiendo sus palabras. —Olvida al banco; eso es solo fachada. Lo que me aterra es la mano invisible detrás de todo. No sé quiénes son, pero tienen acceso a lugares que, sobre el papel, son impenetrables.

—Entonces, es hora de que lo averigüemos —sentenció Sharon, recuperando la compostura—. En mis viajes he trabado amistad Walter Gallichan, un periodista que se mueve entre las sombras de la prensa. Sus hilos llegan hasta Edwin T. Woodhall, ese sabueso de Scotland Yard que cambió la placa por la investigación criminal. Si alguien puede desenredar este nudo, son ellos.

Helen la estudió con una mezcla de sospecha y curiosidad.

—¿Confías en su instinto o es que te has dejado seducir por su reputación? —Me atrae su audacia —admitió Sharon con franqueza—, pero nuestra alianza es estrictamente profesional.

—¿Cuándo le veremos? —preguntó Helen, encaminándose a la puerta.

—Iré yo sola —la interceptó Sharon.

—¡Ni hablar! —protestó Helen con una firmeza inesperada—. Te han visto conmigo; lanzarte sola a las calles de Londres ahora sería un suicidio. Sharon, desde este instante, somos una sombra. No te separas de mí.

—¡Qué alarmista eres, Helen! No te preocupes, no me va a pasar nada —dijo Sharon con una ligereza que sonaba forzada—. Además, nadie nos vio. Esos hombres probablemente solo querían coquetear.

—¿De verdad lo crees? Mira esto, Sharon. Qué interesante...

Señalé un pequeño micrófono que acababa de extraer de la base de una de las macetas del dormitorio. Lo había inutilizado con precisión; ahora solo transmitiría un siseo estático. Sharon palideció al instante. La obligué a sentarse en la cama y la tomé del brazo para darle seguridad.

—¿De verdad nos están escuchando? —me preguntó en un susurro apenas perceptible, pegada a mi oído.

—Ahora mismo no pueden oír nada, no te preocupes. No es el primero que encuentro y dejo inservible —le aseguré, bajando también la voz—. Tu padre me confesó que tú no confiabas en Peel.

Sharon suspiró, asimilando la traición en su propia casa.

—Lo que me resulta sospechoso es que, tras pasar una eternidad sin mayordomo y con el impecable trabajo de Agatha como ama de llaves, papá contratara a ese hombre de la noche a la mañana. Y lo peor: lo hizo fijo sin pedir opinión. Estoy convencida de que lo obligaron a meterlo en casa bajo el pretexto de su "protección". Papá es una pieza clave para el país si estalla la guerra; es demasiado valioso para que lo dejen libre.

—Pero si sospechabas todo esto, Helen —le recriminé con suavidad—, ¿cómo has podido quedarte impasible mientras la red se cerraba sobre vosotros?

—No me siento lo suficientemente fuerte para afrontar todo esto sola —admití, sintiendo el peso de la casa sobre mis hombros—. Te necesito, Sharon. Mi padre, con su experiencia, habría tomado ese manuscrito y se lo habría entregado sin dudar a Scotland Yard o a la Embajada.

Pero dudo mucho que esa hubiera sido la decisión correcta. El paquete venía acompañado de una carta con una instrucción clara: entregarlo a la prensa para que tuviera una difusión masiva. Estuve a punto de hacerlo, pero me venció la curiosidad. Al leer su contenido, comprendí que no podía entregarlo a la ligera.

Sharon me miró, esperando una respuesta que yo aún no podía darle por completo.

—Sabrás la verdadera razón esta noche, cuando todos duerman —le susurré—. Te lo explicaré con detalle para que entiendas que este hombre guarda silencio por la seguridad del Estado, pero también por alguien que sueña con limpiar su honor. No me cabe duda: esa mujer me utilizó. Quería que yo sacara el manuscrito de España a salvo, bajo mi protección diplomática, para luego recuperarlo con fines mucho más oscuros.

—Tenemos que movernos con pies de plomo —murmuró Sharon—. Lo primero es localizar a Gallichan, ya sea en la redacción o en su propia casa.

—Habrá que esperar a que mi padre salga de su despacho para usar su línea privada —le advertí—. Las demás están intervenidas, ya lo has comprobado. No es una paranoia mía.

—Supongo que ahora entiendes que esas líneas existen solo para el beneficio de Peel —replicó ella.

—No creo que el mayordomo sea uno de "esos" hombres, pero ya no me importa —Sharon mostró una chispa de emoción en el rostro, como si estuviera ansiosa por recibir el pistoletazo de salida. Sin embargo, hubo algo en su gesto, una sombra fugaz, que me produjo un escalofrío—. Lo crucial ahora es hablar con Gallichan. O mejor aún... ¿no crees que sería más interesante hablar con ambos, con él y con el detective Woodhall?

Bajamos las escaleras con paso decidido, dispuestas a ejecutar el plan, pero nos topamos con un imprevisto: mi padre aún no se había marchado. Se cruzó con nosotras en el comedor mientras nos dirigíamos a su despacho.

—¡Buenos días! —exclamó sorprendido—. ¡Qué madrugadoras!

—Sharon y yo queremos ir de compras —improvisé rápidamente.

—¡Genial! Ya era hora de que salieras a distraerte un poco —respondió él con una sonrisa honesta—. Te hará bien.

—¿Vas a quedarte a trabajar en casa? —preguntó Helen, tanteando el terreno.

—No, tengo que marcharme de inmediato. Se espera mucha conmoción hoy en la Cámara de los Lores.

—¿De verdad cree que la nación irá a la guerra, como se rumorea? —le preguntó Sharon, buscando en sus ojos una respuesta que el gobierno aún callaba.

—La situación es muy fea, Sharon —sentenció mi padre—. En mi opinión, ya nada puede salvarnos de lo que viene.

Las dos intercambiamos una mirada rápida mientras acompañábamos a Lord Leonard hacia la mesa del desayuno. Peel ya estaba allí, moviéndose con su habitual eficiencia silenciosa, pero mi padre lo detuvo en seco con una mirada de acero.

—Déjalo, Peel —ordenó con voz autoritaria—. Hoy nos serviremos nosotros mismos. Puedes retirarte y continuar con tus labores habituales.

El mayordomo obedeció de inmediato, desapareciendo tras la puerta doble. En cuanto nos quedamos solos, mi padre se inclinó hacia nosotras:

—Cuanto menos se entere el servicio, mejor, ¿verdad, hija?

—No sé a qué te refieres, papá —respondió Helen, fingiendo una calma que no sentía.

—¿De verdad no tienes nada que decirme? Escuchad bien: si queréis hablar, hacedlo ahora. Me he asegurado personalmente de que en este comedor nadie pueda escucharnos a escondidas.

—No sabía que te estaban vigilando —intervine, tratando de sonar neutral—. Por lo que sé de tu carrera, jamás han tenido un motivo para desconfiar de ti.

—Pero lo hacen —replicó él, y su voz sonaba cansada—. Desde que regresaste de España, tengo hombres apostados en la entrada. Me siguen al Parlamento, a mis reuniones... a todas partes. Mis colegas han empezado a notar la sombra y ya no sé qué excusas inventar. No es el momento, Helen, para que mis compañeros parlamentarios dejen de confiar en mí. La nación está al borde del abismo y yo estoy bajo sospecha por tu culpa.

—Dijiste que eran imaginaciones mías —le recriminó Helen—, incluso que desconfiar de Peel era una locura.

—Peel es de absoluta confianza —sentenció mi padre con una firmeza que no admitía réplica—. Lo contraté específicamente para protegerte. Es tu guardaespaldas personal y te aseguro que no te quitará el ojo de encima; no vuelvas a subestimarlo. ¿Cómo crees que me he enterado de que hoy saliste a las cinco de la mañana y acabaste envuelta en una persecución de película?

Helen y Sharon se quedaron lívidas, procesando la información.

—¿Entonces... los hombres del coche eran gente de Peel? —pregunté con un hilo de voz.

—No, hija. Eso es precisamente lo que Peel intentaba averiguar. —Lord Leonard se inclinó sobre la mesa, bajando el tono hasta convertirlo en una confidencia peligrosa—. Escuchadme bien: mantenemos relaciones cordiales con el nuevo gobierno del general Franco en Burgos. No queremos que España sea arrastrada al conflicto mundial que se avecina; Inglaterra no puede permitirse otro frente abierto. Pero hay un grupo subversivo operando aquí, en Londres, que busca desestabilizar su régimen para forzar su entrada en la guerra.

Hizo una pausa significativa, clavando su mirada en Helen.

—Y parece que tú, de alguna manera, te has convertido en su objetivo.

—¿Por qué me dices eso, papá? —le preguntó Helen, con un rastro de miedo en la voz.

—Porque estoy convencido de que guardas algo que ellos codician —respondió Lord Leonard, sin apartar la mirada de su hija—. Algo que te pone en una diana. Sufro en silencio, Helen, porque temo que no demuestres la madurez necesaria para tomar la decisión correcta antes de que sea tarde.

—Si fuera como supones... —aventuró Sharon, rompiendo el tenso silencio—, ¿qué cree que debería hacerse al respecto, milord?

Lord Leonard no dudó ni un segundo:

—Entregárselo al Gobierno español; concretamente, a su representante en Londres. Yo mismo podría facilitar ese encuentro en el momento más oportuno.

Se hizo un silencio sepulcral en el comedor. Mi padre esperaba una confesión, una entrega inmediata de lo que fuera que yo escondía. Pero Sharon, con una sangre fría que me asombró, tomó la palabra para protegerme:

—Si Helen tuviera algo así, señor, no podríamos confiar en cualquiera. Tendría que ser alguien que demostrara una lealtad inquebrantable al régimen de Burgos.

—Veo que ya se está gestando una decisión en esas jóvenes mentes —replicó él con una sonrisa gélida—. Así que decidme: ¿qué pensáis hacer?

Sharon me lanzó una mirada de advertencia antes de volverse hacia él:

—Habíamos pensado en consultar a un profesional externo. Alguien que conozca los bajos fondos de la noticia y los hilos que se mueven en la sombra. Walter Gallichan. Quizás haya oído hablar de él.

—En efecto, es un gran escritor y una personalidad difícil de definir —admitió mi padre, aunque su tono seguía siendo escéptico—. Pero no alcanzo a comprender cómo ese hombre podría ayudaros.

—Tal vez él no sea la pieza clave —concedió Sharon, imperturbable—, pero su valor real es el puente que tiende hacia Edwin T. Woodhall. Fue el sabueso más brillante de Scotland Yard y aún conserva aliados en el cuerpo. Si alguien sabe qué manos mueven esos hilos, es él.

—Sé que Woodhall posee una de las mentes más brillantes en el campo de la investigación —concedió él, y su mirada se volvió pensativa—. Tu propuesta es interesante, Sharon. Pero, siguiendo con vuestra "suposición"... ¿cómo podría ayudar yo, más allá de guardar silencio sobre lo que sé?

—Ya lo verás, papá —le dije—. De momento, puedes ayudarnos prestándonos tu línea privada.

—Sabes dónde está. No tengo inconveniente en que la uses.

Nos levantamos y nos dirigimos al despacho. Mi padre nos siguió, movido por la absoluta certeza de que yo custodiaba aquello tan codiciado que hacía tambalear la seguridad del Estado. Al cerrar la puerta tras nosotros, soltó lo que llevaba conteniendo toda la mañana:

—¡Así que es cierto! ¡Lo tienes! Tal como me informaron... Dime, Helen, ¿dónde está?

—No se lo diré a nadie —respondí con firmeza.

—Eres una cabezona... igual que lo era tu madre.

—Creo que solo querías confirmar tus sospechas —repliqué, ignorando el reproche—. Ahora que lo sabes, ¿puedo usar tu teléfono? ¿Ese que escondes tras el viejo retrato de la reina Victoria? ¿Sí o no?

—Adelante —suspiró él, dándose por vencido—. Pero me mantendré al margen. Seguiré sosteniendo ante mis colegas que mi hija está sumida en una profunda depresión y no recibe a nadie. Ahora iré con Peel; no quiero que os interrumpa mientras habláis.

Cuando nos quedamos solas, Sharon y yo echamos el cerrojo por seguridad. Me acerqué al pesado marco victoriano y presioné el resorte oculto en el relieve. El cuadro pivotó sobre una bisagra invisible, revelando el teléfono de baquelita negra. Se lo tendí a Sharon:

—Es tu turno. Llámalo.

Sharon marcó con dedos rápidos. Al otro lado, la voz distante de un ama de llaves respondió al instante:

—Residencia del señor Gallichan, 188 de Strand Street. ¡Dígame!

—Soy la señorita Sharon Hunter —dijo ella con voz firme—. ¿Puedo hablar con el señor Gallichan? Es un asunto de suma importancia.

—Está muy ocupado ahora mismo, espere un segundo —respondió el ama de llaves—. Veré si puede atenderla.

A través del auricular, pudimos oír el eco de la casa en el 188 de Strand Street. «Señor, la señorita Hunter insiste en hablar con usted. ¿Quiere que le diga que llame más tarde a la redacción?».

—¡No! Pásame la llamada al despacho ahora mismo, Martha —tronó la voz de Gallichan. Se le oía eufórico, como si llevara siglos esperando esa interrupción—. ¡Sharon! Qué sorpresa. No sabía nada de ti desde aquello en Portugal. ¿Dónde te escondes?

—Estoy en la ciudad, en casa de una amiga —respondió ella, lanzándome una mirada cómplice a Helen.

—Noto en tu voz que quieres pedirme un favor —rio él—. Sabes que, mientras esté en mi mano, puedes contar conmigo para lo que desees.

—Lo que tengo que pedirte no se dice por teléfono —cortó Sharon—. Es un asunto de vital importancia.

—Me dejas en un suspenso insoportable. Si te parece bien, te invito a cenar esta misma noche.

—Acepto, siempre y cuando busques una pareja para mi amiga —soltó ella.

—Vaya... yo había pensado en algo más íntimo.

—Tendrá que ser otro día, Walter; me quedaré en Londres una temporada —aclaró Sharon, cambiando de tema con agilidad—. Por cierto, ¿sigues en contacto con Edwin T. Woodhall?

—Desde luego. ¿A qué viene esa pregunta?

—Bueno, ya sabes... cosas de seducción femenina —bromeó Sharon, aunque sus ojos permanecían serios—. Si no ha perdido el gusto por la buena compañía, tráelo contigo. Nos vemos esta noche.

—¿Tiene que ser él, Sharon? —insistió Walter al otro lado de la línea—. ¿No crees que cualquier otro "caballero" sería una compañía menos... complicada para tu amiga?

—No, Walter. Ella quiere conocerlo específicamente a él; es una ferviente admiradora de su trabajo. Si esta noche es demasiado pronto, podemos posponerlo hasta mañana.

—¿En qué lío me vas a meter esta vez? —rio él, con un deje de sospecha en la voz—. Apuesto mi reputación a que esto acabará en un lío monumental. Pero sea como sea, acepto. Nos vemos en el nuevo restaurante frente Hyde Park, en la esquina de Apple y Hose. Mañana a las nueve. Reservaré ahora mismo; así tendré tiempo de localizar a Edwin.

—Perfecto. Nos vemos allí a las nueve, Walter.

Al colgar, Walter se quedó un instante en silencio. La voz de Sharon había invocado una imagen que guardaba en su memoria como un holograma imperecedero: el día que la conoció en aquella tarde de verano en Lisboa.

Él había aterrizado en la capital portuguesa el 16 de julio de 1938, con la intención de entrevistar a Gil Robles. Al descubrir que el político se había marchado, decidió tomarse unas breves vacaciones en el Hotel Americano, cerca de la estación del Rossio. Walter la vio por primera vez mientras subía al Mirador del Monte para fotografiar las panorámicas de la ciudad.

Llevaba un vestido de algodón blanco repujado, una chaqueta corta roja a cuadros y un sombrero de paja con plumas escarlata que recortaba su silueta contra el cielo azul. Él la siguió con la mirada, cautivado por su porte; ella, lejos de ruborizarse ante aquel atrevimiento, sostuvo la mirada de Walter con una fijeza desafiante. Aquella tarde, gracias a una indiscreción de la recepcionista del hotel, Walter supo que esa mujer fascinante se llamaba Sharon Hunter.

En aquel entonces, yo saboreaba una copa de vino verde en el bar del hotel. El líquido brillaba con una transparencia efervescente que apenas empezaba a burbujear en mi paladar cuando ella se me acercó con una seguridad desarmarte:

—Le informo que mañana iré a Estoril y Sintra —me dijo, desafiante—. Decida ahora, caballero, si piensa seguirnos o unirse al grupo.

—Walter Gallichan, a su servicio —respondí con una reverencia.

—Entonces, señor Gallichan, ¿qué decide?

Me apasionan los desafíos, así que el 20 de julio de 1938 me sumé a su alegre comitiva. El viaje en tren desde Lisboa fue un desfile de pueblos pesqueros y playas bañadas por el Atlántico. Desayunamos en el restaurante de un hotel casino en Estoril y recorrimos la ruta de las cascadas bajo un sol radiante. En Sintra, el panorama desde el Castelo dos Mouros y el Palacio da Pena era fantástico: una alfombra de vegetación que moría a los pies del castillo. Incluso intentamos visitar la villa de un compatriota en el parque de Monserrate, pero estaba de viaje.

Mi memoria se corta en seco al cruzar el umbral del hotel. Volví en sí a las cuatro de la tarde; tenía la boca amarga y la mente nublada, los síntomas inequívocos de un narcótico. Casi por milagro alcancé el tren de las diez a Braga. En el Hotel Alianza nos esperaba una reserva de Sharon, pero apenas fui consciente del trayecto. El sueño era una losa; si el revisor no me hubiera despertado, habría perdido mi parada sin remedio.

Allí mis vacaciones terminaron. Un telegrama de mi jefe me ordenaba entrevistar a Gil Robles; su secretaria fijó el encuentro en un auténtico tugurio. El ambiente era desolador: una pianista de aspecto tosco aporreaba un instrumento arcaico lleno de disonancias. Noté de inmediato que yo era objeto de una curiosidad impertinente. Me supe observado de inmediato. Un tipo de mirada inquisitiva me vigilaba, compinchado con otro que montaba guardia en la puerta.

El camino de regreso al hotel era una boca de lobo; lamenté no llevar encima mi vieja Star del 6.25. Me quedé al concierto para ganar tiempo. La artista, una mujer de curvas voluptuosas, cerró la noche con unos fados magistrales, modulados con una voz angelical que no encajaba con aquel antro. Al terminar, unos hombres me invitaron en portugués a un cabaret cercano.

—¡Atiza! —exclamé—, no estaría mal, pero otra vez será.

Caminé hacia la salida con la mano metida en el bolsillo del abrigo, fingiendo que empuñaba un arma. Los dos vigilantes me dejaron pasar, intimidados por el farol. Al día siguiente regresé a Londres. Mi jefe estaba furioso por la entrevista fallida, pero era evidente que Gil Robles no quería hablar; me había enviado a aquel lugar peligroso para quitarse de encima a la prensa.

Había enterrado aquel incidente, hasta que la llamada de Sharon lo devolvió todo a la superficie. ¿Por qué quería que Edwin Woodhall fuera la pareja de su amiga? No lo comprendía, pero mi instinto de periodista se encendió de golpe. Olí la noticia a kilómetros... y no pensaba dejar pasar semejante oportunidad.

Walter se dirigió a la sala de prensa de Scotland Yard, el santuario reservado para los editores especiales de los grandes diarios británicos. Las paredes estaban erizadas de cabinas telefónicas y, en las mesas corridas, sus colegas tecleaban frenéticamente, intercambiaban confidencias o soltaban mentiras colosales con la parsimonia de quien ha visto de todo. El saludo era siempre el mismo, casi un ritual: «¿Alguna novedad?».

Pero los que de verdad sabían estaban tras las puertas cerradas. Allí, los técnicos en criminología —esos seres omniscientes que descifraban el código secreto del hampa— custodiaban la verdad. Tras una de esas oficinas, Walter encontró a su hombre: Edwin T. Woodhall. El asistente consultó al jefe y, tras un breve instante, le franqueó el paso.

—¿A qué debo el honor, Gallichan? —saludó Edwin, levantándose con una sonrisa astuta.

—¿Recuerdas que me debías un favor? —replicó Walter—. Pues vengo a cobrármelo.

—¿Qué has hecho ahora, Walter? —Woodhall arqueó una ceja—. ¿En qué lío te has metido esta vez?

—Una cena no supone ningún peligro, al menos así lo percibo yo —respondió el periodista con aire inocente.

—¿Para cuándo?

—Mañana a las nueve en punto. En el nuevo restaurante de la esquina de Hyde Park, entre Apple y Hose. Seremos cuatro: dos señoritas y nosotros.

—¿Conozco a alguna?

—No lo creo. La conocí en Lisboa, ya te conté algo de aquello. Está en la ciudad, alojada en casa de una amiga, y me he dicho que necesito a un auténtico rompecorazones para equilibrar la mesa.

Edwin se detuvo en seco, su instinto de detective disparándose por encima del de amigo.

—¿Cómo dices que se llama?

—Sharon Hunter.

Woodhall guardó un silencio denso mientras procesaba el nombre. Walter, notando el cambio de atmósfera, soltó una carcajada nerviosa:

—¡No me digas que ya la has investigado, Edwin!

—Ya sabes cómo es Walter —continuó Woodhall con una sonrisa de medio lado—. Aunque le gusta meterse en asuntos ajenos, yo lo consideraría una virtud más que una debilidad. Diría que es audaz, atrevida... incluso valiente. Tiene todos los atributos que tu imaginación quiera otorgarle.

—Sí, diría que es incansable —replicó Gallichan—. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no para hasta conseguirlo. En eso os parecéis bastante, Edwin. Bueno, ¿vendrás o no?

—Solo porque te debo un favor... asunto zanjado. Sabes de sobra que detesto las citas a ciegas.

—Sharon tiene amistades muy selectas; no invita a cualquiera, suelen ser damas de la alta sociedad. Te aseguro que será, cuanto menos, interesante.

—¡De acuerdo! —cedió el detective—. Nos vemos en el restaurante a la hora acordada.

Walter salió de Scotland Yard con el trofeo de la confirmación bajo el brazo y se dirigió a la redacción. Mientras tanto, en la otra punta de Londres, la atmósfera era muy distinta. Helen y Sharon habían regresado de su expedición por las boutiques de lujo con los vestidos para la esperada cena.

Sharon no había podido resistirse a un diseño de De Yteb que relucía en un escaparate de Bond Street. El satén rosa pálido siempre había favorecido su tez; la falda amplia, con hileras de pliegues minuciosos, realzaba su figura, mientras que un ramo de flores en tonos amarillos y verde pálido prendido a la cintura creaba un contraste exquisito. Por su parte, Helen se había decantado por un conjunto de Redfern: un vestido violeta de crepé romano que caía en punta hasta la cadera, con una falda de corte ajustado y elegantes godets que le daban un movimiento etéreo.

Estaban tan absortas probándose las prendas que la llamada de Agatha a la puerta las sobresaltó como un disparo.

—¿Qué estáis tramando? —preguntó Agatha al entrar—. No os he visto en toda la tarde. El mayordomo me confirmó que habíais llegado hace horas, así que he subido a echar un vistazo por mi cuenta.

—Has llegado en el momento justo, Agatha —dijo Sharon, tratando de ocultar su agitación—. Queremos que nos des tu opinión profesional. Siéntate, por favor. ¿Qué te parecen los vestidos que hemos comprado para la cena de mañana? Nos han invitado dos caballeros.

Agatha se acercó a las prendas, acariciando el tejido con manos expertas.

—Son piezas de un valor extraordinario, de eso no hay duda —sentenció con un deje de preocupación en la voz—. Pero, Helen, no puedes salir así con desconocidos sin que se presenten formalmente en esta casa.

—No te preocupes, nanny —respondí con una sonrisa cómplice—. Papá los conoce bien y confía plenamente en ellos. Son amigos de la familia.

—Bueno... si el señor da su permiso, no diré nada más —cedió Agatha, levantándose—. Os quedarán de maravilla, pero no se os ocurra marcharos mañana sin que yo os vea puestas en ellos. Ahora dejadlo todo como está; mandaré a Betty para que los recoja y los prepare.

—¿A dónde vas con tanta prisa? —quiso saber Sharon al ver que se dirigía a la puerta.

—¿En qué mundo vivís, muchachas? —rio la anciana—. Para mantener la línea hay que alimentarse, y Lord Leonard ya os está esperando en el comedor. Además, hoy hemos preparado tu plato favorito, Sharon: un asado de roast beef en su punto. ¡Vamos, bajad antes de que se enfríe!

Tal como nos había advertido la nanny, mi padre ya nos esperaba a la mesa. La cena transcurrió, en apariencia, bajo una atmósfera de serena tranquilidad, hasta que él mismo decidió romper el silencio que llenaba el comedor:

—Os veo muy animadas —comentó Lord Leonard, observándonos por encima de su copa—. ¿Ha dado sus frutos esa llamada telefónica?

—Ya sabes lo que nos depara la noche de mañana, papá —respondí con una sonrisa enigmática—. Cenaremos con esos dos caballeros que conoces bien. Incluso hemos aprovechado la tarde para comprar algo de ropa que nos haga sentir a la altura de la ocasión.

—Veo que no habéis perdido el tiempo —replicó él—. No me sorprende; vosotras dos formáis un equipo temible cuando os lo proponéis.

Al decir esto, nos dedicó una sonrisa cargada de subtexto y continuó con su plato. Yo aproveché para mirar de reojo a Peel, que aguardaba a mi izquierda. Parecía peligrosamente interesado en nuestra conversación, aunque su rostro recobró de inmediato esa distancia profesional, fingiendo que no comprendía ni una palabra.

En cuanto terminó, mi padre se disculpó y se retiró a su despacho para sumergirse de nuevo en sus asuntos de Estado. Sharon me sostuvo la mirada; reconocí de inmediato esa expresión: era el momento de retirarnos nosotras también.

—Peel, puede recoger la mesa —ordené con voz cortante—. No necesitaremos nada más por hoy. Puede retirarse a sus aposentos.

—¿Desean las señoritas que les suban algo caliente antes de retirarse? —preguntó Peel con una cortesía que me pareció ensayada.

—Eres muy amable, Peel, pero por ahora no necesitamos nada —respondí, cortando cualquier excusa para que volviera a aparecer.

Salimos del comedor y subimos las escaleras en silencio. Al llegar al rellano, le hice una señal a Sharon para que se refugiara en mi habitación; recordar viejas anécdotas sería la excusa perfecta para justificar nuestro encierro. Al poco rato, ella reapareció tras la puerta secreta, despojada de su elegancia y envuelta en una sencilla bata de lana que contrastaba con la sofisticación de la tarde.

—Bueno, ya estoy lista —dijo Sharon, dejándose caer en el borde de la cama—. Estoy agotada, Helen. ¿Qué te parece si intentamos dormir un poco?

—Habíamos acordado hablar —le recordé, sentándome a su lado—. Tienes mucho que contarme sobre ese periodista. Dime, Sharon... ¿cómo es él realmente?

Sharon guardó silencio un instante, como si estuviera dibujando su rostro en el aire.

—¿Cómo describírtelo? Es un hombre tenaz, afable y... sí, muy apuesto. Tiene el cabello oscuro, siempre brillante y cuidado con un esmero casi militar. Viste con una pulcritud impecable y se nota que cuida hasta el último detalle de su presencia. Pero lo que más me atrajo fueron sus ojos: grandes, brillantes, con un destello de astucia que, curiosamente, te hace confiar en él de inmediato. Tiene un labio inferior algo prominente que le da un aire muy atractivo cuando sonríe. Es alto, casi un metro ochenta, y prefiere los tonos tierra y verdes oscuros.

Lo conocí en nuestra ruta por Portugal; se hospedaba en nuestro mismo hotel. En cuanto noté que nos seguía con la mirada, decidí tomar la iniciativa. Me acerqué a él en el bar, le entregué nuestro itinerario y le solté que, si tanto le interesábamos, podía unirse a nuestro grupo de senderismo.

—¿Y aceptó el desafío? —pregunté, fascinada por su audacia.

—No lo dudó ni un segundo —continuó Sharon, con una sonrisa nostálgica—. Se marchó poco después. Seguimos con el viaje e incluso intentamos cruzar a España, pero al final fue imposible. Me dejó su dirección y la anoté en mi diario... por si alguna vez sentía que lo echaba de menos.

—¿Y qué hacía un periodista inglés perdiendo el tiempo en Lisboa? —pregunté, tratando de atar cabos.

—Nos contó que su misión era entrevistar a un político español de alto rango, pero que el hombre se había marchado antes de su llegada. Por eso decidió tomarse esos días libres. Luego, cuando ya estábamos en Braga, su redactor jefe le dio nuevas órdenes: debía intentarlo otra vez. Así que nos dejó para cumplir con su deber.

—Es decir... —aventuré con un deje de ironía—, ¿que no tuviste tiempo de "concretar" nada con él?

—¡Pero qué entrometida eres, Helen! —protestó ella, aunque sin enfado.

—Está bien, si no quieres entrar en detalles, lo entenderé.

—Es que no hay mucho más que contar —insistió Sharon, esquivando mi mirada—. Llegamos a Lisboa a principios de julio del 38, y el día veinte nos acompañó a Estoril y a Braga, y luego...

Permaneció callada, perdida en un pensamiento que no se atrevió a compartir.

—¿Qué ocurre? —le pregunté, notando su repentina seriedad—. ¿Por qué te has quedado así, tan reflexiva?

—Será mejor que te vayas a dormir, Sharon —le dije, suavizando el tono.

—Pero... —balbuceó ella, con la duda asomando a los labios.

—Estoy cansada —la corté con suavidad—. Si no te importa, prefiero que descansemos. Mañana será un día largo.

«Le hice una señal para que me siguiera y apagué la luz. Bajo el haz tembloroso de una linterna, cruzamos el pasillo en silencio hasta alcanzar el ático. Sharon, con movimientos expertos, selló la rendija de la puerta con un trozo de manta y cubrió las persianas con el resto; no podíamos permitir que un solo rayo de luz delatara nuestra posición.

Una vez instalados sobre los viejos cojines de la alfombra india de mi madre, rompí el silencio:

—Es asombroso... —susurré—. Cuando visitaste Lisboa, el autor de este manuscrito también se refugiaba en Portugal. El 20 de julio de ese mismo año, ambos coincidisteis en Estoril; es muy probable que compartieran el mismo vagón de tren.

Hice una pausa para observar su reacción antes de continuar:

—Él huía de una ofensiva feroz de sus enemigos políticos. Cruzó la frontera buscando aire, pero la persecución lo alcanzó incluso en el exilio. Hasta hoy, su honor sigue bajo el lodo. Estas cartas, las que quiero que analicemos, son del año pasado. En ellas clamaba su inocencia ante el Estado español, suplicando justicia a los mismos que, poco antes, se jactaban de llamarlo aliado.

—¿De quién hablamos exactamente? —preguntó Sharon con la mirada fija en el papel.

—La correspondencia comienza el 9 de julio de 1938 y se corta abruptamente el 17 de agosto. Se le acusaba de conspirar contra Franco y de ser responsable de un millón de muertes. Hay misivas dirigidas a Nicolás Franco Bahamonde, el embajador, para que se las hiciera llegar al General Jordana. Pero la respuesta de Nicolás, fechada el 25 de julio, fue un portazo gélido. Aquel rechazo solo aumentó la desesperación de Gil Robles por encontrar una salida a su encierro político.

Sharon frunció el ceño, procesando la información.

—Lo inquietante de todo esto, querida amiga, es que Walter viajó a Lisboa con un solo propósito: entrevistar al mismo hombre que escribía esas cartas desesperadas al embajador Franco. Estamos caminando sobre cristales. Primero debemos descubrir qué descubrió Walter sobre Gil Robles; solo entonces decidiremos si buscamos su ayuda o si recurrimos a Edwin T. Woodhall, dejando a Walter fuera de la ecuación. ¿No te parece lo más prudente?

Me quedé pensativa. Resultaba demasiado casual que el periodista buscara al mismo hombre. El hecho de que Gil Robles se marchara para evitar el encuentro demostraba su cautela, pero la gran incógnita seguía flotando en el aire del ático: ¿logró Walter, finalmente, arrancarle aquella confesión?».

«Al leer estas cartas, lo que percibo es que el General Jordana debió de sentirse genuinamente acorralado por las advertencias finales de Gil Robles. Es una amenaza latente: si Robles decide apelar a la opinión mundial para limpiar su nombre, el escándalo sería mayúsculo. Ahí es donde encaja el periodista; es la pieza clave para que Robles recupere su prestigio internacional. Ante tal peligro, he puesto el manuscrito a buen recaudo.

—Nuestro primer ministro, Chamberlain, es un hombre que daría cualquier cosa por evitar una carnicería en Europa —continué, bajando la voz—. La firma del Pacto de Múnich entre Hitler, Francia e Italia se vende como una esperanza de paz, pero me temo que no es más que papel mojado. Muchos, incluido mi padre, sospechan que solo es una distracción para que Hitler termine de forjar el ejército más formidable del mundo. No podemos permitirnos la ceguera de Stanley Baldwin; él ya confesó su falta de visión ante el rugido nazi hace años, y miren las cenizas que nos ha dejado.

Sharon me miró con gravedad, asintiendo lentamente.

—Tienes razón, querida Helen. No estamos ante un simple intercambio de cartas, sino ante una trama con repercusiones globales. Estamos caminando sobre el tablero de una guerra que ya ha comenzado, aunque el mundo aún no quiera verlo».

—Por eso mismo, Sharon, nuestra prioridad es descubrir quién nos pisa los talones y qué busca exactamente —sentencié, guardando los documentos con manos firmes—. Mañana pondremos a prueba al señor Woodhall; su reacción será el termómetro que nos diga si es un aliado o una amenaza. Pero por ahora, es mejor que descansemos. Mañana el tablero será mucho más complejo.

Sharon asintió con un rictus de fatiga.

—Tienes razón... Además, estoy a punto de desmayarme —confesó, dejándose caer sobre los cojines—. Si me echas algo encima, me quedaré aquí mismo; no tengo fuerzas ni para llegar a la cama.

La arropé con cuidado, sintiendo el peso del silencio en el ático. Mientras la luz de la linterna se extinguía, supe que la paz que respirábamos era tan frágil como el Pacto de Múnich. Fuera, el mundo seguía girando hacia el abismo, y nosotras acabábamos de convertirnos en sus guardianas más improbables.

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miércoles, 19 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 2: Llega Sharon Hunter

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  El sábado, a las seis en punto, un automóvil se detuvo frente a la imponente residencia de Lord Leonard Spencer. De él descendió una mujer cuya presencia parecía reclamar cada centímetro de aire a su alrededor. Sharon Hunter vestía un traje a medida de una elegancia arquitectónica: una falda de lana azul marino de pliegues profundos y una chaqueta a rayas blancas que dibujaba su esbelta figura de casi un metro ochenta. El toque final lo daban el cuello y los puños de armiño, que armonizaban con un sombrero de ala levantada diseñado por Rosa Descat, del cual caía una cinta azul marino con una caída perfecta.

  Su piel morena y sus brillantes ojos castaños irradiaban una vitalidad que la casa parecía haber olvidado. Con una sonrisa que encendía sus labios carnosos, Sharon tocó el timbre con la decisión de quien no pide permiso para entrar, sino que llega para tomar el mando.

  La puerta se abrió y la figura severa de Peel bloqueó el umbral. La recorrió con una mirada gélida, tratando de procesar aquel despliegue de modernidad y lujo.

—¿La señorita Sharon Hunter? —preguntó él, con un asentimiento seco y profesional.

—Así es —respondió ella, sosteniéndole el pulso visual.

—La estábamos esperando —sentenció el mayordomo, haciéndose a un lado para dejarla pasar.

  Tras un silencio denso que recorrió el vestíbulo mientras ella se quitaba los guantes, Sharon rompió la calma con una voz autoritaria que resonó hasta en las vigas del techo:

—¿Se encuentra la señorita Helen en casa?

—Se encuentra en sus aposentos —respondió Peel con una cortesía gélida—. Lord Spencer desea hablar con usted, pero antes le ruego que se instale en el salón. Una de las criadas se encargará de subir su equipaje de inmediato.

  Sharon asintió y, con un paso que denotaba una confianza absoluta, cruzó el vestíbulo hacia el salón. Mientras tanto, el mayordomo se dirigió al despacho principal.

—Lord Leonard, la señorita Hunter acaba de llegar. La he acomodado en el salón, tal como usted dispuso.

—Está bien —respondió el Lord sin levantar la vista del escritorio—. Atiéndala en todo lo que necesite. Me reuniré con ella en cuanto termine esta correspondencia.

  Peel se retiró con una leve inclinación, extrañamente complacido por la consideración de su señor. Al cerrar la puerta, se permitió un instante de reflexión. La llegada de aquella mujer parecía traer una ráfaga de aire fresco a una casa que se sentía como un mausoleo. Pensó en Helen; la joven se había convertido en una muerta en vida, una sombra de la muchacha radiante que él conoció al entrar al servicio.

  Sus pensamientos retrocedieron hasta aquel primer encuentro en la biblioteca. La recordaba perfectamente: llevaba un vestido de crepé de estilo romano, con un delicado bolero que acariciaba su espalda y una falda de pliegues que realzaba su grácil figura. Sus rizos dorados y sus ojos color aguamarina tenían una belleza tan profunda que, como diría el Sabio, recordaban a los «estanques de Hesbón». En aquel entonces, el atractivo de la joven lo había dejado sin palabras.

  Ahora, al ver a Sharon, sentía que el pasado cobraba vida de nuevo. Ambas mujeres, cada una en su estilo, formaban un paisaje casi bucólico que desafiaba la severidad de las paredes de piedra. Sharon, dándose cuenta de que el mayordomo la observaba con una fijeza que rozaba la impertinencia, rompió el hechizo con una sonrisa mordaz:

—Dígame, ¿lleva mucho tiempo trabajando en esta casa o es que siempre mira así a las visitas?

—Solo un mes, señorita —respondió Peel, recobrando su compostura profesional.

—¿Y le gusta su trabajo? —insistió ella, con una curiosidad que parecía estudiar al hombre tras el uniforme.

—Es un verdadero privilegio estar al servicio de Lord Spencer y de su hija.

Sharon consultó su reloj de pulsera con un gesto elegante.

—¿Cree que Lord Leonard estará muy ocupado?

—A juzgar por el volumen de correspondencia, no creo que demore mucho. Pero no se preocupe; el señor me ha dado instrucciones estrictas de asistirla en todo lo que necesite. Estoy a su completa disposición.

—Bien. Por cierto, ¿cómo se llama? —preguntó ella, clavando sus ojos marrones en él.

—Llámeme Peel, señorita.

—Peel… puede retirarse. Esperaré un rato al caballero mientras termina sus lecturas.

El mayordomo hizo una reverencia impecable y se retiró, dejando a Sharon a solas con sus pensamientos. Ella ansiaba correr hacia la habitación de su amiga, descubrir qué sombra la perseguía o exigirle a Agatha la verdad de una vez por todas, pero se obligó a reprimir su impaciencia.

  Fue entonces cuando la puerta se abrió. Lord Spencer entró en el salón y se detuvo en seco. Al ver la figura de la mujer recortada contra la luz de la tarde, el aire pareció escapársele de los pulmones.

—¡Oh, Lord Leonard! —exclamó ella con una sonrisa vibrante—. Veo en su rostro que lo he sorprendido.

—¡Exacto! —logró decir él, recobrando el aliento—. Has cambiado muchísimo, Sharon. Ya no eres la adolescente que recordaba.

—Y usted, por su parte —respondió ella, recorriéndolo con una mirada audaz—, sigue siendo el mismo hombre maduro y atractivo de siempre.

  Lord Leonard asintió con esa cortesía flemática tan propia de la tradición inglesa. Aunque era plenamente consciente de que su corpulenta figura y los años no casaban del todo con los halagos de la señorita Hunter, aceptó el cumplido con una leve inclinación de cabeza.

—Te agradezco sinceramente que hayas venido a vernos, Sharon —dijo él, rompiendo el hielo.

—Me alegra que me recibas así, Leonard. Llevaba mucho tiempo planeando este viaje; el telegrama de Agatha solo consiguió que adelantara mis planes.

Lord Spencer soltó un suspiro de resignación.

—Agatha es una alarmista nata. No quiero ni imaginar qué te habrá puesto en ese papel.

Sharon lo observó con fijeza, sacando el telegrama de su bolso.

—Se limitó a decirme que Helen me necesitaba urgentemente y añadió una frase críptica: "Asunto de España". ¿Qué significa eso exactamente?

—No es nada de importancia —respondió él, restándole peso con un gesto de la mano—. Helen viajó a España en mi lugar hace un tiempo, algo que ahora lamento profundamente. Si hubiera ido yo, todo sería distinto. Ya sabes cómo dicen que son los españoles: apasionados, intensos... Lo más probable es que algún aprovechado le prometiera la luna, o como dicen ellos, "el oro y el moro". Luego llegan las promesas rotas y, con ellas, la melancolía y esta depresión que la consume.

  Sharon arqueó una ceja, detectando una explicación demasiado simple para un dolor tan profundo.

—¿De verdad crees que se trata solo de un desengaño amoroso, Leonard? —preguntó con suavidad—. ¿Te lo confesó ella misma?

—No, no quiere hablar de eso con nadie —confesó Lord Leonard con un deje de frustración—. Veremos si a ti te lo cuenta.

  Sharon asintió con una media sonrisa, guardando el telegrama.

—Hace mucho que no nos contamos secretos, Leonard. Pero no se preocupe; haré todo lo que esté en mi mano para averiguar qué sucedió. Me encantaría ayudarle a recuperar el ánimo de su hija.

—¡Gracias, Sharon! —exclamó él, visiblemente aliviado—. Reitero que es un placer tenerte con nosotros. Ahora, si me disculpas, tengo asuntos que atender, pero será un honor disfrutar de tu compañía durante la cena.

  En ese momento sonó el timbre y Peel entró en el salón con puntualidad británica. Lord Leonard le hizo un gesto imperioso.

—¡Acompañe a la señorita a su habitación!

  El mayordomo invitó a Sharon a salir primero hacia el vestíbulo. Mientras caminaban, comentó con un tono que buscaba ser amable:

—La señorita ya debe de conocer bien esta casa.

  Sharon asintió con una sonrisa afirmativa, reconociendo los rincones de su juventud. Peel se detuvo al comienzo de la escalera, apoyando la mano en la barandilla de caoba cubana, y señaló hacia la planta superior.

—Betty, la doncella, la está esperando en el pasillo de arriba. Si no necesita nada más de mi parte, me retiraré.

  Ella aceptó con un gesto de agradecimiento y subió las escaleras hasta encontrarse con la joven sirvienta, quien la condujo a su dormitorio.

—Ya he colocado su ropa en el armario, señorita, y dejé su neceser sobre la cómoda —informó Betty con presteza—. ¿Desea que le prepare el baño ahora mismo?

—Más tarde —respondió Sharon, dejándose caer en un sillón mientras el cansancio del viaje empezaba a pasarle factura—. Ahora solo quiero que le pidas a Agatha que me traiga algo de comer; me siento un poco mareada.

 Betty bajó a la cocina sin demora para cumplir el encargo. La joven invitada le había causado una impresión profunda, casi perturbadora; sus rasgos eran de una perfección gélida y su cuerpo, esbelto y exquisitamente moldeado, se movía con la fluidez de una hechicera. Sharon no caminaba, flotaba, como si el aire le abriera paso sin esfuerzo. Sin embargo, Betty sentía una extraña punzada de frustración: la magia de aquel encanto parecía desvanecerse al sostenerle la mirada de cerca, donde algo oscuro y distante se ocultaba tras sus ojos.

 Agatha, al enterarse, subió de inmediato cargando una bandeja de bocadillos. Cruzó el umbral jadeando, apoyándose un instante en el marco de la puerta para recuperar el aliento que los años y las escaleras le robaban cada vez con más saña. Con manos temblorosas por el esfuerzo, colocó la merienda sobre la mesa de té.

 La nanny esperaba que Sharon se lanzara a sus brazos en cuanto la viera, que el tiempo se borrara en un abrazo cálido. Pero la joven se limitó a acercarse a la bandeja y empezar a comer con una parsimonia mecánica, como si estuviera sola en la habitación.

—¡Cuánto tiempo sin verte, hija! —exclamó Agatha, con el corazón encogido por la indiferencia—. ¿Es que no vas a darme ni un abrazo?

 Sharon dejó el bocado a medio camino y observó a la anciana con una mezcla de melancolía y distancia.

—Tú, como siempre, mi querida Agatha —murmuró al fin—, igual de hermosa y llena de vida.

—Un poco mayor, querrás decir —replicó Agatha con una sonrisa triste—. Los años no perdonan, y los golpes de la vida te siembran la cabeza de canas.

—Siento mucho lo de tu marido —dijo Sharon, bajando la voz—. Para cuando me enteré, ya era demasiado tarde para volver.

 Agatha asintió, secándose las manos de forma nerviosa en el delantal.

—Fue un golpe brutal perder al compañero que creía que estaría a mi lado hasta el final. Pero lo voy superando, aunque a un hombre como él jamás se le olvida. Lo que me consume ahora es Helen… su tristeza, esa preocupación que la devora. No logro entender qué le pasa.

—Lord Leonard cree que se trata simplemente de un mal de amores —comentó Sharon, probando un bocadillo con indiferencia fingida.

—¡Ojalá fuera solo eso! —exclamó la nanny, acercándose a ella—. Apenas prueba bocado, se pasa las horas muertas mirando por la ventana y evita salir de casa. Al principio, tras el viaje, hacía algún esfuerzo, pero luego se atrincheró en su habitación y de allí no sale. Un día, cuando le supliqué que bajara a cenar con su padre, me soltó que él la miraba mal… ¡Imagínate! Lord Leonard, que se desvive por ella, y a ella se le han metido esas ideas en la cabeza. Tienes que ayudarla, Sharon. Si tú no puedes, no sé qué será de esta casa.

 Agatha no pudo contenerse más y rompió a llorar, un sollozo ahogado que llenó el silencio de la habitación.

—No te angusties tanto, Agatha —la consoló Sharon, aunque su voz mantenía una nota de cautela—. Ya verás que no es nada que el tiempo no cure. Helen es joven; recuperará la confianza, ya lo verás.

—Eso dices tú —replicó Agatha, secándose las lágrimas con determinación—, pero lo que le ocurre a esa niña me parte el alma precisamente porque no es dolor de amor. Hay algo más oscuro ahí.

Sharon dejó la taza sobre la mesa, con un tintineo seco.

—Si es cierto lo que dices, haré todo lo posible para que me lo confíe. Solo espero que no sienta que soy una entrometida después de tanto tiempo.

—No lo pienses ni por un segundo —sentenció la nanny—. Cuando le confesé que te había enviado aquel telegrama, no dijo ni una palabra. Se quedó en silencio, como si estuviera pidiendo tu ayuda a gritos y yo solo fuera la extensión de su propia conciencia llamándote. Y hoy, cuando el mayordomo anunció que el invitado llegaría el sábado, subí a decírselo... solo me respondió que esperaba que fueras tú.

Agatha suspiró, recuperando un poco la compostura y empezando a recoger la bandeja.

—Ahora, querida, descansa del viaje. Necesitas recuperar fuerzas. Yo iré a decirle que ya estás instalada... Ah, una pregunta más antes de irme: ¿Cenará con el señor esta noche?

 Sharon asintió lentamente, pero una duda la asaltó antes de que la nanny cruzara el umbral.

—¿Y Helen? ¿No piensa bajar a cenar con nosotros?

—No lo creo —suspiró Agatha—. Al menos inténtalo tú, convéncela... se ha acostumbrado a que le suban todas las bandejas a su cuarto.

—¡Entonces el asunto es mucho más grave de lo que imaginaba! —exclamó Sharon con una mezcla de asombro y preocupación.

  Agatha dejó a la invitada instalada y, tras recoger los restos del aperitivo, se dirigió al ala de la joven señora para anunciarle la buena nueva: Sharon Hunter ya estaba bajo su techo. Por un instante, una chispa de alegría cruzó el rostro de Helen, pero se apagó tan rápido como un fósforo en la tormenta; era pura apariencia.

—Me alegro mucho de que esté aquí —murmuró Helen, esquivando la mirada de la anciana—. ¿Dime, Agatha... ha cambiado mucho o sigue siendo la misma de antes?

—El cambio es inevitable cuando una niña se convierte en mujer —respondió la nanny con sabiduría—, pero tendrás que comprobarlo por ti misma. Te espera en la cena, Helen. Y no te atrevas a decir que no irás; ella espera que seas una anfitriona a la altura.

—Lo pensaré, Agatha... veré qué puedo hacer —contestó la joven con voz átona—. Ahora, por favor, déjame a solas.

  En cuanto la puerta se cerró tras la nanny, Helen se arrastró hacia la ventana, perdiéndose en el gris de la calle. De pronto, una voz familiar y cargada de ironía rompió el silencio a sus espaldas:

—¿Hay algo realmente interesante que ver ahí fuera?

  Helen se giró con el corazón en un puño. Allí estaba Sharon, que acababa de entrar en la habitación por la puerta secreta que conectaba sus estancias, un pasadizo olvidado por el resto de la casa.

—No pensé que recordarías cómo llegar hasta aquí sin que nadie te viera —logró decir Helen, con un hilo de voz—. Supongo que, al menos aquí, estamos a salvo.

—Todo el mundo cree que estoy descansando del viaje —admitió Sharon con una sonrisa cómplice—, pero no pude evitarlo. En cuanto Agatha cruzó la puerta, supe que tenía que verte de inmediato. No podía esperar ni un minuto más.

—Entonces, echemos el cerrojo —susurró Helen, con una urgencia que no le había mostrado a nadie en meses—. No quiero que nadie entre y descubra nuestro secreto.

En cuanto el pestillo encajó con un clic metálico, la rigidez de Helen se desmoronó. Corrió hacia Sharon y se refugió en sus brazos con una fuerza desesperada.

—¡Cuánto te he extrañado! —exclamó, con la voz quebrada—. Gracias por venir, de verdad... gracias por estar aquí.

  Sharon la estrechó con fuerza, acariciando su espalda para calmarla.

—Ya sabes cómo es mi familia; me tuvieron sepultada entre libros y estudios durante años. Luego vino el trabajo y me convertí en una esclava del estrés diario, siempre corriendo de un lado a otro. Pero tu vida... parece mucho más tranquila. He oído que has estado viajando, ¿verdad?

  Ambas se sentaron en el sofá de terciopelo junto a la ventana, donde la luz de la tarde empezaba a languidecer. Tras una pausa densa, Helen asintió. Le contó, con frases medidas y carentes de emoción, que su única novedad había sido el viaje a España en representación de su padre, asistiendo a una procesión interminable de fiestas diplomáticas y recepciones oficiales.

—Sin embargo —añadió Sharon, clavando sus ojos marrones en los de su amiga—, desde que regresaste de esas tierras, los rumores dicen que no eres la misma. Dicen que te comportas de forma extraña... que te has vuelto una extraña incluso para los que te aman.

—No entiendo qué pueden haberte contado —replicó Helen, desviando la mirada hacia los tejados húmedos de la ciudad—, pero todo sigue igual. Supongo que me siento algo deprimida, como cualquiera que regresa de un país devastado por la guerra.

  Hizo una pausa, y por un instante su voz recuperó un matiz de calidez.

—Es gente alegre, Sharon. Te reconfortan con su hospitalidad a pesar del inmenso sufrimiento que arrastran. Pero al volver a nuestro mundo... tan gris, tan metódico, en esta aparente tranquilidad que respiramos... es inevitable sumergirse en pensamientos melancólicos.

  Sharon la observó con una ceja arqueada, sin dejarse convencer por la explicación geopolítica.

—¿Esa es realmente la Helen que yo conocía? —preguntó con suavidad, pero con firmeza.

—Te has vuelto demasiado curiosa —cortó Helen, con un rastro de amargura.

—¿Y qué ocurre si lo soy? Por tu respuesta deduzco que, efectivamente, algo se quiebra bajo la superficie. Espero que nos lo cuentes durante la cena. Por cierto —añadió Sharon, levantándose con elegancia—, Agatha me ha dicho que ya no sueles bajar al comedor, pero espero que mientras yo esté aquí me acompañes. No es que tu padre no sea agradable, lo es muchísimo, pero pertenece a otra generación. Tenemos muy pocas cosas en común de las que hablar, y me temo que la cena sería un desierto sin ti.

—Recuerda que no te dejaré sola —le aseguró Sharon, suavizando el tono—, aunque tenga que hacer un esfuerzo considerable para sacarte de este cuarto.

—¡Vaya! —exclamó Helen con una sombra de ironía—. ¿Se llevan tan mal mi padre y tú que ha pasado algo que yo no sepa?

—Que yo sepa, no —replicó Sharon—, pero deberías fijarte en cómo me mira. No parece de los que disfrutan mucho tiempo de mi compañía.

—Mujer, no será para tanto —la tranquilizó su amiga—. Entiende que solo te tiene a ti; con su mirada te escruta buscando respuestas, esperando que te dignes a informarle de lo que te pasa.

Helen guardó un silencio gélido antes de sentenciar:

—Sé perfectamente por qué digo lo que digo, Sharon. Y si de verdad quieres entenderlo, tendrás que estar lista a las cinco de la mañana. Por cierto, ¿has traído coche?

Sharon, sobresaltada por el madrugón que se le venía encima, asintió con presteza.

—Alquilé uno; cuando aterricé, ya me estaban esperando con él en el aeropuerto.

—Bien. Entonces recuerda: a las cinco de la mañana nos marchamos. Te diré el destino por el camino, pero si de verdad quieres ayudarme, tienes que asegurarte de que nadie sepa que nos vamos. Ni mi padre, ni Peel, ni siquiera Agatha.

  Sharon sintió un escalofrío de adrenalina. La sumisa Helen estaba trazando un plan de fuga.

—¡De acuerdo! —aceptó con una sonrisa audaz—. Que todo vuelva a ser como en los viejos tiempos.

Sharon regresó a su habitación con la mente bullendo en interrogantes. «¿Adónde querría ir a una hora tan intempestiva?», se preguntaba mientras cerraba la puerta. Sea como fuera, estaba decidida a ser su sombra y su apoyo.

  Comenzó los preparativos para la cena con un rito de transformación. Eligió un diseño de Armand: un vestido de crepé romano blanco cuya pureza contrastaba con el intrincado encaje azul oscuro que adornaba las mangas y el bajo de la falda. Se miró al espejo, satisfecha con la imagen de mujer de mundo que proyectaba.

  Cuando entró en la sala de estar, se llevó una sorpresa: Helen ya la esperaba. Llevaba un vestido de noche en encaje malva, una pieza exquisita que se ceñía a su silueta con volantes que nacían sutilmente desde la cintura. Sharon reconoció al instante el sello de los modistos Martial et Armand de París.

—Veo que nuestros gustos siguen sincronizados —comentó Sharon con una sonrisa de aprobación—. Ambas hemos apostado por la moda parisina esta noche.

Luego, echó un vistazo rápido al reloj de pared y añadió con un tono más bajo:

—Parece que tu padre se ha retrasado.

—Según Peel, mi padre tuvo que marcharse por un asunto urgente —explicó Helen con una mueca de escepticismo—. Nos ordenó que empezáramos sin él. Al fin y al cabo, sospecho que prefiere que sea así.

—Mujer, lo tuyo raya en lo crónico —replicó Sharon, tratando de aligerar el ambiente—. ¡Vamos! Pasemos al comedor y olvidémonos de las ausencias por un momento.

  Al entrar, se encontraron con Brilliz y Betty dando los últimos toques a la mesa bajo la mirada vigilante y milimétrica del mayordomo. Helen se movía con una incomodidad palpable, lanzando miradas de reojo cargadas de desconfianza hacia los rincones del salón. Apenas probó bocado y sus palabras caían con cuentagotas. Sharon, en cambio, parecía impulsada por una energía renovada y dio cuenta de los platos con un apetito voraz, como si se preparara para la larga jornada que les esperaba al alba.

  Estaban terminando el último bocado cuando Lord Leonard hizo su entrada. Con una sonrisa que no terminaba de ocultar su cansancio, las saludó y se acercó a su hija para darle las buenas noches con una afectuosidad que sonaba ensayada.

—Me alegra ver que han atendido bien a nuestra invitada —dijo, tomando asiento—. Nada me hace más feliz hoy que verlas a ambas compartiendo mesa en el comedor. Pero dígame, hija, ¿cómo ves a su amiga de la juventud después de tanto tiempo?

  Helen se puso en pie, alisándose el vestido malva con dedos temblorosos.

—Bueno... muy bien. Está irreconocible, padre. A ratos no sabría decir si es ella o no. Con su permiso, me retiro; el día ha sido largo y me siento agotada.

Lord Leonard y Sharon se miraron con asombro mientras la silueta malva de Helen desaparecía tras la pesada puerta del comedor. El eco del portazo dejó un silencio denso en el aire.

—¿No te das cuenta, Sharon? Está perdiendo la cabeza —sentenció el Lord, bajando la voz hasta un susurro áspero—. Desde que contraté a Peel, ella insiste en que el servicio la espía, que la siguen por los pasillos... ¿Crees que es normal que una hija acuse a su propio padre de rodearla de carceleros?

—Pero Lord Leonard —replicó Sharon, sosteniéndole la mirada con calma—, para que alguien llegue a ese extremo de desconfianza, algo tiene que estar ocurriendo bajo esta superficie. El miedo no nace de la nada.

—Bueno, ahora es tu turno de averiguarlo —cortó él, tajante—. Eres su confidente más íntima. Confío en que logres desentrañar este delirio.

—No se preocupe —respondió ella con una seguridad que no sentía del todo—, ya verá cómo al final no es nada grave.

—Eso espero, por el bien de todos. Con tu permiso, me retiraré a mi despacho; tengo documentos urgentes que deben estar listos para mañana. ¡Que descanses, Sharon!

—Igualmente, Lord Leonard.

  Sharon subió a su habitación con el pulso acelerado. La actitud de Helen la desconcertaba profundamente: ¿era una paranoia real o una intuición desesperada? Decidida a descubrir la verdad en el corazón de la noche, ajustó la alarma para las cuatro y media de la madrugada. Se tumbó vestida sobre la colcha, dejando que el sueño la reclamara solo por unas horas, mientras el silencio de la mansión se volvía cada vez más opresivo.

¿Qué te ha parecido este nuevo capítulo? ¿Logrará Sharon ayudar a Helen o aumentarán los secretos en la casa? ¡Déjame tu comentario aquí abajo, me enfatizáis el alma leyendo vuestras opiniones!

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