Si acabas de llegar al blog o quieres repasar el inicio, lee aquí el Capítulo I: Helena — La Sombra de Lisboa
La inquietud me devoraba por dentro; el sueño era un lujo que no podía permitirme. Tras vestirme en silencio, me deslicé por la puerta secreta que conducía a la habitación de Sharon. Dormía profundamente, ajena a la tormenta que arreciaba en mi pecho. Apagué su despertador antes de que el primer pitido rompiera el silencio de la casa y la sacudí con suavidad.
—Sharon… es la hora —susurré al pie de su oído.
—Por favor, Helen —protestó ella, con la voz pastosa y los ojos entrecerrados—. Aún es demasiado pronto.
—¿Vienes conmigo o no? —le solté con una firmeza que la hizo espabilarse de golpe.
—No lo dudes —asintió Sharon, incorporándose con un suspiro de resignación.
Abrí mi armario y rescaté dos prendas pesadas para combatir el frío del alba: un abrigo malva oscuro para ella y uno violeta para mí. Nos calamos los sombreros a juego —el de ella azul marino, el mío violeta— y me ceñí el cinturón con fuerza, como si me preparara para una batalla. Nos descalzamos, sosteniendo los zapatos en la mano, y descendimos las escaleras centímetro a centímetro, evitando cada peldaño traicionero que pudiera crujir.
Al llegar a la cocina, cogí un termo con té caliente y un paquete de galletas. Salimos por la puerta trasera, donde la luz de dos farolas enfrentadas nos golpeó con una claridad cegadora antes de alcanzar la penumbra de la calle principal.
—¿Adónde vamos, Helen? —me preguntó Sharon mientras subíamos al coche, con el tono de quien empieza a perder la paciencia.
—Deberías saberlo —le respondí, arrancando el motor.
Sharon se revolvió en el asiento, visiblemente alterada.
—No juegues conmigo, Helen. Te lo digo en serio: si no me hablas claro, me vuelvo a la cama ahora mismo y te vas sola. ¡No voy a seguirte a ciegas a estas horas!
—No lo hago —respondí con un susurro que cortó el aire. Asentí para mis adentros, invocando aquel recuerdo—. West End. ¿Acaso has olvidado lo que nos ocurrió allí, a las dos de la madrugada, justo después de enterrar a mi madre?
—¿Cómo podría olvidarlo? —contestó, dejando que la memoria fluyera—. Era esa hora muerta, la más oscura, justo antes de que el amanecer empiece a doler. Londres parecía un desierto de piedra. Los cuatro ojos luminosos del Big Ben vigilaban con frialdad las plazas mudas y el río, que se deslizaba bajo los puentes como una cinta de acero vacío. Aquel silencio nos pesaba más que el propio luto.
Vimos al día ganar terreno a zancadas, forzando a la tiniebla a batirse en retirada de esquina en esquina. Era una luz plomiza, pesada de niebla y humedad. El Támesis tiritaba ante un aliento gélido que soplaba historias de mares lejanos. Con la capitulación de las farolas, San Pablo emergió del letargo como un espectro pálido, escoltado por los campanarios que herían, como dagas, el gris del firmamento.
Entonces, nos sorprendió aquel ruido. Primero un roce, luego un clamor: un concierto de trinos y silbidos saltando de parque en parque. Eran los gorriones despertando; fue el sonido más emocionante que he escuchado nunca. Justo después apareció el primer tranvía, un gigante dorado por sus propios faros, balanceándose entre el repique de campanas y el tintineo del hierro. Con él, la metrópolis volvió a latir.
De repente, Helen me clavó una mirada cargada de una seriedad antigua, deteniendo el tiempo.
—Lo has descrito bien —admitió, aunque su escepticismo seguía vibrando en el aire—, pero yo me refería a lo que ocurrió exactamente en West End Street, donde has aparcado.
Hizo una pausa, como si rescatara los sonidos de entre la bruma:
—El silencio de la noche estalló con el impacto de cristales rotos. Luego, el chirrido lacerante de unos neumáticos huyendo a toda velocidad. Un agente corrió hacia el estruendo haciendo rasgar el aire con su silbato; apenas unos segundos antes, lo habíamos visto comprobando cerraduras con el haz de su linterna, moviéndose con esa calma de quien se cree a salvo del peligro.
Nos ocultamos en las sombras, testigos mudos de aquel caos. El escaparate de la peletería estaba hecho añicos; la barra de hierro que usaron todavía yacía en la acera, como un testigo mudo. En un abrir y cerrar de ojos, las pieles habían desaparecido. ¡Un robo audaz a escasos metros de la ley! Fuimos temerarias al no huir; nadie habría notado nuestra presencia en mitad de aquellas horas intempestivas.
Aún te recuerdo, Helen, con la mano trémula entregando aquel papel donde habías anotado la matrícula y el modelo. Corriste al puesto de alarmas y diste el aviso que permitió su captura. Aunque, para ser honestas, lo que peor sabor de boca nos dejó no fue el robo, sino la reprimenda de nuestros padres y aquella semana de castigo...
Pero, ¿qué pasa ahora, Helen? ¿Por qué me has traído de vuelta aquí? Sigo sin entender a dónde quieres llegar.
Ella me miró con una fijeza inquietante:
—¿Te parece extraño, querida amiga, que siempre haya coches involucrados en nuestras huidas? —hizo una pausa letal—. Lo que me sorprende es que esta vez no te parezca sospechoso el vehículo que nos sigue desde que salimos de casa.
—Perdóname —me soltó, tratando de sonar racional—, pero no voy a alimentar tus alucinaciones. ¿No crees que estés dejando volar demasiado la imaginación?
—Puede que sí —repliqué con una calma gélida—. Pero si es así, no te importará conducir hacia los edificios de Scotland Yard. Si no nos siguen hasta allí, admitiré que solo son fantasías mías.
—Me parece una soberana tontería, pero te seguiré el juego... por los viejos tiempos.
Sharon no apartaba la vista del retrovisor. El coche mantenía una distancia constante, como un depredador que no tiene prisa. Se preguntaba qué razón oculta la obligaba a tomar tantas precauciones. ¿Qué había de cierto en sus miedos? Al aproximarnos a Scotland Yard, el primer vehículo se desvió, pero otro ocupó su lugar de inmediato.
De repente, Sharon dio un volantazo violento. Aceleró a fondo y se lanzó hacia Whitehall, clavando los frenos junto a la acera derecha. Al instante, el coche que nos acechaba chirrió tras nosotras, deteniéndose en seco a pocos metros, en la acera opuesta, para sellar cualquier salida. Dos hombres con gabardinas de cuero negro bajaron del vehículo; sus figuras avanzaron hacia nosotras con un paso firme y depredador.
Sharon aguantó el pulso, esperando a que estuvieran lo bastante cerca para reconocerles las caras; entonces, con el motor rugiendo en un estallido de furia, metió primera y salió disparada hacia casa.
El regreso fue un silencio de tumba. Al llegar, entramos sin cruzar una sola palabra, buscando cada una el refugio de su habitación. Cerré mi puerta con el pulso todavía desbocado; el eco de nuestros pasos en el pasillo me recordaba, en cada golpe contra el suelo, que la noche acababa de volverse peligrosamente real.
«Sharon utilizó la puerta secreta, confirmando mis peores sospechas en un solo movimiento.
—Ahora te creo —dijo ella, sintiendo todavía el amargor de la adrenalina en la garganta—. Pero dime: ¿qué demonios está pasando? ¿Quiénes eran esos hombres y qué querían de nosotras?».
—Sinceramente, no lo sé —respondió, con la mirada perdida.
—¿Cómo que no lo sabes? ¡Por Dios, Helen, pídele a tu padre que lo averigüe!
—¡Ni hablar! —reaccioné con una brusquedad que me sorprendió incluso a mí—. Mi padre tiene demasiados enemigos acechando en las sombras. Cualquier escándalo, por mínimo que sea, serviría de excusa para apartarlo definitivamente de la vida política. No podemos involucrarlo; sería entregarle su cabeza en bandeja de plata a sus rivales.
—Lo entiendo... pero, ¿cuánto tiempo llevan siguiéndote?
—Desde que regresé de España —confesó, y su voz sonó pequeña, casi ahogada—. Por eso no salgo de casa. ¿Entiendes ahora por qué necesitaba que lo vieras con tus propios ojos?
Sharon la miró fijamente, tratando de unir las piezas de un puzle que se volvía cada vez más oscuro.
—¿Qué te pasó en España? —preguntó al fin, con un hilo de voz.
—Nada en particular. Fue un viaje estupendo —respondí, aunque mi voz vaciló un instante—. Pero ocurrió algo curioso al final. Organizaron un vuelo especial desde el noroeste de Valladolid para que regresara a Londres cuanto antes. Me acomodé como pude en el estrecho interior del Dornier y, al colocar mi bolsa en el compartimento, algo resbaló. Al caer, vi un paquete pequeño, extraño por su envoltorio. Una vez en el aire, vencida por la curiosidad, lo abrí: era un manuscrito acompañado de varias cartas personales.
—¿Pero cómo terminó eso entre tus cosas? —preguntó Sharon, con el desconcierto pintado en el rostro.
—Creo que fue aquella mujer que tropezó conmigo justo antes de subir al coche en Valladolid —respondí, reconstruyendo la escena en mi mente—. Se disculpó por su torpeza, pero ahora estoy segura de que fue en ese preciso instante cuando deslizó el paquete en mi bolso. Tenía una prisa desesperada por perderse entre la multitud, como si aquel envoltorio le quemara en las manos.
—Es obvio que esa mujer lo deslizó en tu bolso a propósito, pero... ¿por qué tú? —preguntó Sharon, bajando la voz como si las paredes pudieran oír.
—Lo he pensado mil veces —respondió Helen, con la mirada perdida en el reflejo de la ventana—. Estoy segura de que estaba en la recepción del Consulado el día antes de mi partida. No sé su nombre, ni quién era aquel hombre de porte rígido que la acompañaba, pero es ella. No tengo ninguna duda.
«Al aterrizar en Londres, el despliegue policial era asfixiante. Revisaban cada pasaporte, cada maleta, hasta el equipaje más insignificante. Cuando llegó mi turno y mostré mi acreditación diplomática, el oficial frunció el ceño. Me examinó de arriba abajo con unos ojos brillantes, afilados como los de un halcón; me sentí desnuda bajo aquel escrutinio.
Al salir, tomé un taxi y no tardé en notar, a través del retrovisor, que un Rolls-Royce nos marcaba el paso. El taxista no les quitaba el ojo, tenso al volante; supe entonces que no eran simples curiosos. Debían ser de la Brigada Volante».
—Actúan con una precisión quirúrgica —añadí, sintiendo un escalofrío que me recorría la espalda.
—Lo confirmé al llegar —continuó Helen, con la voz ensombrecida—. Desde mi ventana vi a uno de ellos bajar del Rolls-Royce. Tenía un aspecto impecable, casi burgués, y caminaba frente a la casa con una parsimonia aterradora, como un ave de rapiña que solo espera a que su presa cometa un desliz. Cualquiera se sentiría a salvo bajo su protección, pero yo... yo me siento cercada.
—Eso significa que saben que tienes el paquete —sentenció Sharon, con una fijeza en la mirada que cortaba el aire.
—Si estuvieran seguros, ya habrían echado la puerta abajo, ¿no crees? —replicó Helen, tratando de convencerse a sí misma—. Están esperando. Acechan, aguardando a que yo cometa un movimiento en falso que les dé la excusa legal para entrar.
Sharon se acercó un paso, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de urgencia:
—Helen... ¿realmente es tan importante lo que contienen esos papeles? ¿Vale tanto como nuestras vidas?
—Lo son —sentenció Helen con una voz tan sombría que pareció enfriar la estancia—. Si estos papeles caen en las manos equivocadas, el gobierno de Franco en Burgos podría tambalearse. Y con la sombra del conflicto que ya se gesta en Alemania, lo último que el mundo necesita es que el Reino Unido se vea arrastrado a una guerra antes de tiempo.
—Me estás poniendo los pelos de punta, Helen —admití, sintiendo cómo un frío repentino se colaba bajo mi ropa—. Me cuesta creer que unos simples papeles tengan tanto poder. Pero escúchame bien: ¿cómo voy a ayudarte si no sé a qué nos enfrentamos realmente?
Me acerqué a ella, buscando sus ojos en la penumbra.
—Necesito la verdad, Helen. Toda la verdad.
Helen bajo la voz, como si las paredes de la habitación tuvieran oídos.
—He pensado en traducirlos para ti. Sé que el español te es ajeno, pero tengo los papeles... los guardo a buen recaudo. Son las cartas de un hombre que intenta rescatar su honor de una acusación infame. Aporta documentos, pruebas irrefutables. Su vida entera depende de lo que dicen esas páginas.
—Entiendo —asintió Sharon con gravedad—. Pero escucha, tenemos que blindar esa documentación. Nada es más seguro que la cámara acorazada de un banco.
Helen soltó una risa seca, cargada de amargura.
—Te equivocas, Sharon. Cometí ese error el mismo día de mi regreso. Preparé un señuelo: un paquete idéntico al original, envuelto con el mismo papel y sellado de la misma forma, y lo deposité en una caja de seguridad. Cuatro días después volví para comprobar mis sospechas y descubrí, para mi asombro, que alguien lo había manipulado. No te puedes imaginar la cara de la empleada cuando le solté a la cara que su banco era un coladero de espías.
Helen hizo una pausa, recreándose en el recuerdo del enfrentamiento.
—Ella insistía, balbuceante, en que era imposible, que yo custodiaba la única llave. Le pedí que no me tomara por idiota: había preparado una trampa química en el envoltorio. Quienquiera que lo abriera se habría manchado las manos con una tinta indeleble, un rastro que no se borra ni con mil lavados. Le dije que si no eran capaces de custodiar un fardo de papeles, no pensaba confiarles mis joyas. Lancé la llave sobre la mesa y me marché con una decepción fingida, sin añadir una palabra más.
Helen calló un segundo, midiendo sus palabras. —Olvida al banco; eso es solo fachada. Lo que me aterra es la mano invisible detrás de todo. No sé quiénes son, pero tienen acceso a lugares que, sobre el papel, son impenetrables.
—Entonces, es hora de que lo averigüemos —sentenció Sharon, recuperando la compostura—. En mis viajes he trabado amistad Walter Gallichan, un periodista que se mueve entre las sombras de la prensa. Sus hilos llegan hasta Edwin T. Woodhall, ese sabueso de Scotland Yard que cambió la placa por la investigación criminal. Si alguien puede desenredar este nudo, son ellos.
Helen la estudió con una mezcla de sospecha y curiosidad.
—¿Confías en su instinto o es que te has dejado seducir por su reputación? —Me atrae su audacia —admitió Sharon con franqueza—, pero nuestra alianza es estrictamente profesional.
—¿Cuándo le veremos? —preguntó Helen, encaminándose a la puerta.
—Iré yo sola —la interceptó Sharon.
—¡Ni hablar! —protestó Helen con una firmeza inesperada—. Te han visto conmigo; lanzarte sola a las calles de Londres ahora sería un suicidio. Sharon, desde este instante, somos una sombra. No te separas de mí.
—¡Qué alarmista eres, Helen! No te preocupes, no me va a pasar nada —dijo Sharon con una ligereza que sonaba forzada—. Además, nadie nos vio. Esos hombres probablemente solo querían coquetear.
—¿De verdad lo crees? Mira esto, Sharon. Qué interesante...
Señalé un pequeño micrófono que acababa de extraer de la base de una de las macetas del dormitorio. Lo había inutilizado con precisión; ahora solo transmitiría un siseo estático. Sharon palideció al instante. La obligué a sentarse en la cama y la tomé del brazo para darle seguridad.
—¿De verdad nos están escuchando? —me preguntó en un susurro apenas perceptible, pegada a mi oído.
—Ahora mismo no pueden oír nada, no te preocupes. No es el primero que encuentro y dejo inservible —le aseguré, bajando también la voz—. Tu padre me confesó que tú no confiabas en Peel.
Sharon suspiró, asimilando la traición en su propia casa.
—Lo que me resulta sospechoso es que, tras pasar una eternidad sin mayordomo y con el impecable trabajo de Agatha como ama de llaves, papá contratara a ese hombre de la noche a la mañana. Y lo peor: lo hizo fijo sin pedir opinión. Estoy convencida de que lo obligaron a meterlo en casa bajo el pretexto de su "protección". Papá es una pieza clave para el país si estalla la guerra; es demasiado valioso para que lo dejen libre.
—Pero si sospechabas todo esto, Helen —le recriminé con suavidad—, ¿cómo has podido quedarte impasible mientras la red se cerraba sobre vosotros?
—No me siento lo suficientemente fuerte para afrontar todo esto sola —admití, sintiendo el peso de la casa sobre mis hombros—. Te necesito, Sharon. Mi padre, con su experiencia, habría tomado ese manuscrito y se lo habría entregado sin dudar a Scotland Yard o a la Embajada.
Pero dudo mucho que esa hubiera sido la decisión correcta. El paquete venía acompañado de una carta con una instrucción clara: entregarlo a la prensa para que tuviera una difusión masiva. Estuve a punto de hacerlo, pero me venció la curiosidad. Al leer su contenido, comprendí que no podía entregarlo a la ligera.
Sharon me miró, esperando una respuesta que yo aún no podía darle por completo.
—Sabrás la verdadera razón esta noche, cuando todos duerman —le susurré—. Te lo explicaré con detalle para que entiendas que este hombre guarda silencio por la seguridad del Estado, pero también por alguien que sueña con limpiar su honor. No me cabe duda: esa mujer me utilizó. Quería que yo sacara el manuscrito de España a salvo, bajo mi protección diplomática, para luego recuperarlo con fines mucho más oscuros.
—Tenemos que movernos con pies de plomo —murmuró Sharon—. Lo primero es localizar a Gallichan, ya sea en la redacción o en su propia casa.
—Habrá que esperar a que mi padre salga de su despacho para usar su línea privada —le advertí—. Las demás están intervenidas, ya lo has comprobado. No es una paranoia mía.
—Supongo que ahora entiendes que esas líneas existen solo para el beneficio de Peel —replicó ella.
—No creo que el mayordomo sea uno de "esos" hombres, pero ya no me importa —Sharon mostró una chispa de emoción en el rostro, como si estuviera ansiosa por recibir el pistoletazo de salida. Sin embargo, hubo algo en su gesto, una sombra fugaz, que me produjo un escalofrío—. Lo crucial ahora es hablar con Gallichan. O mejor aún... ¿no crees que sería más interesante hablar con ambos, con él y con el detective Woodhall?
Bajamos las escaleras con paso decidido, dispuestas a ejecutar el plan, pero nos topamos con un imprevisto: mi padre aún no se había marchado. Se cruzó con nosotras en el comedor mientras nos dirigíamos a su despacho.
—¡Buenos días! —exclamó sorprendido—. ¡Qué madrugadoras!
—Sharon y yo queremos ir de compras —improvisé rápidamente.
—¡Genial! Ya era hora de que salieras a distraerte un poco —respondió él con una sonrisa honesta—. Te hará bien.
—¿Vas a quedarte a trabajar en casa? —preguntó Helen, tanteando el terreno.
—No, tengo que marcharme de inmediato. Se espera mucha conmoción hoy en la Cámara de los Lores.
—¿De verdad cree que la nación irá a la guerra, como se rumorea? —le preguntó Sharon, buscando en sus ojos una respuesta que el gobierno aún callaba.
—La situación es muy fea, Sharon —sentenció mi padre—. En mi opinión, ya nada puede salvarnos de lo que viene.
Las dos intercambiamos una mirada rápida mientras acompañábamos a Lord Leonard hacia la mesa del desayuno. Peel ya estaba allí, moviéndose con su habitual eficiencia silenciosa, pero mi padre lo detuvo en seco con una mirada de acero.
—Déjalo, Peel —ordenó con voz autoritaria—. Hoy nos serviremos nosotros mismos. Puedes retirarte y continuar con tus labores habituales.
El mayordomo obedeció de inmediato, desapareciendo tras la puerta doble. En cuanto nos quedamos solos, mi padre se inclinó hacia nosotras:
—Cuanto menos se entere el servicio, mejor, ¿verdad, hija?
—No sé a qué te refieres, papá —respondió Helen, fingiendo una calma que no sentía.
—¿De verdad no tienes nada que decirme? Escuchad bien: si queréis hablar, hacedlo ahora. Me he asegurado personalmente de que en este comedor nadie pueda escucharnos a escondidas.
—No sabía que te estaban vigilando —intervine, tratando de sonar neutral—. Por lo que sé de tu carrera, jamás han tenido un motivo para desconfiar de ti.
—Pero lo hacen —replicó él, y su voz sonaba cansada—. Desde que regresaste de España, tengo hombres apostados en la entrada. Me siguen al Parlamento, a mis reuniones... a todas partes. Mis colegas han empezado a notar la sombra y ya no sé qué excusas inventar. No es el momento, Helen, para que mis compañeros parlamentarios dejen de confiar en mí. La nación está al borde del abismo y yo estoy bajo sospecha por tu culpa.
—Dijiste que eran imaginaciones mías —le recriminó Helen—, incluso que desconfiar de Peel era una locura.
—Peel es de absoluta confianza —sentenció mi padre con una firmeza que no admitía réplica—. Lo contraté específicamente para protegerte. Es tu guardaespaldas personal y te aseguro que no te quitará el ojo de encima; no vuelvas a subestimarlo. ¿Cómo crees que me he enterado de que hoy saliste a las cinco de la mañana y acabaste envuelta en una persecución de película?
Helen y Sharon se quedaron lívidas, procesando la información.
—¿Entonces... los hombres del coche eran gente de Peel? —pregunté con un hilo de voz.
—No, hija. Eso es precisamente lo que Peel intentaba averiguar. —Lord Leonard se inclinó sobre la mesa, bajando el tono hasta convertirlo en una confidencia peligrosa—. Escuchadme bien: mantenemos relaciones cordiales con el nuevo gobierno del general Franco en Burgos. No queremos que España sea arrastrada al conflicto mundial que se avecina; Inglaterra no puede permitirse otro frente abierto. Pero hay un grupo subversivo operando aquí, en Londres, que busca desestabilizar su régimen para forzar su entrada en la guerra.
Hizo una pausa significativa, clavando su mirada en Helen.
—Y parece que tú, de alguna manera, te has convertido en su objetivo.
—¿Por qué me dices eso, papá? —le preguntó Helen, con un rastro de miedo en la voz.
—Porque estoy convencido de que guardas algo que ellos codician —respondió Lord Leonard, sin apartar la mirada de su hija—. Algo que te pone en una diana. Sufro en silencio, Helen, porque temo que no demuestres la madurez necesaria para tomar la decisión correcta antes de que sea tarde.
—Si fuera como supones... —aventuró Sharon, rompiendo el tenso silencio—, ¿qué cree que debería hacerse al respecto, milord?
Lord Leonard no dudó ni un segundo:
—Entregárselo al Gobierno español; concretamente, a su representante en Londres. Yo mismo podría facilitar ese encuentro en el momento más oportuno.
Se hizo un silencio sepulcral en el comedor. Mi padre esperaba una confesión, una entrega inmediata de lo que fuera que yo escondía. Pero Sharon, con una sangre fría que me asombró, tomó la palabra para protegerme:
—Si Helen tuviera algo así, señor, no podríamos confiar en cualquiera. Tendría que ser alguien que demostrara una lealtad inquebrantable al régimen de Burgos.
—Veo que ya se está gestando una decisión en esas jóvenes mentes —replicó él con una sonrisa gélida—. Así que decidme: ¿qué pensáis hacer?
Sharon me lanzó una mirada de advertencia antes de volverse hacia él:
—Habíamos pensado en consultar a un profesional externo. Alguien que conozca los bajos fondos de la noticia y los hilos que se mueven en la sombra. Walter Gallichan. Quizás haya oído hablar de él.
—En efecto, es un gran escritor y una personalidad difícil de definir —admitió mi padre, aunque su tono seguía siendo escéptico—. Pero no alcanzo a comprender cómo ese hombre podría ayudaros.
—Tal vez él no sea la pieza clave —concedió Sharon, imperturbable—, pero su valor real es el puente que tiende hacia Edwin T. Woodhall. Fue el sabueso más brillante de Scotland Yard y aún conserva aliados en el cuerpo. Si alguien sabe qué manos mueven esos hilos, es él.
—Sé que Woodhall posee una de las mentes más brillantes en el campo de la investigación —concedió él, y su mirada se volvió pensativa—. Tu propuesta es interesante, Sharon. Pero, siguiendo con vuestra "suposición"... ¿cómo podría ayudar yo, más allá de guardar silencio sobre lo que sé?
—Ya lo verás, papá —le dije—. De momento, puedes ayudarnos prestándonos tu línea privada.
—Sabes dónde está. No tengo inconveniente en que la uses.
Nos levantamos y nos dirigimos al despacho. Mi padre nos siguió, movido por la absoluta certeza de que yo custodiaba aquello tan codiciado que hacía tambalear la seguridad del Estado. Al cerrar la puerta tras nosotros, soltó lo que llevaba conteniendo toda la mañana:
—¡Así que es cierto! ¡Lo tienes! Tal como me informaron... Dime, Helen, ¿dónde está?
—No se lo diré a nadie —respondí con firmeza.
—Eres una cabezona... igual que lo era tu madre.
—Creo que solo querías confirmar tus sospechas —repliqué, ignorando el reproche—. Ahora que lo sabes, ¿puedo usar tu teléfono? ¿Ese que escondes tras el viejo retrato de la reina Victoria? ¿Sí o no?
—Adelante —suspiró él, dándose por vencido—. Pero me mantendré al margen. Seguiré sosteniendo ante mis colegas que mi hija está sumida en una profunda depresión y no recibe a nadie. Ahora iré con Peel; no quiero que os interrumpa mientras habláis.
Cuando nos quedamos solas, Sharon y yo echamos el cerrojo por seguridad. Me acerqué al pesado marco victoriano y presioné el resorte oculto en el relieve. El cuadro pivotó sobre una bisagra invisible, revelando el teléfono de baquelita negra. Se lo tendí a Sharon:
—Es tu turno. Llámalo.
Sharon marcó con dedos rápidos. Al otro lado, la voz distante de un ama de llaves respondió al instante:
—Residencia del señor Gallichan, 188 de Strand Street. ¡Dígame!
—Soy la señorita Sharon Hunter —dijo ella con voz firme—. ¿Puedo hablar con el señor Gallichan? Es un asunto de suma importancia.
—Está muy ocupado ahora mismo, espere un segundo —respondió el ama de llaves—. Veré si puede atenderla.
A través del auricular, pudimos oír el eco de la casa en el 188 de Strand Street. «Señor, la señorita Hunter insiste en hablar con usted. ¿Quiere que le diga que llame más tarde a la redacción?».
—¡No! Pásame la llamada al despacho ahora mismo, Martha —tronó la voz de Gallichan. Se le oía eufórico, como si llevara siglos esperando esa interrupción—. ¡Sharon! Qué sorpresa. No sabía nada de ti desde aquello en Portugal. ¿Dónde te escondes?
—Estoy en la ciudad, en casa de una amiga —respondió ella, lanzándome una mirada cómplice a Helen.
—Noto en tu voz que quieres pedirme un favor —rio él—. Sabes que, mientras esté en mi mano, puedes contar conmigo para lo que desees.
—Lo que tengo que pedirte no se dice por teléfono —cortó Sharon—. Es un asunto de vital importancia.
—Me dejas en un suspenso insoportable. Si te parece bien, te invito a cenar esta misma noche.
—Acepto, siempre y cuando busques una pareja para mi amiga —soltó ella.
—Vaya... yo había pensado en algo más íntimo.
—Tendrá que ser otro día, Walter; me quedaré en Londres una temporada —aclaró Sharon, cambiando de tema con agilidad—. Por cierto, ¿sigues en contacto con Edwin T. Woodhall?
—Desde luego. ¿A qué viene esa pregunta?
—Bueno, ya sabes... cosas de seducción femenina —bromeó Sharon, aunque sus ojos permanecían serios—. Si no ha perdido el gusto por la buena compañía, tráelo contigo. Nos vemos esta noche.
—¿Tiene que ser él, Sharon? —insistió Walter al otro lado de la línea—. ¿No crees que cualquier otro "caballero" sería una compañía menos... complicada para tu amiga?
—No, Walter. Ella quiere conocerlo específicamente a él; es una ferviente admiradora de su trabajo. Si esta noche es demasiado pronto, podemos posponerlo hasta mañana.
—¿En qué lío me vas a meter esta vez? —rio él, con un deje de sospecha en la voz—. Apuesto mi reputación a que esto acabará en un lío monumental. Pero sea como sea, acepto. Nos vemos en el nuevo restaurante frente Hyde Park, en la esquina de Apple y Hose. Mañana a las nueve. Reservaré ahora mismo; así tendré tiempo de localizar a Edwin.
—Perfecto. Nos vemos allí a las nueve, Walter.
Al colgar, Walter se quedó un instante en silencio. La voz de Sharon había invocado una imagen que guardaba en su memoria como un holograma imperecedero: el día que la conoció en aquella tarde de verano en Lisboa.
Él había aterrizado en la capital portuguesa el 16 de julio de 1938, con la intención de entrevistar a Gil Robles. Al descubrir que el político se había marchado, decidió tomarse unas breves vacaciones en el Hotel Americano, cerca de la estación del Rossio. Walter la vio por primera vez mientras subía al Mirador del Monte para fotografiar las panorámicas de la ciudad.
Llevaba un vestido de algodón blanco repujado, una chaqueta corta roja a cuadros y un sombrero de paja con plumas escarlata que recortaba su silueta contra el cielo azul. Él la siguió con la mirada, cautivado por su porte; ella, lejos de ruborizarse ante aquel atrevimiento, sostuvo la mirada de Walter con una fijeza desafiante. Aquella tarde, gracias a una indiscreción de la recepcionista del hotel, Walter supo que esa mujer fascinante se llamaba Sharon Hunter.
En aquel entonces, yo saboreaba una copa de vino verde en el bar del hotel. El líquido brillaba con una transparencia efervescente que apenas empezaba a burbujear en mi paladar cuando ella se me acercó con una seguridad desarmarte:
—Le informo que mañana iré a Estoril y Sintra —me dijo, desafiante—. Decida ahora, caballero, si piensa seguirnos o unirse al grupo.
—Walter Gallichan, a su servicio —respondí con una reverencia.
—Entonces, señor Gallichan, ¿qué decide?
Me apasionan los desafíos, así que el 20 de julio de 1938 me sumé a su alegre comitiva. El viaje en tren desde Lisboa fue un desfile de pueblos pesqueros y playas bañadas por el Atlántico. Desayunamos en el restaurante de un hotel casino en Estoril y recorrimos la ruta de las cascadas bajo un sol radiante. En Sintra, el panorama desde el Castelo dos Mouros y el Palacio da Pena era fantástico: una alfombra de vegetación que moría a los pies del castillo. Incluso intentamos visitar la villa de un compatriota en el parque de Monserrate, pero estaba de viaje.
Mi memoria se corta en seco al cruzar el umbral del hotel. Volví en sí a las cuatro de la tarde; tenía la boca amarga y la mente nublada, los síntomas inequívocos de un narcótico. Casi por milagro alcancé el tren de las diez a Braga. En el Hotel Alianza nos esperaba una reserva de Sharon, pero apenas fui consciente del trayecto. El sueño era una losa; si el revisor no me hubiera despertado, habría perdido mi parada sin remedio.
Allí mis vacaciones terminaron. Un telegrama de mi jefe me ordenaba entrevistar a Gil Robles; su secretaria fijó el encuentro en un auténtico tugurio. El ambiente era desolador: una pianista de aspecto tosco aporreaba un instrumento arcaico lleno de disonancias. Noté de inmediato que yo era objeto de una curiosidad impertinente. Me supe observado de inmediato. Un tipo de mirada inquisitiva me vigilaba, compinchado con otro que montaba guardia en la puerta.
El camino de regreso al hotel era una boca de lobo; lamenté no llevar encima mi vieja Star del 6.25. Me quedé al concierto para ganar tiempo. La artista, una mujer de curvas voluptuosas, cerró la noche con unos fados magistrales, modulados con una voz angelical que no encajaba con aquel antro. Al terminar, unos hombres me invitaron en portugués a un cabaret cercano.
—¡Atiza! —exclamé—, no estaría mal, pero otra vez será.
Caminé hacia la salida con la mano metida en el bolsillo del abrigo, fingiendo que empuñaba un arma. Los dos vigilantes me dejaron pasar, intimidados por el farol. Al día siguiente regresé a Londres. Mi jefe estaba furioso por la entrevista fallida, pero era evidente que Gil Robles no quería hablar; me había enviado a aquel lugar peligroso para quitarse de encima a la prensa.
Había enterrado aquel incidente, hasta que la llamada de Sharon lo devolvió todo a la superficie. ¿Por qué quería que Edwin Woodhall fuera la pareja de su amiga? No lo comprendía, pero mi instinto de periodista se encendió de golpe. Olí la noticia a kilómetros... y no pensaba dejar pasar semejante oportunidad.
Walter se dirigió a la sala de prensa de Scotland Yard, el santuario reservado para los editores especiales de los grandes diarios británicos. Las paredes estaban erizadas de cabinas telefónicas y, en las mesas corridas, sus colegas tecleaban frenéticamente, intercambiaban confidencias o soltaban mentiras colosales con la parsimonia de quien ha visto de todo. El saludo era siempre el mismo, casi un ritual: «¿Alguna novedad?».
Pero los que de verdad sabían estaban tras las puertas cerradas. Allí, los técnicos en criminología —esos seres omniscientes que descifraban el código secreto del hampa— custodiaban la verdad. Tras una de esas oficinas, Walter encontró a su hombre: Edwin T. Woodhall. El asistente consultó al jefe y, tras un breve instante, le franqueó el paso.
—¿A qué debo el honor, Gallichan? —saludó Edwin, levantándose con una sonrisa astuta.
—¿Recuerdas que me debías un favor? —replicó Walter—. Pues vengo a cobrármelo.
—¿Qué has hecho ahora, Walter? —Woodhall arqueó una ceja—. ¿En qué lío te has metido esta vez?
—Una cena no supone ningún peligro, al menos así lo percibo yo —respondió el periodista con aire inocente.
—¿Para cuándo?
—Mañana a las nueve en punto. En el nuevo restaurante de la esquina de Hyde Park, entre Apple y Hose. Seremos cuatro: dos señoritas y nosotros.
—¿Conozco a alguna?
—No lo creo. La conocí en Lisboa, ya te conté algo de aquello. Está en la ciudad, alojada en casa de una amiga, y me he dicho que necesito a un auténtico rompecorazones para equilibrar la mesa.
Edwin se detuvo en seco, su instinto de detective disparándose por encima del de amigo.
—¿Cómo dices que se llama?
—Sharon Hunter.
Woodhall guardó un silencio denso mientras procesaba el nombre. Walter, notando el cambio de atmósfera, soltó una carcajada nerviosa:
—¡No me digas que ya la has investigado, Edwin!
—Ya sabes cómo es Walter —continuó Woodhall con una sonrisa de medio lado—. Aunque le gusta meterse en asuntos ajenos, yo lo consideraría una virtud más que una debilidad. Diría que es audaz, atrevida... incluso valiente. Tiene todos los atributos que tu imaginación quiera otorgarle.
—Sí, diría que es incansable —replicó Gallichan—. Cuando se le mete algo entre ceja y ceja, no para hasta conseguirlo. En eso os parecéis bastante, Edwin. Bueno, ¿vendrás o no?
—Solo porque te debo un favor... asunto zanjado. Sabes de sobra que detesto las citas a ciegas.
—Sharon tiene amistades muy selectas; no invita a cualquiera, suelen ser damas de la alta sociedad. Te aseguro que será, cuanto menos, interesante.
—¡De acuerdo! —cedió el detective—. Nos vemos en el restaurante a la hora acordada.
Walter salió de Scotland Yard con el trofeo de la confirmación bajo el brazo y se dirigió a la redacción. Mientras tanto, en la otra punta de Londres, la atmósfera era muy distinta. Helen y Sharon habían regresado de su expedición por las boutiques de lujo con los vestidos para la esperada cena.
Sharon no había podido resistirse a un diseño de De Yteb que relucía en un escaparate de Bond Street. El satén rosa pálido siempre había favorecido su tez; la falda amplia, con hileras de pliegues minuciosos, realzaba su figura, mientras que un ramo de flores en tonos amarillos y verde pálido prendido a la cintura creaba un contraste exquisito. Por su parte, Helen se había decantado por un conjunto de Redfern: un vestido violeta de crepé romano que caía en punta hasta la cadera, con una falda de corte ajustado y elegantes godets que le daban un movimiento etéreo.
Estaban tan absortas probándose las prendas que la llamada de Agatha a la puerta las sobresaltó como un disparo.
—¿Qué estáis tramando? —preguntó Agatha al entrar—. No os he visto en toda la tarde. El mayordomo me confirmó que habíais llegado hace horas, así que he subido a echar un vistazo por mi cuenta.
—Has llegado en el momento justo, Agatha —dijo Sharon, tratando de ocultar su agitación—. Queremos que nos des tu opinión profesional. Siéntate, por favor. ¿Qué te parecen los vestidos que hemos comprado para la cena de mañana? Nos han invitado dos caballeros.
Agatha se acercó a las prendas, acariciando el tejido con manos expertas.
—Son piezas de un valor extraordinario, de eso no hay duda —sentenció con un deje de preocupación en la voz—. Pero, Helen, no puedes salir así con desconocidos sin que se presenten formalmente en esta casa.
—No te preocupes, nanny —respondí con una sonrisa cómplice—. Papá los conoce bien y confía plenamente en ellos. Son amigos de la familia.
—Bueno... si el señor da su permiso, no diré nada más —cedió Agatha, levantándose—. Os quedarán de maravilla, pero no se os ocurra marcharos mañana sin que yo os vea puestas en ellos. Ahora dejadlo todo como está; mandaré a Betty para que los recoja y los prepare.
—¿A dónde vas con tanta prisa? —quiso saber Sharon al ver que se dirigía a la puerta.
—¿En qué mundo vivís, muchachas? —rio la anciana—. Para mantener la línea hay que alimentarse, y Lord Leonard ya os está esperando en el comedor. Además, hoy hemos preparado tu plato favorito, Sharon: un asado de roast beef en su punto. ¡Vamos, bajad antes de que se enfríe!
Tal como nos había advertido la nanny, mi padre ya nos esperaba a la mesa. La cena transcurrió, en apariencia, bajo una atmósfera de serena tranquilidad, hasta que él mismo decidió romper el silencio que llenaba el comedor:
—Os veo muy animadas —comentó Lord Leonard, observándonos por encima de su copa—. ¿Ha dado sus frutos esa llamada telefónica?
—Ya sabes lo que nos depara la noche de mañana, papá —respondí con una sonrisa enigmática—. Cenaremos con esos dos caballeros que conoces bien. Incluso hemos aprovechado la tarde para comprar algo de ropa que nos haga sentir a la altura de la ocasión.
—Veo que no habéis perdido el tiempo —replicó él—. No me sorprende; vosotras dos formáis un equipo temible cuando os lo proponéis.
Al decir esto, nos dedicó una sonrisa cargada de subtexto y continuó con su plato. Yo aproveché para mirar de reojo a Peel, que aguardaba a mi izquierda. Parecía peligrosamente interesado en nuestra conversación, aunque su rostro recobró de inmediato esa distancia profesional, fingiendo que no comprendía ni una palabra.
En cuanto terminó, mi padre se disculpó y se retiró a su despacho para sumergirse de nuevo en sus asuntos de Estado. Sharon me sostuvo la mirada; reconocí de inmediato esa expresión: era el momento de retirarnos nosotras también.
—Peel, puede recoger la mesa —ordené con voz cortante—. No necesitaremos nada más por hoy. Puede retirarse a sus aposentos.
—¿Desean las señoritas que les suban algo caliente antes de retirarse? —preguntó Peel con una cortesía que me pareció ensayada.
—Eres muy amable, Peel, pero por ahora no necesitamos nada —respondí, cortando cualquier excusa para que volviera a aparecer.
Salimos del comedor y subimos las escaleras en silencio. Al llegar al rellano, le hice una señal a Sharon para que se refugiara en mi habitación; recordar viejas anécdotas sería la excusa perfecta para justificar nuestro encierro. Al poco rato, ella reapareció tras la puerta secreta, despojada de su elegancia y envuelta en una sencilla bata de lana que contrastaba con la sofisticación de la tarde.
—Bueno, ya estoy lista —dijo Sharon, dejándose caer en el borde de la cama—. Estoy agotada, Helen. ¿Qué te parece si intentamos dormir un poco?
—Habíamos acordado hablar —le recordé, sentándome a su lado—. Tienes mucho que contarme sobre ese periodista. Dime, Sharon... ¿cómo es él realmente?
Sharon guardó silencio un instante, como si estuviera dibujando su rostro en el aire.
—¿Cómo describírtelo? Es un hombre tenaz, afable y... sí, muy apuesto. Tiene el cabello oscuro, siempre brillante y cuidado con un esmero casi militar. Viste con una pulcritud impecable y se nota que cuida hasta el último detalle de su presencia. Pero lo que más me atrajo fueron sus ojos: grandes, brillantes, con un destello de astucia que, curiosamente, te hace confiar en él de inmediato. Tiene un labio inferior algo prominente que le da un aire muy atractivo cuando sonríe. Es alto, casi un metro ochenta, y prefiere los tonos tierra y verdes oscuros.
Lo conocí en nuestra ruta por Portugal; se hospedaba en nuestro mismo hotel. En cuanto noté que nos seguía con la mirada, decidí tomar la iniciativa. Me acerqué a él en el bar, le entregué nuestro itinerario y le solté que, si tanto le interesábamos, podía unirse a nuestro grupo de senderismo.
—¿Y aceptó el desafío? —pregunté, fascinada por su audacia.
—No lo dudó ni un segundo —continuó Sharon, con una sonrisa nostálgica—. Se marchó poco después. Seguimos con el viaje e incluso intentamos cruzar a España, pero al final fue imposible. Me dejó su dirección y la anoté en mi diario... por si alguna vez sentía que lo echaba de menos.
—¿Y qué hacía un periodista inglés perdiendo el tiempo en Lisboa? —pregunté, tratando de atar cabos.
—Nos contó que su misión era entrevistar a un político español de alto rango, pero que el hombre se había marchado antes de su llegada. Por eso decidió tomarse esos días libres. Luego, cuando ya estábamos en Braga, su redactor jefe le dio nuevas órdenes: debía intentarlo otra vez. Así que nos dejó para cumplir con su deber.
—Es decir... —aventuré con un deje de ironía—, ¿que no tuviste tiempo de "concretar" nada con él?
—¡Pero qué entrometida eres, Helen! —protestó ella, aunque sin enfado.
—Está bien, si no quieres entrar en detalles, lo entenderé.
—Es que no hay mucho más que contar —insistió Sharon, esquivando mi mirada—. Llegamos a Lisboa a principios de julio del 38, y el día veinte nos acompañó a Estoril y a Braga, y luego...
Permaneció callada, perdida en un pensamiento que no se atrevió a compartir.
—¿Qué ocurre? —le pregunté, notando su repentina seriedad—. ¿Por qué te has quedado así, tan reflexiva?
—Será mejor que te vayas a dormir, Sharon —le dije, suavizando el tono.
—Pero... —balbuceó ella, con la duda asomando a los labios.
—Estoy cansada —la corté con suavidad—. Si no te importa, prefiero que descansemos. Mañana será un día largo.
«Le hice una señal para que me siguiera y apagué la luz. Bajo el haz tembloroso de una linterna, cruzamos el pasillo en silencio hasta alcanzar el ático. Sharon, con movimientos expertos, selló la rendija de la puerta con un trozo de manta y cubrió las persianas con el resto; no podíamos permitir que un solo rayo de luz delatara nuestra posición.
Una vez instalados sobre los viejos cojines de la alfombra india de mi madre, rompí el silencio:
—Es asombroso... —susurré—. Cuando visitaste Lisboa, el autor de este manuscrito también se refugiaba en Portugal. El 20 de julio de ese mismo año, ambos coincidisteis en Estoril; es muy probable que compartieran el mismo vagón de tren.
Hice una pausa para observar su reacción antes de continuar:
—Él huía de una ofensiva feroz de sus enemigos políticos. Cruzó la frontera buscando aire, pero la persecución lo alcanzó incluso en el exilio. Hasta hoy, su honor sigue bajo el lodo. Estas cartas, las que quiero que analicemos, son del año pasado. En ellas clamaba su inocencia ante el Estado español, suplicando justicia a los mismos que, poco antes, se jactaban de llamarlo aliado.
—¿De quién hablamos exactamente? —preguntó Sharon con la mirada fija en el papel.
—La correspondencia comienza el 9 de julio de 1938 y se corta abruptamente el 17 de agosto. Se le acusaba de conspirar contra Franco y de ser responsable de un millón de muertes. Hay misivas dirigidas a Nicolás Franco Bahamonde, el embajador, para que se las hiciera llegar al General Jordana. Pero la respuesta de Nicolás, fechada el 25 de julio, fue un portazo gélido. Aquel rechazo solo aumentó la desesperación de Gil Robles por encontrar una salida a su encierro político.
Sharon frunció el ceño, procesando la información.
—Lo inquietante de todo esto, querida amiga, es que Walter viajó a Lisboa con un solo propósito: entrevistar al mismo hombre que escribía esas cartas desesperadas al embajador Franco. Estamos caminando sobre cristales. Primero debemos descubrir qué descubrió Walter sobre Gil Robles; solo entonces decidiremos si buscamos su ayuda o si recurrimos a Edwin T. Woodhall, dejando a Walter fuera de la ecuación. ¿No te parece lo más prudente?
Me quedé pensativa. Resultaba demasiado casual que el periodista buscara al mismo hombre. El hecho de que Gil Robles se marchara para evitar el encuentro demostraba su cautela, pero la gran incógnita seguía flotando en el aire del ático: ¿logró Walter, finalmente, arrancarle aquella confesión?».
«Al leer estas cartas, lo que percibo es que el General Jordana debió de sentirse genuinamente acorralado por las advertencias finales de Gil Robles. Es una amenaza latente: si Robles decide apelar a la opinión mundial para limpiar su nombre, el escándalo sería mayúsculo. Ahí es donde encaja el periodista; es la pieza clave para que Robles recupere su prestigio internacional. Ante tal peligro, he puesto el manuscrito a buen recaudo.
—Nuestro primer ministro, Chamberlain, es un hombre que daría cualquier cosa por evitar una carnicería en Europa —continué, bajando la voz—. La firma del Pacto de Múnich entre Hitler, Francia e Italia se vende como una esperanza de paz, pero me temo que no es más que papel mojado. Muchos, incluido mi padre, sospechan que solo es una distracción para que Hitler termine de forjar el ejército más formidable del mundo. No podemos permitirnos la ceguera de Stanley Baldwin; él ya confesó su falta de visión ante el rugido nazi hace años, y miren las cenizas que nos ha dejado.
Sharon me miró con gravedad, asintiendo lentamente.
—Tienes razón, querida Helen. No estamos ante un simple intercambio de cartas, sino ante una trama con repercusiones globales. Estamos caminando sobre el tablero de una guerra que ya ha comenzado, aunque el mundo aún no quiera verlo».
—Por eso mismo, Sharon, nuestra prioridad es descubrir quién nos pisa los talones y qué busca exactamente —sentencié, guardando los documentos con manos firmes—. Mañana pondremos a prueba al señor Woodhall; su reacción será el termómetro que nos diga si es un aliado o una amenaza. Pero por ahora, es mejor que descansemos. Mañana el tablero será mucho más complejo.
Sharon asintió con un rictus de fatiga.
—Tienes razón... Además, estoy a punto de desmayarme —confesó, dejándose caer sobre los cojines—. Si me echas algo encima, me quedaré aquí mismo; no tengo fuerzas ni para llegar a la cama.
La arropé con cuidado, sintiendo el peso del silencio en el ático. Mientras la luz de la linterna se extinguía, supe que la paz que respirábamos era tan frágil como el Pacto de Múnich. Fuera, el mundo seguía girando hacia el abismo, y nosotras acabábamos de convertirnos en sus guardianas más improbables.
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