Helen se puso en pie a las siete en punto, impulsada por esa inquietud de quien aguarda lo inesperado. Tras comprobar que Agatha seguía sumida en un sueño profundo, le rozó la frente con un beso y se deslizó hacia el despacho. No esperaba encontrar a nadie, pero al abrir la puerta, la figura de Walter recortada contra el escritorio la frenó en seco. Él dio un respingo, atrapado por una presencia imprevista a esas horas.
—«¿Hay algo en el escritorio de mi padre que merezca tanto desvelo?» —soltó ella, con la voz cargada de sospecha.
—¡No! ¡No he tocado nada! —exclamó Walter, retrocediendo un paso.
—Qué extraño. Para alguien que ansía un Pulitzer, este escritorio parece una mina de oro —replicó Helen con una sonrisa gélida—. Pero lamento informarte que aquí no hallarás nada. Los documentos importantes descansan en la caja fuerte de su oficina y el manuscrito... bueno, el manuscrito no está aquí.
El eco de sus voces atrajo a Edwin, que asomó por el umbral con el ceño fruncido.
—¿Qué está pasando?
—Nada, Edwin —contestó ella sin apartar la vista de Walter—. Solo la curiosidad innata de un periodista que no sabe dónde están los límites.
—Compórtate, Walter —sentenció Edwin con tono gélido—, o te pondré de patitas en la calle.
Walter soltó una risa seca, recuperando la compostura.
—Creo que sé demasiadas cosas como para que te atrevas a amenazarme, Edwin.
Helen dio un paso hacia él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro letal:
—Crees que nos conoces, Walter. Pero si usas lo que sabes, puede que no vuelvas a ver a Sharon.
—Está bien, me habéis pillado —claudicó Walter, alzando las manos en un gesto de rendición falsa—. Buscaba algo para mi editor. ¿Creéis que se quedará de brazos cruzados? Me juego el puesto, Edwin, y hay una fila de jóvenes reporteros esperando para ocupar mi silla.
—Si esperas encontrar un escándalo sobre Lord Leonard, pierdes el tiempo —sentenció Edwin con firmeza—. Fue el hombre más leal del gabinete de Baldwin. Otros han visto sus trapos sucios expuestos al sol, pero él está por encima de cualquier sospecha.
Helen no pudo evitar una sonrisa cargada de intención ante las palabras de Edwin. Se acercó a Walter, midiendo cada paso.
—Quizás mi padre tenga mucho que contar, Walter —dijo ella con una suavidad punzante—. Podrías escribir que le encantan los dulces y las galletas de té, o que disfruta de un buen puro mientras se pierde en un libro en su club. Pero no busques más. Se ha dedicado por entero a nosotros y, sinceramente, disfruta demasiado de su libertad como para buscar una nueva esposa. Tu gran exclusiva, me temo, es la vida de un hombre devoto y tranquilo.
—Sois increíbles —admitió Walter, rindiéndose con una risa nerviosa—. Estoy desconcertado, no sé qué demonios decirle a mi editor. ¿Qué se supone que haga ahora?
—Si te quedas a nuestro lado y ayudas a despistar al resto de la prensa, te garantizo algo —sentenció Helen con voz firme—: serás el único que tenga la exclusiva cuando llegue el momento.
Buscando sellar el pacto, Walter le estrechó la mano con fuerza antes de dirigirse a la salida.
—Trataré de calmar al jefe; debe estar furioso. Veré cómo compenso este vacío —murmuró mientras cruzaba el umbral.
En cuanto la puerta se cerró, Edwin se volvió hacia Helen, incapaz de ocultar su desaprobación.
—Veo que no te gusta mi acuerdo con él —se adelantó ella, leyéndole el pensamiento—, pero te aseguro, Edwin, que hablaba muy en serio.
—Sinceramente, creo que es un engaño flagrante al pobre Walter —replicó él con amargura.
—No lo creas. Chamberlain le ha dado su palabra a Polonia y la cumplirá declarando la guerra a Hitler, ya sea este año o el próximo. Verás qué rápido se precipita todo, y entonces Walter tendrá la noticia que tanto ansía.
Helen cambió el tono bruscamente, recuperando su frialdad ejecutiva.
—Pero ahora lo que me interesa es otra cosa. Dime, Woodhall, ¿qué gestiones has hecho para que pueda entrevistar al señor Gil Robles?
—Eso lo dejaremos para más adelante —interrumpió Edwin, tajante—. Lo primero es rescatar a tu padre.
—La situación ya es bastante crítica, Edwin, como para quedar a merced de los secuestradores. Necesitamos saber hasta qué punto está comprometido; solo así sabremos si podemos actuar con total libertad respecto al manuscrito.
Edwin sopesó sus palabras antes de asentir con pesadez.
—Tendría que comprobar si nuestros contactos en Portugal pueden concertar la cita.
—Entonces todo queda en tus manos —concluyó Helen, dándole la espalda para dirigirse a la puerta—. Supongo que tendrás que llamar a la central; usa el teléfono personal de papá. Yo iré a ver cómo está Agatha y a dejarlo todo listo para nuestra partida.
Edwin observó a Helen marcharse y, sin perder un segundo, telefoneó a Veil.
—¿Cómo va la cosa? ¿Te mando gente? —quiso saber Veil nada más reconocer su voz.
—No hace falta. Céntrate en lo nuestro: ¿qué hay de lo del señor Robles?
—¡Un éxito rotundo! —exclamó Veil al otro lado de la línea—. Tenemos a nuestro hombre: el arquitecto Adâes Bermudes. Él y su socio están dispuestos a facilitar la entrevista. Un segundo, Edwin... voy a intentar puentear las líneas para que hables directamente. ¿Sigues ahí?
—¿A dónde más podría ir? —replicó Edwin, impaciente—. ¿Lo tienes ya?
—Casi listo. Mantente a la espera. Tan pronto como fijéis la cita, vendremos a por vosotros. ¡Conectando!... Edwin, tienes a Adâes en línea.
—¿Señor Bermudes? Habla Edwin Woodhall, de Scotland Yard. Me informan de que usted es el enlace para contactar con el señor Robles.
—Así es —respondió una voz profunda con un ligero acento portugués—. Pero antes, ¿es esta línea segura?
—Totalmente —confirmó Woodhall con rotundidad.
—Bien. Entonces, le paso con él.
Tras un chasquido metálico, una nueva voz, más autoritaria, tomó el relevo:
—Usted dirá, señor Woodhall. ¿Qué asunto de Scotland Yard requiere mi atención con tanta urgencia?
—Solicitamos una entrevista personal, señor Robles. Es un asunto de vital importancia para nuestra nación —respondió Edwin, midiendo cada palabra.
—Venga cuando quiera, Woodhall. No tengo intención de moverme de Lisboa por el momento. Le devuelvo con el señor Bermudes para los detalles.
El arquitecto retomó el hilo de la conversación:
—¿Cuándo tiene previsto el encuentro?
—Hoy es 2 de abril. ¿Sería posible el día 4? —propuso Edwin.
Hubo un breve silencio al otro lado, como si Bermudes consultara un reloj o una agenda secreta.
—De acuerdo. Le esperaré el día cuatro en la estación de Rossio, a las diez en punto.
—No viajaré solo —advirtió Edwin—. Me acompañará la hija de Lord Leonard Spencer; no le costará reconocerla por la prensa. Yo, por mi parte, llevaré una pajarita de terciopelo rojo.
—Entendido, Woodhall —sentenció Bermudes—. No llegue tarde. Si a las diez en punto no están allí, la reunión quedará cancelada de forma permanente.
Edwin colgó el auricular y regresó al salón. Allí encontró a Helen frente a todo el servicio; su postura era rígida, dictando órdenes con una frialdad que no admitía réplica.
—Necesito vuestra absoluta lealtad en estos momentos —sentenció Helen, recorriendo cada rostro con la mirada—. Si los secuestradores llaman, deben creer que estoy sedada por el impacto de lo sucedido. Peel, dejo a tu criterio los detalles de la invención, confío en tu instinto. Por mi parte, intentaré mantenerme en contacto contigo a través del teléfono privado; ya sabes dónde encontrarme.
Helen se acercó un paso más al grupo, bajando el tono pero aumentando la intensidad:
—Espero volver lo antes posible. Peel, ahora más que nunca, tú eres el responsable de esta casa y exijo una normalidad absoluta. Que no se note ni una grieta en la rutina.
Se giró entonces hacia la nanny, con voz firme pero protectora:
—Agatha, escúchame bien: para el mundo exterior, papá salió por asuntos urgentes con una escolta y la señorita Hunter. Tú te alarmaste innecesariamente y llamaste a la policía por error. No quiero oír otra versión, ni en la calle ni en la prensa. Ten cuidado con cada palabra que digas a quien pregunte. Todos aquí sabemos que no fue así, pero esa es la verdad que entregaremos a los vecinos.
El silencio en la sala era sepulcral. Helen remató su discurso con una advertencia final:
—Deseamos la pronta liberación de mi padre y de Sharon, y eso depende de vuestra discreción. Un solo descuido, un solo comentario fuera de lugar, y todo habrá terminado para ellos.
Agatha contemplaba a Helen con una mezcla de asombro y temor. «Esta no es mi señorita», pensó, «me la han cambiado por otra». ¿Cómo podía ser tan dura? ¿Cómo podía pedirle que mintiera a sangre fría a personas que conocía de toda la vida?
Ajena al torbellino emocional de la nanny, Helen continuó con la precisión de un general:
—Betty, prepárame una maleta pequeña con ropa para un par de días. Y tú, Peel, acompaña a Edwin a la habitación de papá; buscad algo de su ropa que pueda servirle para cambiarse.
—No es necesario —intervino Edwin, incómodo—. No molestes a Peel, todavía no se ha recuperado del todo.
—¡Vamos, venga conmigo! —exclamó Peel con un entusiasmo renovado—. Veamos qué encontramos que pueda darle el porte adecuado.
Una vez en los aposentos de Lord Leonard, Peel observó al detective con una sonrisa socarrona.
—Tiene usted suerte, caballero —soltó en tono irónico—. Parece que el plan es que se haga pasar por el marido de la señorita.
—Me temo que sí, Peel. Al menos sobre el papel —respondió Edwin, evitando su mirada.
—Pues la idea no parece disgustarle... y a ella tampoco. Me he fijado en cómo la mira usted.
—¿Enamorado? Tienes visiones, Peel. ¿Qué te crees, que soy un chiquillo?
—¡No! Pero, amigo, no me engañe —replicó el criado con un guiño—. Aunque lo niegue, la señorita Helen le interesa más de lo que admite.
Al ver que el detective empezaba a removerse, tenso por la intromisión, Peel decidió cambiar de tema mientras sacaba prendas del armario.
—Pruébese estos pantalones. Con dos chaquetas, unas cuantas camisas y varias mudas serán suficientes. No se preocupe, son nuevas; a Lord Leonard ya no le sirven y nunca llegó a estrenarlas. Esta maleta de caballero bastará.
Peel cerró el equipaje y le dio una palmada en el hombro a Edwin.
—Para el mundo serán un par de tortolitos. Y si me permite un consejo, señor: aproveche la oportunidad. Quizá para el próximo viaje no tengan que fingir.
—Me resulta difícil —confesó Edwin, con la vista clavada en los gemelos de la camisa—. Soy un hombre retraído con las mujeres.
—Pues cambie de estrategia, señor. Me han dicho que los detectives de Scotland Yard tienen vista de lince; pues úsela, amigo mío, que la tiene delante —sentenció Peel con una última sonrisa cómplice—. Ya está todo listo. Estoy seguro de que Betty ya ha dejado el equipaje de la señorita en el vestíbulo.
Al bajar, encontraron a Veil, que acababa de llegar para recogerlos. En el umbral que daba a la zona del servicio, Agatha los observaba. Tenía los ojos empañados y permanecía inmóvil, sin atreverse a romper la distancia para decir adiós. Helen, suavizando por un instante su coraza de hierro, se acercó a ella. Le dio un beso tierno seguido de un abrazo apretado, un gesto mudo que valía por todas las explicaciones que no podía darle.
Sin mirar atrás, Helen salió a la calle, donde Edwin mantenía la puerta del coche abierta para ella. Una vez se acomodaron en el asiento trasero y el motor cobró vida, Veil los miró por el retrovisor.
—Los llevaré hasta Plymouth; allí está todo dispuesto para su llegada. Les deseo un buen viaje —dijo Veil con gravedad—. Y que Dios quiera que todo salga bien.
El 2 de abril de 1939, Helen y Edwin subieron a bordo del HMS Exeter, un crucero de la Marina Real atracado en Plymouth. Viajaban bajo el amparo de una misión especial de la Alta Comisión. Veil, siempre un paso por delante, ya les había reservado la suite nupcial del Hotel Americano, junto a la estación de Rossio, para su llegada a Lisboa el día 4.
Fueron recibidos con honores por el comandante Harwood y el primer oficial Ramsay O'Donell. La travesía comenzó con la urgencia de una prioridad máxima. Al mediodía, O'Donell acudió al camarote de Helen para escoltarla al comedor. Ella apareció luciendo un conjunto de tartán, sencillo pero de una elegancia aristocrática, con una falda de lana impecable y una boina a juego que resaltaba su mirada decidida.
Al entrar en el comedor principal, previo al de oficiales, se hizo un silencio repentino. Como un solo hombre, los marinos uniformados se pusieron en pie con marcial cortesía. Aunque el oficial superior les ordenó retomar el almuerzo, los ojos de la tripulación no podían apartarse de ella. La presencia de una mujer de su clase en un buque de guerra era un evento inaudito que desató un reguero de susurros: «¿Desembarcarán en Portugal?», «¿Qué hace una civil en un barco de la Marina Real?».
Poco después, Edwin entró en el comedor de oficiales y ocupó su lugar entre el primer y el segundo oficial. Helen ya estaba sentada a la derecha del comandante Harwood, quien la observaba con una mezcla de respeto y curiosidad.
—Dígame, señorita Spencer —rompió el hielo el comandante con voz profunda—, ¿qué le parece nuestro barco?
—Lo poco que he visto me resulta fascinante —respondió Helen con una sonrisa audaz—. El camarote es algo estrecho, lo admito, pero me apasiona el mar y me encanta navegar. Si hubiera nacido hombre, no tengan duda de que sería oficial de nuestra Marina Real.
El comandante Harwood rió con ganas ante su franqueza antes de dirigir la vista hacia el detective, que palidecía por momentos.
—¿Y usted, señor Woodhall? —inquirió con sorna—. Me da la impresión de que el oleaje le está ganando la partida. No me equivoco si digo que preferiría tener los pies en tierra firme, ¿verdad?
—Tiene razón —balbuceó Edwin, haciendo un esfuerzo supremo por mantener la compostura—. Si me lo permiten, prefiero saltarme el almuerzo y regresar al camarote. No me siento nada bien... todo ha empezado a dar vueltas a mi alrededor.
Helen le dedicó una mirada entre compasiva y divertida mientras él se ponía en pie con torpeza.
—No te preocupes, Edwin. Ve a descansar —le dijo con suavidad—. Mañana el mar estará más calmo y te sentirás mucho mejor.
De camino a su camarote, Edwin atravesó la sala de lectura desierta. Intentó distraerse hojeando un periódico, pero las letras bailaban ante sus ojos y el mareo regresó con una fuerza renovada. Exhausto y con el estómago en un vuelco perpetuo, se rindió al deseo de tumbarse. Cruzó un pasillo en penumbra y, al encontrar una puerta entreabierta, se desplomó en la litera inferior sin quitarse siquiera la chaqueta. Poco le importaba quién fuera su vecino de la litera de arriba; solo quería que el mundo dejara de girar.
En ese estado de seminconsciencia, un instinto de detective le advirtió que algo no encajaba: el olor, la disposición... quizás se había equivocado de camarote. Pero el mal de mar era un carcelero implacable y Edwin cerró los ojos, dispuesto a ignorarlo todo.
Justo entonces, algo que colgaba sobre su rostro rompió su letargo. Parecía una cuerda gruesa, un cordón negro y brillante que oscilaba al ritmo del violento balanceo del buque. La curiosidad pudo más que las náuseas. Edwin estiró el brazo, aferró aquel cabo oscuro y tiró con fuerza.
Un alarido espeluznante, proferido en una lengua ininteligible, desgarró el silencio del camarote. Un cuerpo cayó pesadamente desde la litera superior, impactando contra el suelo con un golpe seco. Edwin se incorporó de un salto, el susto le había curado el mareo de golpe: no era una cuerda, era la larga trenza del cocinero chino.
El horror se apoderó de él al ver que el hombre no se movía. Preso del pánico, corrió a su verdadero camarote y regresó con la botella de coñac que Peel, providencialmente, le había metido en la maleta. Tras un primer intento fallido, una segunda dosis del licor hizo efecto. El cocinero parpadeó, abriendo sus ojos rasgados mientras Edwin soltaba un suspiro de puro alivio.
El chino, recobrando la conciencia y procesando la bizarra situación, exclamó:
—¿Qué... qué me ha pasado? —balbuceó el cocinero, llevándose una mano a la cabeza—. Todo da vueltas a mí alrededor...
—Lo lamento de veras —se disculpó Edwin, con el rostro encendido de vergüenza—. Me he equivocado de camarote en medio de la confusión del mareo.
—Este sector es para el personal de cocina, señor —replicó el hombre, recobrando el aliento mientras se palpaba la trenza—.
—Le ruego que me disculpe por el error y, sobre todo, por el golpe —añadió Edwin, abrumado, antes de retirarse a toda prisa.
Mientras tanto, en la cubierta superior, Helen disfrutaba de la hospitalidad del Comandante. Preocupada por la ausencia de su compañero, solicitó ayuda para llegar al camarote de Woodhall. Harwood, siempre atento, ordenó al maquinista Manuel Barreiro Cerviño que la escoltara. El gallego, un hombre de ademanes pausados y gran cortesía, la guio con sumo cuidado a través de las rejillas y pasillos metálicos, aguardando discretamente en el umbral.
Al entrar, Helen encontró a un Edwin espectral: pálido no solo por el persistente vaivén del Atlántico, sino por el reciente e insólito altercado con el cocinero.
—Toma esto, Edwin —le dijo ella, extrayendo un pequeño frasco de su bolso—. Son pastillas para el mareo; te ayudarán a sobrellevar lo que queda de travesía. No salgas de aquí hasta que el mundo deje de girar.
Al salir, se encontró de nuevo con Manuel. El maquinista, con una mezcla de orgullo por su buque y humildad, se quitó la gorra y le hizo una pequeña reverencia.
—Si la señorita lo desea, puedo mostrarle las entrañas de la sala de máquinas —se ofreció con voz suave—. Y después, si no es mucha molestia, me honraría invitarla a un té en mi puesto de guardia.
Manuel parecía tener un interés genuino en que aceptara su invitación, y Helen, por su parte, no podía evitar preguntarse qué hacía un gallego en las entrañas de un buque de la Marina Real británica. Sin más dilación, mientras caminaban hacia la zona de máquinas, rompió el hielo:
—Dime, Manuel, ¿cómo terminó un hombre de tu tierra a bordo del Exeter?
El maquinista guardó silencio un instante, con la mirada perdida en el latido rítmico de los pistones.
—Salí de España con el alma rota, entre lágrimas y rabia —confesó con voz ronca—. No estaba dispuesto a matar a mis propios compatriotas. En mi país, las ideas nos han vuelto enemigos; si me quedaba, tarde o temprano tendría que empuñar un arma contra los míos. Así que escapé y empecé a trabajar en la sala de máquinas del HMS Rodney.
Manuel acarició una de las tuberías con el orgullo de un artesano.
—Tengo buena mano para los motores, se me dan bien. Un día, mientras atracábamos en el puerto de Devon, el Exeter sufrió una avería grave. A pesar de mi mal inglés, entendí de qué hablaban los oficiales y me ofrecí a ayudar. El comandante Harwood se quedó impresionado y movió los hilos necesarios para que me asignaran a su tripulación. Así terminé aquí. Me gusta este barco, señorita, y sobre todo, me gusta la gente que lo navega.
Helen lo observó con renovado respeto. Había algo trágico y noble en aquel exiliado.
—¿Y no has pensado en volver? —preguntó ella con suavidad—. Dicen que los españoles siempre sienten la llamada de su tierra, especialmente los gallegos.
—Es cierto, lo llamamos morriña —asintió Manuel con una sonrisa melancólica—. Pero me casé con una inglesa y tenemos un hijo de apenas un año. Mire, aquí los llevo siempre conmigo —dijo, mostrándole una fotografía ajada que guardaba cerca del corazón—. Gracias a ella ahora me defiendo bien con el idioma. Quizás algún día, cuando el viento cambie, los lleve a conocer mi tierra, pero por ahora ni siquiera me lo planteo.
Manuel hizo una pausa, dejando que el rumor de las máquinas llenara el silencio por un instante.
—Para mi familia y para mí, el mundo sería una Jauja si tan solo reinaran un poco de justicia, prudencia y serenidad. Si en España prevaleciera el sentido común... nada más que eso, asistido por una inteligencia vigilante y esa pizca de buena voluntad necesaria para hacer el bien.
Se giró hacia Helen, con los ojos encendidos por una chispa de convicción:
—Que cada uno ocupara su puesto y sirviera a su oficio, señorita. Que el gobernante fuera gobernante; el periodista, periodista; el soldado, soldado; y el artesano, artesano. Si cada uno cumpliera con su deber con un poco más de honestidad de la que han mostrado hasta ahora, seríamos felices. Porque el español, después de todo, no le pide mucho al destino. Estamos acostumbrados a la sobriedad, a los caprichos del azar y a los pésimos gobiernos. Nos conformaríamos con una existencia digna; es decir, una vida sin penurias... y sin humillaciones.
Manuel bajó la voz, dejando que el siseo del vapor envolviera sus palabras.
—Señorita, perdone si es una imprudencia por mi parte y los oficiales lo interpretan mal... pero a todos nos sorprende que viajen con nosotros. Este no es un buque de pasaje. ¿Tienen algún familiar enfermo en Portugal? ¿Es por eso que necesitan llegar con tanta urgencia?
Helen le dedicó una mirada serena, sopesando cuánto revelar a aquel hombre que le había abierto el corazón.
—Comprendo tu curiosidad y la de los demás matelots, Manuel —respondió ella con suavidad—. Pero el asunto que nos lleva a Lisboa es de carácter reservado.
—¿Algo así como... espionaje? —aventuró el gallego, abriendo mucho los ojos.
—Puedes llamarlo así, si quieres.
—¡Vaya! —exclamó él con un silbido de asombro—. Espero de corazón que no los descubran y que todo les salga bien.
—No te preocupes por mí, Manuel. Lo que vamos a hacer no es peligroso y, en el fondo, es para ayudar a tus compatriotas.
—Mis compatriotas... —suspiró él, y una sombra de tristeza cruzó su rostro—. Los extraño mucho. La gente humilde, por lo que me llega, lo está pasando muy mal. Es un país en ruinas que necesita ser reconstruido desde los cimientos, pero somos un pueblo terco y no parece haber nadie capaz de sacarnos de la miseria.
—Conozco tu tierra —concluyó Helen, poniéndole una mano en el brazo en un gesto de consuelo—. Su gente es amable, servicial y profundamente cálida. No pierdas la esperanza en ellos.
—No sé cómo será en el resto del Estado, señorita, pero en mi tierra gallega... mire usted cómo son las cosas —dijo Manuel, con la voz quebrada por la impotencia—. Cuando hubo elecciones, la gente corrió a las urnas porque les daban una hogaza de pan o una onza de chocolate. Un vecino mío, jefe de maquinistas y hombre de mucho mundo, les advirtió: «Corran, vayan a votar por el pan... ya verán cómo en un mes vienen a buscar a sus hijos y a sus maridos para llevárselos a la guerra».
Manuel apretó los puños, recordando la escena.
—Se rieron de él. Pero no tardaron un mes; en una semana ya estaban allí por ellos. Y todo por una migaja y un trozo de dulce. Me da una rabia que me quema por dentro. Por eso soy tan feliz en la tierra de usted, señorita. Aquí hay otra paz.
Con los ojos empañados en lágrimas, Manuel pidió disculpas por su arrebato y se hundió de nuevo en el rugido de la sala de máquinas para seguir con su labor. Helen, conmovida por la cruda honestidad del gallego, tomó una pieza de fruta y se retiró a su camarote. El arrullo hipnótico del Atlántico contra el casco no tardó en sumirla en un sueño profundo.
A la mañana siguiente, al entrar en el comedor, Helen encontró a Edwin sentado a la mesa. El color había regresado a sus mejillas y sostenía una taza de café con mano firme.
—Veo que las pastillas han obrado el milagro —le dijo ella con una sonrisa cómplice—. Tienes mucho mejor aspecto hoy.
—Espero que tengas más de esas pastillas —confesó Edwin con una mueca de resignación—. No creo que pudiera soportar otra jornada así; el mundo entero daba vueltas a mí alrededor y ya no sabía si el barco era el que se mecía o era yo mismo.
—Es usted un hombre de secano, Woodhall —terció el comandante Harwood con una sonrisa paternal.
—Prefiero sentir tierra firme bajo las botas, no lo voy a negar.
El comandante se volvió hacia Helen, ofreciéndole el brazo con galantería:
—¿Le gustaría acompañarme a conocer el puente de mando, señorita Spencer?
—Lo estaba deseando, comandante —asintió ella, aceptando el gesto.
—Pues subamos. El horizonte está despejado.
Mientras ascendían por las escalas metálicas, Helen planteó la duda que le rondaba desde Plymouth:
—Dígame, señor... ¿No causará recelo en Lisboa la visita de un buque de guerra de la Armada británica?
—En absoluto —respondió Harwood con seguridad—. Atracaremos entre el cuatro y el cinco de abril. Será una escala técnica rutinaria. Oficialmente, solo recalamos para abastecernos antes de poner rumbo al Mar del Plata y las Islas Malvinas, para luego regresar a Inglaterra. Nadie sospechará nada inusual.
—Estaremos apenas un día en Lisboa —puntualizó Helen—. Con eso nos bastará para cumplir nuestra parte.
El tono del comandante se volvió más sombrío y personal al llegar al puente:
—Cuando el Alto Comisionado me informó de su pasaje, mencionó el secuestro de su padre y de la otra joven. Siento mucho las circunstancias, señorita Spencer. Espero de corazón que logren su pronta liberación.
—Ged fue muy amable al informarle de nuestra situación, señor —comentó Helen con naturalidad.
El comandante Harwood se detuvo en seco, arqueando una ceja con asombro.
—¡Vaya! Nadie que no sea un amigo íntimo se atreve a llamarlo "Ged". Solo su prometida lo hacía, pero ella se enamoró de otro hombre y lo dejó plantado.
—Así es, comandante —replicó Helen con una sonrisa enigmática—. Se enamoró de mi propio padre.
Harwood soltó un silbido de pura estupefacción mientras la miraba con nuevos ojos.
—Entonces eres la hija de la hermosa mujer que cautivó a Shaw... Aquella a la que todos intentamos conquistar en el pasado. Desde que ella se marchó, él no ha vuelto a querer a nadie. Ged ha vivido soltero y amargado durante años; tanto, que cualquiera que osara usar ese apelativo tenía que soportar su peor humor.
El comandante recuperó su porte militar, aunque su mirada era ahora mucho más cálida.
—Ahora entiendo tu insistencia en esta misión, señorita Spencer. Todo encaja. Con su permiso, debemos retomar nuestras obligaciones. Les sugiero que den un paseo por la cubierta para disfrutar de la brisa marina; si el tiempo nos favorece, mañana a las siete en punto fondearemos en Lisboa.
Se volvió hacia el detective con un guiño cómplice:
—Señor Woodhall, acompañe a la joven a ver los delfines. A esta hora suelen nadar junto a la proa; quizá verlos le anime un poco el estómago.
Edwin la escoltó a cubierta, pero pronto olvidó a los delfines. Ante él, Helen parecía una deidad surgida de las profundidades; los rayos del sol prendían fuego a su cabello, transformándolo en una forja de destellos dorados que ondeaban con la brisa. Su piel, con la calidez del melocotón, resplandecía bajo el reflejo turquesa de las olas, mientras su cuello esbelto se alzaba con orgullo sobre el azul marino de su traje.
Edwin sintió un vuelco en el pecho. No podía permitir que ella se le escapara, como le había sucedido a su jefe años atrás. Aquella mujer le había disparado directo al corazón y él no pensaba ofrecer resistencia.
—Helen... —¿cómo crees que nos irá en el hotel? —preguntó él, intentando que su voz no flaqueara.
Ella se giró despacio. Con una voz dulce y acariciadora, enmarcada por la sombra de sus espesas pestañas, le respondió:
—Bueno, ya conoces el plan, Edwin. Tenemos que convencer a todos de que somos una pareja de recién casados en su luna de miel.
—Sabes... no tengo mucha experiencia en estas lides —confesó él, bajando la mirada hacia el romper de las olas—. Soy bastante tímido con las mujeres.
—¿Pero seguro que habrás tenido alguna novia, no? —insistió ella con una nota de picardía.
—Nada serio, la verdad. ¿Y tú? ¿Hay alguien que ocupe tu pensamiento?
—No he tenido tiempo para distracciones —respondió Helen, perdiendo la vista en el horizonte—. Si te refieres a esa supuesta decepción amorosa en España, no fue más que una estratagema de mi padre para desviar la atención sobre el manuscrito. Cuando todo esto termine... si aparece el hombre adecuado, tal vez me lo plantee.
«¿Qué habrá querido decir con eso?», se preguntó Edwin. ¿Acaso ella había calado sus intenciones, igual que Peel? Sentía que el camino empezaba a despejarse y no pensaba desaprovechar la oportunidad.
Helen se alejó hacia la proa y se sentó sobre un rollo de arpillera. El viento agitaba su melena como la vela de un bergantín en plena caza. Desde el puente, O’Donell y el comandante Harwood la observaban con una mezcla de admiración y deseo contenido.
—Es una belleza, señor —murmuró O’Donell.
—Lo es, desde luego. No me extraña que Woodhall esté perdiendo el juicio... ¿Ha visto cómo lo mira ella?
—¡Vaya si lo he visto! Espero que el detective sea listo; yo no la dejaría escapar. Quién nos iba a decir que llevaríamos a bordo a una mujer así.
—Quién sabe, comandante —replicó el oficial—. Quizá algún día las mujeres formen parte de su tripulación; hay muchas con una eficiencia asombrosa en la Marina.
—No voy a discutir eso con usted, O’Donell, ya conoce mi opinión. ¿Qué le parece si organizamos un almuerzo para dos en cubierta? —Harwood sonrió de oreja a oreja y bajó al encuentro de Helen para transmitirle la invitación.
Ella asintió, pero con una condición: necesitaba una máquina de escribir para adelantar unos documentos. El comandante se ofreció a instalársela en su propio camarote y, al retirarse, lanzó una mirada fugaz hacia el puente, confirmando la aceptación a O’Donell con un gesto de pulgar hacia arriba.
Edwin, que no había perdido detalle del intercambio, se acercó a ella con el ceño fruncido y un tono de pretendiente herido:
—¿Qué quería el primer oficial de ti?
—¿Te apetece almorzar en cubierta? —esquivó Helen, forzando una sonrisa casual.
—La brisa me vendría de maravilla —asintió él, entrando en el juego—. Siento que me falta el aire ahí dentro. Es una idea excelente.
Mientras se acomodaban, Edwin señaló los papeles que ella custodiaba.
—Llevo un rato viéndote escribir... ¿Es tu diario, si se puede saber?
—Es el borrador del documento que el señor Gil Robles debe firmar para nosotros —respondió ella con pragmatismo.
—¿Documento? No entiendo, ¿de qué estás hablando?
—Si todo sale bien y confirmamos que él no tiene nada que ver con el secuestro, quiero su compromiso por escrito —explicó Helen, clavando su mirada en la de Edwin—. Necesito que renuncie al uso de su manuscrito y que autorice formalmente su envío al destinatario original.
—¡Sería un triunfo increíble! —exclamó él—. Pero, Helen, sintiéndolo mucho, esa autorización depende del Primer Ministro, no de ti. Además, llámame pesimista si quieres, pero dudo mucho que acceda a firmar algo así.
—Ya lo veremos —replicó ella con una sonrisa gélida—. Ahora, si me disculpas, voy a mecanografiarlo. Necesito redactarlo de tal forma que no tenga más opción que estampar su firma. Además, una vez en Lisboa, me gustaría visitar los monumentos y los rincones típicos.
Edwin la miró con incredulidad.
—¡¿Turismo?! Helen, tenemos que estar en la estación de Rossio a las diez en punto o la entrevista se cancelará.
—Y allí estaremos. Pero es lo más natural del mundo que una pareja de recién casados recorra una ciudad tan romántica y antigua como esa.
—A mí me parece —murmuró Edwin, bajando la voz— que lo más normal para unos recién casados sería no salir de la habitación.
Helen se detuvo y lo miró fijamente, con un brillo divertido en los ojos.
—Eso es para cuando te cases de verdad, Edwin. Pero en este matrimonio falso... ¿o es que preferirías que fuera real?
Helen lo sostuvo con la mirada, atrapándolo en un silencio denso. Pudo sentir, con una claridad casi eléctrica, que Edwin estaba desarmado frente a ella. Todo el fingimiento de las semanas anteriores se había evaporado; allí estaba él, aguardando una respuesta que no tardaría en llegar, pero antes de que ella pudiera hablar, Edwin tomó la palabra con una solemnidad nueva.
—No te diré que estoy locamente enamorado de ti, porque sería mentirte y ofender tu inteligencia —comenzó él, con voz firme pero cargada de matices—. Pero no pienso ocultar más este delicioso cautiverio en el que me tienes desde el primer día que te vi.
Edwin dio un paso hacia ella, olvidando por completo el vaivén del barco.
—Dicen que cuando un hombre empieza a enamorarse de una mujer, termina por despreciar profundamente a todas las demás. Te confieso que ya experimento ese desprecio por el resto del mundo; tu presencia es el acontecimiento más extraordinario de mi vida.
Hizo una pausa, mirándola con una franqueza que le quemaba el pecho.
—Para tu tranquilidad, te advierto que no pienso dedicarte versos románticos ni rimas vacías. Cuando esté profundamente convencido de que lo que siento no es un ideal platónico, sino que te amo con toda la verdad de mi alma, te lo diré sin rodeos. Ese día abandonaré esta absurda timidez y me entregaré al ímpetu de la palabra. Me postraré ante ti, Helen, para que tus manos decidan si me salvan o me condenan.
Me quedé atónita ante una declaración tan inesperada como emotiva. Como un rayo de luz que choca contra la superficie del mar y se pierde en las profundidades, envolví aquel instante en un silencio impenetrable. Para disimular el impacto, me refugié de inmediato en los papeles del borrador para Gil Robles, evitando su mirada.
Edwin, desconcertado ante mi falta de respuesta, hundió las manos en los bolsillos y se alejó con paso lento, mientras los marineros terminaban de disponer la mesa para el almuerzo en cubierta. Sentirse observada por las miradas lascivas de aquellos lobos marinos no era una exageración; su atención me seguía como una sombra.
El almuerzo transcurrió bajo una cortesía tensa. Al terminar, agradecí la invitación al comandante y me retiré a la soledad de mi camarote. Necesitaba el repiqueteo rítmico de la máquina de escribir para acallar mis propios pensamientos y centrarme en lo único que importaba ahora: el documento que decidiría nuestro destino en Lisboa.
Uno de los cadetes le sirvió el té a las cinco en punto. Helen cumplió con el ritual inglés mientras el repiqueteo de la máquina de escribir seguía marcando el ritmo de su tarde. Absorta en las cláusulas para Gil Robles, no se dio cuenta de cómo las horas se deslizaban entre sus dedos; el cansancio terminó por vencerla y se sumió en un sueño profundo y reparador.
Se despertó sobresaltada a las seis de la mañana, ya en horario de Lisboa. No quería perderse ni un detalle de la maniobra, así que subió de inmediato al puente. Desde allí, la entrada al estuario del Tajo se revelaba como un lienzo de luces rosadas y sombras alargadas, recibiéndolos con una calma impropia del Atlántico que acababan de cruzar.
Compartió una bebida caliente con el comandante Harwood y el primer oficial O'Donell, dejando que el aire del amanecer barriera los restos de agotamiento tras las intensas jornadas en el mar. El sol, naciendo sobre el puerto, teñía de un naranja encendido las colinas de Alfama y el perfil del Castillo de San Jorge. A pesar de sus ocho mil toneladas, el crucero se deslizaba por el canal de la barra con una elegancia silenciosa, reduciendo máquinas mientras rebasaba la Torre de Belém. Casi sin percatarse de la pericia con la que el buque de guerra maniobraba, Helen sintió cómo la mole de acero se ajustaba al muelle de la capital portuguesa. La misión en tierra acababa de comenzar.
—Espero que llegues a tiempo a su cita —comento O'Donell consultando su reloj de pulsera—. Shaw tiene un coche esperándoos ahí abajo para llevaros directos al hotel.
—¡Entendido, señor! ¡A sus órdenes! —respondió Helen. Con una chispa de travesura en la mirada, cuadró los hombros y le dedicó al comandante un saludo marcial impecable pero cargado de ironía.
—¡Permiso concedido! —rio Harwood, devolviéndole el saludo mientras Edwin y un joven cadete cargaban con el equipaje, esperando a que terminaran de asegurar la escala.
El comandante no pudo evitar seguir sonriendo mientras los veía alejarse hacia la borda. Fue entonces cuando O’Donell se le acercó, observando la escena con aprobación:
—Ya se lo dije, señor... no me importaría tener más mujeres a bordo. Saludan con más estilo que muchos de nuestros reclutas y, desde luego, es un placer verlas.
Los cadetes terminaron de descolgar la escalera de gato y ambos descendieron hacia el muelle. Desde allí, divisaron el vehículo que Shaw había dispuesto: un sedán robusto que destacaba entre el ajetreo del puerto. Apoyado contra la puerta, un hombre de baja estatura y rostro curtido, tocado con un sombrero marrón de ala ancha, encendía un cigarrillo. En cuanto los vio aproximarse, arrojó el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la punta del zapato en un gesto mecánico, sin apartar la vista de ellos.
—¿Buenos días! ¿Son ustedes los señores Woodhall? —preguntó el hombre del sombrero, con una voz rasposa que apenas se elevaba sobre el ruido del puerto.
—Los mismos —asintieron ambos al unísono.
—Suban, por favor. Me han encargado llevarlos al Hotel Americano —añadió el conductor mientras acomodaba el equipaje en el maletero con eficiencia militar—. No se preocupen, en un suspiro estarán allí para que puedan descansar de la travesía.
El hombre demostró ser un experto al volante, sorteando el caótico tráfico de Lisboa y los tranvías amarillos con una destreza que los dejó frente a la imponente fachada del hotel en tiempo récord. El portero se apresuró a abrirles la puerta mientras Edwin, metido de lleno en su papel, rodeaba la cintura de Helen con el brazo. Ella le correspondió, apoyándose en él con la naturalidad de una esposa devota.
Al cruzar el umbral del vestíbulo, el recepcionista les dio una bienvenida cargada de cortesía portuguesa. Tras el registro, les hizo entrega de un sobre que contenía mucho más que una simple llave: el horario de trenes, un mapa detallado de la capital y, lo más importante, los billetes hacia Oporto con su correspondiente cartografía.
Un botones los escoltó hasta la Suite 127, en la segunda planta. Una vez allí, ante el ofrecimiento de servirles el desayuno en la habitación, Helen declinó con amabilidad:
—Preferimos bajar temprano al comedor, gracias.
Edwin despidió al botones con una propina tan generosa que este, tras una profunda reverencia y desearles una estancia inolvidable, no pudo evitar susurrar antes de cerrar la puerta:
—Si necesitan cualquier cosa, no duden en pedírmela. Solo tienen que solicitar que Gonçalves se encargue de ello.
En cuanto la puerta de la suite 127 se cerró tras él, Edwin dejó caer las maletas y frunció el ceño mientras examinaba el sobre que reposaba sobre el buró de caoba.
—¿Por qué nos habrán preparado estos billetes de tren hacia Oporto? —preguntó Edwin en un susurro—. ¿No se supone que la cita es aquí mismo, en la ciudad?
Helen se quitó la boina y sacudió su cabello, liberando la tensión del viaje.
—Dudo que vayamos a usarlos —respondió con una sonrisa sagaz—. Lo más probable es que Ged los haya comprado para mantener las apariencias. Sería muy sospechoso que una pareja de recién casados llegara de luna de miel y se marchara al día siguiente sin un destino claro. Oporto es la coartada perfecta para los ojos indiscretos del hotel.
—Visto así, tiene todo el sentido del mundo —admitió Edwin, impresionado una vez más por la previsión de su jefe.
—Lo mejor ahora es que nos pongamos cómodos y nos preparemos —sentenció Helen, consultando su reloj—. Debemos ir hacia la estación de Rossio para contactar con nuestro hombre. Según las notas de Veil, está a un paso de aquí.
Helen extrajo de su maleta un impecable traje sastre en tono marrón claro, con una chaqueta de corte entallado en un marrón más oscuro que le confería un aire de autoridad y elegancia. Para completar el conjunto, se caló un sombrero de lana de ala ancha, sutilmente levantada en la parte posterior, y calzó unos zapatos planos que combinaban a la perfección con la sobriedad del atuendo viajero.
Tras un baño reparador que eliminó cualquier rastro del salitre del Exeter, Helen terminó de arreglarse y se volvió para observar a su acompañante. Se sorprendió al ver que la ropa de su padre le sentaba a Edwin como si hubiera sido cortada para él. La chaqueta marrón que había elegido no solo era atemporal, sino que armonizaba cromáticamente con el traje de ella. Parecían, a ojos de cualquier extraño, una pareja coordinada y distinguida, lista para perderse en las calles de Lisboa.
—Te ves muy bien, Edwin —comentó ella, ajustándole mínimamente la solapa—. Nadie dudaría de que fue confeccionado expresamente para ti.
—Veo que compartimos los mismos gustos —comentó Edwin con una media sonrisa.
En su fuero interno, sabía que el mérito era de la astucia de Peel, pero prefirió mantener su reserva ante Helen. Salieron del hotel y caminaron a paso ligero hacia la estación de Rossio. Llegaron justo cuando el reloj de la torre marcaba las diez en punto; en ese instante, un hombre surgió de entre la multitud y los abordó por la espalda.
—¡Disculpen la interrupción! —dijo el desconocido con una inclinación de cabeza—. ¿Tengo el placer de saludar al señor Edwin T. Woodhall?
—Así es —asintió Edwin, colocándose instintivamente un paso por delante de Helen—. ¿Es usted Adâes Bermudes?
—El mismo, a su servicio —respondió el arquitecto, bajando la voz—. El señor Gil Robles se reunirá con ustedes, pero no aquí. Deben dirigirse al Monasterio de los Jerónimos a las cuatro en punto. Allí, un compañero mío los recogerá para conducirlos al encuentro definitivo.
Bermudes les dedicó una mirada rápida, asegurándose de que nadie los vigilaba.
—Mientras tanto, disfruten de mi ciudad como cualquier otra pareja de turistas. ¡Que tengan un buen día!
Antes de que pudieran replicar, el hombre se fundió de nuevo con el bullicio de la estación, dejándolos con seis horas por delante antes de la cita crucial.
El hombre se fundió con la marea de gente que bullía en la estación de Rossio. Siguiendo sus instrucciones, se dirigieron primero hacia la Torre de Belém, la joya manuelina de los hermanos Arruda que antaño custodiaba la entrada del Tajo y servía como aduana. Cruzaron el estrecho puente de madera sobre las aguas, admirando la piedra labrada que parecía encaje, antes de perderse por las callejuelas del casco antiguo.
En una de aquellas tabernas ancladas en el tiempo, supervivientes del gran terremoto de 1755, se permitieron un respiro. Degustaron el pescado frito recién capturado y el frescor punzante de un "vinho verde", rodeados del murmullo de los lisboetas. Por un instante, entre el aroma a mar y el vino, el secuestro de Lord Leonard pareció una pesadilla lejana.
A las tres de la tarde, puntuales, se encaminaron al Monasterio de los Jerónimos. La luz de abril se filtraba entre los arcos de 1498, creando un juego de sombras místicas en el claustro. Mientras paseaban por los jardines, justo cuando el reloj marcaba las cuatro, un hombre de porte distinguido se materializó a su lado.
—¡Buenas tardes, señores! —saludó con una leve inclinación—. Creo que me estaban esperando, tal como les adelantó mi socio Adâes Bermudes. Mi nombre es Guilherme Rebelo de Andrade.
El arquitecto los observó con una mezcla de cautela y respeto.
—Por favor, síganme. Es hora de acudir a su encuentro.
—Tienen ustedes un país bellísimo, señor Guilherme —comentó Helen con diplomacia—. Y es un alivio encontrar a alguien que domine nuestro idioma con tanta fluidez.
—Me alegra que sea de su agrado, señorita —respondió Andrade con una sonrisa profesional—. Lamento que su estancia sea tan breve; Lisboa tiene tesoros que requieren tiempo. Pero no nos demoremos más; el señor Robles es un hombre de agenda apretada y el tiempo apremia.
El arquitecto los escoltó hasta el Museo Nacional de Arte. Una vez cruzado el umbral, los condujo por pasillos donde el eco de sus pasos resonaba entre andamios y lonas.
—Hemos considerado que este es el lugar más seguro para parlamentar —explicó Andrade en voz baja—. Estamos en plena fase de renovación y ampliación desde el 33; esperamos concluir las obras el próximo año. En estas salas vacías nadie los molestará, pero mis hombres estarán vigilando las entradas.
Los introdujo en una sala, presidida por una imponente mesa de caoba y tres sillones tapizados en terciopelo granate que destacaban contra el polvo de las reformas. Junto al ventanal, recortado contra la luz de la tarde, aguardaba un hombre de porte severo y mirada analítica: era el mismísimo Don José María Gil-Robles.
Tras las presentaciones de rigor a cargo de Edwin, el político los invitó a tomar asiento con un gesto sobrio. Fue Helen quien, rompiendo el protocolo y asumiendo el mando, fue directa al grano:
—Señor Gil-Robles, iré sin rodeos. Están en mi poder ciertos escritos y correspondencia privada que usted dirigió el año pasado al general Jordana y al embajador Nicolás Franco aquí, en Lisboa.
—¿Cómo han llegado esos documentos a sus manos? —preguntó Gil-Robles, con una voz que cortaba el aire como un cuchillo.
—La procedencia no es lo relevante ahora, don José María —replicó Helen con una calma gélida—. El hecho irrefutable es que obran en mi poder.
Edwin decidió mediar para encauzar la conversación.
—Lo que nos ocupa, señor, es confirmar si usted envió una misiva al periódico británico Daily Herald. En ella se solicita dar publicidad a los agravios cometidos contra su persona por el gobierno del General Franco, con el fin de restaurar su honor ante la comunidad internacional.
—¡Me toman por un estúpido! —estalló el político, golpeando suavemente la mesa de caoba—. No necesito mendigar el auxilio de la prensa extranjera para defenderme de las viles calumnias a las que me someten. No tengo la menor idea de quién ha usurpado mi nombre para semejante bajeza, pero quien lo haya hecho no me conoce en absoluto. No soy hombre que ventile sus cuitas personales en los pasquines.
Helen se inclinó hacia delante, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza:
—Sabemos que su país se desangra en una reconstrucción dolorosa tras la victoria de Franco —interrumpió ella—. Y somos conscientes de que le aguardan años de angustia y represión antes de que España recupere una madurez democrática. Usted no desea hurgar más en esa herida abierta. Mi único deseo es que, cuando el viento sea favorable, se le permita regresar a su querida Salamanca y trabajar por esa nueva España.
—¿Cómo puede saber todo eso, señorita? —inquirió él, con una mezcla de sospecha y fascinación.
—Del mismo modo que sé que ordenó a sus seguidores apoyar el alzamiento y que entregó los fondos de su partido al general Mola —replicó Helen con una calma que desarmaba—. Sé que es usted un hombre de principios, don José María. Y llegado este punto, comprenderá que he leído su manuscrito de principio a fin.
Gil-Robles guardó un silencio pesado antes de preguntar:
—¿Qué esperan de mí exactamente?
—No se trata de lo que busquemos nosotros, sino de lo que yo puedo hacer por usted —dijo ella, inclinándose hacia delante.
—Sinceramente, no creo que se pueda hacer nada ya, señorita. Y mucho menos una dama como usted... sin ánimo de ofender.
—No me ofendo. Al menos puedo ofrecerle una salida digna: garantizarle el respeto del nuevo gobierno de su país y, sobre todo, asegurar un regreso honroso a su ciudad en Salamanca.
El político entornó los ojos, midiendo el precio de aquella oferta.
—¿A cambio de qué?
—De que jamás utilice la información de esos documentos —sentenció Helen—. Ni lo que contienen, ni lo que pueda deducir de ellos a partir de hoy. Necesito su palabra de honor de que esos hechos flagrantes nunca verán la luz.
—Jamás tuve intención de hacerlo —respondió Gil-Robles, recuperando su orgullo—. Como hombre de honor que soy, amo a mi país por encima de todo. Si de verdad conoce mi trayectoria, sabrá que cuando doy mi palabra, es ley.
—Lo sé —asintió Helen con gravedad—, pero nos enfrentamos a una plaga que avanza por Europa y que ya ha extendido sus raíces en su país. Berlín tiene motivos de sobra para querer cobrar el precio de su ayuda en la guerra; no podemos permitir que utilicen su correspondencia con el general Jordana para chantajear al gobierno español. Necesitamos que España sea neutral cuando Inglaterra declare la guerra a Hitler. Dígame, don José María, ¿cree que su pueblo resistiría otra carnicería? ¿Quedan acaso hombres suficientes para morir en una nueva contienda?
Gil-Robles guardó un silencio sepulcral, asombrado por la lucidez de aquella joven. En su rostro se dibujó una amalgama de amor por su patria perdida y un anhelo imperioso de paz. La neutralidad no solo era razonable; era la única tabla de salvación para una nación en ruinas.
Tras las deliberaciones finales, el acuerdo quedó sellado. Helen extendió el documento mecanografiado: el salvoconducto para que el paquete de cartas fuera entregado al Primer Ministro británico con la autorización formal de su autor. A cambio, Londres presionaría en España al vicepresidente Jordana: o cesaban los ataques de la prensa falangista contra Gil-Robles —consejero de Don Juan en el exilio—, o su correspondencia privada vería la luz, avergonzando al nuevo régimen ante la comunidad internacional.
Era el anhelado «Sueño de Honor»: la restauración de su dignidad pisoteada. Al leer las cláusulas, Gil-Robles esbozó una sonrisa melancólica. Extrajo su estilográfica dorada del bolsillo de la chaqueta, firmó con un trazo firme y le entregó el pliego a Edwin.
Se levantaron de los sillones de terciopelo, con los miembros algo entumecidos pero el espíritu aliviado, y se estrecharon la mano. Gil-Robles dio dos palmadas secas que resonaron en la inmensidad de la sala en obras. De inmediato, Guilherme Rebelo apareció entre las sombras de los andamios para escoltarlos de vuelta a la salida principal del Museo Nacional.
—Has conseguido exactamente lo que querías —admitió Edwin mientras caminaban de vuelta—. Pero dime, ¿cómo demonios supiste que era parte del consejo privado de Don Juan?
—El manuscrito es asombrosamente detallado —explicó ella, bajando la voz—. Narra desde sus maniobras para entrar en el círculo íntimo del heredero hasta los contactos en España para restaurar la monarquía. Incluso menciona aquel episodio de 1936, cuando Don Juan intentó cruzar la frontera para luchar con los rebeldes y su oferta fue rechazada por los generales.
—Es fascinante. Shaw va a quedar impresionado con todo esto —asintió Edwin, aunque frunció el ceño enseguida—. Pero hay algo que me inquieta: lo que le has prometido es casi imposible. ¿Cómo piensas obligar al vicepresidente Jordana a claudicar?
—Ya me las ingeniaré, Edwin —replicó ella con una seguridad gélida—. Por ahora, lo primero es que guardes ese documento firmado en un lugar donde nadie lo encuentre. Lo demás... ya veremos. Deberíamos descansar, el día ha sido agotador.
Al entrar en la suite 127, Edwin se quedó petrificado frente a la imponente cama de la habitación nupcial.
—Eh... ¿qué vamos a hacer? Solo hay una cama —balbuceó.
—Está muy claro: cada uno en un lado —respondió Helen mientras se quitaba la chaqueta con naturalidad—. ¿Tienes algún problema? ¿Acaso no somos un matrimonio?
—En teoría —murmuró él, sin moverse del sitio.
—Bueno, pues olvida la práctica. A dormir se ha dicho.
Helen se retiró al baño para ponerse su pijama de popelina, dejando a Edwin a solas con su incomodidad. Maldijo mentalmente a Peel; en el fragor del barco no importó, pero ahora, en esta habitación nupcial, se sentía expuesto. Sin pijama y sin opciones, se despojó de la chaqueta y los zapatos y se tendió sobre la colcha, rígido como una estatua. Cuando Helen regresó y ocupó su lado de la cama tras un suave "buenas noches", Edwin sintió que empezaba un tormento exquisito. Tenerla tan cerca, respirar el mismo aire y percibir su aroma era una prueba de fuego para su voluntad.
Edwin despertó antes que el sol. Pasó un largo rato en silencio, simplemente contemplando el rostro de Helen, relajado y vulnerable en el sueño profundo. Con sigilo, llamó por teléfono a Gonçalves pidiéndole el desayuno en la habitación, con la instrucción estricta de no hacer ruido. El botones cumplió con una discreción profesional; sus golpes en la puerta fueron tan leves que solo el oído agudo del detective los percibió. Edwin abrió de inmediato, recibió el carrito y despidió al joven con una propina generosa que selló su silencio.
Al regresar a la cama, Edwin se inclinó sobre ella. Acercó los labios a su oído y, en un susurro que era casi una caricia, murmuró:
—¡Despierta, cariño! El desayuno está servido. Tenemos que darnos prisa o perderemos el tren a Oporto.
Helen abrió los ojos, pero no para levantarse. Con un movimiento felino, rodeó el cuello de Edwin con los brazos y tiró de él, haciéndolo caer sobre ella. Lo besó con una pasión que barrió cualquier rastro de timidez en la habitación.
—¿Es así como se despiertan las parejas de verdad? —preguntó ella entre risas, sin soltarlo—. Si el camarero nos viera ahora, no dudaría de nuestro amor... pero creo que te has aprovechado, porque no veo a Gonçalves por ninguna parte.
Helen mantenía sus manos entrelazadas en la nuca de Edwin. Él, atrapado sobre ella, sintió que el papel de detective quedaba muy lejos. Esta vez, tal como sus ojos le pedían, fue Edwin quien tomó las riendas. Y, ¡vaya si lo hizo!
El taxi que Gonçalves había solicitado puntualmente los aguardaba frente a la fachada del hotel. Tras dejarle una generosa gratificación al joven botones, dieron por concluida su estancia en aquel refugio de lujo y secretos.
Al verlos subir por la escala del buque, el comandante Harwood no pudo evitar notar el cambio en el semblante del detective.
—Veo que regresa usted con otra cara, señor Woodhall —comentó con una sonrisa socarrona—. Espero que esta vez el Atlántico no le gane la partida.
—Esta vez me siento preparado, comandante —replicó Edwin con una confianza inusitada—. Pienso disfrutar cada milla del trayecto.
O'Donell, al lado de su superior, observó la complicidad de la pareja y bromeó:
—Si esto sigue así, acabaremos pintando el casco de rosa. ¡En lugar de un buque de guerra, vamos a parecer un crucero para enamorados! ¡Arranquen los motores, nos volvemos a casa!
Mientras el Exeter soltaba amarras y se alejaba de la desembocadura del Tajo, Edwin y Helen paseaban por la cubierta. Bajo la mirada indiscreta y divertida de la tripulación, a Edwin ya no le importaba el decoro profesional; se sentía el hombre más afortunado del mundo. Se detuvieron junto a la borda, viendo cómo la costa de Lisboa se desdibujaba en el horizonte.
—Helen... —comenzó él, buscando sus ojos—. Una vez que tu padre esté a salvo y todo esto haya terminado, me gustaría que me acompañaras a un lugar especial. Cerca de mi hogar, en el condado de Wicklow, hay un valle llamado Glendalough. Es un sitio de paz infinita. ¿Vendrías conmigo?
—¿Tienes que realizar alguna investigación allí? —preguntó Helen, arqueando una ceja con una sonrisa ladeada.
—No, ninguna —respondió Edwin con firmeza—. Esta vez hablo de recreo, de aire puro y de paz. Nada que ver con el trabajo.
Helen guardó silencio un instante, dejando que la brisa del Atlántico le acariciara el rostro.
—Cuando todo esto termine, Edwin... vuélvemelo a proponer. Entonces te daré una respuesta.
En ese momento, Manuel, el maquinista gallego, se acercó a ellos con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba radiante; acababa de ganar la apuesta que mantenía con media sala de máquinas: que los "recién casados" llegarían al muelle antes de que el Exeter soltara amarras. Al parecer, las apuestas sobre los pasajeros eran el principal entretenimiento de la travesía.
La presencia de Helen seguía despertando una envidia sana entre la tripulación, pero ya nadie se atrevía a apostar sobre su conquista. Era demasiado evidente que el detective estaba perdido por ella y que formaban una pareja tan natural que parecía bendecida por el mismísimo mar. Manuel les dedicó un saludo respetuoso, satisfecho no solo por su ganancia, sino por ver que la misión en su tierra adoptiva había llegado a buen puerto.
La travesía de regreso fue un remanso de calma. Charlaban y reían en cubierta, perdidos en una complicidad que nadie en el buque se atrevía a interrumpir. Desde el puente, el comandante Harwood los observaba con una satisfacción que iba más allá del deber cumplido.
«Ged ha tenido buen ojo al emparejarlos», pensó con una sonrisa melancólica. Para Harwood, Edwin era casi como un hijo, y saber que la hija de la mujer que él mismo había amado en silencio parecía interesada en el detective, le producía un consuelo extraño. Era como si el destino cerrara un círculo que quedó abierto años atrás.
El 7 de abril, las siluetas grises de los muelles de Plymouth surgieron entre la bruma matutina. El Exeter maniobró con su habitual precisión hasta quedar amarrado. Al pie de la escala, firme y con el rostro impenetrable de siempre, los aguardaba Veil. La burbuja del viaje se rompió al instante: la misión de rescate entraba en su fase final.
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