Bienvenidos a mi casa. Este Blog nace como una iniciativa de mi necesidad de dar a conocer mis vivencias y disponer de un medio para expresar el espíritu de mi Tierra... Muchas gracias por acompañarme en este divertido viaje. Espero disfrutarlo con vosotros. Como todo buen blog que se precie espero tener vuestros comentarios.

sábado, 22 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 7: Duros de cerviz

  Abandonaron el Exeter tras expresar su gratitud personal al comandante por todas sus atenciones. A ella la conmovió la sinceridad de sus palabras al desearle que su padre estuviera pronto a su lado.

  Ya en el coche, Veil rompió el silencio: «No hay noticias de los secuestradores. En cuanto al supuesto turista, fue liberado al día siguiente de que ustedes partieran gracias a la mediación del secretario del Consulado. Se dirigió a la estación Victoria y tomó un tren hacia Bath, donde ha pasado estos días en las termas romanas. No ha contactado con nadie más que con el personal y los clientes del balneario. Si no fuera por la conversación que Helen escuchó, parecería un turista legítimo». Era evidente que se esforzaba por engañarlos, pero, curiosamente, ese teatro encajaba a la perfección con sus planes.

—¿Han seguido vigilando la casa? —preguntó Helen.

—No. La policía no detectó nada y Peel ni siquiera llegó a ver a sus atacantes.

—Es evidente que se retiraron —intervino Edwin—. Deben haber conseguido lo que buscaban de tu padre.

—No lo creo. Él jamás diría nada que pudiera ponerlo en peligro, y menos con Sharon allí.

—Eso espero. Veil, ¿tienes alguna orden para mí?

—El jefe te quiere en la central. Dejaremos a Helen en casa y seguiremos directos hacia allá.

  Veil detuvo el coche frente a la casa. En el umbral, Peel conversaba con uno de los agentes, pero al reconocer el vehículo se apresuró a abrirles la puerta. Edwin se despidió de Helen con afecto, prometiéndole regresar lo antes posible. Antes de bajar, le lanzó una última advertencia: no debía moverse de allí hasta su vuelta; si los secuestradores llamaban, bastaría con avisar al jefe de vigilancia para que lo localizaran de inmediato.

—No te preocupes —le aseguró ella—. No haré nada por mi cuenta. No pondré en peligro a Sharon ni a mi padre... pero vuelve pronto.

Una vez que retomaron la marcha, Veil rompió el silencio:

—¿Cómo fue todo por tierras lusas?

—Bien. Al menos ya podemos descartar al señor Robles de esta ecuación.

—Es un alivio tachar un nombre de la lista —asintió Veil—. Pero hay algo más que no te he contado sobre el hombre que arrestamos. Ayer abandonó Bath; lo seguimos hasta la estación, donde compró un billete para Wiltshire. Varios de nuestros agentes se turnaron para no levantar sospechas, pero al bajar en la estación... se esfumó. Les dio esquinazo.

—Deberías habérmelo dicho antes —estalló Edwin—. ¡Tenemos que regresar a casa de lord Leonard! Podrían estar en peligro.

—Mi orden es llevarte a la central —replicó Veil con calma—. Nuestros hombres están preparados para cualquier eventualidad; saben lo que hacen y, de momento, no nos necesitan. ¡Baja ya! El comisario te espera.

  Edwin asintió, aunque el recelo no le abandonaba. Al entrar en el despacho, se topó con la mirada inquisitiva de su jefe. Sin preámbulos, comenzó a detallar lo sucedido en la entrevista mientras extraía con suma cautela un documento del bolsillo interior de su raída chaqueta de pata de gallo.

  El comisario Shaw leyó el papel en un silencio sepulcral antes de preguntar con escepticismo:

—Y bien, ¿podemos confiar en esto?

—La señorita Spencer cree que sí —respondió Woodhall—. Aunque, personalmente, tengo mis reservas sobre sus formas. En cualquier caso, coincido con ella: por ahora, ese hombre cumplirá lo firmado. Más adelante, quién sabe.

—«Al menos acepta que todo se le entregue al vicepresidente Jordan a través de nuestro primer ministro», intervino Ged. «Ahora podemos estar seguros de que Robles no tuvo nada que ver con que esos documentos llegaran a manos de la señorita Spencer».

—Lo dejó muy claro —añadió Edwin—. Sostiene que se los robaron y que jamás tuvo intención de usarlos. Además, aclaró que él no envió ninguna carta al periódico de Gallichan para publicar sus memorias; alguien se hizo pasar por él y desconoce quién pudo ser.

—¡Buen trabajo, Woodhall! —concluyó el comisario—. Ahora regresa a casa de lord Leonard e infórmame de inmediato si hay novedades. Sobre el supuesto turista español, supongo que Veil ya te habrá puesto al tanto.

—¡Así es, señor! —confirmó Woodhall—. Veil me informó al llegar; ese sinvergüenza burló a nuestros hombres en Wiltshire. Estoy convencido de que los tienen allí, pero es un área demasiado vasta. Si me lo permite, sugiero infiltrar agentes disfrazados de turistas, especialmente en el círculo de piedras de Avebury y el cementerio cercano a Overton Hill. Deberíamos desplegarlos en puntos estratégicos. Quizá sea solo una corazonada, pero presiento que usan esa zona como refugio.

—Adelante, Woodhall. Tienes mi autorización y todos los recursos que necesites —concedió el comisario—. Debemos localizarlos cuanto antes y zanjar este asunto de una vez por todas.

  Edwin abandonó el despacho eufórico, espoleado por la confianza absoluta que acababan de depositar en él. Mientras tanto, en la casa, Helen intentaba distraerse ordenando su habitación con ayuda de Betty. El silencio lo rompió Peel al asomarse a la puerta:

—Señorita, un hombre al teléfono dice que usted espera su llamada.

  Helen dejó caer lo que tenía entre manos. Ignorando a la criada, bajo las escaleras a toda prisa, con el corazón en un puño, y descolgó auricular del vestíbulo.

—¡Dígame! —exclamó con la voz entrecortada por la ansiedad.

—Espero, señorita Spencer, que estos días le hayan servido para recapacitar. ¿Está dispuesta a colaborar?

—Antes quiero saber cómo están mi padre y mi amiga —exigió ella, con la voz temblorosa.

—Oh, están disfrutando enormemente de nuestra... hospitalidad.

—Quiero hablar con él. Ahora mismo.

—Me temo que eso es imposible. No cuente con ello.

  En un arrebato de furia, Helen estrelló el auricular contra el soporte. Se quedó temblando, invadida por una oleada de repulsión al pensar que su impulsividad pudiera empeorar las cosas para los rehenes. El timbre insistió de nuevo al instante; un repiqueteo metálico que parecía juzgarla. Ignorándolo, se obligó a cruzar el pasillo hacia la privacidad de la biblioteca y allí, con el pulso acelerado, descolgó por fin la extensión.

—Eso no ha estado bien, señorita Spencer —advirtió la voz al otro lado, gélida—. Tenemos que hablar.

  El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el crepitar de la línea y el latido desbocado en los oídos de Helen. Por la ventana de la biblioteca, el jardín inglés se extendía sumido en una niebla gris, tan indiferente a la tragedia de los rehenes como la voz que acababa de amenazarla.

—¡No tengo nada que decirle! Si no me deja hablar con mi padre, asumiré que no está con usted y colgaré de nuevo.

Hubo un silencio breve antes de que el hombre soltara una risa seca.

—Su audacia es admirable, señorita Spencer, pero no está en posición de dar órdenes. No obstante, le permitiré hablar con él; solo unas palabras, como prueba de mi buena voluntad.

Se oyó un golpe seco contra el auricular y, de pronto, una voz cansada pero familiar llegó desde el otro lado de la línea:

—Querida Helen... ¿eres tú?

—¡Papá! ¿Estás bien? —exclamó ella, aferrando el auricular con los nudillos blancos.

—¡Estamos bien, hija! ¡No te rindas nunca! —la voz de su padre sonó firme, casi desafiante—. ¡Recuerda que somos como los judíos, duros de cerviz!

—¡Basta ya! —El secuestrador le arrebató el aparato con brusquedad, apartándolo del oído de lord Leonard—. Ya ha comprobado que siguen vivos. Ahora, escuche con atención: mañana día ocho, vaya a la taquilla de la ópera en Covent Garden y diga: «Quiero dos entradas para Shakespeare el próximo lunes». Cuando le pregunten si prefiere platea, galería o palco, responda: «Palco, por favor». Allí le darán instrucciones. Volveremos a hablar.

Helen se quedó petrificada con el auricular mudo en la mano. «¿Covent Garden? ¿Shakespeare? Qué extraño...». Nada encajaba, pero tenía claro su siguiente paso: «Se lo contaré a Woodhall en cuanto llegue».

Mientras tanto, en el sombrío habitáculo donde permanecían cautivos, la voz ronca y autoritaria de lord Leonard rompió el silencio, dirigiéndose a su captor:

—Veo que domina nuestro idioma. ¿Puede decirme qué demonios hacemos aquí? ¿Qué es este lugar y qué espera de nosotros?

—Hace demasiadas preguntas, milord —respondió el hombre con una calma gélida—. Solo le diré que usted es el medio para recuperar algo que nos pertenece.

—¡Llevo días esperando una explicación! —estalló Leonard—. ¿Qué es lo que quieren? ¿Y qué tiene que ver mi hija en todo esto?

—Usted ya lo sabe, milord. No se haga el tonto —replicó el captor con desdén—. Sabemos que es un hombre inteligente. Su hija tiene algo que nos pertenece; si nos lo entrega, podrán marcharse. ¿O acaso cree que ella no los aprecia lo suficiente como para soltarlo?

—Eso será así... siempre que ella tenga en su poder lo que ustedes buscan —masculló lord Leonard.

—Siga fingiendo, adelante. ¿Cree que somos idiotas? Hemos perdido demasiado tiempo: primero porque Scotland Yard andaba husmeando; luego, por la llegada de su invitada, que nos obligó a investigar también. Pero el plazo se ha agotado. A menos que nos diga dónde esconde su hija el paquete, no saldrán de aquí.

—¡No lo escuche, lord Leonard! —intervino Sharon con desesperación—. Estos inhumanos jamás nos dejarán marchar. En cuanto consigan lo que quieren, nos matarán. ¿No ve que son espías alemanes que intentan hundir a nuestro país?

El individuo soltó una carcajada fuerte, oscura y cavernosa que resonó con un eco patético en la sala. Luego, con un deje de burla en la voz, sentenció:

—Qué poco sabe usted, señorita. Es cierto que mis colegas son alemanes... pero yo soy español.

—¿Qué hace en Inglaterra con esta gente? —preguntó lord Leonard, desafiante.

El captor sonrió con suficiencia antes de responder:

—¿Acaso no recuerda, milord, lo que su propia prensa publicó sobre Stolp? Aquel regimiento de dos mil oficiales que se rebelaron y terminaron expulsados del ejército alemán. El Führer lo negó en su discurso del 20 de febrero del año pasado; lo que no mencionó es que, bajo el mando de Stolp, ese grupo formó algo mucho más ambicioso: una Scotland Yard a escala global, una «Quinta Internacional» al servicio de la gran nación alemana.

El hombre dio un paso hacia la luz, sus ojos brillando con fanatismo.

—Nuestra misión es sencilla pero implacable: vigilamos los países en los que nos filtramos, diseccionamos sus debilidades y nos establecemos silenciosamente hasta dominar su economía y su sistema político. Respecto a Inglaterra... —hizo una pausa dramática—, Alemania no tiene motivos para el conflicto, siempre que se respeten nuestras reivindicaciones coloniales. Fuera de eso, cualquier base para una guerra ha desaparecido por completo.

—Eso ya lo sabemos —repuso lord Leonard, secamente.

—Chamberlain nos dio sus garantías —añadió Sharon, intentando sonar firme.

El hombre clavó la mirada en ella con una intensidad que la hizo estremecer de pura vergüenza. Tras un silencio gélido, estalló en una carcajada burlona.

—¿Chamberlain? ¿Ese hombrecillo de cuello flácido y paraguas largo? —se mofó el español—. Es un pobre anciano aturdido. ¿Qué puede saber él de la voluntad de la gran Alemania?

Nada más pronunciar aquellas palabras, las tradujo a un alemán impecable para los guardias que custodiaban la entrada. Los hombres estallaron en risas estridentes que rebotaron en las paredes del habitáculo.

—No lo menosprecien —saltó Sharon, con el rostro encendido—. ¿Acaso creen que su Führer es mejor que él?

—¡Cállate, Sharon! —le amonestó lord Leonard en un susurro urgente—. No los provoques. Es mejor no hacerlos enfadar.

—Haga caso a lord Leonard —advirtió el captor con una calma inquietante—, a menos que quiera que deje a mis hombres libertad para que hagan con ustedes lo que les plazca.

—¡No se atrevería! —desafió Sharon, aunque un escalofrío le recorrió la espalda.

—No lo dude ni un segundo, señorita. Soy capaz de cualquier cosa por mi patria.

Lord Leonard intervino, tratando de desviar la atención de Sharon hacia una debilidad del hombre:

—Si es tan patriota, ¿por qué se ha aliado con los alemanes?

—Porque ellos han prometido una ayuda mucho mayor para reconstruir España —respondió el hombre sin pestañear.

—Entonces es cierto... —concluyó Leonard con amargura—. Les estuvieron ayudando durante toda la guerra, a pesar de sus constantes desmentidos.

—Sí, se refiere a los veinte mil hombres en Marruecos que supuestamente desembarcamos, o al pacto con Italia para repartirnos el país —replicó el español con un gesto de desdén—. La prensa británica se deleita con esas fábulas. Lo que Alemania garantiza es una España Nacional soberana, libre de la garra bolchevique. Nos ayudan a extirpar el comunismo internacional, esa enfermedad que carcome a nuestra vieja Europa y quiebra su equilibrio.

El hombre se acercó a lord Leonard, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro amenazador:

—Si mi patria se convirtiera en una sucursal de Moscú, la epidemia de destrucción y desolación se extendería sin freno. Las consecuencias serían irreparables y ante eso, milord, no podíamos permanecer indiferentes. El destino de Occidente se juega en nuestras tierras.

—¿Y quiénes se creen ustedes para decidir el destino de una nación? —espetó lord Leonard—. Si se ha decidido que la España Nacional sea independiente, deben ser los españoles quienes tomen las riendas, y nadie más.

El captor soltó una risa seca, carente de humor.

—Usted y su Cámara de los Comunes pecan de una soberbia infinita. Creen que solo Inglaterra tiene el derecho divino de proteger a otros, como a Polonia, pero se lo niegan sistemáticamente a Alemania.

Se acercó un paso más, señalando a Leonard con el dedo.

—Le refrescaré la memoria: recuerde la respuesta del Führer a sus cartas de queja sobre nuestras sentencias judiciales. Les recomendó que los miembros de su Parlamento se ocuparan de las condenas dictadas por los consejos de guerra británicos en Jerusalén antes de juzgar a los Tribunales Populares Alemanes. Interferir en nuestros asuntos internos no ayuda, en absoluto, a mejorar las relaciones entre Londres y Berlín.

—Debería preguntarles a las madres y esposas que perdieron a los suyos en esa guerra entre hermanos —sentenció Sharon, con la voz quebrada por la indignación.

El hombre reaccionó con una violencia eléctrica. Estampó su mano sobre la boca de la joven, apretándola con una fuerza brutal que le hundió las mejillas.

—¡Cállate! —siseó cerca de su oído—. ¡Es la última advertencia! ¡Habla solo cuando te lo ordene! ¿Entendido?

Sharon comenzó a temblar, conmocionada por la presión de aquel puño fanático sobre su rostro. Las lágrimas brotaron de sus ojos, surcando sus mejillas en silencio para fundirse con la atmósfera turbia y la frialdad de aquellas paredes desnudas. Lord Leonard, aterrado por el destino de su compañera, intervino de inmediato para desviar la atención del agresor.

—Entonces... —dijo Leonard, forzando un tono de interés frío—, ¿insinúa que España entraría en una nueva guerra? ¿Es por eso por lo que necesitan lo que mi hija posee?

—Lo ha entendido a la perfección —asintió el captor con una sonrisa gélida—. Es evidente que su querida hija le puso al tanto del contenido.

—Se equivoca. Ella no me dijo nada —replicó Leonard con firmeza—. Para entenderlo, tendría que conocer su idioma, y ya sabe que no es el caso.

—Eso la salva, de momento. Lo que ella tiene en su poder, si se usa con la habilidad necesaria, podría dinamitar los cimientos del gobierno actual. Serviría para alzar un régimen aún más fuerte que el de Burgos, centralizado en Madrid, como es natural, y con el poder suficiente para reclamar lo que por derecho es propiedad española.

Lord Leonard guardó un silencio tenso antes de lanzar su dardo:

—¿Se refiere a nuestra colonia de Gibraltar? ¿De verdad está tan seguro de que Alemania apoyaría esa aventura?

—En primer lugar, como usted bien sabe, Gibraltar es territorio español; nos lo arrebataron en el pasado —espetó el captor con un brillo de fanatismo en los ojos—. Pero Alemania devorará a Inglaterra, milord. Entonces, y solo entonces, nos devolverán la Roca que tanto anhelamos. Si su país se atreve a desafiarnos cuando tomemos Polonia al final del verano, se tomarán las medidas necesarias para que mi patria sea, por fin, grande y libre. Siéntase un privilegiado por conocer el futuro de antemano.

Sharon sintió el impulso eléctrico de interrumpir a aquel fanático, pero se obligó a guardar silencio. Clavó una mirada gélida e inexpresiva en los hombres que la custodiaban, ocultando su pavor tras un velo de indiferencia.

Fue lord Leonard quien rompió el silencio con una pregunta cargada de veneno:

—¿Me está diciendo, entonces, que toda esa prensa que jura que Hitler no busca la guerra, que no persigue la gloria militar por la gloria misma... es solo una sarta de mentiras?

—Lleva razón en algo —admitió el captor con una sonrisa torva—. Pero piense en esa frase: «gloria militar por la gloria misma». Alemania simplemente reclama lo que es suyo. ¿O es que acaso solo los ingleses tienen el derecho divino de dominar millones de kilómetros cuadrados por todo el globo? ¿Le parece injusto que ochenta millones de alemanes exijan el derecho a vivir en apenas ochocientos mil kilómetros cuadrados, cultivando sus tierras y trabajando en paz?

El hombre se inclinó hacia Leonard, invadiendo su espacio personal.

—No es una injusticia solicitar la devolución de nuestras posesiones coloniales, que eran propiedad absoluta del Reich. Del mismo modo que España tiene derecho a las suyas, ese derecho que ustedes, con su arrogancia británica, siguen negando.

Lord Leonard mantuvo el tipo, impasible ante la lección de historia interesada, y volvió al único punto que le importaba:

—Todo eso suena muy grandilocuente, pero sigo sin entenderlo... ¿Qué es exactamente lo que tiene mi hija en su poder?

—Se trata de los manuscritos de puño y letra del Ministro de Guerra español de 1934 y 1935 —reveló el captor—. Seguramente habrá oído hablar de José María Gil-Robles, el fundador de la CEDA, el gran partido de la derecha autónoma española.

—Conozco bien su trayectoria —asintió Leonard con cautela—. Sé que, aunque ha estado en contacto con la prensa internacional, se ha negado a hacer declaraciones oficiales. Vive retirado en Portugal.

—En efecto. Pero dejó constancia de testimonios muy comprometedores en sus escritos... unos textos sesgados que no deben ver la luz. Según mis informes, el gobierno de Franco está dispuesto a concedernos cualquier cosa a cambio de ese paquete.

Lord Leonard guardó silencio, comprendiendo al fin la magnitud de la trama que amenazaba con devorarlos. Helen estaba atrapada en una red que ponía en jaque no solo sus vidas, sino la estabilidad de su propio país. «¿Se habrá dado cuenta de la pista que le di por teléfono?», se preguntó con angustia. «¿Sabrá interpretar mi mensaje?».

El captor, complacido al ver que sus palabras habían silenciado por completo a lord Spencer, sonrió con suficiencia.

—Veo que al fin comprende el alcance de nuestra misión. Ahora, le sugiero que se ponga cómodo e intente colaborar. Mis hombres no son tan cordiales como yo... y su paciencia tiene un límite.

Satisfecho con el impacto de sus palabras, el captor los abandonó a su suerte. Quedaron bajo la vigilancia de dos uniformados de aspecto embrutecido, auténticos gorilas de mandíbula cuadrada que les servían el rancho sin desviar un segundo la mirada inquisitiva.

—¿Qué va a ser de nosotros, lord Leonard? —susurró Sharon, con la voz quebrada.

—Debemos mantener la certeza de que nos encontrarán. No te rindas, Sharon. Come lo que te den; vas a necesitar todas tus fuerzas cuando llegue el momento.

—¿Y si han echado algo en la comida? —preguntó ella, observando el plato con recelo.

—Lo máximo que podrían darnos es un somnífero para que no les causemos problemas. No te preocupes por eso: nos necesitan vivos. Pero te lo ruego, no vuelvas a provocar al jefe. No hables a menos que te pregunten.

—Lo haré —asintió ella, sumisa—. ¿Cree que Helen les entregará el manuscrito?

Lord Leonard guardó un silencio pesado antes de responder, con la mirada perdida en las sombras de la habitación:

—Espero que no lo haga, Sharon.

—Pero... entonces, ¿qué será de nosotros?

—No lo sé, Sharon, pero ese montón de papeles no puede caer en sus manos. Definitivamente no —sentenció lord Leonard con gravedad.

—¡Están locos! —exclamó ella—. ¿Ha oído lo que ha dicho? ¿Que Alemania invadirá Polonia a finales de verano, en septiembre?

—Eso obligaría a Chamberlain a declarar la guerra. No tendría otra opción.

—¡Y nos invadirán a nosotros también! —Sharon estaba al borde del pánico.

—¡Por Dios, Sharon, eso jamás sucederá! —la interrumpió él, tratando de infundirle valor—. Estoy convencido de que, con la ayuda de nuestros aliados, Alemania será derrotada. Inglaterra saldrá victoriosa y nuestros soldados desfilarán por el mismísimo Unter den Linden.

Lord Leonard observó el rostro de su compañera; al menos, en aquel agujero infecto, no estaba solo.

Mientras tanto, en un entorno mucho más sobrio, el comisario Shaw descolgaba el teléfono para informar al Primer Ministro:

—Señor, han regresado.

—¿Qué ha descubierto, Woodhall? —preguntó la voz al otro lado de la línea.

—Que el señor Robles no fue quien envió el paquete ni la carta a la prensa —informó Woodhall con firmeza—. Por tanto, autoriza el uso de su manuscrito para entregarlo directamente al gobierno español. A cambio, él se compromete a guardar silencio absoluto y a no escribir nada más sobre el asunto.

—¡Es una noticia excelente! ¿Cree que podemos fiarnos de su palabra? —preguntó el Primer Ministro.

—Le hice la misma pregunta a Woodhall, señor, y él nos garantiza que el señor Robles es de confianza.

—¿Y qué hay de lord Leonard? ¿Sabemos algo de su paradero?

—Todavía nada, señor; Woodhall está sobre el terreno. Pero, cambiando de asunto... ¿ha pensado ya cómo organizará el encuentro con la señorita Spencer?

—¡Por supuesto! Estoy planeando una recepción. Mi esperanza es que su padre esté fuera de peligro para entonces y así podamos celebrar también su liberación.

—No quisiera ser pesimista, señor —intervino Shaw con cautela—, pero si los secuestradores contactan con la señorita Spencer y le exigen el manuscrito a cambio de los rehenes antes de que hablemos con ella... nos encontraríamos en un grave aprieto. No sabemos qué podría prometerle al vicepresidente español, el señor Jordana.

—Tiene razón, no había caído en esa posibilidad —admitió el mandatario, pensativo—. Haremos lo siguiente: la invitaremos el día diez a la residencia de los duques de Norfolk, en el castillo de Arundel. Es un lugar discreto y perfecto para que descanse. Organizaremos un par de días de caza; usted, Shaw, encárguese de su acompañante.

El Primer Ministro colgó el auricular. De inmediato, Shaw llamó a Veil:

—¿Sigue Woodhall en el edificio?

—Sí, señor. Está en el centro de mando finalizando la coordinación con los equipos.

—Interrúmpalo. Dígale que se presente en mi despacho antes de que las unidades se desplieguen.

Veil cruzó el pasillo a paso ligero hacia el centro de mando. Allí, Edwin Woodhall supervisaba sobre un mapa cartográfico el despliegue de las unidades destinadas a Wiltshire. El ambiente estaba cargado de humo de tabaco y una tensión eléctrica; varios agentes verificaban frecuencias de radio y armamento mientras Edwin marcaba con círculos rojos el perímetro de Overton Hill.

—Woodhall, lamento cortar el despliegue —intervino Veil desde el umbral—, pero el Alto Comisionado requiere su presencia inmediata. Es prioritario.

Edwin clavó una última chincheta en el mapa y se volvió hacia sus hombres con una mirada de acero:

—¡Atención, equipo! Ya tienen las coordenadas y los objetivos. Mantengan silencio de radio entre sectores y esperen a la señal para iniciar la incursión. Consulten con nuestra infiltrada en la zona; ella es quien conoce los puntos ciegos del terreno, así que sigan sus protocolos al pie de la letra. Mézclense con el entorno, pasen desapercibidos y, sobre todo... vuelvan todos de una pieza. ¡Despliéguense!

—Bueno, ahora nos toca a nosotros, John —dijo Woodhall—. Veamos qué quiere el jefe. Espérame para llevarme a casa de Helen.

Edwin se encaminó al despacho de su superior. Al cruzar frente a la sala de prensa, Walter, que estaba al acecho, lo interceptó en mitad del largo pasillo.

—¡Ya estás de vuelta! —exclamó Walter—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Se sabe algo de ellos? Mi editor está que echa humo; todos los periódicos hablan de un posible secuestro y ya no sé qué inventar para calmarlo.

—Dígale esto de mi parte —respondió Woodhall, deteniéndose en seco con semblante serio—: Scotland Yard informa que lord Leonard se encuentra en una misión confidencial para el Gobierno de Su Majestad. Por tanto, existe un embargo total de información por estrictos motivos de seguridad del Estado. Asegúrele que, en cuanto tengamos resultados positivos, su periódico será el primero en recibir la exclusiva.

—Eso lo va a enfurecer —admitió Walter con una mueca—. Pero dime la verdad: ¿vas ahora a casa de Helen?

—Me estaba preparando para salir, pero todavía tardaré un poco —repuso Edwin—. Ahora debo ver al superintendente. Si quiere pasar a saludar a Helen, espéreme en el coche con John Veil.

Edwin entró en el despacho de Shaw con paso firme.

—¿Me llamaba, señor?

—Woodhall, tengo un mensaje directo del Primer Ministro para la señorita Spencer —informó Shaw sin preámbulos—. El día diez debe presentarse en el castillo de Arundel; el mandatario desea hablar con ella personalmente y usaremos la cacería como pretexto. Usted será su escolta y acompañante; asegúrese de que no falte. Eso es todo, Woodhall. Puede retirarse.

Minutos después, Edwin se reunió con Walter y Veil en el vehículo.

—Ya podemos marcharnos, Veil —ordenó, antes de volverse hacia el periodista—. ¿Te ocurre algo, Walter? Te noto muy pensativo.

—Estaba pensando en Sharon —confesó él, con la mirada perdida tras el cristal—. ¿Cómo estará? ¿Se atreverán esos malnacidos a ponerle la mano encima? Te juro, Edwin, que si le hacen el más mínimo daño, se arrepentirán el resto de sus vidas. No tendré piedad.

—¡Tranquilízate, hombre! Ya verás cómo todo sale bien —le animó Edwin—. Además, lord Leonard está con ella; se ocupará de protegerla.

—Ya no es un niño —replicó Walter con amargura—. Si les pegan como hicieron con Peel, ¿qué va a poder hacer él?

—Te importa de verdad, ¿no? Sharon, quiero decir.

—Desde que la conocí en Lisboa el año pasado, fue algo especial —confesó Walter, suavizando el tono—. No he podido sacármela de la cabeza. Volver a encontrarla aquí... Me encantaba pasear con ella, llevarla a la ópera, cenar a solas. Ya sabes, lo normal entre un hombre y una mujer que se gustan.

—Bueno, el jefe lo está organizando todo para que, en cuanto la liberen, esté lo bastante distraída como para olvidar este mal trago.

—¿Y tú qué, Edwin? ¿Qué hay de Helen?

—Me he enamorado —admitió él con una sonrisa contenida—. Y lo mejor de todo es que soy correspondido.

—¡Atiza! —exclamó Walter, dándole una palmada en el hombro—. No olvides que la conociste gracias a mí, así que espero que me elijas como padrino.

—No corras tanto, Walter. Tiempo al tiempo.

Tras recibir las novedades de los agentes que custodiaban la propiedad, Peel los condujo al comedor. Helen ya los esperaba allí; los invitó a sentarse y ordenó que se sirviera la cena de inmediato.

—¿Cómo ha ido el regreso a casa? —quiso saber Walter.

—Ya puedes imaginártelo —respondió ella con un suspiro de cansancio—. He tenido que lidiar con los reproches de Agatha; no entiende nada de lo que está ocurriendo y está fuera de sí.

De pronto, Edwin intervino con tono profesional, cortando la charla trivial:

—Dime, Helen... ¿te ha llamado alguien en mi ausencia?

—Sí, poco después de que te marcharas.

—¿Era un hombre o una mujer?

—Un hombre. Estoy convencida de que es el tipo al que liberasteis. Su voz es inconfundible: hablaba un inglés correcto, pero con un marcado acento español.

—¿Y bien? ¿Te ha dicho cómo están tu padre y Sharon?

—Parece que están bien —respondió Helen—, al menos durante el breve tiempo que me permitió intercambiar unas palabras con él.

—¿Por qué no avisaste a la policía para que me localizaran, como te ordené? —le reprochó Edwin, incapaz de ocultar su tensión.

—Solo lo habría hecho si hubiera retenido a ese hombre al teléfono, pero no fue el caso. Colgué de inmediato.

—Disculpa, Edwin —intervino Walter, tratando de calmar los ánimos—. Deja los tecnicismos para luego. Ahora, dinos: ¿qué fue exactamente lo que te dijo tu padre?

—«¡Nunca te rindas! Eres como los judíos, duros de cerviz» —citó ella, frunciendo el ceño—. No tiene ningún sentido para mí.

—Quién sabe qué pretendía transmitirte con eso —concluyó Edwin, pensativo—. Nos centraremos entonces en lo que dijo el secuestrador.

—Que vaya mañana a las diez de la mañana a la taquilla de la Ópera en Covent Garden. Debo pedir dos entradas para Shakespeare; será entonces cuando reciba nuevas instrucciones.

—¡Menos mal que la cita es para mañana! —exclamó Edwin con alivio—. Pronto sabremos qué es lo que ese hombre busca en realidad. Pero escucha bien: si te piden otro encuentro, tendrás que ingeniártelas para que no coincida con el día diez.

—¿Por qué? —preguntó Helen, extrañada—. ¿Qué ocurre el día diez?

—Tienes una audiencia con el Primer Ministro.

—¿Una audiencia? ¿Quién ha dispuesto eso?

—El Alto Comisionado acaba de darme la orden —explicó Edwin con gravedad—. Debemos presentarnos en el castillo de Arundel. El mandatario quiere hablar contigo personalmente.

—¿En ese mausoleo de casi setecientos años? —bufó Helen—. ¡Qué aburrido!

—A mí me ocurre lo mismo con esas mansiones antiguas —admitió Edwin—, pero te pido un pequeño esfuerzo. Estar allí nos da margen de maniobra si el secuestrador pretende retenerte estos días. Si vuelve a contactar contigo, infórmale de que te vas de caza con el Primer Ministro; dile que es un compromiso ineludible que ya estaba planeado. No puedes fallarle.

—Veré qué puedo hacer —murmuró ella, dubitativa.

—¡No! —sentenció Edwin—. ¡Hazlo exactamente como te digo! Y ni se te ocurra pensar que mañana irás sola a la Ópera.

Walter, que había permanecido en un silencio sepulcral, saltó de repente en su asiento:

—¡Atiza! —exclamó con los ojos muy abiertos—. Creo que ya entiendo lo que quería decir tu padre.

—¡Por favor, explícate! —le urgió Helen—. No me dejes con esta angustia.

—He estado dándole vueltas —comenzó Walter, inclinándose sobre la mesa—. Cuando alguien es secuestrado, lo primero que intenta es dejar pistas sobre su paradero. Aprovechan cualquier detalle que percibieron durante el traslado o el cautiverio para comunicar dónde los tienen. Mi teoría se basa en lo que el Dios de los judíos les reprochaba: que eran «duros de cerviz», como la piedra. Las leyes no lograban penetrar en ellos.

Walter hizo una pausa dramática antes de continuar:

—Tal vez lo que tu padre quería decir es que están en un lugar impenetrable, algo sólido como el sílex o la roca. Y pensando en ello, solo hay un entorno en nuestro país que encaja con esa descripción. Tiene que ser un círculo de piedras. ¿Y cuál es el más famoso de toda Inglaterra? Es evidente: se trata del monumento megalítico de Stonehenge o del círculo de Avebury. Aunque la zona es inmensa, estoy convencido de que los retienen en las cercanías de uno de esos dos lugares. ¿No te parece lógico, Edwin?

—¡Qué imaginación tienes, Walter! —exclamó Edwin con una media sonrisa—. Pero no seré yo quien te quite la ilusión. Además, aunque lord Leonard no hubiera sido tan ingenioso con esa pista, lo cierto es que el hombre del que habló Helen ya no está en las termas de Bath. Se marchó a Wiltshire y allí mis hombres le perdieron el rastro. Así que tu teoría no es descabellada: lo más probable es que los tengan allí. Pero ahora lo urgente es la cita de mañana.

—Yo te cubro las espaldas, no lo dudes —aseguró Walter. Pero de pronto, se quedó rígido—. ¡Espera un momento! ¿Has dicho que ella tiene que pedir «dos entradas» exactamente?

Edwin asintió, repitiendo la frase con precisión:

—«Quiero dos entradas para Shakespeare para el próximo lunes». Eso es lo que debe decir en la taquilla.

—¡Pero eso es imposible! —exclamó Walter—. No se representará ninguna obra de Shakespeare el próximo lunes. En su lugar, actuará el ballet del Sadler's Wells con El lago de los cisnes, la intensa pieza de Chaikovski.

—Es evidente —explicó Edwin con calma profesional—. Se trata de una contraseña. Mientras el público general solicita entradas para el espectáculo real, ellos usan a Shakespeare como santo y seña. Esta gente está sumamente organizada.

—Es cierto —asintió Walter, ensombrecido—. Una organización con ramificaciones que dan escalofríos. Hoy en día no se puede confiar en nadie.

—¿Significa eso —intervino Helen, con la voz cargada de indignación— que la taquilla de Covent Garden, el corazón de la alta sociedad británica, está implicada? ¡Debemos atajar esto de raíz! No podemos permitir que se extienda como una gangrena por nuestras instituciones. ¡Si no lo frenamos ahora, el daño será irreversible!

—¡Tranquilos! —les pidió Edwin con firmeza—. Actuaremos con eficacia, pero por ahora debemos seguirles el juego hasta que podamos atraparlos.

—Pero... ¡tengo miedo! —confesó Helen—. Miedo de que les ocurra algo a Sharon o a mi padre.

—No te preocupes —le aseguró Walter—. Mañana iré a entrevistar a algunos de los bailarines durante los ensayos; es algo que suelo hacer y no levantará sospechas, menos aun tratándose de una obra de esa envergadura. Llegaré antes que tú para vigilar el terreno.

—Te agradezco todo lo que estás haciendo —respondió ella, conmovida—, y también que guardes el secreto de la noticia.

—Es un gran sacrificio para un periodista —admitió Walter con una sonrisa triste—, pero lo hago encantado. Me importa Sharon; jamás haría nada que pusiera en peligro su vida o la de tu padre.

Helen se despidió de ellos, dejándolos charlar en el comedor. Al entrar en su dormitorio, se encontró con una presencia familiar que no esperaba.

—¿Sigues enfadada, nanny? —preguntó Helen, deteniéndose en el umbral.

—Y seguiré estándolo mientras no me digas qué está sucediendo —sentenció la mujer.

—Lo lamento, pero tengo prohibido hablar de ello —respondió Helen con suavidad—. ¿De verdad crees que tienes derecho a exigir explicaciones sobre los asuntos de mi padre cada vez que algo te preocupa, Agatha?

—Sé que no tengo derecho a indagar en los negocios del señor; al fin y al cabo, solo soy la cocinera —admitió ella, con la voz quebrada—. Pero estoy angustiada. Entiéndelo, Helen: te he visto crecer, me siento como una madre y esta incertidumbre me consume. Por favor, dame un respiro.

—No puede ser, nanny. Solo te pido que esperes a que regresen. No insistas, porque no saldrá de mi boca ni la más mínima pista. Solo debes saber que todo está bajo control y que muy pronto estarán con nosotros, sanos y salvos. Si quieres investigar por tu cuenta, prueba con los detectives de Scotland Yard... si es que están dispuestos a contarte algo. Yo, desde luego, no puedo.

—Sé de sobra que esos hombres no dan explicaciones a nadie, y menos a una criada que para ellos no vale nada —rezongó Agatha, secándose las manos en el delantal—. Una los cría y los alimenta como si fueran sus propios hijos, y este es el pago que recibe. ¡Ay, si Thomas levantara la cabeza!

—No seas dramática, Agatha; guarda el teatro para otra ocasión —le reprochó Helen con una media sonrisa—. Te conozco demasiado bien: sé que intentas ablandarme para que te lo cuente todo, pero esta vez no funcionará.

Betty asomó la cabeza por la puerta:

—Siento molestarla, señorita, pero Peel me ha pedido que le pregunte si ya tiene todo preparado.

—¡Oh, sí! —respondió Helen—. Quiero que dejes lista mi ropa de caza y otra muda para esta noche.

En cuanto la criada se retiró, Agatha, que aún estrujaba con fuerza su plumero, retomó el ataque:

—¡Dios sabe dónde andará la cabeza de tu padre y la tuya con esas cacerías! Ya no te conozco, Helen. Has cambiado para mal; debería haberte dejado encerrada en tu habitación a solas con tus pensamientos, al menos antes eras más considerada. Parece que no te importa en absoluto lo que le pase a Sharon. Si yo fuera tu verdadera madre, cerraría esta puerta ahora mismo y no saldrías de casa hasta que regresara el señor.

—Entiendo que no me comprendas, Agatha —replicó Helen con calma—, pero es lo que debo hacer. Tu enfado no me hará flaquear; sé que, cuando todo esto acabe, acabarás entendiéndome.

La mujer se levantó del sofá indignada. Se marchó refunfuñando, agitando el plumero con rabia contenida mientras susurraba para sí misma:

—En otro tiempo te habrías llevado un buen castigo por portarte así... Pero ya no eres una niña. En el fondo te quiero, pero ¡ojalá tuvieras algo de sentido común!

Agatha entró furiosa en la cocina, donde Remedios la esperaba expectante:

—¿Qué te pasa ahora, Agatha? ¿Tampoco ha querido soltar prenda esta vez?

—¡Se niega en redondo! Dice que no le está permitido... ¡A mí con esas! —rezongó la cocinera, tirando el plumero sobre la mesa.

—Pues yo oí a los policías comentar que el asunto de lord Leonard es muy turbio —intervino Remedios en un susurro—, y que solo esperaban que la señorita supiera jugar bien sus cartas.

—¡Virgen santa! ¡Que me los matan! —exclamó Agatha, llevándose las manos a la cabeza.

—¡Templanza, mujer! —la atajó Brilliz—. He oído que ese detective decía que el Primer Ministro quiere verla en un castillo, no sé dónde, el día diez. ¿Será verdad?

—Acabo de oír a Betty decir que le prepare la maleta —confirmó Agatha—, pero no ha dicho el destino. ¡Y yo que pensaba que la niña solo salía a divertirse!

—Bueno, hay más —añadió Brilliz, bajando aún más la voz—. Dicen que mañana tiene una cita crucial. ¿Tendrá que ver con el paradero del señor y de la señorita Sharon?

—No lo sé, Remedios, pero ya no me atrevo a preguntar más —suspiró Agatha, agotada.

—¿Y si probamos con Peel? Él siempre se entera de todo...

En ese preciso instante, Peel cruzó el umbral de la cocina y las miró con una ceja levantada:

—¿Hablaban de mí, señoras? —preguntó con curiosidad.

—Agatha está indignada con la señorita porque no suelta prenda —explicó Remedios, cruzándose de brazos—. Intento restarle importancia, pero está empeñada en descubrir qué ocurre.

—Somos viejos amigos, Agatha —añadió Peel, suavizando el tono—, y por esa amistad te aseguro que la joven está moviendo cielo y tierra con Scotland Yard para traer de vuelta al señor. Es mucho más fuerte de lo que imaginas. Veo en tus ojos que dudas, pero su actitud tiene una razón de ser: con su silencio, nos está protegiendo a todos.

—Pero... ¿de qué exactamente? —balbuceó Remedios, estremeciéndose.

—Atravesamos tiempos oscuros, Remedios. Podría haber alguien al acecho en cualquier rincón, esperando a su próxima víctima.

—¡No sigas! —le cortó ella, abrazándose a sí misma—. Me traes recuerdos que preferiría haber olvidado. Ya ni me atrevo a cruzar el umbral; ese aire húmedo y acre de ahí fuera... esa maldita niebla que se cuela por las rendijas y trepa por las escaleras como un espectro. ¡Siento que incluso aquí nos envuelve con su sombra maligna!

—¡Vamos, vamos! No seas tan dramática, Remedios —la aplacó Peel—. La vida es incierta, sí, pero también hermosa y hay que vivirla. Ahora mismo, el señor y la señorita Sharon están en peligro, en manos de desconocidos cuyos planes ignoramos. Lo que más necesitan de nosotros es apoyo y confianza; que les facilitemos las cosas y, sobre todo, que tú, Agatha, dejes de querer saberlo todo al instante. La paciencia es una virtud que deberías cultivar. Te lo pido como amigo.

—¡Pero si lo hago es porque solo quiero lo mejor para ella! —exclamó Agatha, con los ojos empañados.

—Lo mejor ahora es que se sienta respaldada por todos nosotros. No le carguemos con más preocupaciones de las que ya tiene.

—Lo pensaré, Peel —murmuró ella, dándose por vencida—. Me voy a la cama; ya no tengo ánimos para seguir hablando.

Remedios la vio marchar y suspiró:

—No se le puede decir nada, está demasiado angustiada. —Luego, se volvió hacia Peel con una mirada astuta—. Ahora que estamos solos... ¿por qué no me cuentas lo que escondes de verdad?

—¡Lo siento! —cortó Peel con una sonrisa enigmática—. No sé nada, e incluso si lo supiera, no te diría ni una palabra.

—Vaya, no te lo tomes tan a pecho —rio Remedios—. No insistiré más. Yo también me retiro, que mañana será otro día. Descansa, Peel.

El mayordomo abandonó la cocina para realizar la última ronda por la mansión antes de retirarse. Mientras tanto, en su alcoba, Agatha se hundía en la almohada, sollozando en la penumbra: «Solo ruego a Dios que no le pase nada a mi niña... Espero que me perdones; soy demasiado orgullosa para disculparme, pero te quiero. Trae de vuelta a tu padre y a Sharon. ¡Tráelos!». El agotamiento de una jornada tan amarga terminó por vencerla y se quedó dormida entre lágrimas.

Por su parte, Remedios se reunió en el cuarto con Betty y Brilliz. Esta última, con una chispa de intriga en la mirada, no tardó en preguntar:

—¿Se han marchado ya esos apuestos caballeros?

—Solo uno —asintió Betty—. El detective se ha quedado; va a pasar la noche en la habitación de Sharon para vigilar desde allí.

—¿Os fijasteis en cómo devoraba con la mirada a la señorita? —comentó Remedios con malicia—. Tenía unos ojos de cordero degollado que no engañan a nadie.

—Y no solo él —añadió Betty con malicia—. Helen también le devolvía una mirada especial. ¿Estará enamorada? ¿Qué habrá pasado entre ellos mientras fingían ser un matrimonio en ese viaje?

—¡Vaya imaginación tienes, Betty! —rio Remedios.

—¡No es imaginación! Sé reconocer perfectamente cuando un hombre tiene interés en una mujer. Y no te ofendas, Remedios, pero no me digas que tú no sabes de estas cosas... ¿O es por eso por lo que no tienes novio?

—Más te vale que no se te ocurra soltar ni una palabra de esto delante de Agatha —advirtió Remedios, ignorando el dardo.

—No sufras, no somos tontas —intervino Brilliz—. Ya sabemos lo disgustada que está al darse cuenta de que su «niña» ya ha crecido.

—¡No seas grosera, Brilliz! —le afeó Remedios—. Agatha merece un respeto.

—¡Está bien, está bien! —rezongó Brilliz—. Me voy al «sobre», ya veo que estoy molestando.

Brilliz se dio la vuelta en el colchón y se cubrió hasta las cejas con la sábana, ofreciendo una estampa que recordaba a la señora Powell en su tienda de campaña de las Girl Scouts. Remedios y Betty no pudieron contener una carcajada ante la comparación. Finalmente, Remedios se retiró a su cuarto aun sonriendo, no sin antes apagar la luz del pasillo.

Mientras tanto, en el piso de arriba, el silencio era muy distinto. Edwin se encontraba en la habitación con Helen, repasando los últimos detalles antes del amanecer.

—Sabes... —susurró Edwin, deteniéndose en el umbral—, me gustaría dormir con la puerta abierta. Solo para sentir que estoy más cerca de ti.

Helen sonrió con una mezcla de ternura y reproche.

—Será mejor que la cierres, Edwin. ¿No te das cuenta de que cualquiera podría vernos? —replicó ella, aunque su mirada decía otra cosa.

—Está bien —claudicó él con un suspiro—. Pero no me iré sin un beso de buenas noches.

—¡Solo uno! —advirtió Helen con un dedo en los labios—. ¡Y después, a tu habitación!

Helen se dejó envolver por los brazos de Woodhall. Sus labios se buscaron con urgencia y el calor del deseo los encendió con la velocidad del rayo. Por un instante, ella quiso alejar ese placer que amenazaba con consumirla, pero al mismo tiempo anhelaba que la noche se detuviera para siempre. Se sentía tan plena en su abrazo que apenas fue consciente de cómo el frío de la habitación erizaba su piel al quedar sus pechos expuestos contra el torso desnudo de Edwin. Los besos, cada vez más intensos, se mezclaron con suspiros y promesas susurradas.

—Yo también ardía por tenerte así —le confesó él al oído, con la voz quebrada por la agitación—. Deseaba estar a solas contigo, sentir tu calor... ¡Te amo, Helen! ¡Te amo!

Aquella declaración de entrega total actuó como un resorte en la mente de ella. A su pesar, la lucidez despertó de la voluptuosidad para tomar las riendas de la situación. Helen frenó ese impulso ferviente con una caricia suave pero decidida.

—Te correspondo, Edwin, lo sabes —murmuró ella, tratando de recuperar el aliento—, pero perdóname si soy más fría y calculadora que tú ahora mismo. No puedo dejarme llevar; tengo demasiadas sombras en la cabeza y necesito descansar para mañana. Sé que me amas y que desearías que nos entregáramos toda la noche, pero... ¡todavía no! Por favor, es demasiado pronto. Mañana debes estar alerta y levantarte antes del alba.

Dicho esto, se zafó con delicadeza de sus brazos. Le dio un último beso en la mejilla y retrocedió, esperando a que él activara el mecanismo que cerraba la comunicación entre ambas estancias.

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