Si acabas de llegar al blog o quieres repasar el inicio, lee aquí el Capítulo I: Helena — La Sombra de Lisboa
Con manos expertas, Betty extendió el vestido sobre el lecho como si fuera una pieza de cristal. Helen salió del baño envuelta en su bata, pero no tardó en deslizarse dentro del delicado tejido rosa pálido que había adquirido la tarde anterior. Frente al espejo, aplicó un maquillaje sutil; prefería que su belleza se adivinara, no que se impusiera.
—Qué exquisita elección —comentó Agatha desde el umbral, con los ojos fijos en el talle—. Esas flores en el costado izquierdo realzan tu figura de forma maravillosa.
—Me alegra que te guste —sonrió Helen, dándose un último retoque—. ¿Sabes si Sharon está lista?
—Ni idea, vine directa hacia aquí.
Justo entonces, Sharon irrumpió en la habitación, deslumbrante en un diseño romano de crepé morado. Al verlas, posó con una exagerada elegancia de pasarela, provocando una carcajada coral. Solo Agatha mantuvo un tono solemne entre risas:
—Estáis sublimes las dos. Si esos caballeros no caen rendidos a sus pies esta noche, es que están ciegos.
—Qué cosas tienes, Agatha. No queremos dar la nota, solo disfrutar de la velada —replicó Sharon con una sonrisa.
La Nanny abrió el imponente armario de castaño. Era una pieza renacentista, cuajada de incrustaciones de ébano, encargada décadas atrás a la mítica casa de José Prat en plena España republicana. Tras un breve vistazo al espejo interior, Agatha rescató dos prendas:
—El negro es vuestro color. Helen, ponte este Philippe & Gastón; el terciopelo de lana y ese cuello de zorro te sentarán de miedo. Y para ti, Sharon, el Bruyère con piel de mono blanco. ¡Estáis sublimes!
En el vestíbulo, Peel aguardaba con las llaves en la mano. Al entregárselas a Sharon, hizo una leve inclinación:
—El coche está listo, señorita. Y, si me permiten el atrevimiento, lucen divinas esta noche. ¡Disfruten de la velada!
—No te preocupes, Peel, lo haremos. ¡Cuida de la casa!
Se acomodaron en el interior del automóvil, pero el ambiente se enturbió apenas arrancaron. Sharon lanzó una mirada fugaz al retrovisor y apretó el volante; el coche que las seguía no les daba tregua.
—Es insoportable —masculló.
—Tranquilízate —intervino Helen con voz queda—. Sé que, por mucho que intentemos ignorarlos, sentir el aliento de esos tipos en la nuca no te hace ninguna gracia.
—¡Es que no lo entiendes! —estalló Sharon—. Eres un caso perdido, Helen. Hasta que no sientas el frío de un revólver en la sien, no te tomarás esto en serio.
Helen no respondió. Se limitó a sonreír con una calma que a Sharon le pareció provocadora. Por supuesto que era consciente del peligro, pero un presentimiento le dictaba que esa noche todo daría un giro irreversible.
Mientras tanto, en el restaurante, Walter saboreaba con parsimonia una copa de vino espumoso. Ni siquiera levantó la vista cuando Edwin se materializó a su lado.
—Llegas tarde —dijo Walter, dejando que las burbujas murieran en su paladar—. Empezaba a creer que no vendrías.
—¿Tan mala es tu opinión sobre mí, Walter? ¿Por qué ese reparo a cenar con damas? Por un momento temí que te darías la vuelta.
—Estuve a punto de dejarte solo ante el peligro —admitió Walter con una mueca—, pero lo pensé mejor y aquí me tienes.
—¡Venga ya, amigo mío! Ese instinto de Scotland Yard no te abandona; salir de situaciones espinosas es tu especialidad.
Edwin sonrió, reconociendo que su amigo había dado en el clavo, y se sirvió una copa de aquel vino generoso. Tras el primer sorbo, chasqueó la lengua con deleite. El caldo era soberbio; un aroma tan profundo que parecía impregnar el alma. Como de costumbre, una chispa de optimismo lo invadió: después de todo, conocer en persona al contacto de Walter no sería un sacrificio, sino un placer.
—Pero si se retrasan —murmuró Edwin con un rastro de inquietud—, ¿no habrán decidido no venir?
Walter no respondió. Se quedó lívido, con la frase suspendida en los labios y la mirada fija más allá del hombro de su amigo. Edwin, contagiado por la sorpresa, se puso en pie; el detective lo imitó por puro instinto. Al girarse, el silencio se apoderó de la mesa.
Allí estaban Helen y Sharon. Esta última, con una sonrisa radiante, extendió los brazos hacia un Walter petrificado.
—¿Ni siquiera vas a darme un abrazo, Walter? —preguntó ella, rompiendo por fin el hechizo de su asombro.
—Ah... ¡Sí! Lo siento, Sharon. Me has pillado totalmente fuera de juego —balbuceó Walter, recobrando el aliento—. Estás incluso más radiante que en Lisboa.
—Adulador. Sigues siendo el mismo de siempre —rio ella, aunque aceptó el cumplido con un brillo en los ojos—. Te creeré por esta vez. Walter, te presento a mi amiga, Helen Spencer.
—Es un honor, señorita —respondió él con una inclinación.
Helen asintió con una sonrisa amable, pidiéndoles que prescindieran de las formalidades y la llamaran por su nombre. Edwin, que no había despegado los ojos de ella desde que se sentaron, hizo las presentaciones de rigor. Mientras Walter acomodaba la silla para Sharon, esta lanzó la primera piedra:
—¿Y cómo va el trabajo, Walter? ¿Sigues persiguiendo fantasmas?
—Bueno, acabo de cerrar una investigación importante. Un artículo que hasta mi jefe tuvo que aplaudir.
—¿Te ha llevado de vuelta a Portugal? —preguntó ella con curiosidad.
—No he vuelto desde el año pasado, desde que nos conocimos. ¿Y tú?
—No he parado. He estado estudiando la arquitectura del Mediterráneo. Estaba terminando unos bocetos en Grecia cuando recibí el telegrama de Helen y, como ves, aquí me tenéis.
Walter se giró entonces hacia la otra dama, recorriendo con la mirada la elegancia del vestido rosa pálido.
—¿Y usted, Helen? ¿A qué dedica su tiempo?
—Trabajo para mi padre. A él no le entusiasma viajar, así que, cuando debe asistir a algún acto público o supervisar asuntos fuera, voy en su lugar.
—Un papel fascinante —comentó Walter—. Debe de conocer a personas muy influyentes.
Antes de que ella pudiera profundizar, Edwin rompió su silencio con una precisión casi quirúrgica:
—Disculpe, señorita Spencer... Su apellido no es común. ¿Es usted, por un casual, la hija de Lord Leonard Spencer?
—En efecto, así es —respondió ella, endureciendo imperceptiblemente el gesto.
—¡Vaya! —exclamó Walter, entusiasmado—. He intentado conseguir una entrevista con su padre durante meses, pero siempre me da largas. Quizás usted podría...
—Me temo que no —lo cortó ella con una cortesía gélida—. No me involucro en los asuntos de mi padre, y mucho menos trato de influir en su agenda.
El detective la observó fijamente. No era una mirada de cortesía, sino un escaneo minucioso, pesado, que hizo que Helen se removiera en el asiento, claramente incómoda.
—Si me disculpan —dijo ella de pronto, buscando la mirada de su amiga—, iré un momento al tocador. Pide por mí, Sharon.
—Te acompaño —añadió Sharon de inmediato, captando la urgencia en el aire.
Tras señalar rápidamente sus preferencias en el menú, Sharon siguió a su amiga, dejando a los dos hombres solos. Walter se inclinó hacia su amigo, bajando la voz:
—¿Pero qué te pasa? Has estado glacial con ella. Es una mujer encantadora y la has echado de la mesa con esa mirada tuya de interrogatorio.
—¿De verdad lo crees? ¿No estarás exagerando? —murmuró Edwin, restándole importancia.
—¡En absoluto! —insistió Walter—. Haz un esfuerzo por ser civilizado, por favor.
Mientras tanto, al amparo del espejo del tocador, Helen se pasaba un dedo por la sien, visiblemente tensa.
—¿Qué te pasa, Helen? —preguntó Sharon, observando el reflejo de su amiga.
—Me siento vigilada. No sé si esta cena ha sido una buena idea...
—¡Pero si son encantadores! Especialmente Walter.
—Walter puede que sí —replicó Helen—, pero su amigo es... gélido. Seco como un desierto.
Sharon soltó una risita traviesa mientras se retocaba el carmín.
—¿Y eso qué más da? Es el prototipo de caballero inglés, y no me digas que no es atractivo. Es alto, tiene ese porte atlético y una piel bronceada que... bueno, ya me entiendes. Y esos ojos color caramelo... rezuma inteligencia. Su timidez solo lo hace más interesante, ¿no te fijaste en cómo ese traje resalta su mirada?
—Puede ser —admitió Helen con un suspiro—, pero tiene una forma de mirar que me pone los pelos de punta. Siento que me está diseccionando.
Sharon se puso seria de repente y bajó la voz, acercándose al oído de su amiga.
—¿Acaso no hemos venido hasta aquí con un propósito? Tenemos que descubrir qué saben.
—Sí, lo sé. Tienes razón.
—Pues entonces habrá que apechugar, querida. Sonríe y aguanta.
Al regresar a la mesa, Edwin se puso en pie con una caballerosidad impecable para acomodar la silla de Helen, lanzándole a Walter una mirada cargada de ironía que decía: «¿Ves como sí sé ser un caballero?».
—Dígame, Helen, ¿cómo se encuentra su padre? —preguntó Edwin con naturalidad, como quien retoma una vieja amistad—. Hace tiempo que no coincido con él.
—Está bien, gracias —respondió ella, algo sorprendida por el cambio de tono—. Ahora prefiere trabajar desde casa; no es como en los tiempos de Stanley. Aquello era una vida agotadora, demasiado estrés para él.
—Entiendo. ¿Y la ha enviado a usted a muchos sitios últimamente en su representación?
—Solo a España —contestó ella, tratando de mantener la guardia alta mientras aceptaba una copa.
—¡Vaya, España! —exclamó Walter, casi saltando en su silla—. Me enviaron a Madrid hace poco para un reportaje de guerra. Qué lástima no habernos cruzado allí.
—Solo estuve en Madrid unas horas —aclaró Helen, agitando ligeramente su copa—. La situación no era apta para personas sensibles. Me desplacé a Granada para una recepción en nuestra embajada justo antes de mi regreso.
Edwin, que no perdía detalle de la conversación, intervino con un tono más pausado:
—¿Y cómo vio el país, Helen? ¿Qué impresión le dejó?
Se volvió hacia Edwin con el rostro ensombrecido por los recuerdos.
—Se lo digo de verdad —comenzó, con la voz cargada de una amarga certeza—, encontré a España en la miseria. Diría que su pobreza supera incluso la de cualquier otra nación europea castigada por la guerra. Vi un panorama desolador: calles pobladas por mujeres que habían enterrado a sus maridos y a sus hijos, una estampa que se me quedó grabada a fuego. Me duele admitirlo, pero la España actual está mucho peor que aquella que conocí en 1922.
Hizo una breve pausa, su mirada pareció perderse en el tiempo mientras evocaba un verano en Cádiz. Recordó una pensión atestada de turistas extranjeros donde, por azares del destino, le tocó compartir habitación con una mujer española.
—Allí nos mataban de hambre a todos —continuó, con una sonrisa irónica—. El plato estrella eran apenas unas quisquillas, y una simple raja de melón se recibía con la reverencia de quien contempla un elixir medicinal. Fueron apenas unos días, pero el hambre marca la memoria de una forma indeleble.
Hizo una pausa, recordando la hipocresía de aquellos años previos al desastre.
—En aquel entonces, la gente aún se aferraba a lujos imaginarios para salvar el orgullo. Supe después que mi compañera de cuarto, al regresar a su círculo, presumía de haber pasado unas vacaciones divinas, asegurando con descaro que en la pensión le servían langosta a diario.
Suspiró, conectando aquel pasado de apariencias con el presente de carencias reales.
—¿Entiende ahora por qué insisto en que el país ha caído tan bajo? La guerra no solo trajo hambre, sino que fracturó los valores y la actitud de la gente. Hoy, para ellos, Inglaterra ya no es solo un vecino, sino una auténtica tierra de promisión a la que miran con el anhelo de quien busca la salvación.
—Para nosotros, la verdadera ventaja es no entender ni jota de su idioma —comentó Walter, con ligereza—. Lo mejor de todo es dejarse llevar por la charanga y la pandereta; el espíritu de la fiesta española. Prefiero mil veces San Sebastián o la adrenalina de los toros en San Fermín.
Helen palideció. Una sombra de angustia le cruzó el rostro, tan evidente que Edwin lanzó a Walter una mirada de advertencia para que callara.
—¿He dicho algo inapropiado, Helen? —preguntó Walter, desconcertado.
Sharon intervino antes de que el silencio se volviera insoportable:
—Helen entiende el español perfectamente, Walter. Desde hace años vive en su casa una exiliada republicana que, además del idioma, le ha transmitido una visión muy lúcida de lo que ocurre más allá de los Pirineos.
Helen no permitió que Sharon terminara. Sus pensamientos brotaron con una urgencia amarga:
—¡Siempre igual! —exclamó—. Nos deslumbra el sol de España y sus playas, pero nos importa un bledo el sufrimiento humano. Pecamos de soberbia al creer que estamos a salvo; no entendemos que, muy pronto, ese dolor podría ser el nuestro. Solo entonces, cuando sea tarde, comprenderemos el calvario ajeno.
—¿Por qué tan fúnebre, Helen? —replicó Walter—. Disfrutamos de la «paz de nuestro tiempo», como bien dice Chamberlain.
—¿Y cuánto crees que durará esa paz, Walter?
Walter guardó silencio un instante, pero su naturaleza optimista se impuso:
—Espero que, pase lo que pase, mis hijos vivan tranquilos. ¡Vaya! Aunque hablando de hijos, lo primero sería encontrar una buena esposa, ¿no creen?
Al decir esto, Walter clavó la vista en Sharon. Ella no pudo evitar una sonrisa, mientras sus mejillas se encendían con el rojo vibrante de las amapolas bajo el sol de agosto.
—Me alegra que seas tan optimista, Walter, pero no es tan sencillo —replicó Helen, dejando su copa sobre la mesa—. Me inclino a observar los hechos, y no creo equivocarme si digo que, antes de que termine el verano, estaremos inmersos en una guerra mundial sin precedentes.
—¿En qué te basas para ser tan categórica, Helen? —preguntó Edwin, intrigado por su firmeza.
—En los acontecimientos, Edwin. El ex primer ministro Stanley Baldwin, para quien trabajó mi padre, despreciaba las ambiciones de Alemania, pero Chamberlain se ató las manos con el Pacto de Múnich. ¿Realmente cree que Hitler se detendrá? Ahora mismo está acechando a Polonia. Si cruza esa frontera, nuestro país no tendrá más remedio que declarar la guerra. Y entonces, tarde o temprano, nuestro aliado, el tío Sam, se verá arrastrado al conflicto.
—¡Cállate, Helen! —estalló Sharon, visiblemente tensa—. No seas tan agorera. Eso no va a pasar. Estoy harta de tus sombrías predicciones; por favor, déjanos disfrutar de esta cena en paz.
Helen, por deferencia a su amiga, guardó silencio. Edwin, sin embargo, permanecía absorto. «¿Cómo puede ver con tanta claridad lo que otros ignoran?», se preguntaba mientras la observaba de soslayo. «¿Cómo sabe lo que el Gobierno intenta ocultar?». Admiraba su inteligencia casi tanto como su belleza; esos ojos vibrantes que contrastaban con una madurez impropia de su edad.
Mientras Edwin se perdía en la devoción que sentía por la mujer de sus sueños, la voz de Walter rompió el hechizo con un entusiasmo inesperado:
—¡Atiza! Si lo que dices es cierto, sería el mayor desafío de nuestra generación. Es una pena que probablemente sea solo producto de la paranoia colectiva, pero es una lectura fascinante. Dime, ¿tu padre ha comentado algo más al respecto? ¡Daría lo que fuera porque me concediera una entrevista!
Sharon observaba a Helen con una mezcla de envidia y desconcierto; la energía que desprendía su amiga al hablar de política la hacía sentir pequeña. Decidida a recuperar el control de la mesa, forzó un cambio de tercio:
—Walter, aún no nos has contado cómo terminó aquella entrevista en Lisboa. Por eso te separaste del grupo, ¿no?
—¡Vaya, es cierto! —exclamó Walter, ensombreciendo el gesto—. No fue una experiencia agradable, os lo aseguro. Aquel tipo me envió a un lugar espeluznante; creo que lo hizo a propósito para evitarme. Por un momento temí no salir de allí con vida, hasta que se me ocurrió la pantomima de meterme la mano en el bolsillo. Debieron pensar que iba armado, porque me dejaron marchar al hotel sin más incidentes. Mi editor estaba furioso; le habían asegurado que el hombre estaba ansioso por hablar con la prensa.
Helen, dejando de lado su reserva, lo interrumpió con viveza:
—¿De quién se trataba? ¿A quién fuiste a buscar a Portugal?
—A alguien que dio mucho que hablar el año pasado: el señor José María Gil Robles.
—¡¿Gil Robles?! —Edwin casi se atraganta con el vino—. ¿Fuiste a entrevistar al líder de la CEDA en el exilio?
—¡Desde luego! ¿Por qué no? —replicó Walter—. Según la carta que llegó a la redacción, era una noticia bomba. El hombre pretendía desafiar al gobierno de Burgos, acusando a los hombres de Franco de mancillar su honor, de tacharlo de traidor e incluso de planear un atentado contra el Generalísimo. ¡Imaginad el escándalo! Por eso fui a investigar.
Helen entornó los ojos, analítica.
—Walter, ¿estás completamente seguro de que fue el propio Gil Robles quien envió esa carta al periódico?
—¿Quién si no?
Edwin guardó silencio un segundo, clavando la vista en Helen. En sus ojos leyó una certeza que ella aún no verbalizaba. Comprendió, de pronto, que las piezas del tablero eran más complejas de lo que parecían.
—Hay mucha gente interesada en desestabilizar al gobierno español —murmuró Edwin—. ¿Me equivoco, o esta cena es mucho más que una simple reunión de amigos?
—Tienes razón —asintió Helen con gravedad—. Es mucho más.
Sharon, que había palidecido, intervino con un susurro:
—Antes de que hablemos, Walter, debes prometerme que no usarás nada de esto en tus crónicas.
—Sharon, soy un profesional —respondió él, herido en su orgullo—, pero sé cuándo el silencio es una cuestión de vida o muerte. Te lo prometo. ¿De qué se trata?
—En primer lugar —dijo Sharon, volviéndose hacia Edwin—, me gustaría saber qué te hizo sospechar del apellido de mi amiga. Spencer... la hija de Lord Leonard.
Edwin dejó escapar un suspiro pesado.
—Me dio la sensación de que alguien ocultaba algo tras ese linaje. Alguien juega con nosotros, Sharon, y no sabemos por qué.
—¡Eso lo explica todo! —exclamó Helen, uniendo los puntos—. ¡Significa que Scotland Yard me está vigilando! ¿Es eso, Edwin? ¿Estamos bajo la lupa del Servicio Secreto?
—El gobierno español nos dio el aviso —comenzó Edwin, bajando la voz—. Nos pidieron que interceptáramos un paquete de su propiedad que iba a ser introducido ilegalmente en el país. Según sus informes, contenía componentes explosivos de alta peligrosidad transportados por una mujer.
Hizo una pausa para observar la reacción de los presentes antes de continuar:
—En el aeropuerto se inspeccionaron todos los equipajes, palmo a palmo. Todos excepto el suyo, Helen, protegida como estaba por su acreditación diplomática. La seguimos de cerca, pero al comprobar que ya no llevaba nada sospechoso encima, relajamos la vigilancia. Lo que depositó en el banco resultó carecer de interés... aunque, para nuestra consternación, su pequeña broma sobre la «tinta para intrusos» dejó inservible el uniforme de uno de nuestros mejores agentes.
Helen no pudo evitar una sonrisa de pícara satisfacción mientras Edwin proseguía, imperturbable:
—Tras aquello, hablamos con el cónsul. Le dejamos claro que, tras nuestras pesquisas, era evidente que usted no ocultaba nada. Incluso recurrimos a un colega de su padre para averiguar hasta qué punto estaba implicada en la trama. Su informe fue tajante: usted solo estaba pasando por un bache sentimental, un mal de amores. Fue entonces cuando levantamos la vigilancia por completo. Su padre, por lo que pudimos comprobar, no sabía absolutamente nada de ese paquete.
¿Me estás diciendo que el coche que me pisa los talones no es de Scotland Yard? —preguntó Helen, arqueando una ceja.
Edwin palideció ligeramente.
—No tenía ni idea de que te estuvieran siguiendo. Si es así, deben ser los que esperan el paquete aquí en Londres; creerán que aún lo tienes. Pero no te preocupes, si no está en tu poder, acabarán cansándose.
Helen, incapaz de contenerse más, dejó escapar una sonrisa triunfal.
—¡Claro que lo tengo! Por eso planeé esta cena.
Edwin la miró fijamente, sin pestañear. Aunque tenía motivos de sobra para molestarse por sus burlas, mantuvo la compostura, aunque su voz traicionó cierta ansiedad:
—¿Quién te lo dio? ¿Cómo llegó a ti?
—Se organizó un vuelo especial desde el norte de Valladolid para mi regreso a Londres —explicó ella con calma—. Mientras subía al coche que me llevaba al aeródromo, una mujer chocó conmigo. Se deshizo en disculpas por su torpeza, pero ahora estoy segura de que aprovechó el impacto para deslizar el paquete en mi bolso. Fue el único incidente en todo el viaje. Nadie me pidió formalmente que trajera nada al país.
—¡Por Dios, Helen! —estalló Edwin—. ¿Cómo puedes tener algo tan peligroso contigo? Creemos que es un explosivo experimental. ¡Debes entregárnoslo inmediatamente!
—¡Cielos, cálmate! No es un explosivo, Edwin. Te engañaron con esa falacia. No es una bomba que vaya a estallar en suelo británico, pero su contenido sí que podría causar un daño irreparable al Estado español.
—¡Atiza! —exclamó Walter, al borde de su asiento—. ¡Esto es sensacional! ¡Sigue, Helen, no pares!
—Lo que tengo —continuó ella, bajando el tono— es un manuscrito y correspondencia privada entre el vicepresidente español, el conde de Jordana, y el embajador portugués. ¿Y a que no imagináis quién es el remitente de esas cartas?
Walter, con los ojos como platos, apenas pudo articular:
—¿Quién?
—El mismísimo José María Gil Robles. Y os aseguro que ahí están todas las respuestas que buscabas, Walter.
—¡Vaya exclusiva! —gritó Walter, entusiasmado—. ¿De verdad esperáis que me quede callado ante esto?
—Eso es precisamente lo que Gil Robles desearía —sentenció Helen.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque tras leer sobre su vida y analizar el tono de sus escritos, estoy convencida de que lo último que quiere es que esto se haga público. Sería una imprudencia temeraria.
—¿Crees que el manuscrito fue robado? —intervino Edwin, recuperando el tono profesional.
—Es probable, Edwin. Pero solo saldremos de dudas si se lo preguntamos al propio Gil Robles.
—No lo recomiendo —replicó él, tajante—. No creo que colabore.
—A Scotland Yard no se le suele negar nada. Puedes intentarlo, Edwin.
Él asintió, comprendiendo finalmente el propósito de la velada.
—Entiendo. Has preparado esta cita para que yo mueva los hilos, ¿verdad? Bien, intentaré averiguarlo y hablaremos en otro momento.
—Cuando quieras —respondió Helen con una inclinación de cabeza—. A partir de ahora, estoy a disposición de Scotland Yard.
—Entonces, mañana vendrás a la oficina y traerás el manuscrito.
—Cuando quieras, Edwin... pero el manuscrito no se moverá de donde está.
Edwin suspiró, entre la admiración y la exasperación.
—Eres una mujer difícil, Helen. Sabes que podemos obligarte a entregarlo, ¿verdad?
—Empiezas a conocerme, y me alegro. Si es así, sabrás que no habrá manuscrito hasta que descubras quiénes son los que me siguen y quiénes han sembrado mi casa de micrófonos. Te espero mañana en mi casa para darme la respuesta.
Edwin se levantó de su sitio súbitamente, dejó la servilleta doblada sobre la mesa, tomó su abrigo y salió del restaurante sintiéndose utilizado y obligado a hablar con el Alto Comisario para contarle los hechos de aquella reunión; sin duda, un trabajo que le sentaría como pez fuera del agua. Caminaba por la calle mientras una luz plúmbea y deslustrada, cargada de niebla y humedad, envolvía la noche. Tras de sí percibió los pasos del hombre que lo seguía desde el restaurante. ¿Sería uno de los hombres que dijo la señorita Spencer que la seguían?, se preguntaba. Ambos subieron al autobús que los condujo hasta el Parlamento.
Observando al individuo que espiaba todos sus movimientos, pensaba que su presencia se hacía muy evidente. Pero para sorpresa del interfecto, la intención de Edwin era introducirlo en la boca del lobo. En aquellos automóviles vulgares parados en la calle, tras sus toldos grises o sus costados carentes de letreros, se camuflan los aparatos más ingeniosos salidos del taller de su inventor. Se trata de las unidades de la "escuadra volante".
Edwin intercambia una señal con uno de sus compañeros, un camarada que simplemente parece un pacífico burgués. Este permitió que el hombre entrase en su zona de control siguiendo a Edwin hacia Scotland Yard. El individuo misterioso se detuvo súbitamente, realizó un giro de noventa grados y se encaminó hacia la cabina telefónica; pero antes de que pudiera telefonear, fue atrapado por el detective Peter y los demás colegas de Edwin, que emergieron de la sombra inesperadamente. El hombre protestó enfurecido usando característicos vocablos castellanos: «¡Suéltenme! ¡Soy turista! ¡Exijo llamar al Consulado español!». Aun así, es trasladado a un despacho y retenido allí a pesar de sus demandas y reclamaciones. Mientras tanto, Edwin entró en la oficina del Alto Comisario.
—Señor, ¿podría dedicarme un momento? —preguntó Edwin, cuadrándose ante el escritorio.
El Alto Comisionado levantó la vista de sus informes, con gesto cansado.
—Debe de ser importante, Woodhall. Siéntese.
—Señor, estoy seguro de que recuerda la comunicación del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Aquella petición para interceptar un paquete que traería una mujer.
—¡Exacto! Lo recuerdo perfectamente —el Comisionado tamborileó los dedos sobre la mesa—. Pero la vigilancia del caso se abandonó, ¿no es cierto? Se consideró una falsa alarma.
—Así es, señor. Sin embargo, esta noche he descubierto que el paquete no solo entró en el país, sino que está en posesión de la mujer.
—¡Pues tráigalo inmediatamente! —ordenó, recuperando la energía.
—Señor, hay un inconveniente: se trata de la hija de Lord Leonard. ¿Se imagina el escándalo si la prensa pusiera el foco en sus asuntos? Su padre es uno de los miembros más destacados del Parlamento. Por fortuna, ella está dispuesta a colaborar, pero bajo una condición innegociable: la más estricta discreción.
El Comisionado frunció el ceño, evaluando las implicaciones políticas.
—¿Y sabe ya qué contiene ese dichoso paquete y cuándo nos lo entregará?
—Son manuscritos y correspondencia mecanografiada, señor. Nada más.
—¡Vaya por Dios! —bufó el Comisionado con un rictus de desprecio—. ¿Tanto revuelo por un montón de papeles? Todo ser humano tiene derecho a emborronar folios con sus vivencias o sus memorias, e incluso a darles una publicidad rimbombante si le apetece. Pero estos españoles, con su censura del nihil obstat... ¡No sé qué demonios pretenden, Woodhall! Y lo peor es que nosotros estamos aquí, siguiéndoles el juego como si no tuviéramos una guerra a las puertas.
—Se trata de documentos del mismísimo José María Gil-Robles —sentenció Edwin—. Ministro de la Guerra en el 34 y el 35, una figura clave antes de la contienda civil y líder de la oposición parlamentaria hasta hace apenas tres años. Aunque se mantiene en una ambigua neutralidad en su exilio, desconocemos qué trama. Alguien introdujo esos manuscritos en el bolso de la señorita Spencer justo antes de que subiera al coche hacia el aeródromo. Utilizaron a la hija de un Lord, por así decirlo, como una «valija diplomática» humana.
El Comisionado se reclinó en su sillón, entrelazando los dedos con preocupación.
—Lo que me dice ahora cambia las reglas del juego, Woodhall. Atravesamos tiempos convulsos y lo último que necesitamos son más fricciones con gobiernos dictatoriales de las que ya tenemos como vecinos.
—Esta noche, durante una cena con Walter Gallichan, Sharon Hunter y la propia señorita Spencer, terminé de encajar las piezas.
—¡Santo cielo! —exclamó el Comisionado, golpeando la mesa—. ¡Gallichan! Ese periodista es un incordio. Tendremos que neutralizarlo para que su periódico no suelte una palabra. Invéntense cualquier cargo, deténganlo por algo... lo que sea necesario mientras resolvemos este entuerto.
—No será necesario, señor —intervino Edwin con calma—. Walter es un hombre de palabra; si ha prometido silencio, lo cumplirá. Doy mi fe por él. Pero volviendo a la señorita Spencer... ¿no cree que el propio Gil-Robles podría estar detrás de esto? Ella insinúa incluso que los documentos podrían haberle sido robados.
—Es muy posible. Sin embargo, no esperemos nada del Consulado; se cerrarán en banda.
—Habrá que averiguarlo. La señorita Spencer me informó de que su casa está intervenida y bajo vigilancia constante. Yo mismo pude comprobarlo: en cuanto puse un pie fuera del restaurante, un hombre comenzó a pisarme los talones.
—Lo han atrapado, supongo.
—Así es, señor. Cayó en la trampa por su propio pie. El problema es que aún no hemos podido interrogarlo a fondo. Estamos esperando al intérprete; de momento, solo ha gritado «Consulado» y «Turista» entre dientes.
—¿Alguna idea, Woodhall, o vamos a quedarnos aquí parados? —soltó el Comisionado con fastidio—. Sin el intérprete estamos ciegos. Nadie aquí domina el español, y si empiezan con el euskera, el gallego o el catalán, volverán locos a mis hombres. No es la primera vez que utilizan sus lenguas como un arma para ganar tiempo.
«—Pero yo sé quién puede ayudarnos, y no como detenida. —¿No se referirá a la señorita Spencer? ¿Cómo puede hacerlo ella, Woodhall?».
—Habla un español fluido. Además, percibí en sus palabras que nos estaba lanzando un guante: quiere que concertemos una entrevista con Gil Robles.
El Comisionado esbozó una sonrisa cínica.
—La señorita Spencer no tiene un pelo de tonta; tiene a quien parecerse. Está bien, lo pensaremos. Movamos ficha. Vaya a buscarla ahora mismo y daremos comienzo al interrogatorio.
Edwin partió de inmediato. Llegó a la residencia de los Spencer poco después de que el grupo regresara del restaurante. Se disponían a tomar cafe cuando el mayordomo, con la rigidez propia de su oficio, abrió la puerta.
—¿Desea algo el caballero? No se me informó de que esperáramos visitas.
—La señorita Spencer me aguarda. Dígale que es el señor Woodhall.
El mayordomo lo condujo al vestíbulo y entró en el salón para anunciar al recién llegado. Antes de que pudiera articular palabra, Sharon se adelantó:
—¿Qué ocurre, Peel?
—Un tal señor Woodhall espera en el vestíbulo. Dice que la señorita Helen cuenta con su presencia.
—Es cierto, Peel. Hágale pasar —confirmó Helen con voz cantarina.
El mayordomo invitó a Edwin al salón. Bajo la atenta mirada de los presentes, Helen ordenó que le sirvieran café y pidió a Peel que se retirara.
—¡Qué sorpresa tan inesperada, Edwin! —exclamó ella con un deje de ironía—. Pensé que te habrías marchado furioso y que no querrías volver a vernos ni en pintura, mucho menos para tomar café.
—Ya veo, querida amiga, que aún no me conoce bien —replicó Edwin, antes de volverse hacia la anfitriona con semblante serio—. Señorita Helen, ¿le haría un gran favor a Scotland Yard?
—Por supuesto. ¿De qué se trata?
—Hemos arrestado a un hombre que solo habla español y, en este momento, no disponemos de un intérprete de confianza. ¿Podría ayudarnos con el interrogatorio? Le prometo que la traeré de vuelta a casa antes de que el café pierda su aroma.
—¿Adónde piensa llevar a mi hija, Woodhall? —la voz de Lord Leonard resonó en el salón mientras entraba con paso firme.
—Con su permiso, milord. Tenemos a un sospechoso bajo custodia y carecemos de intérprete. Su hija domina el español y su ayuda sería inestimable para la seguridad del reino.
—¡Maldito sea el día en que te permití estudiar esa lengua! —refunfuñó el viejo parlamentario—. Ahora podrías estar descansando, en lugar de andar por ahí a estas horas. Pero haz lo que quieras; ya tienes edad para cometer tus propios errores.
Helen se puso en pie, ajustándose los guantes con elegancia.
—No se preocupe, padre. Es un idioma fascinante y, como ve, resulta de lo más útil —dirigió una mirada impaciente a Edwin—. Vámonos cuando quieras.
Sharon hizo amago de seguirlos, pero Edwin la detuvo con una cortesía infranqueable.
—Agradezco el gesto, Sharon, pero es mejor que aguardes aquí. Tu amiga estará de vuelta antes del amanecer.
—Vaya, veo que no sirvo de nada si no hablo ese «maravilloso idioma» —ironizó Sharon, volviéndose hacia el periodista—. ¿Me haces compañía, Walter?
—Lo siento, querida, pero esto es una noticia de primera plana. Si no voy yo, mi jefe enviará a cualquier carnicero de la redacción. ¿Puedo acompañarlos, Woodhall?
Edwin asintió y los tres subieron al coche oficial. Mientras el vehículo cortaba la niebla londinense, Helen rompió el silencio:
—¿Qué sabemos de ese hombre?
—Poco. Me siguió desde el restaurante. Quizás si lo ves, puedas identificarlo como uno de tus perseguidores habituales.
—¡Atiza! ¡Eso se avisa antes! —protestó Walter—. Me has arruinado la primicia; de saberlo, me habría quedado con Sharon.
—Hiciste bien en venir, Walter —lo calmó Edwin—. Te necesito para calmar a la jauría de la prensa en Scotland Yard. Si nos ayudas, la exclusiva será tuya. Te dejaremos en la entrada principal; nosotros entraremos por el acceso de servicio para que nadie vea a la señorita Spencer.
Tras dejar a Walter, el coche reemprendió la marcha. Helen observó a Edwin de soslayo.
—¿De verdad confías en él?
—Si le soy sincero, señorita Spencer, confío más en él que en usted —replicó Edwin con una sonrisa gélida—. Aunque eso podría cambiar según su rendimiento esta noche. Espero que me transmita cada palabra que ese hombre diga. No olvide que entiendo lo suficiente como para saber si intenta engañarme.
—Eso dependerá del detenido, no de mí. ¿Y si alega ser un simple turista? Si no tienen pruebas, mi dominio de los dialectos no servirá de nada. Sobre todo porque, si es el mismo que abordó a mi criada Betty, su inglés es impecable.
Edwin frenó en seco sus pensamientos. —¿Lo conoce?
—Pensé que Scotland Yard sería más perspicaz, Edwin... si me permites el tuteo.
—Puedes hacerlo, pero no insultes a la Brigada; hacemos una labor excelente —Edwin la miró fijamente—. Dime, ¿qué sugieres?
—Que el detenido no sepa que hablo su idioma. Déjame a solas con él; si cree que no le entiendo, se confiará y acabará usando el inglés o cometiendo algún descuido. Además, es vital que no sospeche que he leído el manuscrito.
—Se lo comentaré al Comisionado, aunque no prometo que lo apruebe. No descarto tu plan, pero no tengo la más mínima intención de ponerte en peligro.
Edwin puso su mano sobre la de ella en un gesto de complicidad. La idea era arriesgada, pero brillante. Frenó en seco ante una de las centrales de alarma para telefonear. La operadora no tardó en pasarle la llamada: el Alto Comisionado estaba al otro lado de la línea.
—Aquí Woodhall. Miss Spencer está conmigo y no hubo ningún problema con lord Leonard. Le llamaba para pedirle que preparasen una de las salas camufladas para interrogar al hombre detenido; hagan que se siente lo más cómodo y confiado posible, luego le explico.
Al colgar y regresar al coche, Edwin miró a Helen con una mezcla de respeto y algo más profundo.
—Todo listo. Lo que logres sacar de él, es cosa tuya.
Helen sonrió para sus adentros mientras el coche arrancaba de nuevo. Tenía mucho por descubrir. Miró de reojo al detective y pensó que Sharon no se equivocaba: era un hombre atractivo, y el rastro del calor de su mano aún le reconfortaba la piel. Mientras tanto, en la redacción, el jefe de Walter empezaba a perder la paciencia.
—¡Ya era hora, Walter! —bramó el jefe de redacción en cuanto lo vio asomar—. He tenido que enviar a Wegen a la sala de prensa de Scotland Yard para no quedarnos atrás. ¡Menuda exclusiva! ¡Titulares a cinco columnas! Han arrestado a un espía alemán esta noche; el muy idiota intentó colarse en el Yard para robar documentos vitales del Primer Ministro. ¡Ya está en máquinas!
Walter se detuvo en seco y soltó una carcajada seca.
—¡Por favor, jefe, pare ya! O mañana seremos el hazmerreír de toda la flota de Fleet Street.
—¿De qué demonios hablas? Wegen me llamó jurando que era la noticia del siglo, que el revuelo entre los corresponsales era total.
—A Wegen le han tomado el pelo por novato y, por extensión, se lo han tomado a usted por no verificar la fuente —replicó Walter, quitándose el sombrero—. He pasado la noche cenando con el inspector Woodhall y dos damas. Hemos disfrutado de una velada tranquila y en ningún momento recibió orden de presentarse en comisaría. Es más, ambos las acompañamos a su casa; nada menos que la residencia de Lord Leonard Spencer, ese al que usted lleva meses intentando entrevistar.
El rostro del jefe pasó del rojo al púrpura.
—¡Maldita sea! Es la última vez que confío en ese imberbe de Wegen. ¡Y pensar que estábamos brindando por su "excelente" primicia cuando no es más que una novatada!
De pronto, un rugido ensordecedor brotó de su garganta, compitiendo con el estruendo de las rotativas:
—¡Detengan las rotativas! ¡Y traedme la cabeza de Wegen en una bandeja!
Un joven periodista que pasaba por allí, aterrorizado por el grito y el fragor de las máquinas, no supo dónde meterse y terminó ovillado bajo el escritorio de Walter. Al descubrirlo, el periodista suspiró con resignación.
—Sal de ahí, Wegen. No tienes por qué esconderte. El jefe no lo decía en serio; tómalo como el bautismo de fuego de cualquier novato. En cuanto pisáis la sala de prensa, los veteranos os sirven una mentira en bandeja de plata. No quiero ni imaginarme las carcajadas que soltaron a tu costa mientras hacías la llamada.
—El pobre Wegen estaba convencido de que era la noticia del siglo —insistió el jefe, secándose el sudor—. Cuando entró en la sala de prensa y preguntó qué había de nuevo, le juraron por lo más sagrado que tenían a un espía de alto rango bajo el flexo.
Walter soltó una carcajada cínica.
—El "espía" no era más que un pobre diablo borracho que tuvo la mala suerte de tropezar con un detective encubierto. Lo más cerca que tenían era la central y lo retuvieron allí hasta que llegó la patrulla a recogerlo. Nada más, jefe.
—¿Qué demonios haría yo sin ti, Walter? —suspiró el hombre, desplomándose en su silla.
—Déjelo ya, no sea tan duro con Wegen —intervino Walter, apartando con firmeza la mano que apretaba el cuello del joven. —No es culpa suya que esos lobos de la sala de prensa disfruten despedazando a los novatos. Iré a verlos ahora mismo y les explicaré lo que es la vergüenza.
Walter se alejó ocultando una sonrisa de satisfacción. Le encantaba saborear el ridículo de aquel "hijo de papá" pedante que se creía periodista.
Mientras tanto, en la otra punta de Londres, Helen Spencer cruzaba por primera vez el umbral de los imponentes edificios almenados de Scotland Yard. Las construcciones, conectadas por un puente de proporciones titánicas, se alzaban frente al Támesis tras una pradera de césped perpetuamente verde.
Las enormes puertas de hierro forjado, coronadas por el emblema dorado de la Corona, permanecían abiertas en una invitación engañosa. Aquí y allá, varios agentes de uniforme fingían ociosidad, mientras furgonetas grises, sin rótulos ni marcas, entraban y salían por los arcos con el zumbido eléctrico de sus motores.
Helen observó a un hombre de aspecto vulgar, vestido con un traje gris anodino, que se detuvo a encender un cigarrillo antes de perderse tranquilamente por la calle. Cualquiera habría jurado que era un oficinista más, pero Helen no era "cualquiera". Se dio cuenta de que aquellos supuestos lacayos y transeúntes no la miraban por cortesía: la escaneaban de arriba abajo con ojos brillantes y vidriosos, como depredadores midiendo a su presa antes de que cruzara el último arco de seguridad.
—Es natural que estos edificios te impresionen, Helen —comentó Edwin en un susurro mientras caminaban por los pasillos alfombrados—. Siempre ocurre la primera vez. Pero cuando te familiarizas con ellos, terminas cogiéndoles más cariño que a tu propia casa. Prepárate: estamos a punto de entrar en el santuario del Alto Comisionado.
Al cruzar el umbral, encontraron al hombre cómodamente repantingado en su sillón de cuero burdeos. El escritorio, una vasta superficie de caoba, estaba sepultado bajo una marea de informes y cables diplomáticos que apenas dejaban ver la madera. Era un hombre de presencia imponente: corpulento, de hombros anchos y una calva pulcra que brillaba bajo la luz de los flexos.
Cuando levantó la vista, Helen se sorprendió al encontrar unos ojos que irradiaban una amabilidad genuina. No sabía cómo se comportaría con sus subordinados en la intimidad del deber, pero aquel aura de distinción la cautivó al instante. Era, sin duda, un caballero de la vieja escuela.
Al ser presentada, el Comisionado se puso en pie con una agilidad sorprendente para su porte. Con una galantería impecable, tomó la mano de la joven, depositando un leve beso sobre ella antes de invitarla a acomodarse en un sofá de terciopelo no menos confortable que su propio sillón. Edwin, manteniendo su postura de hombre de acción, declinó el sofá y se sentó en la primera silla que encontró a mano, atento a cada movimiento.
—Es un auténtico placer conocerla al fin, señorita Spencer —exclamó el Comisionado. Su voz recuperó una calidez que suavizó de inmediato el rigor del despacho—. Conocí bien a su madre; tiene usted su mirada... y esa misma silueta elegante. Es como verla a ella otra vez.
—Es usted muy amable, señor —respondió Helen, conmovida—. Siempre me dijeron que mi madre era una mujer extraordinaria.
—¿Acaso su padre no le confesó nunca que fui uno de sus más fervientes pretendientes? —añadió él con una chispa de picardía.
Edwin alzó las cejas, visiblemente sorprendido por la revelación de su superior. Helen, por su parte, miró al detective con una sonrisa divertida antes de volverse al Comisionado.
—No tenía ni la menor idea, Comisionado Shaw.
—Te agradecería que me llamaras Ged —la corrigió él—. Así lo hacía tu madre. Pero dígame, ¿está realmente dispuesta a ayudarnos con ese individuo?
Edwin intervino antes de que Helen pudiera responder:
—Como le adelanté por teléfono, señor, la señorita Spencer tiene un plan específico. Por eso sugerí trasladar al detenido a una sala más confortable. Si me permite explicárselo...
—¡Un momento, Woodhall! —lo cortó el Comisionado—. Deja que sea ella quien me lo cuente.
—Con su permiso, Ged —comenzó Helen, adoptando un tono profesional—. Mi propuesta es que me dejen a solas con él. Quiero que crea que yo también he sido arrestada; eso le dará la confianza necesaria para hablar. Sé que domina el inglés, y si realmente pertenece a la facción que persigue el manuscrito, es vital que ignore que entiendo su lengua materna. En España siempre utilicé traductores precisamente para mantener esa ventaja.
El Comisionado asintió, impresionado por la astucia de la joven.
—¡Es una idea brillante! El hombre ya está en una de nuestras salas de cortesía, a salvo de miradas indiscretas. Ha registrado cada rincón buscando espejos o cámaras, pero no ha encontrado nada; se siente seguro. Lo que ignora es que los dispositivos de escucha están camuflados en el falso techo.
Ged Shaw se puso en pie, dando por finalizada la reunión.
—¡Adelante con tu plan, Helen! Estaremos escuchando cada palabra desde la sala contigua. Confiamos plenamente en ti. Me encantaría seguir recordando viejos tiempos, pero el deber manda. ¡Date prisa, no hay un segundo que perder!
El Alto Comisionado descolgó el teléfono y convocó a otro agente, que se presentó al instante.
—Veil, póngase a disposición de la señorita Spencer —ordenó Shaw—. Llévela ante el detenido. Debe creer que ella también está bajo arresto, pero ni se le ocurra propasarse con nuestra invitada.
—¡Descuide, señor! —respondió el detective con una sonrisa—. La trataré como si fuera mi propia hermana. La familia de Lord Leonard es muy apreciada en mi casa.
Edwin hizo amago de seguirlos, pero el Comisionado le puso una mano en el hombro, pidiéndole que se quedara.
—Woodhall, quiero que protejas a Helen como si fuera mi propia hija. Y respecto a esa entrevista con Gil Robles que tanto desea… ponte en contacto con nuestros enlaces en Lisboa. Prepárala cuanto antes.
—A la orden, señor —asintió Edwin—. Pero esperaré a que termine el interrogatorio para llevarla a casa personalmente. Se lo prometí a su padre.
—De acuerdo. Veamos qué tiene que decir ese pájaro.
Mientras caminaban hacia la celda de lujo donde retenían al sospechoso, el detective Veil rompió el hielo con un susurro:
—¿De verdad no me recuerdas, Helen? Soy John. John Veil. Solíamos jugar en el jardín de los Hunter.
Helen se detuvo en seco, observándolo bajo la luz amarillenta del pasillo.
—¡John! ¡Qué alegría! No te habría reconocido en la vida, ¡estás cambiadísimo! Sabes que Sharon va a pasar unos días en mi casa, ¿verdad? Le encantaría verte. Recuerdo que siempre andabas tras ella; te traía loco.
—Cierto, me gustaba mucho —admitió John, algo ruborizado—. Pero han pasado diez años. No sé si ella me reconocería a mí. Dime… ¿tiene compromiso? ¿Se ha casado?
—Sigue libre, John, no te preocupes. Las dos seguimos solteras por ahora.
—Me alegra oírlo. Pero dime… ¿qué haces metida en este lío? Algo grave está pasando, ¿no es cierto?
—Sí, John, y es mejor que lo dejemos ahí por ahora —cortó Helen, recobrando la seriedad—. Veamos si podemos hacer que ese tipo hable. No olvides pasarte por casa en cuanto puedas.
—Hablaremos luego —asintió John, recobrando la compostura frente a la puerta—. Ahora, que empiece el espectáculo.
John Veil cumplió su parte con una brusquedad ensayada. Abrió la puerta de un empujón y la hizo entrar casi a la fuerza, gritando con voz áspera para que se oyera desde el pasillo:
—¡Quédese ahí y no se mueva hasta que vengan a por usted! ¡Y ni una palabra, ¿entiende?!
La puerta se cerró con un estruendo metálico. El hombre, sentado al otro lado de la mesa, la escrutó con una frialdad absoluta, sin un solo gesto en su rostro curtido. Helen, fingiendo una indignación aristocrática, comenzó su monólogo mientras se despojaba del abrigo con movimientos nerviosos:
—Increíble… Simplemente increíble. Jamás pensé que en mi propio país Scotland Yard pudiera tratar así a una mujer de mi posición. ¡Tener una aventura con un caballero que resulta ser detective! Viene a mi casa, me saca de la cama y me arrestan sin dar explicaciones. Dicen que es «una prueba». ¡Es el colmo del ridículo!
Se volvió hacia el hombre, entornando los ojos con fastidio.
—¿Y usted qué hace aquí? ¿También le han arruinado la noche?
—No la entiendo, señorita —respondió él en un español tosco y forzado—. Soy español… turista. No hablo inglés.
Helen soltó una risa seca, cargada de ironía.
—¡Vaya, un español! Un país precioso, he estado allí a menudo. Pero… un momento. Su cara me resulta familiar, ¿no nos conocemos?
—Soy español —insistió él, endureciendo la mandíbula—. ¡No hablo inglés!
—¿Se está burlando de mí? —Helen se inclinó sobre la mesa, invadiendo su espacio personal—. Ahora lo recuerdo. Es usted el que me siguió en aquella carrera de coches por el West End y Whitehall, ¿verdad? No ponga esa cara de santo.
—No entiendo… turista… repito, ¡no hablo su idioma! —exclamó él, empezando a mostrar signos de incomodidad.
—Dejemos de decir sandeces, amigo. Sé perfectamente que me entiende. Pero está bien, ya que prefiere el silencio, hablaré yo; estoy aburrida y necesito desahogarme. Le contaré una historia que me ocurrió en su país.
El hombre la miró fijamente, sin pestañear, atrapado por la seguridad de la joven.
—Fue justo después de salir de la zona nacional en Granada, tomada por el general Queipo de Llano —continuó Helen en un susurro magnético—. Dos días más tarde asistí a una recepción diplomática en Burgos. Allí tuve el placer de conocer a una mujer que me hizo un regalo de un valor incalculable… un regalo que, sospecho, le interesa a usted mucho más que a mí. Se lo cuento porque últimamente se ha tomado demasiadas molestias siguiéndome. Y no se atreva a decirme otra vez que no me entiende, porque ambos sabemos que miente.
El hombre asintió levemente, sin atreverse aún a confirmar nada en voz alta. Helen, aprovechando su ventaja, se deslizó hacia la silla contigua y bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.
—¿Cree que nos estarán escuchando aquí, como hacían sus hombres en mi casa? —preguntó ella, fingiendo temor.
El sospechoso se tensó, pero finalmente dejó caer la farsa. Su respuesta llegó en un inglés perfecto, gélido y autoritario:
—La prudencia ya carece de valor, señorita. Si le interesa el bienestar de los suyos, debería empezar a cooperar. Llevo una hora retenido; si me ocurre algo, mis hombres tomarán medidas drásticas para obligarla a entregarnos el paquete.
Helen fingió un respingo de sorpresa:
—¿De verdad cree que está aquí por mi culpa? Se equivoca, usted es el único responsable. Yo solo salí a cenar con una amiga; no es asunto mío que ella trajera a un detective con ganas de cazar a una ladrona. Lo mío es un error que se aclarará en minutos, pero usted… usted lo tiene difícil. Dígame de una vez: ¿qué quiere de mí?
—Queremos que nos devuelva lo que nos pertenece. Y su palabra de que no se lo ha mostrado a nadie.
—De verdad que no lo entiendo —bufó Helen, recuperando su tono altivo—. ¿Tanto valen esos papeles en una lengua que ni entendemos?
—Pregunta demasiado —la cortó él, con una frialdad que detuvo el aire en la sala—. Ahora lo único que debe ocupar su mente es cómo sacarme de aquí.
—No sé cómo hacerlo… por favor, aconséjeme. ¿Qué quiere que haga?
—En cuanto la dejen marchar, póngase en contacto con mi Consulado. Dígales exactamente dónde me tienen. Eso es todo.
—¿Y qué gano yo siendo su recadera? —desafió Helen.
El hombre se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con una amenaza real.
—Asegúrese de que se cumpla, señorita Spencer. De lo contrario, no volverá a ver a su padre ni a su amiga con vida.
—¡No intente asustarme! —exclamó ella, aunque su voz tembló de forma magistral—. Están en mi casa esperándome, no se atreverían a…
—No esté tan segura. Si fuera usted, me iría a casa en cuanto abran esa puerta. Haga lo que le ordeno y la trataré bien.
—Más le vale —siseó Helen, levantándose con una furia fingida que ocultaba un miedo muy real—. Porque si le tocan un solo pelo a mi padre o a Sharon, prenderé fuego a esos malditos papeles y le arrojaré a los perros para que sea su presa.
—Entendido —replicó él, imperturbable—. No les pasará nada, pero para eso debo salir de aquí. Mis hombres no son tan considerados como yo.
Helen se alejó hacia el otro extremo de la sala, el corazón dándole vuelcos. La mención a su padre y a Sharon la había golpeado con una fuerza que no esperaba. En ese instante, la puerta se abrió de par en par y John Veil entró con paso marcial y rostro compungido.
—Lo lamento profundamente, señorita Spencer —declaró Veil con voz solemne—. Ha sido una confusión espantosa. Una mujer con un abrigo idéntico al suyo acaba de asaltar una joyería en el West End. Le ruego que acepte nuestras disculpas y se las transmita a su padre por este mal rato. La escoltaremos a su casa de inmediato.
El sospechoso se inclinó hacia ella una última vez, su aliento frío rozándole el oído:
—Recuerda: cuando llegues, confirmarás mis palabras. Tu padre y su amiga no estarán allí. Entonces llamarás al Consulado; no te arrepentirás. Me pondré en contacto contigo pronto para recoger el paquete.
Veil, fingiendo una sordera profesional, se interpuso bruscamente entre ambos, protegiendo a Helen.
—¿Le ha molestado este individuo, señorita Spencer? —preguntó con voz gélida.
—No, detective. No entiendo su lengua, pero imagino que habrá soltado algún cumplido típico de los españoles —respondió ella, sosteniendo el papel hasta que cruzó el umbral.
En cuanto la puerta de la sala se cerró tras ellos, Helen se aferró al brazo de Veil. Su voz era un hilo de puro terror:
—¡John, han secuestrado a Sharon y a papá!
—No lo creas, Helen. Solo quería intimidarte —la tranquilizó él, aunque aceleró el paso—. Te llevaré al despacho de Shaw y enviaremos una patrulla a tu casa de inmediato. Sabremos pronto si solo ha sido un farol.
Entraron en el despacho del Alto Comisionado. Edwin, que no había dejado de observar la escena a través del equipo de escucha, se puso en pie al instante. Su rostro reflejaba una preocupación que intentaba enmascarar con profesionalidad.
—Es una artimaña, Helen. Quería aterrorizarte para que hiciéramos lo que él desea.
De pronto, el teléfono sobre el escritorio de Ged Shaw estalló en un timbre estridente. El Comisionado descolgó, escuchó en silencio y se desplomó pesadamente en su sillón de cuero. Su rostro, antes amable, se tornó sombrío y colérico.
Helen se lanzó hacia la mesa, el corazón en la garganta.
—¿Es cierto? ¿Se los han llevado? ¿Cómo ha ocurrido? ¡Dígame si están bien!
—Hay un hombre herido, parece que lo golpearon brutalmente —respondió Shaw con voz ronca—. Las doncellas están atadas y amordazadas.
—¿Y Agatha, la cocinera? —logró articular Helen.
—Consiguió escapar por la puerta de servicio. Se topó con una patrulla, pero cuando los agentes llegaron a la casa, ya era tarde. Se los habían llevado.
—Al menos… al menos nadie ha muerto —susurró Edwin, tratando de buscar un ancla de realidad.
—¡Voy a hundir a ese hombre! —rugió Ged Shaw, golpeando el escritorio—. ¡Voy a encerrarlo en lo más profundo de la Torre y tiraré la llave al Támesis!
—No, Ged, por favor —suplicó Helen, recuperando la firmeza en medio del caos—. Haremos lo que piden. Iré a casa y llamaré al Consulado. Les diré dónde está su hombre y ustedes tendrán que dejarlo ir.
El Comisionado apretó los dientes.
—Me revuelve el estómago liberar a ese criminal, pero es nuestra única pista para llegar a ellos. ¡Vete a casa y haz esa maldita llamada! Pondremos un equipo de rastreo sobre él en cuanto cruce la puerta; no se nos escapará. ¡Es una orden, Woodhall! Te quedarás en casa de la señorita Spencer hasta que este asunto se resuelva. No la dejes sola ni un segundo.
«Shaw miró a Helen a los ojos, suavizando el tono.
—No temas, Helen. Todo está en manos expertas. Ese hombre no te contactará hasta que se sienta seguro, pero Edwin no se apartará de tu lado».
El comisario Shaw le besó la mano con una ternura casi paternal antes de escoltarla hasta la salida. Helen, sumida en un silencio de piedra, ya había previsto aquel desenlace. Durante el trayecto de vuelta, Edwin buscó sus ojos y tanteó las palabras, pero ella mantuvo la mirada perdida en el cristal, ignorándolo por completo. En cuanto el coche se detuvo, Helen se lanzó bajo la lluvia, no de agua, sino de flashes y gritos: la noticia sobre Lord Leonard y «la joven» ya corría como la pólvora. Walter apareció poco después, abriéndose paso con la calma de quien se sabe dueño del lugar. Mostró su pase al guardia de la entrada, que le franqueó el paso de inmediato. Ante las protestas airadas del resto de la prensa, Walter se detuvo, giró sobre sus talones y, con una sonrisa cargada de suficiencia, les espetó:
—Caballeros, la diferencia entre un rumor y una noticia es saber a qué puerta llamar; y esta… ¡me la deben!.
Tras soltar la sentencia, Walter se hundió en el refugio de la casa. El policía cerró el portón a sus espaldas, dejando fuera el clamor de la prensa. Edwin ya lo esperaba en el vestíbulo, con el rostro desencajado.
—¿Qué demonios ha pasado? —soltó Edwin sin preámbulos.
—Secuestro. Se han llevado a Lord Leonard y a Sharon.
—¿Secuestrados? ¿Quiénes? No tiene sentido...
—Aún no hay rastro de ellos —soltó Edwin sin rodeos—. Tendremos que esperar una llamada, pero de esto nada a tu periódico.
Walter guardó silencio, pero la descarga no se hizo esperar:
—Esto es por el hombre que detuviste, ¿verdad? Si no hubieras intervenido, Sharon estaría arriba, preparándose para dormir. ¡Maldita sea! ¡Lo que daría por interrogar yo mismo a esa chusma!
—Calma, Walter. Perder los estribos no la traerá de vuelta. Ella es fuerte, estará bien. Y Leonard... bueno, es demasiado valioso como para que le pongan una mano encima. Ten cuidado con lo que dices de él.
—Sé que son piezas de caza mayor, pero eso no me quita el miedo. ¿Dónde está Helen?
—Con el doctor. Están remendando al mayordomo. Las criadas no vieron nada y la cocinera solo suelta gritos histéricos. El único que puede decirnos algo es él.
Ambos guardaron silencio ante el caos del salón: Agatha recibía un sedante entre espasmos, las criadas sollozaban en las esquinas y el mayordomo, con la cabeza envuelta en un turbante de gasas y el rostro empañado por los hematomas, intentaba enfocar la vista. El doctor se acercó a ellos secándose las manos:
—Ha sido un golpe brutal. No hay fracturas óseas evidentes, pero el traumatólogo debería confirmar que no hay presión interna. Es un hombre robusto y ha tenido suerte; un centímetro más y estaríamos hablando de un entierro, no de una conmoción.
—¡Oh, mi niña! ¡Gracias a Dios que no estabas aquí! —Agatha se aferró a ella, deshecha en lágrimas.
—Tranquila, nanny. Ya verás cómo papá y Sharon cruzan esa puerta antes de que te des cuenta.
—¡Es culpa mía! —sollozó la mujer—. Si no hubiera enviado aquel telegrama pidiéndole que viniera... Si les pasa algo, no me lo perdonaré jamás.
—Lord Leonard es un hombre influyente —intervino el detective Woodhall, tratando de imponer calma—. Nadie en su sano juicio retendría a alguien así con todo Scotland Yard pisándole los talones.
—¿De verdad no correrán peligro? —preguntó la mujer, buscando los ojos de Helen.
—No, Agatha. Ahora lo que importa es que Peel recupere el sentido.
Ella lo miró con los ojos empañados, la voz trémula y el aliento entrecortado:
—Él les plantó cara —logró decir—. Oí gritos, voces que no conocía... luego esos golpes secos. Me entró el pánico y salí corriendo a la calle; me crucé con unos hombres que, por suerte, no me prestaron atención. Entraron en la casa como si fuera suya. No sé de dónde saqué el valor para escapar.
—¿Y tú dónde estabas, Remedios? —le preguntó Helen.
—En la cama, señorita. Su padre nos dio la noche libre; dijo que no necesitaba servicio y que Sharon y él la esperarían a usted. Peel se quedó con ellos para acompañarlos.
—Está bien, Remedios, respira. Ve a preparar habitaciones para el detective Woodhall y para el señor Gallichan. Se quedarán esta noche.
—No me movería de aquí ni por todo el oro del mundo —sentenció Walter—. Quiero estar presente cuando suene ese teléfono; Sharon es la mujer de mi vida. Si Woodhall debe permanecer en su puesto, velaremos juntos. Al fin y al cabo, el mayordomo está fuera de combate.
—Peel no es solo un mayordomo, Walter —lo cortó Helen con frialdad—. Es el guardaespaldas personal de mi padre. Fue policía y habría llegado a detective en la Yard si no se hubiera retirado. Solo el Comisionado Shaw es la excepción a la regla de promocionar desde abajo.
—¿Cómo sabes tanto de rangos policiales? —preguntó Edwin, sorprendido.
—Sé muchas cosas. No olvides de quién soy hija; mi padre me educó para entender cómo funciona el mundo, no solo para heredar su apellido. Y ahora, si me disculpáis, tengo que hacer la llamada que le prometí al detenido.
Walter intercambió una mirada con Edwin; el gesto del detective dejaba claro que consideraba a Helen una mujer de sangre fría, pero no se inmutó. La siguió en silencio hasta el despacho de Lord Leonard, con el periodista pisándoles los talones. Helen buscó en la agenda de cuero de su padre hasta dar con el número del consulado. Marcó con dedos firmes.
—Consulado de España, dígame —respondió una voz femenina al otro lado.
—Habla la señorita Spencer. Comuníqueme con el cónsul, por favor. Es urgente; se trata de una cuestión de vida o muerte para un ciudadano de su país.
—Lo lamento, señorita Spencer, el cónsul no puede ponerse al aparato ahora mismo. Le paso con el secretario. Un momento.
Hubo un chasquido en la línea antes de que una voz grave y pausada tomara el relevo.
—Dígame, señorita Spencer. Habla el señor Navia. Me informan de que tiene algo de extrema importancia que comunicarnos.
—Así es, señor Navia. Debo informarle sobre un compatriota suyo que se encuentra bajo custodia en Scotland Yard. Estoy convencida de que se trata de un error; el caballero insiste en su condición de turista y ha solicitado auxilio consular con una angustia que me resulta imposible ignorar. A pesar de la barrera del idioma, creí mi deber ponerme en contacto con usted de inmediato.
—Le agradezco mucho la diligencia, señorita Spencer —respondió Navia, ahora más atento—. El cónsul querrá agradecérselo personalmente.
—Como desee, señor Navia. Le facilito mi número directo. Solo espero que este súbdito suyo reciba un trato justo y que este incidente no empañe la imagen de nuestro país.
—Transmitiré sus impresiones, señorita Spencer. Haremos lo necesario para contactar con él cuanto antes. Gracias de nuevo.
Helen colgó el auricular con una lentitud deliberada. «Pobre Navia», pensó para sí, «está en medio de la carretera, como dirían en su tierra, y no sospecha que me lo voy a comer vivo».
Se giró hacia Edwin, clavando sus ojos en los de él.
—Bien, acepto mi parte del trato. Ahora espero que, en cuanto la Embajada lo saque de la Scotland, ese hombre cumpla con lo suyo y mi padre y Sharon regresen intactos. Por cierto —añadió con un matiz gélido—, ¿sabes si la policía ya ha terminado de retirar los micrófonos de esta casa?
—Están en ello —respondió Edwin.
—Espero que tus hombres acaben pronto; no quiero ni un solo micrófono en esta casa; así los obligaremos a ponerse en contacto mucho antes. Vamos a ver cómo sigue Peel.
«Agatha, que no se había movido de su lado, exclamó al verlos llegar:
—¡Mi niña! ¡Parece que ya recupera el conocimiento!»
Helen acercó una silla al hombre herido. Al verla, Peel intentó incorporarse, pero el dolor le arrancó una mueca y sus palabras salieron quebradas:
—Les fallé, señorita Helen... No pude protegerlos. Me tomaron por sorpresa; si hubiera tenido mi arma a mano...
—No te culpes, Peel. Nadie podía prever esto —lo atajó ella con suavidad—. De hecho, me alegro de que no estuvieras armado; probablemente ahora estarías muerto. ¿Recuerdas algo útil?
Peel asintió con dificultad, entornando los ojos por el esfuerzo.
—Llamaron al timbre. Abrí pensando que era usted y dos hombres se me echaron encima. Llevaban pistolas, unas Star de 6.25 milímetros, calculo. Exigieron que el señor saliera al vestíbulo. Lord Leonard se negó a seguirlos sin una explicación y retrocedió hacia el salón; uno de ellos fue tras él. Aproveché un descuido para golpear al que me encañonaba y su arma cayó junto a la escalera. Forcejeaba con él cuando otros dos aparecieron de la nada. Me redujeron y... —Peel apretó los dientes—. Me molieron a golpes mientras veía cómo se llevaban a su padre y a la señorita Sharon. Después, todo se volvió negro.
—Tranquilo. Todo saldrá bien —dijo Helen, dándole una palmada firme en el hombro—. Estos caballeros te ayudarán a subir a tu habitación. Necesitas descansar.
—Déjeme ir tras ellos, señorita... Déjeme ajustar cuentas por lo que han hecho.
—Habrá tiempo para todo, Peel. Ahora no te conviene alterarte. Hazme caso y descansa.
El agotamiento golpeó a Helen de repente, como un muro invisible. Se despidió del detective y de Walter con una inclinación de cabeza y subió a sus aposentos escoltada por Betty. La doncella no podía apartar la vista del rostro sombrío de su señorita.
—¡Ánimo, Betty! Nadie podría haber evitado este desastre, pero no hay motivo para el pánico.
—Si usted lo dice, señorita... Me asombra su entereza. Parece que nada hubiera pasado.
—Lo entenderás a su debido tiempo, te lo aseguro. Has trabajado suficiente por hoy; solo te pido un último favor: asegúrate de que nuestros invitados estén cómodos. Agatha no está para tareas domésticas y el sedante la dejará fuera de combate en cualquier momento. Asegúrate de taparla con una manta en el salón.
—No se preocupe, señorita. Yo me encargo de todo.
Betty se acercó a los hombres y les ofreció su ayuda con una reverencia. Edwin, que revisaba su cuaderno de notas, alzó la vista y la estudió un segundo.
—¿Cuál de las criadas eres? ¿Remedios, Brilliz o Betty?
—Soy Betty, señor. ¿Desea algo en particular?
—Llévame a la habitación que ocupaba la señorita Sharon.
La joven lo guio por el pasillo en silencio hasta detenerse frente a una puerta de madera oscura.
—Es aquí, señor —susurró—. Pero le ruego que no haga ruido; la señorita Helen descansa justo al lado. ¿Puedo preguntar por qué tanto interés en este cuarto?
—Cuestión de seguridad, Betty. Puedes retirarte.
—Comprendo... quiere estar cerca por si ocurre algo —murmuró ella antes de marcharse—. Agatha nos dijo que esta era siempre la habitación de la señorita Sharon cuando se quedaba en casa.
Edwin entró en el cuarto a oscuras. No dio ni tres pasos cuando tropezó con una silla, provocando un estrépito que rompió el silencio de la noche. Al otro lado del tabique, la voz de Helen sonó inmediata:
—¿Sharon? ¡Qué despistada soy...! ¿Quién anda ahí?
—Perdona si te he despertado, soy Edwin —respondió él, avergonzado—. Quería hacer guardia cerca de tu alcoba.
—No creo que se atrevan a volver con la policía en la puerta —replicó ella, y Edwin juró detectar una sonrisa en su voz—. ¿Tienes la luz encendida?
—No encuentro el interruptor, por eso casi me mato con la silla.
—Camina recto y a tu derecha lo verás.
—Ya lo tengo —dijo Edwin al encenderse la lámpara—. Mucho mejor.
—Ahora, busca el estante a tu izquierda. ¿Ves un ejemplar de Cuentos de la Alhambra de Washington Irving?
—Lo tengo. ¿Qué quieres que haga con él?
—Sácalo. Mete la mano en el hueco; al fondo notarás algo redondo, como una moneda. Gíralo a la derecha y retira la mano rápido.
Edwin obedeció. Hubo un clic metálico y una parte de la pared cedió, pivotando silenciosamente para dejarlo cara a cara con Helen, que lo observaba desde su cama.
—¿Qué te parece mi pequeño secreto? Ingenioso, ¿verdad?
—Me dejas sin palabras —confesó él, fascinado por el mecanismo.
—Ahora ya sabes que puedes acudir a mi habitación si es necesario. No creo que a Sharon le importe que uses su cama por una noche.
—¡Helen!
—¿Dime?
—Nada... solo descansa.
Edwin cerró el pasaje secreto. Se sentía ridículamente cohibido. Quería decirle que le atraía, que deseaba conocer a la mujer que se escondía tras esa armadura de hierro, pero las palabras se le anudaban en la garganta. No en vano lo llamaban el «Soltero de Oro»; mientras sus colegas ya criaban hijos, él seguía hechizado por mujeres inalcanzables. Y Helen Spencer, con su mirada cautivadora y su mando natural, lo había conquistado por completo.
Se preguntó si el Comisionado Shaw habría sentido lo mismo por la madre de Helen antes de que Lord Leonard se cruzara en su camino. Rezó para que los rumores sobre un amante en España fueran solo eso: rumores. Se tumbó en la cama de Sharon, pero el sueño no acudía. Estaba tan cerca de ella que creía percibir su respiración a través del muro. Para calmar los nervios, abrió el libro de Irving y se dejó llevar por las leyendas granadinas hasta que el cansancio, finalmente, le cerró los ojos.
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