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domingo, 23 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 12: Niebla sobre el Consulado

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  Peel recorría los pasillos en su última ronda, un ritual de silencio y sombras, hasta que el resplandor bajo la puerta del despacho lo detuvo en seco. Aquella luz era una anomalía; Lord Leonard jamás abandonaba la calidez de sus sábanas para trabajar a esas horas. Al entrar, la visión fue casi teatral: su señor en pijama, envuelto en la seda escarlata y dorada de su bata, apretaba el auricular del teléfono con una rigidez impropia de él.

—Puede explicarme qué demonios está ocurriendo, Peel, pero nadie responde —preguntó, sin apartar la vista del auricular—. ¿Puede explicarme qué demonios está ocurriendo?

—Todos se han retirado ya, señor —respondió Peel con una leve inclinación—. Yo mismo me disponía a hacerlo, pero la luz de este despacho me inquietó. «No» es propio de su señoría trabajar aquí a estas horas.

—Lo importante es que estás aquí, Peel. Sube de inmediato y dile a mi hija que baje. Es urgente.

  Peel cruzó los pasillos con paso firme hasta el ala de la señorita Spencer. Llamó a la puerta con la discreción de un profesional, pero ella ya estaba en pie.

—Baje al despacho sin demora, señorita. Algo ocurre. Su, padre aún empuñaba el teléfono cuando me dio el recado.

  Helen no hizo preguntas. Se ciñó su elegante bata de cuello esmoquin y rebasó al mayordomo en el pasillo. En las escaleras, una sombra los interceptó: era Edwin, cuyo insomnio lo mantenía siempre alerta.

—¿Qué sucede? —susurró Edwin, alcanzándolos en el rellano.

—No lo sé —respondió Helen mientras descendía los peldaños a toda prisa—. Peel ha venido a buscarme; mi padre dice que es una urgencia absoluta.

—¿Qué demonios puede ser a estas horas? —insistió Edwin, siguiéndola de cerca.

  Entraron en el despacho casi sin aliento. Lord Leonard aguardaba tras su escritorio, con una rigidez que delataba la gravedad del asunto. El aire de la estancia todavía olía al humo rancio de su último puro, pero el silencio era absoluto.

—¿Qué es tan urgente, padre? —preguntó Helen yendo directa al grano.

  Tienes al teléfono al señor Álvaro Albo de García Encinar, Cónsul de España —anunció Lord Leonard con voz grave—. Se disculpa por la hora, pero insiste en tratar un asunto inaplazable contigo. Por más que lo intenté, se negó redondamente a darme detalles a mí.

  Lord Leonard activó el amplificador del aparato. Un ligero siseo precedió a la voz de Helen, que sonó firme a pesar de la hora:

—Soy Helen Spencer, señor Albo. Mi padre está presente, así que le ruego que mida sus palabras si lo que tiene que decirme es tan privado como sostiene.

  Al otro lado de la línea, tras un silencio cargado de estática, la voz del cónsul emergió con una urgencia que hizo que Edwin diera un paso al frente, rompiendo su inmovilidad.

—Señorita Spencer —la voz al otro lado sonaba vibrante de furia contenida—, acabo de regresar del teatro con mi esposa y me encuentro con una situación intolerable. Unos hombres han irrumpido por la fuerza en estas dependencias. Afirman ser agentes de la ley y han arrestado a mi secretario. Lo acusan del secuestro de una joven que, según ellos, se hallaba en nuestro almacén... algo de lo que yo no tenía la menor constancia.

  El Cónsul hizo una pausa para tomar aire, su tono subiendo de octava:

—Les advertí que todo el personal goza de inmunidad diplomática. Les aseguré que este incidente podría provocar un conflicto internacional de consecuencias imprevisibles, pero no se inmutaron. El señor Navia, antes de ser conducido fuera, me rogó que la contactara. Mencionó que usted ya ha auxiliado a un ciudadano de nuestro país y que es la única capaz de resolver este malentendido tan vergonzoso. Por favor, señorita Spencer, ¿podría personarse en el consulado de inmediato? Mi Gobierno le quedaría profundamente agradecido.

—Le comprendo, señor Albo, pero no son horas; además, no sé cómo yo podría ayudarlos en esta ocasión, sería mejor llamar a Scotland Yard. Se trata solo de un malentendido; ellos podrán aclararlo mejor que yo y brindarle la mejor ayuda.

—No quiero complicaciones, señorita Spencer. Quiero creer, como usted, que se trata de un malentendido. Sin embargo, últimamente muchos de sus compatriotas se empeñan en desacreditarnos y proyectar una imagen falsa de nuestra Nueva España. Ahora que la guerra ha terminado oficialmente, desde el 1 de abril, cualquier incidente de este tipo es una mancha que no estamos dispuestos a tolerar.

—Comprendo sus razones, yo también quiero que su país tenga buenas relaciones con el mío, le ayudaré en todo lo que esté a mi alcance, puede ponerme en contacto con uno de esos agentes para que podamos aclarar este asunto con tranquilidad.

— Ahora mismo le pongo, señorita Spencer, es usted muy amable.

  El hombre que se presentó como portavoz de los agentes tomó el teléfono:

—Señorita Spencer, le habla el responsable de la operación, el señor Raymond. Sorprendentemente, Edwin demostró su profesionalismo al permanecer expectante sin comentar nada. —Señor Raymond, ¿se da cuenta de que está violando leyes internacionales y que se encuentra en territorio extranjero?

—¡Claro que nos damos cuenta, señorita Spencer! Pero la orden que tengo de la máxima autoridad del Gobierno de su Graciosa Majestad me autoriza a realizar esta detención. Los informes que tenemos indican que el Secretario es responsable de un secuestro y el Cónsul de encubrimiento; a menos que se presenten pruebas en contrario, nos veremos obligados a arrestarlos por la fuerza si es necesario.

_Bien, bien, bien... —dije—. Este es un hecho inusual, pero ya que el Cónsul me pidió ayuda como intermediaria, procuraré estar en el consulado lo antes posible; pero por favor, dígales a sus hombres que no hagan nada, tengo las pruebas de que el Cónsul no tiene nada que esconder a nuestro gobierno.

—Entonces la espero, señorita Spencer. El señor Albo dice que usted lo aclarará todo; espero que así sea —colgó el teléfono.

—Esta gestión comienza a dar su fruto —respondió lord Leonard.

—¿Me estoy perdiendo algo? ¿Qué es lo que me están ocultando? —preguntó Edwin.

  Lord Leonard se recostó en su silla con los ojos brillantes de satisfacción. Mientras desgranaba los planes para mi misión, insistía en que todo tendría que encajar a la perfección; pero el detective, incapaz de frenar su escepticismo, protestó con un arrebato apasionado.

—No puedo dejarte ir sola —exclamó Edwin.

—Lo tenemos todo previsto, Edwin; te necesitamos a pleno rendimiento. Aquí tengo el plano del consulado. Creemos que el personal está retenido en esta sección del edificio —señaló una zona en el segundo piso—. El hecho de que este hombre se haga pasar por Raymond confirma que está dentro con la señorita Aznar.

—Pero aún no sabemos qué es lo que realmente quieren.

—Es evidente que ya saben qué poseemos, Stolp. ¡Pues bien, se lo daremos! —afirmó Leonard con un destello de desafío—. En cuanto a su superior, a estas alturas el Primer Ministro ya habrá sido informado de la gravedad de esta operación. Haré la llamada ahora mismo y dejaremos que el destino siga su curso.

  Leonard dejó el vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco. Se acercó al pesado teléfono de baquelita negra y marcó el número con dedos decididos. Hubo un breve silencio de estática antes de que alguien respondiera al otro lado.

—Aquí Leonard —dijo, sin esperar saludo alguno. Su voz, aunque quebrada por los años y el tabaco, cortaba el aire como un oficial en el campo de batalla—. Escuche bien. Se acabó el tiempo de las conjeturas. La esmeralda está en camino. Repito: el paquete se ha movido.

  No esperó respuesta. Colgó el auricular con la misma parsimonia con la que había encendido su habano, regresó a su sillón y, mirando a Edwin fijamente a los ojos, simplemente sentenció:

—Ya está hecho. Ahora, que el diablo nos pille confesados. En breve, Edwin, uno de tus hombres vendrá en taxi a buscar a Helen; tú, mientras tanto, irás con Veil. Él traerá las órdenes del comisionado. Solo nos queda esperar a que llegue el taxi y la función comenzará.

  Leonard guardó silencio un segundo, dejando que el humo de su habano flotara entre ambos como una barrera gris. Sus ojos, antes fríos y calculadores, mostraron un brillo de cansancio, de quien sabe que la guerra siempre exige sacrificios injustos.

—Me doy cuenta perfectamente, Edwin —respondió con una voz que vibró con una gravedad profunda, casi un gruñido—. Créeme, el peso de esas dificultades me mantiene despierto más horas de las que el whisky puede adormecer.

  Se puso en pie, caminó hacia la ventana y, sin darse la vuelta, añadió:

—Pero el peligro de no actuar es, sencillamente, el fin de todo lo que amamos. En este tablero, el honor de un hombre se mide por el riesgo que está dispuesto a hacer correr a su propio corazón. Su hija es la llave, y el destino es un carcelero muy cruel.

—En ese preciso momento, su hija entró en el despacho. Sus pasos no dudaron; cruzó el umbral con la barbilla en alto, como si ignorara la gravedad de la conversación que acababa de interrumpir.

—¿Peligro? —exclamó con una elegancia que heló la sangre de Edwin—. ¡Al diablo con el peligro!

  Leonard se quedó inmóvil, con el habano a medio camino de los labios. Un destello de orgullo, casi imperceptible, cruzó su mirada de bulldog. Reconocía en ella su propia sangre: esa mezcla de temeridad y deber que no admite retrocesos.

—Veo que la cortesía de llamar a la puerta se ha perdido en el camino —murmuró Leonard, aunque su voz no contenía reproche, sino una oscura admiración—. Edwin, me temo que ya no tienes que convencerla. El peligro acaba de ser invitado a tomar el té.

  Edwin la observó en silencio, derrotado por una mezcla de adoración y terror. Aquel espíritu valiente que tanto le gustaba era, al mismo tiempo, su mayor tormento. Las palabras se habían agotado tras dar vueltas en círculos; el aire en el despacho estaba cargado de humo de habano y de una voluntad que no aceptaba un "no" por respuesta.

  Helen dio por terminada la conversación con un gesto seco.

—Mira, Edwin. Estoy prevenida y preparada —sentenció ella, con una seguridad que no dejaba espacio a la réplica—. Sé perfectamente lo que alguien va a intentar hacerme. Y no creo, ni por un solo momento, que se salgan con la suya.

  Con un brío que cortó la tensión, se puso su chaqueta con ribete de piel de leopardo y se ajustó el sombrero a juego de Lucile Paray. Estaba lista no para una huida, sino para una conquista.

  Leonard, desde su sillón, dejó escapar una densa nube de humo y miró a Edwin con una media sonrisa cargada de ironía y orgullo.

—Me temo, mi querido Edwin, que contra el instinto de una Spencer-Churchill y el corte de un buen sastre, ni tú ni yo tenemos nada que hacer. El taxi debe de estar al llegar.

  El eco del claxon de un taxi resonó en la calle, rompiendo el pesado silencio del despacho.

—¡Ahí está mi medio de transporte! —exclamó ella con una sonrisa desafiante, ajustándose el ala del sombrero de Lucile Paray—. Deséame suerte.

  Leonard se puso en pie con cierta pesadez aristocrática. Caminó hacia su hija, acortando la distancia que el humo del tabaco había creado entre ellos. Por un instante, el "Bulldog" desapareció y solo quedó el padre.

—¿Serás prudente? —preguntó con una voz inusualmente baja, casi un susurro que Edwin apenas pudo captar. Era una pregunta retórica; ambos sabían que la prudencia no era una virtud de su estirpe.

—No te preocupes, estoy preparada —respondió ella con firmeza.

  Se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla, dejando el rastro de su perfume mezclándose con el aroma a cedro y whisky del despacho. Sin mirar atrás, con el movimiento felino que le confería el ribete de leopardo, salió de la estancia.

  Leonard se quedó inmóvil, mirando la puerta entornada. Sus dedos rozaron la zona donde el beso de su hija aún ardía. Luego, recuperando su semblante de mando, se giró hacia Edwin.

—Bien, Edwin —dijo, retomando su tono áspero mientras buscaba de nuevo su copa—. La esmeralda ya no es nuestra. Ahora le pertenece a la historia. Caminaré hacia el ventanal... quiero ver cómo se aleja ese taxi.

  Lord Leonard tenía la energía de un bulldog: una mezcla de aristocracia rebelde, rudeza estratégica y honestidad bruta. Con las manos en los bolsillos, como quien tiene el control absoluto, su mente ya habitaba la estrategia trazada. En resumen, pertenecía al tipo de ser humano que Edwin necesitaba para sentir que todo saldría según lo planeado; alguien capaz de analizar lo extraordinario fuera de la rutina diaria. Con parsimonia, Leonard extrajo otro habano de su caja, deslizó la vitola con sus iniciales y lo encendió, acercándose al cristal, sosteniendo su copa de whisky. Lo que murmuró entonces, con voz quebrada, me lo confirmó todo:

—No hay de qué preocuparse, Edwin. Helen no estará sola; mis hombres saben hacer bien su trabajo.

  Edwin mantuvo la mirada, sintiendo cómo el peso de la "condenada entidad" flotaba en el despacho como una sombra física.

—Comprendo su punto de vista, Edwin… —Leonard hizo una pausa deliberada, clavando su mirada de bulldog en la suya mientras una densa nube de humo escapaba de sus labios—. La ama.

  La palabra quedó suspendida en el aire, pesada y definitiva. Edwin no parpadeó, pero el silencio fue su confesión.

—Y ese amor es su mayor virtud, pero también el velo que le impide ver la realidad —continuó Leonard, hundiéndose un poco más en su sillón—. El azar siempre encuentra una grieta por la cual colarse, es cierto. Pero mis hombres no están allí para evitar que el azar exista, sino para asegurarse de que, cuando la grieta aparezca, Helen sea quien sostenga el martillo.

  Dio un sorbo lento a su whisky, dejando que el cristal tintineara contra sus dientes.

—Ahora, deje de medir los tentáculos de esa sociedad y empiece a confiar en los colmillos de los nuestros. En 1939, Edwin, la prudencia es un lujo que ya no nos pertenece.

  Tras forzar una sonrisa gélida que no alcanzó a iluminar sus ojos, Edwin se dio la vuelta y se alejó a paso rápido. Iba tan absorto en la urgencia de informar a su superior que el eco de Veil llamándolo a sus espaldas no fue más que un ruido lejano, un susurro que sus pensamientos decidieron ignorar.

—Últimamente estás perdido, Edwin; ni escuchas —dijo Veil al alcanzarlo—. ¿Sabes algo de lo que está pasando?

—Han llamado del Consulado Español —respondió Edwin sin detenerse—. Es una trampa auténtica, y Helen va directa a ella. Si has venido es porque tenemos órdenes, ¡y esto aún no ha terminado!

—En efecto, no ha terminado —añadió Veil con tono sombrío—. En cuanto llegué a casa, recibí una llamada del Jefe. Me advirtió que debía estar pegado al teléfono para una misión inmediata. Y eso que tenía una cita crucial para mañana... espero que resolvamos esto rápido; no me gustaría faltar a ese compromiso.

  Edwin se detuvo en seco, mirándolo con ansiedad.

—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Seguimos a Helen?

—No, Edwin. Iremos a la Central a recoger a alguien. Lo necesitamos para lo que va a suceder esta noche —Veil levantó una mano, anticipándose a la interrupción de su compañero—. Y no me hagas preguntas todavía; ya te darás cuenta de quién se trata cuando lo veas.

  En el consulado me recibieron con una normalidad desconcertante. No sé qué atmósfera esperaba encontrar, pero nada podía resultar más rutinario. Los guardas me franquearon el paso sin objeciones y el propio cónsul salió a mi encuentro; sin embargo, su sonrisa era un gesto vacío que no lograba alcanzarle los ojos.

  Era un individuo menudo, moreno, de ojos vivos y oscuros. Vestía un traje de tono apagado, exactamente igual al que suelen llevar miles de hombres de negocios.

—¡Ah, ya está usted aquí! Muy bien, muy bien... Me alegro de que viniese en nuestra ayuda; mi país, en mi nombre, se lo agradece.

—Resolvamos esto cuanto antes —corté, sin ánimos de cortesía—. ¿Dónde están los agentes?

—En mi despacho, con el secretario.

  Aquel cuarto contaba con una mesa, un par de confortables sillones, un teléfono y una batería de archivadores. Pegadas a la pared vi unas pesadas sillas de roble donde estaban sentados dos hombres. El secretario cedió el asiento al cónsul, el cual se acomodó tras la mesa.

—Tome asiento —insinuó con un gesto cortés—. Se sentirá cómoda en ese sillón. Fue una decisión acertada venir sola, señorita Spencer, aunque creo que, en el fondo, es una debilidad humana. Se preocupa demasiado por las personas que trabajan con usted, y en el mundo que pretendemos construir no hay lugar para la debilidad.

—¿Qué le han hecho a Raymond? —pregunté, ignorando su filosofía.

—Que siga vivo es lo único que debería importarle —sentenció él con una frialdad cortante—. No la crea tan ingenua como para ignorar por qué está aquí. Raymond es un simple subordinado, una pieza cuya vida no vale nada. Pero usted custodia a alguien que nos pertenece y ha llegado el momento de que nos lo entregue. No nos ha dejado otra opción: haremos un intercambio.

—El Primer Ministro jamás aceptará —respondí, manteniendo la voz firme—. El señor Stolp es un activo demasiado valioso para nuestro gobierno.

—Veo que empezamos a entendernos, pero le aseguro que para nosotros lo es aún más. Comprobaremos cuánto la aprecian sus superiores. Si no aceptan el trato a la primera, enviaremos uno de los dedos de su elegante mano; dudo que entonces sigan guardando silencio. Le irá mejor si colabora, señorita Spencer. Díganos: ¿dónde lo tienen oculto?

—Scotland Yard lo tiene bajo custodia —respondí con una frialdad ensayada—. No tengo la menor idea de adónde lo han trasladado.

—Ya averiguaremos si dice la verdad. Llévensela con los demás —ordenó el cónsul, antes de añadir con una sonrisa gélida—: Le sugiero que no cause problemas. Winter es el hermano de Klärchen y le aseguro que no le guarda mucha estima. No dudará en apretar el gatillo.

  No me cabía la menor duda. Winter parecía tallado en pedernal; un bloque de hielo que ni el acero más candente lograría encender. Su alma se consumía en un frío perpetuo que le afilaba la nariz, le surcaba las mejillas y teñía sus labios de un azul cadavérico. Bajo un aura de furia contenida, me escoltó hasta la biblioteca superior.

  Allí, despojado de protocolos, descubrí el verdadero rostro de la legación. En la estancia se amontonaban el secretario, el personal de servicio y sus respectivas esposas, todos bajo una vigilancia implacable. Raymond yacía en un sofá, con el rostro marcado por los golpes y un brazo, probablemente fracturado, inmovilizado de forma precaria con la manga de su propia camisa. Ina Aznar trataba de consolarlo bajo la mirada de dos hombres armados que vigilaban cada respiración. Solo entonces, bajo aquel silencio sepulcral, me permitieron acercarme a él.

—Dime la verdad, Raymond —le susurré al oído—, ¿te quedan fuerzas para lo que viene?

  Él hizo una mueca de dolor antes de contestar.

—No debería haber venido, señorita... Nada salió como esperábamos. Uno de sus hombres presenció el arresto de Stolp y me identificó en cuanto crucé la puerta. Me molieron a palos; por un momento creí que me mataban allí mismo. Me duele hasta el aire que respiro... Me temo que no seré de gran ayuda.

—Ya has hecho suficiente, Raymond. Solo dime: ¿cuántos hombres cuentan en total?

  Antes de que pudiera responder, el cónsul se acercó, hablando en voz baja:

—Lo han tratado como a un perro, señorita. Disfrutaban con cada golpe. Es un milagro que siga consciente. Hemos hecho lo que hemos podido, pero no tenemos ni con qué improvisar un cabestrillo. Esas bestias entienden el inglés, aunque hablen alemán entre ellos para desorientarnos y que no sepamos quién será el próximo en recibir una paliza.

—No se preocupe, señor Albo —respondí cambiando el tono—. Hablemos en su idioma nativo, entonces. ¿Se sentiría con fuerzas para empuñar un arma, ya que Raymond está fuera de combate?

  Los ojos de Albo se encendieron con una chispa de resolución.

—Cuente con ello. Soy campeón de tiro; deme algo que dispare y ya verá de lo que soy capaz.

—Se la daré, pero prométame una cosa: no la usará hasta que oiga que los dos guardias del pasillo han sido reducidos. No quiero bajas innecesarias entre nosotros. Y como dicen en su tierra... que Dios nos pille confesados.

—¡Cállense de una vez! Como te vea un segundo más cerca de la señorita, te vuelo la cabeza —bramó un guardia corpulento, un tipo de mandíbula cuadrada y gestos brutales.

  El cónsul retrocedió de inmediato. Por mi parte, me alejé de Raymond para no atraer más fuego sobre él, dejándolo al cuidado de Ina. Pero antes, en un movimiento imperceptible, deslicé una pequeña pistola entre el cojín y la espalda de Raymond.

  En ese instante, Winter, el hermano de Klärchen, se abalanzó sobre mí y me sujetó con una fuerza desmedida. Sin embargo, mi objetivo ya estaba cumplido: el arma estaba al alcance de los nuestros. El cónsul, intentando ganar tiempo, intervino con un grito de indignación:

—¡Déjenla en paz! ¿Acaso no es una mujer indefensa? ¿Adónde la llevan? ¿No han tenido suficiente con torturar a este hombre? ¡Cobardes!

  La respuesta fue un golpe seco. Winter retrocedió y descargó toda su furia contra el cónsul, haciéndolo caer violentamente sobre el sofá donde yacía Raymond. Mientras el cónsul volvía a escupirles el insulto de "cobardes" desde el suelo, su esposa corrió a socorrerlo. Al cubrirlo con su cuerpo, creó el ángulo muerto perfecto: nadie vio cómo el señor García Encinar recuperaba la pistola que yo había ocultado y la deslizaba en el bolsillo de su pantalón.

  Sentado en una silla, con el rostro desencajado por la angustia y la humillación, el cónsul parecía un hombre roto. Cuando su secretario se acercó para intentar consolarlo, él lo rechazó con un gesto brusco, pero no sin antes susurrarle una advertencia gélida sobre lo que estaba a punto de desatarse.

  Winter me arrastró de vuelta al despacho con un apretón de hierro.

—Ya ha comprobado que sus amigos siguen respirando —escupió, lanzándome frente al escritorio—. Si quiere que sigan así, hará exactamente lo que le ordene. Llame ahora mismo al Alto Comisionado y exija la liberación de Stolp. Solo permitiremos que un hombre lo escolte; ni uno más. Si intentan cualquier otra cosa, la mataremos aquí mismo.

  Hizo una pausa para saborear el miedo antes de continuar con una sonrisa gélida:

—A cambio de Stolp, la dejaremos marchar. Además, queremos una hora de margen para abandonar Londres sin interferencias. Si no aceptan, este edificio volará por los aires con todos nosotros dentro. En el fondo, preferiría que intentaran rescatarla... solo por el placer de ver cómo todo salta en mil pedazos. No lo dude ni un segundo: mis hombres están entrenados para morir matando y tienen órdenes estrictas de abrir fuego si no reciben nuestra señal de seguridad.

—Colaboraré con ustedes —respondí, sosteniéndole la mirada—, pero no se equivoque: no tengo miedo. Todo lo que dice no es más que un burdo farol.

—¡Déjame que le parta la cara, Ernest! —estalló Winter, dando un paso agresivo hacia mí—. ¡A ver si así se le quita la insolencia! ¡Estoy harto de esta mujer!

—¡Cálmate, Winter! —le frenó Ernest con autoridad, antes de volverse hacia mí—. Ahora, señorita Spencer, sea inteligente y haga esa llamada si de verdad aprecia su vida.

—Está bien —cedí, midiendo cada palabra—. El Alto Comisionado debe de estar en su domicilio a estas horas.

—¿A qué espera entonces? —ladró Ernest—. Llame ahora y transmita nuestras condiciones. Y ni se le ocurra jugar con nosotros; estaremos escuchando cada sílaba.

  Con los dedos firmes a pesar de la presión, marqué uno de los números privados de la oficina de Shaw. Al otro lado de la línea, Ged, que aguardaba mi señal en un silencio tenso, dio las órdenes pertinentes a sus hombres antes de descolgar el auricular.

—¡Al fin! —exclamó Ged, señalando el teléfono—. Silencio absoluto. Podrían estar monitorizando la línea. El que se atreva a emitir un solo sonido será expulsado fulminantemente de este edificio. No volverá a poner un pie en el servicio.

  Sus hombres obedecieron al instante. Un silencio sepulcral, casi antinatural, inundó el despacho, contrastando con el tono de fingida irritación que Ged proyectó al descolgar el auricular.

—¿Quién demonios se atreve a despertarme a estas horas? —bramó al aparato.

—Disculpe, señor —la voz de Helen sonó contenida, profesional—. Soy Helen Spencer. Lamento profundamente haber interrumpido su descanso.

—¿Spencer? ¿Qué ocurre? ¿Le ha pasado algo a su padre?

—El médico dice que sufrirá algunos problemas auditivos leves, nada que deba preocuparnos —respondió ella, deslizando la clave con sutileza—, pero ha surgido un asunto urgente que requiere su inmediata consideración, señor.

—No me cabe duda de que debe de ser vital para llamarme cuando uno ya se ha entregado al sueño de Morfeo —replicó Ged, manteniendo el papel mientras recorría la habitación con una mirada de acero. Sus hombres permanecían inmóviles, como estatuas en un mausoleo; su ultimátum había surtido efecto.

  Helen, asintiendo para sí misma al confirmar que Ged había captado el mensaje, le transmitió la exigencia: la liberación inmediata de Stolp. La respuesta al otro lado del cable no se hizo esperar, cargada de una gravedad fingida que ocultaba el engranaje que ya se había puesto en marcha.

—¡Se ha vuelto loca! —tronó la voz de Ged por el auricular—. Ese hombre está bajo interrogatorio; es una pieza clave para la seguridad nacional.

—Me confesó una vez que amó a mi madre —interrumpí, cargando cada palabra de una urgencia desesperada—. Por ese amor, le suplico que me salve la vida. Me tienen retenida y exigen a Stolp como moneda de cambio. Deben traerlo al consulado español escoltado por un solo agente desarmado. Ni se le ocurra enviar al equipo de asalto; si detectan movimiento, volarán el edificio con todos nosotros dentro. Una vez que Stolp esté en sus manos, exigen una hora de margen para salir de Londres. ¿Qué me dice, señor? ¿Valora lo suficiente mi vida como para actuar bajo su propia responsabilidad, sin informar al Primer Ministro?

  Al otro lado de la línea se hizo un silencio denso, eléctrico.

—Lo que me pide es un suicidio profesional —respondió Ged finalmente, con la voz quebrada por una fingida angustia—. Pero jamás me perdonaría que le ocurriera algo. ¿A qué hora debe realizarse el intercambio?

  Miré a Theiss. Él garabateó rápidamente «2:30» en un trozo de papel y me lo puso delante.

—A las dos y media de la madrugada, señor.

—Enviaré a John Veil con el prisionero —sentenció Ged antes de cortar la comunicación.

  El silencio se reinstaló en el despacho, denso y cargado. Ernest me hizo una seña brusca para que me retirara a un rincón mientras Winter, que no dejaba de moverse como un animal enjaulado, mascullaba sus sospechas.

—No me fío —soltó Winter—. Huele a trampa. Se entregó demasiado pronto; esa mujer guarda un as en la manga.

—Nosotros no somos como Sánchez —replicó Ernest con desdén—. Él se dejaba embaucar por una cara bonita bajo el pretexto de adiestrar nuevos espías, pero yo no cometo esos errores. Ahora cállate de una vez, Winter. Pon algo de música; estoy harto de oírte ladrar.

  Mientras tanto, en el despacho del Alto Comisionado, la atmósfera era eléctrica. Ged se volvió hacia Woodhall, que ya coordinaba a sus hombres en las sombras.

—Señor, sé que ha nombrado a Veil —intervino Woodhall con urgencia—, pero le ruego que me permita ir. Estoy seguro de que Lord Leonard daría su visto bueno

—¡Basta de discusiones! —zanjó Ged—. Veil irá solo escoltando al doble de Stolp. Y nada de armas, Woodhall, por vuestro propio bien; un solo error de sincronización y todo saltará por los aires. En cuanto Veil cruce el umbral, tú tomarás la retaguardia para liberar al cónsul y a los suyos. Si el plan sigue su curso, Raymond ya tendrá en su poder el arma que Helen debía entregarle.

—¡Un momento! —exclamé, alzando la voz con incredulidad y enojo—. ¿Me está diciendo que Helen llevaba una pistola encima?

—Por lo visto, no solo una; siempre lleva dos. Es una tiradora excepcional —respondió Ged con una mueca de orgullo—. Pero no hay tiempo para explicaciones. Confiemos en que ya haya actuado para reducir a los hombres del interior. Crearemos el ambiente propicio; el caos siempre es un aliado indispensable. Para cuando se den cuenta del engaño, todos ustedes ya estarán dentro. ¡En marcha, caballeros! La esmeralda está en el agujero.

  Veil alcanzó la entrada del consulado justo cuando las campanadas del Big Ben rasgaron el silencio de la noche, marcando la hora exacta. Al mismo tiempo, Woodhall y sus hombres, camuflados en las sombras, lograban neutralizar sigilosamente a los guardias de la retaguardia. Una vez asegurado el perímetro, se filtraron en el edificio como fantasmas, aguardando con paciencia contenida.

  Veil entró escoltando al falso Stolp. Los hombres de Ernest lo recibieron con violencia; lo registraron y lo golpearon con la tosquedad reservada a los traidores, tratándolo como a una marioneta sin hilos antes de presentarlo en el despacho. Lo obligaron a sentarse junto a Helen, quien mantuvo una impasibilidad pétrea.

  Ernest, exultante, se acercó al recién llegado y lo abrazó con una efusividad triunfal. Rompiendo a hablar en un alemán rápido y cargado de emoción, exclamó:

—¿Cómo lo han tratado, señor? ¿Está usted bien?

—Bien —respondió el falso Stolp con una voz pastosa y fingida fatiga—, pero creí que ya estarías fuera de Inglaterra, alertando al resto para evitar que caigan. Tengo entendido que en España los capturaron a todos por culpa de esta mujer. ¿No pensarías que la íbamos a liberar?

—Sabía que no lo haría, señor —intervino Winter con una sonrisa cruel—, y menos sabiendo que nuestros camaradas se pudren en prisión por sus actos.

  Veil, que soportaba los golpes con una paciencia gélida, solo contaba los segundos para devolver cada impacto con intereses. Mientras tanto, en un movimiento sincronizado con el caos de la bienvenida, Helen deslizó una pistola en su bolsillo; por fortuna, la arrogancia de los guardias les había impedido registrarla a ella con la misma saña que a él.

—¿Qué piensan hacer con nosotros ahora? —preguntó Helen, fingiendo una vulnerabilidad que no sentía—. Ya tienen lo que querían. Cumplan su parte y déjennos marchar.

—No es tan sencillo —replicó el falso Stolp, clavándole una mirada cargada de resentimiento—. La señorita tiene una deuda pendiente conmigo y no crea que saldará su cuenta tan fácilmente.

—¿Los liquidamos ya, jefe? —preguntó Winter, acariciando con una familiaridad enfermiza el cañón de su Walther P38.

—Por ahora los necesitamos —sentenció el falso Stolp, cortando el impulso del subordinado—. Debemos usarlos para forzar la liberación del resto. Después... después ya decidiremos cómo deshacernos de ellos.

  En ese preciso instante, una serie de detonaciones secas retumbaron desde el piso superior, quebrando el silencio de la legación.

—¡Maldita sea! —bramó Ernest, volviéndose hacia Helmut con los ojos inyectados en sangre—. ¿No te ordené que registraras cada rincón antes de encerrar a los prisioneros?

—¡Lo hicimos, Ernest! —replicó Helmut, retrocediendo un paso ante la furia de su superior—. No tenían nada encima, alguien tuvo que proporcionarles el arma. —Se giró hacia Winter con una acusación directa—: ¡Tú! ¡No registraste a esta mujer cuando entró!

  Winter palideció, apretando los dientes con rabia contenida.

—Confié en la palabra de mi hermana... dijo que a ella no le gustaban las armas. Pero estuvo demasiado cerca del traidor.

  Ernest soltó un juramento en alemán mientras la tensión en la sala se volvía insoportable. Winter, buscando redimirse, desenfundó su arma y se dirigió a la puerta.

—Iré a ver qué demonios ocurre —sentenció con una frialdad asesina—. Lo más probable es que encuentren a ese imbécil muerto por su propio atrevimiento. Y cuando regrese, señorita Spencer... ajustaremos nuestras cuentas pendientes.

  Antes de salir, Winter atrapó el rostro de Helen con una mano de hierro, apretando hasta que un gemido de dolor escapó de sus labios. Se alejó con una risa cargada de bilis, pero se detuvo en seco al llegar al pasillo: los guardias de la puerta habían desaparecido. Pegándose a la pared, desenfundó su revólver, lo aseguró con ambas manos y pateó la puerta de la biblioteca.

  El espectáculo que encontró era dantesco. Sus cuatro hombres yacían en el suelo, inertes. El cónsul, temblando y con el terror grabado en la mirada, sostenía un arma que dejó caer al instante.

—¡No dispare, por favor! —suplicó de rodillas—. ¡Yo no quería hacerlo!

  Winter avanzó con paso depredador, cegado por la furia, sin sospechar que tras el marco de la puerta le esperaba el frío contacto del cañón de Woodhall presionando su nuca. El alemán soltó su Walther P38, que el secretario recogió con avidez para apuntarle mientras Woodhall lo esposaba con movimientos expertos.

  Mientras tanto, en el despacho, la tensión se volvía insoportable. Al ver que Winter no regresaba, Helmut, que había salido con Fritz a reconocer el terreno, irrumpió de nuevo en la estancia y echó la llave con un estruendo metálico.

—¡Es una trampa, Ernest! —bramó, sin aliento—. ¡Los hombres de Scotland Yard han tomado el edificio! ¡Tienen que salir de aquí ahora mismo! Yo me quedaré para cubrirles; hay un pasaje oculto tras este panel. ¡Muévanse!

—Antes de marcharme, tengo una cuenta que saldar con esta mujer —siseó Ernest, con el rostro desencajado—. Le advertí que no jugara conmigo y yo siempre cumplo mi palabra. No permitiré que me cacen como a Sánchez; no pienso pudrirme en una celda británica cuando me esperan grandes honores en mi patria.

  Helmut accionó el resorte del panel oculto, revelando el pasaje secreto, mientras Ernest encañonaba a Helen con mano firme. Pero, para sorpresa de todos, el falso Stolp se interpuso entre ambos.

—¡Baja el arma, Ernest! —ordenó con autoridad—. No vamos a cargar con más muertos.

—¡Nos has traicionado! —bramó Ernest, fuera de sí—. ¡Toda Alemania sabrá que te has vendido al enemigo! ¡Traidor! Si crees que vas a impedirme acabar con ellos, te equivocas. ¡Apártate o te mataré a ti primero!

  Fue el momento que Veil necesitaba. Aprovechando la confusión, desenfundó la pistola que Helen le había pasado y se incorporó, situándose hombro con hombro junto a Stolp.

—¿Crees que puedes abatirnos a los dos a la vez? —desafió Veil con una calma gélida—. Si disparas a uno, el otro te reventará el pecho antes de que caigas. Pon el arma sobre la mesa, Ernest. Hazlo ahora, porque este hombre no tiene nada que perder y te aseguro que puede hacerte mucho daño.

  Ernest, acorralado y furioso, le gritó a Helmut que disparara, pero su subordinado dudó. Helmut me miraba fijamente, asaltado por una sospecha paralizante: ¿tendría yo otra arma oculta? El miedo pudo más que la lealtad y dejó caer su pistola al suelo.

—¡Abre la puerta, Helmut! —le ordenó Veil.

—¡Si lo haces, te mato! —amenazó Ernest, girando el cañón hacia su propio hombre.

  Helmut vaciló apenas un segundo antes de lanzarse hacia la cerradura. ¡Un disparo rasgó el aire! La bala alcanzó a Helmut en el hombro izquierdo justo cuando la puerta cedía. En ese instante, Woodhall y sus hombres irrumpieron en el despacho como una marea imparable. Ernest, superado y viendo los cañones de Scotland Yard apuntándole al corazón, no tuvo más remedio que soltar su arma. El silencio regresó a la estancia mientras los grilletes se cerraban, con un chasquido metálico y definitivo, sobre sus muñecas.

  Ernest no dejaba de bramar mientras los agentes lo arrastraban:

—¡Stolp, traidor! ¡Nos volveremos a ver las caras! ¡Estás muerto! —Y añadió con un grito desesperado—: ¿Und warum das? (¿Y por qué esto?).

  Me permití una sonrisa de pura satisfacción ante su desconcierto. No iba a sacarlo de su error; la verdadera sorpresa se la llevaría más tarde, cuando se pudriera en una celda y descubriera quién era realmente su "jefe".

  Al ver mi gesto de victoria, Ernest se desencajó aún más.

—¡Esto le va a costar caro, señorita Spencer! —escupió con odio—. ¡Cuando mi Führer ponga un pie en Inglaterra, recibirá su merecido! Yo mismo me encargaré de usted.

—No lo dudo —respondí con una calma glacial—, pero su líder nunca pisará este suelo. En cuanto a usted, ruegue para que el Primer Ministro decida usarlos alguna vez como moneda de cambio, porque de lo contrario no volverán a ver la luz del día. Cerraremos la puerta de su celda y arrojaremos la llave al fondo del Támesis. ¡Llévenselo!

  Los guardias lo sacaron a rastras, dejando tras de sí un rastro de gritos impotentes y una mirada cargada de rabia y humillación. Cuando el despacho quedó por fin en silencio, me volví hacia el hombre que seguía junto a mí.

—Muchas gracias, Drake —le dije, relajando por fin la tensión de mis hombros—. Ha hecho usted un papel impecable. Su alemán es, sencillamente, perfecto.

—Lo he hecho con mucho gusto, señorita Spencer —respondió Drake con una inclinación de cabeza—. Mis saludos a su padre y, cuando lo necesite, ya sabe dónde encontrarme. Ahora, si me disculpan, debo retirarme.

  Drake salió del edificio con la misma discreción con la que había entrado. El cónsul, por su parte, recorría el despacho inhalando bocanadas de una tranquilidad que creía perdida. Se detuvo frente a Helen y la observó con detenimiento, como si tratara de encajar las piezas de un rompecabezas.

—¿A usted la conozco, verdad? —preguntó finalmente.

—En efecto, señor Álvaro —respondió ella con una sonrisa suave—. Nos presentaron en España, justo cuando recibió su nombramiento.

—La recuerdo... ya me lo parecía. No dije nada antes para no ponerla en peligro, pero lo que no sospechaba es que hablaba mi idioma con tanta soltura. En la fiesta de la recepción creo recordar que utilizó un traductor, ¿no es así?

—Siempre es más agradable escuchar a alguien en su lengua materna, sin los impedimentos de un intermediario —contestó Helen, mientras su mirada se posaba en el escritorio—. Y por lo que veo, señor cónsul, al final sí que llegó a usar el arma.

—Abatí a dos de ellos —respondió el cónsul con una gravedad que le tensaba las facciones—; el resto fueron neutralizados por el inspector Woodhall. Todavía no he tenido ocasión de agradecerle debidamente que nos salvara la vida.

  En ese momento, el cónsul estrechó la mano de Woodhall con una gratitud que no necesitaba palabras, un gesto firme que sellaba su respeto. Edwin, sin embargo, no quiso restarle importancia a la gravedad del asunto; hizo hincapié en el riesgo extremo que acababan de correr y subrayó los detalles más oscuros de la operación, aquellos que todavía permanecían ocultos bajo el secreto diplomático.

  El cónsul no se mostró impasible ante el crudo relato. Su semblante cambió al procesar la magnitud de la amenaza que se cernía sobre ellos y, de inmediato, alzó la voz para expresar su juicio sobre lo ocurrido.

—Todo empezó cuando llegué al consulado —comenzó el cónsul, con la voz ensombrecida por el recuerdo—. Aquellos hombres se presentaron con una supuesta autorización directa de Franco. Helmut debía ser mi secretario y Ernest el jefe de un nuevo equipo de seguridad. Me negué en redondo, pues ya tenía mi propio personal, pero fueron implacables: me aseguraron que, si rechazaba colaborar, el Generalísimo me destituiría fulminantemente. Mi esposa estaba tan ansiosa por instalarse en Londres que, al final, cedí.

  Sin embargo, a medida que llegaban más refuerzos, mis sospechas crecieron. Al interrogarlos, me confesaron que preparaban una operación para forzar a Inglaterra a devolver Gibraltar. Me quedé gélido; sabía perfectamente lo explosivo que era el tema del Peñón. Pero lo que colmó el vaso fue oírlos hablar en alemán entre ellos. Aproveché un viaje para reunirme en privado con el general Jordana y pedirle consejo. Su respuesta fue tajante: el Ministerio no sabía nada de ninguna operación y el Generalísimo no había dado carta blanca a nadie. Me ordenó que, si actuaban por su cuenta, los expulsara de inmediato.

  Cometí el error de enfrentarlos. Contraté a hombres de confianza y los infiltré en el servicio doméstico para retomar el control, pero subestimé su brutalidad. En cuanto se sintieron descubiertos, nos encerraron a todos en la biblioteca. Entonces llegó Fritz, un ser despiadado que no dudó en moler a palos a sus propios aliados antes de ensañarse con nosotros. Por fortuna, ese monstruo no volverá a alzar la mano contra nadie; fue uno de los que cayó intentando escapar.

—Ahora, retome las riendas de su cargo, señor García Encinar —aconsejó el detective con voz serena—. Olvide este escabroso asunto y trate de disfrutar de su estancia en Londres. Vaya con su esposa; está sufriendo un fuerte ataque de nervios tras el tiroteo y lo necesita. Avisaremos a un médico para que le administre algún sedante, aunque se ve que es una mujer entera y superará este trance. ¡Veil, encárgate tú de la llamada! Yo escoltaré a Helen a su casa.

—Descuida, Edwin —respondió Veil con un asentimiento—. Ve tranquilo, yo me encargo de todo aquí.

  Mientras los enfermeros se preparaban para trasladar a los heridos, me acerqué a la camilla de Raymond. Él me miró con un cansancio infinito, pero con una chispa de gratitud en los ojos.

—Gracias por rescatarme, señorita —susurró con voz débil—. Quiero que sepa que Edgar se recupera satisfactoriamente. Y olvide lo que le dije antes... sobre que era mejor que no viniera. De verdad, le agradezco en el alma que no me hiciera el menor caso.

—Has hecho un trabajo excepcional, Raymond —le respondí, apretándole suavemente la mano sana—. Descansa ahora. Transmítele mis felicitaciones a Edgar; pasaré a veros por el hospital mañana mismo.

—En lo que a mí respecta, estoy a su entera disposición —continuó Raymond, con una determinación que el dolor no lograba doblegar—. Sé que mi compañero comparte mi opinión. El objetivo era lo prioritario y lo hemos logrado. Ahora solo nos queda prepararnos para la próxima misión; sospecho que será todavía más arriesgada y difícil.

  Acompañé a Raymond hasta el portón de la ambulancia, despidiéndolo con un gesto silencioso. Después, me dirigí hacia Woodhall. Me esperaba apoyado en el guardabarros de su coche, recortado contra las luces de la legación, y me abrió la puerta con una delicadeza inusual.

—He llamado a tu padre —dijo mientras arrancaba el motor—. Ya sabe que todo ha salido bien. Seguro que nos aguarda despierto, fumando uno de esos puros especiales suyos. Veil se encargará del informe y de los flecos que queden sueltos; a partir de ahora, el tiempo nos pertenece.

  Hizo una pausa y me miró de soslayo mientras enfilábamos la avenida desierta.

—¿Te apetece un paseo por la ciudad? Pronto amanecerá sobre Londres... ¿Quieres que veamos salir el sol juntos?

—Lo que quiero —respondí, girándome hacia él con una firmeza que lo hizo frenar— es que pares el coche ahora mismo.

  Frenó en seco. Helen bajó del coche y comenzó a caminar hacia el puente, fundiéndose con la densa niebla que lo envolvía todo. Apoyó los brazos en la barandilla húmeda, cerrando los ojos para escuchar el murmullo hipnótico del Támesis fluyendo bajo sus pies. Edwin la alcanzó en silencio y la rodeó por la cintura con sus brazos fuertes, ofreciéndole un anclaje cálido contra el frío de la madrugada.

—Me gusta esto, Edwin —susurró ella, reclinando la cabeza sobre su hombro—. Sentir el silencio de la noche justo antes de que despierte el día. El sonido del agua, las campanadas del Big Ben dándonos la bienvenida... incluso el abrazo gélido y familiar de esta Isla Brumosa que nos acoge. Sabiendo, por fin, que lo que hemos hecho ha valido la pena.

  Envueltos en la bruma eterna del río, ambos recibieron el primer destello del amanecer. Se quedaron allí, inmóviles, con la certeza compartida de que el destino ya estaba tejiendo para ellos nuevas y peligrosas aventuras.

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