INFORMACIÓN.
—Perdone, ¿dónde está la taquilla?
—Recto y luego a la izquierda.
Walter esperó a que Edgar y Raymond compraran sus billetes antes de acercarse al mostrador.
—Dos para Wiltshire, por favor. Mientras guardaba el cambio, un rótulo a la derecha captó su atención: "Periódicos y Libros". Se acercó para comprar una revista femenina, pero al darse la vuelta, Helen se había esfumado. La buscó con la mirada entre el bullicio de la multitud hasta que la distinguió en el puesto de dulces.
—Una caja pequeña de chocolates... no, mejor una libra —decía ella, disculpándose con una sonrisa que delataba su apetito. Ya en el vagón, los asientos junto a la ventana estaban tomados, así que se conformaron con los de la esquina. De pronto, la voz metálica del altavoz inundó el vestíbulo: «Tren rápido con destino a Wiltshire, ¡viajeros al tren!». Tras asegurarse de que nadie quedara en el andén, el jefe de estación alzó su bandera y el convoy comenzó a rodar.
—¡Qué lástima! —exclamó Edgar mientras se hundía en el asiento—. Este compartimento es para no fumadores.
—Quizá en el pasillo sí se pueda —sugirió Raymond, echando un vistazo hacia la puerta.
—Tampoco —cortó Walter—. He visto un cartelito que lo prohíbe.
Un mozo con una impecable chaqueta blanca de dril recorrió el pasillo ofreciendo los tiques para el primer turno de cena. Mientras yo consultaba el reloj de bolsillo para confirmar el horario, Helen reservó dos plazas con un gesto decidido. Apenas quince minutos después, el pasillo volvió a vibrar con el eco metálico de un pequeño gong de mano. Seguimos el sonido hasta el vagón restaurante, donde el aroma a asado y carbón se mezclaba con la elegancia de las mesas montadas. Nos ubicamos en una mesa al fondo, a la derecha, sobre el terciopelo azul del asiento, mientras nuestros acompañantes ocupaban la mesa de la izquierda, justo al otro lado del estrecho pasillo alfombrado.
La travesía transcurrió en calma; nadie parecía vigilarnos. Tras una noche de traqueteo rítmico, el amanecer nos recibió con la luz cruda de Wiltshire. Subimos a un Austin Twelve negro de preguerra; sus asientos de cuero gastado exhalaban un aroma rancio a gasolina y tabaco de pipa. Al volante, un hombre de mediana edad con gorra de plato y chaqueta oscura —un veterano de la Gran Guerra que conducía con la precisión de quien conoce cada bache hacia Avebury— nos guio bajo un cielo eléctrico y plomizo, donde nubes espesas amenazaban tormenta. Las calles de la aldea lucían desoladas, con los escaparates empañados por un gélido viento primaveral. Al alcanzar el Red Lion, una ráfaga violenta nos sacudió al abrir la pesada puerta de roble, empujándonos hacia el calor del interior.
Buscábamos al guía de Overton Hill. Albert, el camarero, nos explicó que el hombre estaba almorzando y se ofreció a avisarle. Tras desaparecer un momento en la trastienda, regresó con noticias:
—El señor Norman Charlton estará encantado de recibirlos con el grupo que parte ahora mismo. Síganme, se los presentaré.
Albert nos condujo hasta una mesa donde aguardaba un hombre delgado, vestido de riguroso negro y con un paraguas en la mano. Su porte de caballero distaba mucho del guía rústico que yo esperaba: alguien con chaqueta de lana gruesa verde musgo, capaz de resistir la humedad y el viento de las colinas. Esa pulcritud despertó mis sospechas.
—Quizás les sorprenda mi aspecto —dijo él, invitándonos a tomar asiento—. Hicieron bien en venir solos. ¿Traen lo que pidió Sánchez?
—Mi trato es con Sánchez —sentenció Helen. Su firmeza no admitía réplicas—. No entregaré el paquete hasta que mi padre y la joven estén a salvo conmigo.
Charlton dejó escapar una sonrisa gélida antes de inclinarse hacia ella, invadiendo su espacio.
—Le sugiero que negocie conmigo. ¡Sánchez no es nadie! Soy la única persona que puede garantizarle que volverá a ver a su padre con vida. ¿Lo ha traído?
—Lo lamento —respondió ella, sosteniéndole la mirada sin parpadear—, pero no pienso arriesgarme. Nada me garantiza que usted sea el superior de Sánchez. No se lo daré a nadie más.
El hombre del traje negro tamborileó sus dedos sobre la mesa, impasible ante la negativa. Tras un silencio tenso, sentenció:
—Muy bien. Quiero que entienda quién tiene el control y voy a probar mi buena voluntad: le entregaré a Sharon a cambio del paquete. ¿Tenemos un trato?
Antes de que Helen pudiera responder, Charlton hizo una seña a Albert. Como si todo estuviera coreografiado, el camarero entró en escena escoltando a Sharon.
—¡Qué susto he pasado! Me alegra tanto verte de nuevo —exclamó ella, envolviéndose en una capa de fingida vulnerabilidad.
Una furia de dimensiones volcánicas rugía en el interior de Walter, contenida únicamente por una disciplina espartana que rozaba lo imposible. Ni un músculo de su rostro lo traicionaba. Notó que Helen estudiaba su entereza, fascinada por su capacidad para no alertar a la falsa Sharon. En el silencio de la sala, Walter solo podía esperar que Ashley no le hubiera fallado y que el agente encubierto de la estación ya estuviera moviendo los hilos.
Con la rabia aun quemándole la garganta, Walter la envolvió en un abrazo que fingía protección. Se inclinó hacia su oído y dejó escapar un susurro impregnado de una ternura calculada:
—Me tenías muy preocupado... ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?
—Se portaron bien, ¿lo ves? No me hicieron nada —murmuró la falsa Sharon, antes de volverse hacia Helen con una angustia ensayada—. Estoy tan preocupada por tu padre... Quieren llevárselo a Alemania si no entregas el manuscrito. Por favor, dáselo a este hombre; él es razonable. Sánchez, en cambio, es un psicópata; estoy segura de que le está haciendo daño ahora mismo. ¡Dáselo ya, Helen!
Charlton aprovechó el vacío de silencio, fijando en Helen una mirada de calma depredadora.
—Ya ha escuchado a su amiga, señorita Spencer. ¿Me lo entregará como prueba de su buena voluntad, tal como yo he hecho al liberarla a ella?
Helen vaciló un instante, fingiendo la derrota perfecta de quien se sabe acorralada.
—Está bien, usted gana —cedió al fin con la voz quebrada—. Pero ¿cuándo veré a mi padre?
—Lo primero es lo primero —sentenció él, con una sonrisa gélida.
Extraje el paquete del maletín y lo deposité sobre la madera. Charlton lo inspeccionó con una avidez que rozaba el ansia, pero de pronto, su expresión se transformó. Cerró el legajo de un golpe seco que hizo vibrar la mesa y resonó en toda la estancia como un disparo.
—¡Maldita sea! —rugió, perdiendo toda compostura—. ¿Dónde está el resto? ¡Aquí no está todo!
—Yo tampoco creo que me haya devuelto todo lo que me importa, señor —replicó Helen, sin inmutarse—. Es un intercambio recíproco: lo dado por lo recibido.
El hombre del traje negro soltó una carcajada fría.
—Es usted una buena mujer de negocios, señorita. Me cae bien. Si la llevo con su padre, ¿nos dirá dónde está el resto?
—Cuando estemos todos en un coche seguro, y solo entonces, se lo diré. Mientras tanto, ni una palabra.
—¡Conocemos muchas maneras de hacer hablar a la gente! —amenazó él, perdiendo la paciencia.
—Pero ninguna de ellas le garantiza que encuentren lo que buscan —sentenció Helen.
—¿Me quiere torear, señorita? —masculló él, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. Quizás deba dejarla en manos de Sánchez; él suele tener planes... especiales para mujeres como usted. No le gustará saber que ha estado jugando con nosotros. Además, detesta que una mujer pretenda darle órdenes.
Helen no retrocedió. Esbozó una sonrisa cargada de ironía.
—¡No le entiendo! Me aseguró que usted era quien mandaba aquí. ¿En qué quedamos? ¿Es usted el jefe o es Sánchez? ¿O me está confesando que no es capaz de controlarlo?
El hombre guardó un silencio denso. Sus ojos, pequeños y fríos como los de un cerdo, brillaron con una mezcla de astucia y maldad pura. A pesar de no haber cumplido los cuarenta, las profundas "patas de gallo" surcaban su rostro, dándole el aspecto de un auténtico sinvergüenza. Sin embargo, su hipocresía y ese lenguaje pretendidamente refinado intentaban, sin éxito, ocultar la rudeza de su carácter.
Tras un instante de tensión, recuperó la compostura.
—Nos uniremos a los turistas —sentenció, ocultando su irritación bajo una cortesía ensayada—. Seguiremos el plan de Sánchez y dejaremos que él decida su destino.
Era evidente: Charlton había intentado adelantarse para quedarse con el manuscrito, dejando que Sánchez cargara con toda la responsabilidad del secuestro. Mientras avanzábamos, el viento arreció, arremolinando el polvo en círculos violentos que presagiaban una tormenta inminente.
Norman Charlton se aproximó al verdadero guía: una figura encorvada envuelta en una chaqueta de tweed que exhalaba un rancio olor a lana húmeda y perro. El hombre se sujetaba la gorra de cuadros contra el viento mientras se apoyaba en una vara de avellano; sus botas claveteadas crujían sobre una tierra tan endurecida como el propio clima. Siguiendo sus órdenes, subimos al autobús de lona con el resto de los turistas. Dentro, el ambiente era un mundo aparte; un grupo de italianos reía con estruendo, pasándose una bota de vino y botellas de Chianti, ignorantes del drama que se fraguaba en nuestros silencios.
De fondo, la voz del guía desgranaba datos sobre los megalitos de Avebury, pero sus palabras morían antes de alcanzarnos. Aprovechando una carcajada del grupo, Charlton se inclinó hacia Helen. Su susurro fue puro veneno:
—Yo de usted me preocuparía más por cómo le va a explicar a Sánchez lo ocurrido con las cartas... si es que llega a verlo.
Helen ni siquiera parpadeó. A mi lado, en cambio, la impostora se aferraba a mi brazo como una lapa, asfixiándome con su cercanía. Su verdadera preocupación no tardó en brotar, visceral y fétida como el hedor de un pez podrido.
—¿De verdad vas a decirme que habéis arriesgado tanto para venir solos? —me siseó al oído, con un aliento cargado de sospecha—. ¿No hay ningún agente infiltrado entre estos turistas?
—¡Estás loca! —le repliqué, fingiendo una indignación que me costó horrores impostar—. ¿Cómo íbamos a correr ese riesgo sabiendo que podríais salir heridos en un tiroteo?
Pero ella no se dio por satisfecha. Sus ojos brillaban con un pánico que parecía cada vez más real... al menos para quien no supiera que todo en ella era una fachada.
—Estamos perdidos. No hay salida —gimió Sharon, hundiéndose en su propio drama—. Cuando Sánchez se entere de lo que ha pasado con las cartas, perderá el juicio. Nos matará a todos o nos enviará a un campo en Alemania... Yo no podré resistirlo, Walter. ¡Simplemente no podré!
—No se atreverán a sacarnos del país —insistí con una calma fingida—. Si ese hombre es su jefe, lo último que les conviene es llamar la atención.
—Estoy segura de que harán lo que quieran —sollozó Sharon, hundiendo los dedos en mi brazo—. Es la primera vez que veo a este tipo; Sánchez es quien manda de verdad, no mueven un dedo sin su permiso.
—¡Cálmate! —le espeté, forzando un tono protector—. Esto es solo una pesadilla que pronto terminará.
Por dentro, hice un esfuerzo titánico para no estallar y gritarle: «¡Cállate, impostora! ¡Has llegado demasiado lejos con tu miserable mentira!». Pero mi semblante permaneció de piedra, impasible. Tenía que mantener la compostura a cualquier precio.
Sharon se pegó aún más a mí, buscando mi mirada con una ternura ensayada que me revolvía el estómago.
—Sabes cuánto he pensado en ti estos días, Walter... Recordé lo bien que lo pasamos en Lisboa. ¿No te gustaría que estuviéramos allí ahora? Solo nosotros dos, a solas.
—Es lo que más deseo en el mundo, Sharon —mentí. Cada palabra me cortaba la boca como un cristal afilado—. Pero ese sueño aún puede cumplirse si resistes. Ya verás cómo salimos de esta.
—¡Basta de tanto cuchichear! —nos reprendió Norman con brusquedad—. Usted, sepárese de ella. Sharon, sitúese al lado de la señorita Spencer. ¡Ahora!
Sharon obedeció a regañadientes y se hundió en el asiento vacío junto a Helen, justo delante de mí.
—¡Estoy muerta de miedo! —susurró con una urgencia que buscaba desestabilizarme—. No sé cómo puedes tener tanta sangre fría, Helen. ¡Esta gente podría matarnos aquí mismo!
—No nos harán nada, no te preocupes —le respondí, manteniendo la entereza a la que la tenía acostumbrada—. Ya verás cómo salimos de esta.
Ella se giró levemente, clavando sus ojos en los míos.
—¿Quieres decir que Scotland Yard tiene hombres por aquí?
—Me parece increíble que aún no me conozcas —repliqué con una pizca de decepción fingida—. ¿Cómo crees que iba a contarles a dónde venía? Cuando me hablas así, Sharon, ni siquiera te reconozco. Empiezo a creer que me estás tomando el pelo.
—Lo siento... es que estoy muy nerviosa —se disculpó, aunque sus ojos no dejaban de escrutarme—. Pero me cuesta creer que no le hayas dicho nada a Edwin; ni una nota, ni una llamada desde la estación...
—¡Mira que eres pesada! —le solté, fingiendo perder la paciencia—. Lo único que quiero es llevarte a casa con vida, no en un cajón si Scotland Yard decide intervenir.
Fue entonces cuando lo vi: una señal sutil, un gesto casi imperceptible de la falsa Sharon hacia Norman. Le estaba confirmando que estábamos definitivamente solos, sin respaldo.
Tras la visita a los megalitos, bajo un cielo que ya rugía, los turistas italianos regresaron a su transporte entre risas y canciones. Norman esperó, inmóvil, hasta asegurarse de que el autobús se perdía de vista en la carretera. Entonces, su refinamiento desapareció para dar paso a una orden seca.
—Ahora —dijo, sacando unos trozos de tela negra—, voy a pedirles que se pongan esta venda en los ojos.
—No pienso ponerme nada —sentenció Helen, plantándole cara a Norman—. Quedé con Sánchez aquí. Es hora de que dé la cara. Dígaselo: no nos va a obligar; somos más que usted.
—Eso es lo que creen —respondió Norman con una sonrisa gélida—, pero les aseguro que no estamos solos. Manténganse alerta.
Tenía razón. Como si las sombras cobraran vida, detrás de cada megalito surgió un hombre armado. Y en medio de ellos, avanzando con paso firme, apareció el temible Sánchez.
—Te he oído, señorita Spencer —dijo Sánchez, su voz cargada de una autoridad brutal—. Me alegra que recordaras mis palabras, pero este no es un lugar cómodo para charlar. Estoy seguro de que querrá ver a su padre cuanto antes, así que sea buena y deje que le venden los ojos.
Sharon soltó un sollozo dramático, apretando los puños.
—¡Estamos perdidos! —exclamó, lanzándole una mirada cargada de reproche a Helen—. Deberías haber pedido que nos dejaran en el restaurante; ahora Walter y yo estaríamos libres, pero por tu culpa estamos en un problema sin salida.
—¡Cállate, mujer! —bramó Sánchez, perdiendo la paciencia—. Que sea la última vez que escucho su voz. Nadie aquí soporta a su amiga, señorita Spencer. Me contuve de dispararle antes solo porque esperaba su paquete; ahora no tengo ninguna razón para no hacerlo.
Sin previo aviso, desenfundó su pesada Luger y hundió el cañón frío contra la mejilla de Sharon. Ella se quedó petrificada. A pesar del asco que sentía por su traición, no podía permitir aquella ejecución. Intervine de inmediato, alzando la voz: —¡Puede que se arrepienta si aprieta ese gatillo!
Aquel nazi giró el arma con lentitud hasta que el orificio oscuro apuntó directamente a mi frente. Me quedé pálido, como un copo de nieve bajo el sol de invierno; sentí cómo la sangre se me helaba en las venas, pero obligué a mis cuerdas vocales a no flaquear. Mostrar miedo en ese instante habría sido mi última cobardía.
—Pregúntale a tu superior —continué, sosteniéndole la mirada—. Él sabe perfectamente por qué lo digo.
Sánchez soltó una carcajada seca, carente de humor, mientras el martillo del arma hacía un clic metálico.
—¡Yo no tengo jefe! —escupió—. Explícate rápido, ya que has tenido la osadía de empezar... Hazlo antes de que mi dedo pierda la paciencia. ¿No notas cómo la Luger empieza a temblar?
Norman intervino con una calma gélida, poniendo una mano sobre el brazo de Sánchez para que bajara la Luger.
—Habrá tiempo de ejecutarlos más tarde —sentenció—. Primero, tenemos que hablar.
Sánchez guardó el arma a regañadientes y clavó sus ojos en Helen, destilando sospecha. —Todo esto es cosa tuya, Spencer... me lo huelo. ¡No le entregaste el paquete completo a mi compañero! Sé de lo que eres capaz.
—Lo tengo aquí —respondió ella, manteniendo una entereza admirable—. Pero nuestro trato era claro: se lo entregaría a usted en el momento en que me devolviera a mi padre.
Sánchez soltó una carcajada lúgubre y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. —He cambiado de opinión. Me lo voy a llevar todo, incluyéndote a ti. Cuando termine de programarte, serás una agente excelente para nosotros.
—Como imaginé que haría algo así —replicó Helen con una sonrisa gélida—, yo también tomé mis propias precauciones.
Sánchez frunció el ceño, visiblemente irritado por su seguridad.
—¿Qué quieres decir? Sabemos de sobra que no hay ningún agente de Scotland Yard cerca; mis hombres lo han comprobado palmo a palmo.
—Lléveme junto a mi padre —sentenció Helen con una resolución gélida.
Antes de que pudieran tocarla, le arrebató la venda a uno de los guardias y se la anudó ella misma. Yo la imité bajo la mirada vigilante de Sánchez, quien la aferró del brazo con brusquedad. Nos obligaron a caminar en círculos para desorientarnos antes de detenernos en seco. Escuché un rozamiento pesado, como piedra sobre piedra; al estirar la mano con disimulo, mis dedos rozaron la superficie fría de uno de los megalitos.
Un leve siseo, casi imperceptible, marcó el momento en que el pañuelo de Helen caía al suelo. Poco después, sentimos la inclinación del terreno y el vacío de un elevador que nos succionaba hacia las profundidades. Al detenerse, caminamos unos metros por un aire viciado antes de que nos arrancaran las vendas.
—Ahora podrán avanzar más rápido y sin tropezar —dijo Norman con una cortesía venenosa mientras sostenía el pañuelo de Helen entre sus dedos—. ¡Vaya! Se le ha caído esto, señorita... quizá lo necesite.
Intercambié una mirada fugaz con Helen: el rastro del pañuelo había fallado. Pero el asombro nos golpeó al ver lo que se extendía ante nosotros: una red electrónica de vanguardia, operada por hombres adoctrinados que recibieron a Norman con el saludo fascista.
Sánchez, henchido de orgullo, nos condujo por los pasillos. Pasamos frente a la sala de técnicas de asalto, donde el aire apestaba a sudor, lona húmeda y cuero viejo; allí, hombres silenciosos se entrenaban en el combate con cuchillo. Finalmente, entramos en una sala de mando presidida por un enorme mapa estratégico. Aquel búnker no era un escondite, era la fragua de un ejército.
Sánchez ordenó traer a Lord Leonard. Mientras esperábamos, se sirvió con parsimonia una copa de Kümmel casi escarchado de una cubitera de plata. La puerta se abrió y Lord Spencer entró en la sala. Aquel hombre de andares pesados, pero de espíritu indomable, envolvió a su hija en un abrazo protector y, de inmediato, atrajo a Sharon hacia sí, envolviéndola en el familiar y rotundo aroma de su eterno cigarro.
—No he pegado ojo en toda la noche pensando en lo que te habrían hecho —balbuceó el Lord, su voz quebrada por un alivio ciego ante la traición que lo rodeaba.
—Solo querían asustarme y usarme para conseguir el manuscrito —mintió Sharon con voz trémula, sosteniendo su papel con una perfección aterradora.
—¡Basta de charlas! ¡Siéntense! —ladró Sánchez, el chasquido de su voz cortando el reencuentro como un látigo—. Bueno, aquí está su padre... y ahora, lo que es mío.
Helen abrió el maletín con parsimonia, extrajo los legajos que tanto codiciaban y los deslizó sobre la mesa de mapas. Sánchez los examinó con una avidez que pronto se transformó en sospecha. Tras unos segundos, negó con la cabeza y lanzó una mirada gélida a Norman.
—¿De verdad te diste cuenta? —preguntó Norman, arqueando una ceja.
—Sí. La señorita Spencer nos ha tomado el pelo —escupió Sánchez, golpeando el papel—. ¿Acaso creías que no notaría que faltan las cartas dirigidas a la vicepresidenta Jordana? Este manuscrito es falso.
—Usted tampoco ha cumplido su parte —replicó Helen, sosteniendo la mirada del nazi sin pestañear—. Mi trato era la libertad de Sharon y de mi padre, no que nos tomase a todos como rehenes en este agujero. Si pensaba que le resultaría tan fácil, sepa que conmigo no se juega.
Sánchez se inclinó sobre la mesa, su rostro a escasos centímetros del de Helen.
—La que no lo ha entendido es usted. No tiene idea de con quién está tratando. ¡Dígame ahora mismo dónde está el auténtico!
—Con su dueño, en Lisboa —sentenció ella con una calma insultante—. Se lo entregué en cuanto secuestró a mi padre y, a cambio, él me facilitó este señuelo.
—¡Miente! —rugió Sánchez—. ¡Usted misma redactó este documento! No se sorprenda de que lo sepa; mis interrogatorios son extremadamente efectivos y la señorita Hunter lo sabe de primera mano. Ella nos confesó que usted habla y escribe en español a la perfección... ¿no es cierto, Lord Spencer?
—Es cierto que mi hija conoce el idioma —asintió Lord Spencer, tratando de mantener la dignidad—, pero también es cierto que habíamos planeado devolver el manuscrito a su legítimo dueño en caso de que nos sucediera algo a ella o a mí.
—¡Sé que mienten! —rugió Sánchez, golpeando la mesa con el puño.
—Puede comprobarlo si quiere —desafió Helen con una frialdad cortante—. Tienen una buena red de informantes, ¿no? Úsenla. Le aseguro que el señor Woodhall y yo embarcamos en el Exeter el dos de abril. El día cuatro estábamos en el Hotel Americano de Lisboa, en una suite a nombre de los señores Woodhall. Ese mismo día entregamos el manuscrito al señor Gil Robles y regresamos a Inglaterra en el mismo barco. Compruébelo.
Sánchez, desencajado por la seguridad de Helen, salió furioso de la sala llevándose a Norman tras de sí. En cuanto la pesada puerta de acero se cerró, Helen se abalanzó sobre su padre.
—Papá, ¿de verdad estás bien? ¿No te han hecho nada?
—No, hija, no te preocupes —respondió con voz cansada—. Solo estoy agotado; no he podido dormir bien en todo este tiempo. Pero Sharon me hizo compañía... Sin ella, todo esto habría sido mucho peor.
Sharon intercambió una mirada tensa conmigo antes de susurrarme al oído:
—Lo que les has dicho sobre Lisboa... no es cierto, ¿verdad? Es solo para ganar tiempo y que nos encuentren. Porque ese hotel es el mismo donde se alojó Walter.
—¡Sharon! —exclamó Helen, cortando la paranoia de la otra mujer—. Estás obsesionada con la idea de que Edwin esté ahí fuera. Pues no lo está; estamos atrapados y solos en sus manos.
En ese momento, Sánchez irrumpió de nuevo en la sala, con el rostro congestionado por la furia.
—¿Qué voy a hacer contigo? —le espetó a Helen—. Si me hubieras dicho la verdad en el teatro, habríamos llegado a otro acuerdo.
—En el teatro solo me pidió ayuda para salir de allí —replicó ella con una calma gélida—. Para cuando solicitó el manuscrito, yo ya se lo había entregado a su dueño. Si se lo hubiera confesado entonces, jamás me habría traído junto a mi padre, ni habría garantizado su vida. He cumplido con mi obligación: le entregué exactamente lo que el señor Robles me dio para usted. Pero, por lo que veo, el único que ha jugado al engaño aquí es usted.
Sánchez se enderezó, recuperando una rigidez militar.
—Ha llegado demasiado profundo en nuestra organización, señorita Spencer, y somos inexorables con quienes se entrometen en nuestro trabajo. Ahora, ninguno de ustedes puede marcharse. Tienen dos opciones: aceptan el adiestramiento para servir a nuestra causa o prepárense para ser ejecutados.
Sus amenazas no me asustaban; conocía de sobra el alcance de su crueldad. Di un paso al frente, rompiendo el círculo de tensión:
—Me temo, Sánchez, que no está usted en condiciones de darnos ningún ultimátum —dije, sosteniendo su mirada hasta que el silencio se hizo pesado—. Más bien, debería empezar a considerar un acuerdo si quiere evitar pasar el resto de sus días en una prisión de alta seguridad.
—No me haga reír —soltó Sánchez con una mueca de desprecio—. ¿Y qué se supone que haría yo si esa ridícula amenaza fuera real?
—Entregar al señor Stolp —sentencié con una frialdad que heló el aire—: el jefe de los "Murciélagos".
Sánchez palideció. Sus ojos, antes burlones, saltaron hacia Norman y luego se clavaron en la mujer que fingía ser Sharon. Ella intentó sostener su papel, pero Helen dio un paso al frente con una sonrisa cargada de triunfo.
—No busque ayuda en Klärchen, señor Sánchez —sentenció Helen con una frialdad cortante—. Ella no tenía la menor idea de que sabíamos quién era desde el principio. Has fallado la prueba, querida. Papá, esta mujer creyó que éramos idiotas, pero su jugada acaba de saltar por los aires.
Helen se cruzó de brazos con una serenidad que resultó ser el golpe de gracia para Sánchez.
—Lo cierto, hija, es que hay que reconocer que hizo un buen papel —añadió Lord Spencer. Su calma desarmó a los captores con más eficacia que un arma—. Pero a nosotros no nos engañó ni un segundo.
Klärchen se despojó de su velo de vulnerabilidad y su rostro se endureció, transfigurado por el odio.
—¿Cómo lo supieron? —escupió.
—Porque cayeron en su propia trampa —respondí—. Por eso les repito: no están en posición de exigir nada. Su única salida es llegar a un acuerdo.
—¡Estoy hasta el moño de este teatro! —estalló la falsa Sharon, volviéndose hacia Sánchez con furia—. No le hagas caso. Esta operación se ha ido al traste, pero aún podemos ir tras Robles y el manuscrito auténtico, tal como planeamos.
—¡Déjame en paz! —rugió Sánchez, descargando su frustración sobre ella—. Fuiste tú la que falló. Te ordené que la verdadera Sharon debía morir y te empeñaste en conservarla, diciendo que era mejor «por si surgían preguntas»... ¡Mira el resultado! ¡¿Qué demonios salió mal?!
—¿Y si… la mujer que secuestraste no era la verdadera Sharon? —solté, dejando que la duda calara en él como un ácido —. La joven de la foto con sus padres era una agente y, por tu propio bien, Sánchez, más vale que se encuentre ilesa.
Sánchez estalló. Se llevó las manos a la cabeza, caminando en círculos como un animal enjaulado, presa de una comprensión tardía. De pronto, se plantó frente a nosotros con una furia ciega, el rostro desencajado por el pánico y la rabia.
—¿Qué demonios quieren de mí? —rugió Sánchez, con la voz quebrada por la ira—. ¿Aparte de haberme obligado a traerlos a este maldito lugar?
—Ya se lo hemos dicho: queremos a Stolp —respondí con una calma glacial—. Sabemos que pretendía viajar a Inglaterra este mes para entrevistarse con usted, señor Joaquín Mogrovejo del Porto.
Al oír su nombre real, Sánchez se tensó como una cuerda a punto de romperse. Sus ojos se inyectaron en sangre.
—No conozco a ningún Stolp —siseó entre dientes—, y no tengo ni idea de quién es ese coronel al que se refieren.
—Miente de nuevo —intervino Helen, un paso al frente—. Su propio socio dejó muy claro que Stolp era el cerebro de toda esta organización.
—¡Cállese! —bramó él, fuera de sí—. ¡Ya me tienen harto! ¡Voy a acabar con todos ustedes ahora mismo!
Desenvainó su Luger con un movimiento violento, dispuesto a abrir fuego, pero Norman y Edgar se abalanzaron sobre él como lobos, obligándolo a bajar el arma a la fuerza.
—¿Te has vuelto loco, imbécil? —le increpó Norman, sacudiéndolo por las solapas—. ¡Los necesitamos vivos! Lord Leonard es una pieza clave para nuestros intereses; el destino de tu país puede esperar. Atraparemos a Robles, es solo cuestión de tiempo, pero no estropees esto ahora.
—¡Está bien, maldita sea! —claudicó Sánchez, aunque su respiración seguía siendo errática—. ¡Pero les digo que nos han metido en una trampa! Han descubierto a Klärchen y ahora tienen la desfachatez de exigirnos a Stolp. ¡Esto es el colmo del cinismo!
—¿Y solo porque han descubierto a Klärchen vas a matarlos ahora, idiota? —le espetó Norman, sin soltarle el brazo—. ¿Es que has perdido el juicio? Llevamos dos años operando en este búnker; hay decenas de refugios como este en el país. ¡Por culpa de tu maldito genio vas a echar a perder todo nuestro trabajo!
Sánchez se zafó con un movimiento brusco, los ojos desencajados.
—¡Saben que soy Mogrovejo! —rugió—. Tenía a la vicepresidente Jordana comiendo de mi mano y ahora me darán la espalda. No me apoyarán en el derrocamiento de Franco ni en mi nombramiento. ¡Todo se ha hundido! ¡Y aun así me pides que los deje vivir!
Norman se interpuso entre él y nosotros, bajando la voz a un tono gélido y persuasivo.
—Tranquilízate, Joaquín. Aún no hemos perdido nada si mantenemos la cabeza fría. Dale el manuscrito falso a Jordana; el no notará la diferencia de inmediato. Klärchen conoce de sobra el contenido de las cartas; que empiece a falsificarlas ahora mismo mientras ganamos tiempo para conseguir las auténticas. El asunto está zanjado. Nadie se moverá de aquí hasta que la operación se estabilice.
Helen soltó una carcajada cristalina, cargada de esa ironía punzante con la que Remedios solía desquiciar a sus enemigos.
—Lamento decirle, Norman —o debería llamarle por su verdadero nombre, señor Stolp—, que su plan acaba de nacer muerto. El Primer Ministro británico ya ha movido ficha: en este preciso instante, se está celebrando una reunión privada entre Robles y la vicepresidente Jordana. Todas las cartas originales le serán entregadas a cambio de la no injerencia del gobierno español en nuestros asuntos. Me temo, coronel Mogrovejo, que su sueño de alcanzar la presidencia seguirá siendo eso: un sueño hermoso, pero absolutamente inalcanzable.
Mogrovejo se quedó lívido. Sus ojos se clavaron en Helen mientras un silencio sepulcral caía sobre la sala donde los mantenían cautivos. Se volvió hacia Stolp con una frialdad asesina.
—¿Te das cuenta ahora de por qué debemos eliminarlos? —siseó—. Han llegado demasiado lejos y Scotland Yard debe de estar rastreando esta zona en este preciso instante. Mírala, Stolp... habla con demasiada seguridad. ¿No ves en sus ojos que no nos tiene el menor miedo?
Mogrovejo apretó los dientes, con la mano temblando de pura rabia sobre la culata de su arma. Pero antes de que Stolp pudiera responder, un estruendo sordo y lejano hizo vibrar los cimientos de hormigón del búnker. Las luces parpadearon violentamente, sumiendo la estancia en una penumbra intermitente.
—¿Qué... qué ha sido eso? —exclamó Stolp, perdiendo por completo su compostura.
El caos devoró el búnker en un parpadeo. El estruendo de las detonaciones rebotaba contra el hormigón, anunciando que el asalto final había comenzado. Mogrovejo, desencajado, desvió el cañón de su Luger hacia Lord Leonard en un último arranque de venganza ciega, pero Edgar se interpuso como un muro.
—¡Baje el arma, señor! —rugió, encañonando al coronel—. ¡No me obligue a matarlo!
La lealtad terminó de saltar por los aires en ese instante. En medio de la confusión, un fuego cruzado rasgó el aire de la sala; un proyectil impactó de lleno en el pecho de Edgar, quien se desplomó pesadamente, tiñendo el suelo de un carmín espeso.
Norman, con la frialdad del que abandona un barco que zozobra, enfundó su arma y se lanzó hacia la salida.
—¡Tenemos que irnos ya! —le gritó a un Mogrovejo petrificado—. Olvide las ejecuciones; salir vivos es la única prioridad. ¿Es que no lo entiende, estúpido? Si han cruzado el umbral es porque sus propios hombres nos han vendido. ¡Muévase!
Al fondo del corredor, el rítmico estrépito de las botas de Scotland Yard cobraba fuerza, reclamando el búnker paso a paso.
Edgar se retorcía en el suelo, su respiración convertida en un silbido agónico. Raymond, pegado al frío hormigón de la pared, observaba la escena con la frialdad de un depredador, calculando los segundos que le faltaban para tener a Mogrovejo a tiro.
Cuando el coronel se adelantó, decidido a rematar a Edgar, Raymond asomó el cañón por el lateral de la puerta. Su disparo fue quirúrgico: el impacto hizo que la Luger saltara de la mano de Mogrovejo, golpeando el suelo con un eco metálico a los pies de Klärchen. Con un reflejo eléctrico, ella recogió el arma y abrió fuego contra Raymond. Solo un movimiento desesperado permitió a este esquivar la bala de la usurpadora y hundirse de nuevo en las sombras del pasadizo.
Norman y Klärchen reaccionaron sellando la puerta, atrincherándose tras los cuerpos de Helen y Lord Leonard. Yo permanecía allí, petrificado, asintiendo mecánicamente con la cabeza como quien ya ha aceptado el impacto de una bala entre los ojos. En medio de aquel asedio, Helen clavó su mirada en Norman. Sin un ápice de temor, con una voz que cortaba el aire, le lanzó un ultimátum:
—Ríndase, Norman. Esto se ha terminado.
Mogrovejo bramó de dolor. —¡Dame el arma, Klärchen! —exigió con la voz rota por la agonía, mientras se presionaba el muñón ensangrentado contra el pecho.
Helen forcejeó con la mujer, pero fue repelida con violencia hacia mi lado.
—¡Quédate junto a ese cobarde! —escupió Klärchen, con una mirada cargada de veneno—. ¿De verdad creíste que me había enamorado de ti, estúpido? ¡Soy demasiado mujer para alguien como tú!
Acto seguido, se giró hacia Mogrovejo con una frialdad profesional:
Y usted, coronel, más vale que se sature esa mano; así no nos sirve de nada.
Desde el otro lado del acero, la voz imperativa de Edwin restalló como un látigo:
—¡Abran la puerta! ¡Tiren las armas y salgan con las manos en alto! ¡Lord Leonard, responda!
—¡Estamos bien! —gritó el aristócrata—. ¡Pero hay un hombre herido que necesita un médico urgentemente!
Norman se cernió sobre el cuerpo de Edgar, con el cañón del arma buscando su sien. —Aquí no necesitamos a nadie —sentenció.
Sus ojos brillaron con un fulgor asesino mientras Mogrovejo, con una mueca burlona y sádica, se relamía disfrutando del espectáculo de la muerte inminente. Pero, en un estallido de energía impropio de su edad, Lord Leonard se abalanzó sobre Norman con tal ferocidad que lo derribó contra el suelo.
La usurpadora alzó su arma para ejecutar a Leonard, pero mi parálisis se rompió. Como un torbellino nacido del instinto puro, me lancé sobre ella mientras mi propia voz me desgarraba la garganta:
—¡Entra ahora, Edwin! ¡ENTRA YA!
Mogrovejo, en un último arrebato de rabia, descargó su puño contra la sien de Lord Leonard. El impacto liberó a Norman, quien rodó por el suelo con la mano extendida hacia su arma; pero antes de que sus dedos rozaran el acero, el aire se llenó de la presencia de Edwin y sus hombres. Una docena de bocas de fusil le apuntaron al pecho en un silencio sepulcral.
Norman se detuvo en seco. Al ver las bocas de los fusiles, apartó la mano del arma con una lentitud casi elegante y alzó las palmas en un gesto de rendición indolente. No había rastro de miedo en su rostro; solo una sonrisa en sus ojos cerúleos, brillantes y cargados de un orgullo gélido, como si la derrota fuera simplemente un movimiento más en su tablero.
Edwin se adelantó para esposarlo, pero la voz de Helen cortó la tensión de la sala:
—Cuidado, Edwin —advirtió ella con una calma que heló la sangre de los presentes—. Trátalo con la deferencia que exige su rango... No olvides que estás arrestando al mismísimo Stolp.
Los hombres de Edwin se llevaron a Stolp, cuya figura se perdió en la penumbra del pasadizo con una elegancia imperturbable. Raymond intervino para reducir a Klärchen, quien seguía forcejeando frenéticamente bajo mi agarre, pataleando como un animal acorralado. Solo cuando sintió el frío del acero de las esposas en sus muñecas, se detuvo, aunque su odio seguía intacto.
Helen se acercó a ella. Con una serenidad que contrastaba con el caos previo, le dedicó unas últimas palabras:
—No subestimes a los hombres enamorados, querida. La devoción puede mutar en una venganza implacable; lo que nace como afecto termina a menudo en violencia. Recuérdalo... aunque me temo que allí adónde vas, pasarán años antes de que encuentres a otro amante que engañar.
La reacción de la espía fue visceral: sus ojos parecieron salirse de sus órbitas, fijos en Helen con la mirada de una gata salvaje atrapada en un saco, siseando un odio mudo. Yo solté un suspiro profundo, sintiendo cómo el aire regresaba a mis pulmones; era como si, al fin, me hubiera librado de una maldición que me asfixiaba.
Helen regresó junto a su padre. Con un pañuelo de seda, intentaba restañar la sangre que brotaba de la herida que Mogrovejo le había provocado a Lord Leonard. Me acerqué a ella, todavía con el pulso acelerado pero la voz firme:
—Debe haber un botiquín de primeros auxilios por aquí —dije, buscando con la mirada entre los restos del búnker—. Déjame ayudarte.
—Se agradece tu disposición —intervino Edwin con voz profesional—, pero los sanitarios ya esperan fuera. Ellos se encargarán de examinar el golpe de Lord Leonard. Y tú, Helen... tendrás que sopesar muy bien las consecuencias de esta escapada improvisada.
Helen esbozó una sonrisa cansada, aunque sus ojos recuperaban su brillo habitual.
—Ya ves que, al final, no ha pasado nada. Aunque debo admitir que me vi en un aprieto, especialmente cuando hirieron a Edgar. Quizás —añadió, mirándome de reojo— podría haber confiado en ti y explicarte nuestro plan, pero en aquel momento no lo creí necesario.
—Entiendo que debías ser fiel a tu estrategia —respondió Edwin, aceptando su disculpa implícita—. Pero quiero que sepas que Sharon me avisó con tiempo suficiente. Y también agradezco que Walter indicara el tren en aquel mensaje que dejó en la estación.
Helen asintió, como si estuviera encajando las piezas de un rompecabezas que ya conocía.
—Lo intuí cuando lo observe desde el puesto de dulces, Walter compraba una revista de señoras, un detalle fuera de lugar. Sabía que Sharon seguiría su instinto; es incapaz de mentir, incluso bajo presión.
—¡No se te escapa una! —exclamé, entre el asombro y la admiración—. Esa honestidad de Sharon es justo lo que la hace tan valiosa.
«¡Atiza!», pensé para mis adentros, «esta mujer es de las que convienen. No voy a dejar que la suerte se me escape de las manos esta vez».
Lord Leonard, siempre agudo, detectó al instante el cambio en la voz del periodista al mencionar a la amiga de su hija. «Vaya, parece que Walter tiene la mirada puesta en la pelirroja», caviló con cierta aprobación. «Es una mujer especial; necesita a alguien que la trate con el mismo cuidado que yo exigiría para mi propia hija.
A pesar del dolor punzante que le martilleaba las sienes y de que la herida aún goteaba sangre, Leonard hizo un esfuerzo supremo de voluntad. Se incorporó pesadamente, buscando el apoyo de Edwin y Walter para mantenerse en pie.
—Salgamos de este nido de murciélagos —murmuró, recuperando su aplomo—. ¿No sentís curiosidad por ver dónde estamos? Debo admitir que han sido ingeniosos; a nuestros militares les fascinará descubrir estos subterráneos. Es muy probable que acaben dándoles un buen uso.
Cruzaron los pasillos, dejando atrás la sala de tácticas de asalto donde los hombres solían adiestrarse y el centro de comunicaciones, ahora invadido por los expertos de Scotland Yard. Avanzaron hasta el punto exacto donde les habían retirado las vendas; allí se abría un túnel excavado en la roca viva, bañado por la luz mortecina de los generadores. Las sombras gigantescas se proyectaban contra las paredes, evocando la atmósfera opresiva de la reciente Línea Maginot.
Al fondo, un montacargas modernizado los condujo hacia una rampa ascendente. Al final de esta, una abertura elíptica les devolvió la ansiada luz del día. Observaron, entre la incredulidad y el pasmo, que habían permanecido ocultos bajo una de las majestuosas moles del Círculo de Piedra.
Con una ingeniería prodigiosa —e invisible al radar—, los "Murciélagos" habían convertido un megalito en la puerta secreta de su imperio subterráneo. Lord Leonard inspeccionaba las piedras ciclópeas junto a Raymond, a quien felicitó con un gesto solemne por su impecable infiltración y el camuflaje mantenido en el corazón de la organización.
—Me has mostrado maravillas que nos serán de gran utilidad —admitió Leonard, antes de que su semblante se ensombreciera—. Pero hablemos de la realidad, Raymond. ¿Cuál es el recuento de bajas?
—Solo Edgar resultó gravemente herido; el resto son apenas rasguños —informó Raymond con un deje de alivio—. En cuanto a los «Murciélagos», diez de sus hombres han caído. El propio Mogrovejo sufrió heridas leves y ya está bajo los cuidados de nuestro médico francés.
Raymond señaló hacia Paul Lefebre, un hombre que rondaba los cincuenta años, de figura espigada y rasgos marcadamente semitas. Aunque manejaba con impecable soltura el idioma de Molière, su acento lo traicionaba, delatando una innegable raíz británica.
—El resto de la banda se ha rendido —concluyó Raymond, con un brillo de triunfo en la mirada—. ¡Un verdadero éxito! Y todo gracias al impecable trabajo del equipo.
Tras ir al coche, Raymond reapareció con un maletín de cuero oscuro. Se cuadró frente a Helen, con los hombros cargados de fatiga pero la mirada llena de respeto.
—¡Señora! Esto es para usted —le dijo, extendiéndole el maletín. Helen lo tomó con firmeza, sopesando el contenido antes de volverse hacia su padre.
—Es un agente único —comentó con orgullo—. Si Raymond no puede infiltrarse en un lugar, es que es impenetrable. Sin desmerecer el despliegue de Scotland Yard, padre, es justo decir que hoy le debemos la vida a su audacia.
Lord Leonard se irguió con dificultad, sacudiéndose el polvo del búnker de sus ropas, aunque su porte seguía siendo el de un roble. Miró a su hija y luego al grupo, con una chispa de desafío aun ardiendo en sus ojos cansados.
—Creo, hija, que después de esto me siento preparado para otra aventura —declaró con una voz que recuperaba su antiguo vigor—. Aunque, por la sonrisa del doctor, sé bien lo que piensan: me consideran demasiado viejo para tantos sobresaltos. Dicen que debemos dejar paso a la nueva generación.
Hizo una pausa, dejando que el eco de sus palabras llenara el espacio antes de asentir con pesadez.
—Y estoy de acuerdo. El futuro les pertenece a ustedes. Pero no se engañen: aún tendré que experimentar con mi gente lo que significa la resistencia. Nos espera mucho sudor, mucha sangre y muchas lágrimas antes de ver el final de este camino.
—¡Te admiro, papá! Tu valentía no tiene límites —exclamó Helen, estrechando el brazo de su padre—. Pero ahora debemos ponernos en marcha hacia el castillo de los duques de Norfolk. Arthur y el vicepresidente Jordana nos esperan para esa reunión que planeaste.
Lord Leonard soltó una carcajada seca, llena de ironía.
—¡Menuda cara pondría Stanley! Él, que siempre presume de estar al tanto de todo... Me imagino su perplejidad al enterarse de lo que estábamos tramando a sus espaldas.
—Lo aceptó con mucha diplomacia —añadió Helen con una sonrisa enigmática.
Edwin, que observaba el perímetro, intervino con suavidad:
—Siento interrumpirles, Lord Leonard, pero sería mejor marcharnos. Veil nos espera y su hija —dijo mirando a Helen— tiene una disculpa pendiente. No estaría de más limar asperezas.
—Se merecía lo que le pasó —replicó ella con voz suave pero firme—. Lo que debería haber hecho era no seguirme.
Al subir al coche, Veil la recibió con una mirada severa a través del retrovisor antes de dirigirse al aristócrata:
—Me alegro de verle, Lord Leonard. ¿Le han golpeado?
—No es nada, Veil. El orgullo duele más que la herida —respondió Leonard con una sonrisa cansada—. Aunque me temo que no he sido el único en sufrir contratiempos... ¿Qué hay de usted?
Veil se giró lentamente, mostrando los rasguños y los profundos moratones que le cruzaban el rostro. Helen, al ver el daño real que había causado, suavizó el tono:
—Lo siento, John... No pensé que te haría tanto daño. Es culpa mía que tengas la cara así. Espero que puedas perdonarme.
Veil asintió con una mezcla de resignación y respeto.
—Sé que no debí seguirte con tanta insistencia. Debí alejarme cuando empezaste a galopar tan rápido; tal vez me merecía el escarmiento. Acepto tu "patatín patatán", Helen. Pero dime... ¿a dónde nos dirigimos ahora?
—De vuelta al Castillo —sentenció ella mientras el motor rugía—. ¿Acaso no se ha acabado ya todo esto?
En el corazón del castillo, Ged irrumpió en el despacho del duque con un despacho oficial en la mano. La pesada atmósfera de espera se rompió al instante.
—¡Tengo noticias excelentes, caballeros! —anunció con voz vibrante—. Lord Leonard y los suyos están a salvo. Hemos desarticulado por completo a la banda de los "Murciélagos" que operaba en suelo británico. No queda ni uno solo de esos terroristas en libertad.
Stanley se puso en pie, golpeando levemente la mesa con satisfacción.
—¡Un trabajo impecable! —exclamó con entusiasmo—. Me enorgullece que hayan sido caballeros ingleses quienes cortaran de raíz este asunto.
—¡Hurra por Lord Leonard! —secundó Arthur, con el rostro iluminado—. ¡Un brindis por su valor!
Clement, siempre enfocado en el objetivo final, intervino con pragmatismo:
—Entonces, entiendo que la señorita Spencer procederá ahora a entregar el manuscrito al Primer Ministro.
El duque alzó una mano, matizando las palabras de Clement con una sonrisa sagaz.
—¿Acaso olvida, mi querido Clement, que ella fue muy clara con el Primer Ministro? Exigió, como condición previa, concertar una entrevista directa con la vicepresidente Jordana.
—Es cierto, lo recuerdo —admitió Clement, asintiendo—. Y ahora que el peligro ha pasado, creo que Arthur debería ser quien medie con Jordana para agilizar ese encuentro.
—Se tendrán en cuenta tanto la sugerencia de Stanley como el deseo de la señorita Spencer —concluyó Arthur, cuya mirada se volvió repentinamente severa y privada—. Pero ahora, caballeros, les ruego que me disculpen. Necesito estar a solas con Shaw.
Arthur y Ged Shaw abandonaron el despacho, susurrando mientras cruzaban la galería. El éxito contra la quinta columna alemana les servía de escudo para compartir verdades incómodas.
—Me agota la constante intromisión de Stanley en estas crisis —confesó Arthur, bajando el tono—. Se ha equivocado demasiadas veces al timón del país, entorpeciendo lo que debería ser una resolución limpia.
Ged Shaw asintió con gravedad, compartiendo el sentimiento de su amigo.
—No eres el único que lo piensa. Más de una vez lo he visto interponerse en el camino de colegas brillantes solo por puro ego.
Ambos coincidieron en que la petición de la señorita Spencer no solo era justa, sino necesaria. Fue entonces cuando Arthur soltó su pequeña bomba personal: el mismo día que Helen pidió ver a Jordana, él ya había movido sus hilos. El vicepresidente llegaría mañana por la tarde, pero Arthur había guardado el secreto bajo siete llaves, esperando el momento preciso para revelarlo. Respecto a la reunión, no tenía dudas: Helen llevaría la voz cantante, pues nadie conocía mejor que ella los entresijos del señor Jordana.
Al entrar en el salón principal, el ambiente cambió drásticamente. Clement, con su habitual efusividad, intentaba aliviar la preocupación de las damas narrando los detalles de la liberación. Mary se abalanzó sobre el Primer Ministro en cuanto cruzó el umbral.
—¿Es cierto, Arthur? ¿Están a salvo? ¿Llegarán pronto al castillo? —preguntó con la voz temblorosa.
Arthur le dedicó una sonrisa tranquilizadora y asintió, calmando el mar de nervios que inundaba la estancia. Ashley, sin embargo, permanecía apartada, con los puños tan apretados que sus nudillos blanqueaban. La noticia de que estaban ilesos le devolvió un poco de aliento, pero una duda punzante la asaltaba en silencio: ¿Traerían con ellos a la falsa Sharon o la impostora habría logrado escapar?
—¿Vienen todos, señor? —preguntó Ashley con un hilo de voz—. ¿Incluida... la señorita Sharon?
Se alejó del grupo con pasos erráticos hacia la chimenea, frotándose las manos delgadas y sudorosas en un intento por recuperar el calor que el miedo le había arrebatado. Ged Shaw, que no le quitaba la vista de encima, captó la angustia grabada en sus facciones y se apresuró a intervenir.
—No te preocupes, Ashley —dijo con tono firme y reconfortante—. No va a venir. Está bajo custodia.
Un rayo de alegría purísima atravesó a la muchacha. La idea de enfrentarse cara a cara con la mujer que le había robado la identidad, que la había suplantado con tanta frialdad, se disolvió como el humo. Su paz era, al fin, completa. Se desplomó en el sillón más cercano, dejando escapar un suspiro de alivio que pareció vaciarle los pulmones de todo el peso acumulado.
Dorothy, por el contrario, reaccionó con la fascinación de quien descubre el giro más oscuro de una novela. Se volvió hacia el comisario con los ojos muy abiertos.
—¿Sharon era cómplice de los secuestradores? —exclamó, antes de girarse hacia su compañera—. ¡Dios mío, Emily, qué noticia tan espantosa! ¡Una traición de parte de los nuestros!
—¡No, duquesa! —intervino Arthur con firmeza—. Sharon Hunter no es una traidora. La persona que se hizo pasar por ella, la impostora, esa es la verdadera culpable.
Emily abrió mucho los ojos, llevándose una mano al pecho.
—Pobrecita... ¿Está muerta entonces? ¿La han matado?
—Está perfectamente bien, duquesa —respondió Arthur con una sonrisa dirigida a la joven que aguardaba junto a la chimenea—. Puede comprobarlo usted misma. Es su invitada, la señorita Ashley.
Un silencio sepulcral cayó sobre la estancia antes de que estallara el asombro.
—¡Oh, querida Ashley! —exclamó Emily, acercándose a ella con paso vacilante—. ¿De verdad eres tú... la verdadera Sharon?
—Sí, Emily —respondió ella con la voz serena al fin—. Así es.
—¡Esto es increíble! —protestó Mary, volviéndose hacia su marido con fingida indignación—. ¿Y todos lo sabían menos nosotras? ¡Arthur, no tienes perdón!
—Lo siento, querida Mary —se disculpó el Primer Ministro, extendiendo las manos en un gesto de paz—, pero hasta que no estuvieran todos a salvo, el silencio era nuestra única arma.
Mary resopló, lanzando una mirada de complicidad al resto de las damas.
—Como siempre, señoras, nuestros maridos no nos tienen la menor confianza. Luego que no se lamenten cuando nosotras les guardemos nuestros propios secretos —sentenció con ironía antes de retomar el interrogatorio—. Al menos confírmanos algo: ¿vendrán todos aquí?
—Directamente al castillo —asintió Arthur.
—Bueno, en ese caso —intervino Mary, recuperando su porte sereno—, ya podrías ir pensando en qué medalla le vas a prender a Lord Leonard en la solapa por todo lo que ha hecho.
Arthur, frunció el ceño, confundido por tanto giro inesperado.
—¿Pero qué hizo exactamente, querida? —preguntó, ansioso por conocer el último detalle.
—¿Te parece poca cosa habernos salvado de una red de espionaje incrustada en el corazón del Reino? —replicó Mary, cruzándose de brazos con una chispa de desafío—. Al rescatarlo, es evidente que descabezaste al grupo. Y conociendo a Helen como la conocemos, es obvio que ella es la pieza clave en la cadena de mando. Eso te permitirá ponerle las manos encima al líder de esa banda de rufianes... lo cual te resultará de gran utilidad política innegable, ¿no es así, Arthur?
El Primer Ministro se quedó de piedra, parpadeando ante la lógica implacable de su esposa.
—¿Cómo... cómo demonios sabes todo eso? —acertó a preguntar, estupefacto ante aquella lucidez.
—Nos obligas a guardar silencio cuando no confías en nosotras —sentenció Mary con una sonrisa triunfal—. Resulta que Dorothy es íntima de una de las hijas de Juan Bautista Aznar, aquel expresidente monárquico del gabinete español de hace unos ocho años. Y resulta, querido, que esa mujer le entregó un paquete de vital importancia a Helen Spencer. ¿No es cierto, Dorothy?
—Exactamente —confirmó Dorothy, sumándose al ataque con elegancia—. Me escribió preguntándome si sabía algo sobre los "Murciélagos" y ese paquete entregado a Helen. Como yo no tenía ni idea, le prometí que me informaría. Se lo conté a Mary y acordamos que ella hablaría contigo en cuanto tuviera oportunidad... ¡Pero nunca nos diste esa oportunidad!
Dorothy lanzó una mirada de reproche cargada de humor y verdad a Arthur.
—¡No es justo tener tanto trabajo y dejar de lado a la esposa! ¡No es justo en absoluto, Arthur!
—¿Y tú, Dorothy? —preguntó Stanley, volviéndose hacia su esposa con un rastro de incredulidad—. ¿Por qué no me dijiste nada?
—Lo siento, querido —respondió ella con una calma devastadora—, pero ya estás fuera de la política activa. Todo el mundo sabe lo mal que guardas los secretos; te gusta demasiado la popularidad y el brillo de las declaraciones ante la prensa.
Stanley guardó un silencio pétreo, incapaz de rebatir la verdad de su esposa. Margaret, sin embargo, soltó una risita ligera.
—Qué interesante... Sabiendo que todos estaban informados, no me habría privado de hablar. Habría sido mucho más divertido.
—¡Esto no tiene ninguna gracia, Margaret! —la cortó Shaw con una severidad que gélida—. Se trata de la seguridad nacional. Atravesamos tiempos oscuros y es imperativo reforzar nuestra armada. Por cierto, Arthur, creo sinceramente que deberías considerar la restitución de Lord Leonard en su puesto en el Almirantazgo. Su experiencia es el baluarte que nos falta ahora mismo.
—Estoy de acuerdo —secundó Stanley, mientras un murmullo de aprobación recorría el salón—. Se lo debemos.
—De acuerdo, caballeros —asintió Arthur—. Se lo propondremos y veremos si acepta.
—Lo hará —sentenció Sharon con firmeza—. Siempre nos hablaba con nostalgia de sus días en el Almirantazgo; se merece recuperar ese puesto después de todo lo que ha sacrificado.
Ernest sirvió la cena a las seis en punto. Arthur, liberado al fin de la tensión que había crispado su rostro enjuto y anguloso durante días, parecía otra persona. El espeso bigote canoso, cuidadosamente recortado sobre su labio superior, ya no se fruncía en aquel rictus duro; incluso su postura rígida, propia de un caballero de la vieja escuela victoriana, había cedido el paso a una expresión relajada y circunspecta.
La crema de espárragos, servida apenas para cumplir con el ritual de "abrir el apetito", languidecía en los platos; era una distracción secundaria. Todos mantenían la vista fija en el horizonte, escudriñando entre el polvo del camino para distinguir la silueta del coche que traía a Lord Leonard de vuelta. La impaciencia flotaba en el aire, densa y eléctrica, contenida únicamente por la rígida etiqueta de la mesa.
Mientras tanto, en el interior del vehículo que acortaba la distancia con el castillo, el silencio era absoluto. Helen, agotada por el asedio y las emociones, se había quedado profundamente dormida, apoyada con confianza en el hombro de Edwin. Lord Leonard, en un gesto silencioso de protección, la había cubierto con su chaqueta para resguardarla del relente de la tarde.
El ronroneo del motor era el único sonido que rompía el silencio, hasta que Walter, buscando una validación que le quemaba por dentro, se giró en el asiento del copiloto para mirar a Edwin.
—¿Qué tal lo hice? —preguntó con una cautela que casi parecía una súplica.
Edwin apartó un instante la vista de la carretera y le sostuvo la mirada. Asintió con un rictus de aprobación que, en su rostro habitualmente impasible, equivalía al mayor de los elogios. Aquel silencio selló entre ambos un pacto de lealtad que ya no necesitaba palabras.
—Diría mucho más que eso —intervino Lord Leonard desde el asiento trasero, su voz cargada de una honestidad ruda—. Allí dentro, Walter, me hiciste creer que eras un cobarde. Te vi refugiado en aquel rincón y te desprecié; llegué a pensar que no tenías ni una pizca de hombría. Pero ahora comprendo... fue una actuación perfecta.
Walter esbozó una sonrisa de satisfacción contenida, sintiendo por fin que el peso de aquel disfraz de cobarde desaparecía.
—Solo quería que se confiaran —explicó—. Si me consideraban inofensivo, dejarían de tenerme en cuenta. Eso me dio el margen necesario para prepararme y observar cada movimiento.
Edwin soltó una pequeña risa entre dientes, una señal de aprobación que rara vez concedía.
—Eso no te lo enseñé yo. Has demostrado que sabes improvisar bajo fuego, y ese es un don muy apreciado en Scotland Yard, amigo mío.
Sin embargo, la expresión de Walter se ensombreció de repente, como si un cabo suelto le impidiera disfrutar del elogio.
—Pero no estoy del todo satisfecho —confesó—. Creo que alguien se nos ha escapado.
Lord Leonard frunció el ceño, recuperando su instinto de alerta.
—¿De quién estás hablando?
—Cuando llegamos a Wiltshire —relató Walter con gravedad—, un camarero llamado Albert nos puso en contacto con Norman Charlton. Hablo del famoso Stolp. Es más que probable que Albert sea uno de ellos, un engranaje más de la red que sigue ahí fuera, en las sombras.
Edwin soltó una pequeña risa triunfal, disfrutando de la sorpresa en el rostro de Walter.
—El camarero fue arrestado al final de su turno, junto con otros dos —reveló con calma—. Aunque no os disteis cuenta, tuvimos ojos sobre vosotros desde el mismo instante en que bajasteis del tren. ¿Recordáis a aquella entrañable anciana en la estación? Es la abuela de Veil; vive en Wiltshire y es mucho más perspicaz de lo que aparenta. Os siguió hasta el restaurante y se sentó en la mesa contigua. En cuanto os marchasteis, nos dio el aviso.
Walter exhaló un suspiro largo, sintiendo cómo la última pizca de tensión abandonaba sus hombros.
—Me dejas mucho más tranquilo, Edwin. Pensé que se nos había escapado un cabo suelto.
Lord Leonard, que había permanecido pensativo, aprovechó el momento para preguntar por la otra pieza del tablero:
—¿Y qué se sabe de la agente que pusimos haciéndose pasar por Sharon? —preguntó con interés—. ¿Está a salvo?
—La liberamos junto con Ina Aznar —respondió Edwin, cuya expresión se volvió repentinamente más seria—. Estaban retenidas en el mismo recinto. Pero dígame, Lord Leonard... ¿sabía usted que Ina estaba en Inglaterra?
La pregunta quedó flotando en el habitáculo del coche, cargada de una implicación que Leonard no pudo ignorar. Se reclinó en el asiento, su voz bajó de tono, adquiriendo esa gravedad que solo poseen los secretos de Estado.
—Poco después de que mi hija regresara de España, los informantes confirmaron nuestras sospechas —comenzó—. Nicolás Franco voló de incógnito a Londres. Se reunió con nosotros para solicitar nuestra ayuda directa en el rescate de Ina. A cambio, prometió el apoyo estratégico del gobierno de su hermano en Burgos, dada la enorme influencia que aún conserva en la península.
Edwin escuchaba con atención máxima mientras Leonard continuaba desvelando el tablero.
—Hablé con Arthur y él autorizó de inmediato el dispositivo. Fue entonces cuando descubrimos que los "Murciélagos" no eran una amenaza aislada; operaban en Francia e Italia y ya habían echado raíces aquí, en Inglaterra. Nicolás nos puso sobre la pista de su complot: pretendían chantajear al gobierno de Burgos para obtener apoyo e infraestructura. Él mismo nos dio el nombre del hombre al frente: un supuesto teniente coronel llamado Sánchez, cuya verdadera identidad era Joaquín Mogrovejo de Porto. Incluso nos facilitó su fotografía.
Leonard guardó silencio un instante, desviando la mirada hacia la ventanilla. A lo lejos, recortadas contra el terciopelo negro de la campiña, las luz amarillenta de unos faros lejanos centelleaba entre el denso follaje de los olmos, apareciendo y desapareciendo como un código indescifrable.
—Pero el juego era aún más retorcido. Un miembro del Parlamento —cuyo nombre omitiré por respeto a su discreción— entregó a Arthur una declaración de ese tal "Sánchez". El hombre tenía la osadía de solicitar ayuda británica en nombre de la vicepresidente Jordana. Su fachada era perfecta: pedía que Inglaterra los librara de un grupo de subversivos que intentaban tomar el poder en España. A cambio, el General nos ofrecía su apoyo incondicional en caso de que entráramos en guerra con Alemania. Estaba jugando a dos bandas, Edwin, y casi nos convence.
—Es obvio que Sánchez sospechaba que le seguían la pista —intervino Edwin, asintiendo con gravedad—. Usó ese truco del Parlamento solo para medir hasta qué punto nuestro gobierno estaba al tanto de sus movimientos. Un sondeo peligroso, pero astuto.
Walter, fascinado por la magnitud de la red, no pudo evitar preguntar:
—¿Y qué ocurrió con el grupo que operaba en suelo español?
—Helen los localizó en Granada —respondió Lord Leonard, con una mezcla de orgullo y cautela—. Se habían establecido en una zona donde la superstición gitana dictaba las leyes del miedo; un lugar que los lugareños evitaban a toda costa. Se decía que las entradas a esas cuevas estaban custodiadas por dos enormes demonios de piedra, y que cualquiera que osara cruzar el umbral jamás regresaría para contarlo.
Hizo una pausa para enfatizar la sagacidad de su hija.
—Helen vio de inmediato la firma de los "Murciélagos" tras esa leyenda. Sabía que eran lo suficientemente retorcidos como para explotar la credulidad popular y convertir un mito en el muro de su cuartel general. Sin perder tiempo, organizó un equipo de vigilancia, dio con la ubicación exacta e informó al general Jordana.
—Jordana no perdió un segundo. Movilizó un comando operativo secreto para sellar Granada; se aseguró de que ningún miembro de la banda escapara, permitiéndoles creer que seguían con sus maniobras mientras nosotros, aquí en Inglaterra, cerrábamos el cerco sobre la célula que operaba en nuestro propio patio.
El coche dio un pequeño salto sobre un bache y Helen, que hasta ese momento parecía sumida en un sueño profundo, abrió los ojos y lanzó un suspiro de fingida exasperación.
—¡No habéis parado de hablar ni un segundo! —les reprochó, acomodándose en el asiento—. ¡Con este estruendo es imposible que alguien logre descansar!
Walter se giró, estupefacto, mientras Edwin soltaba una carcajada contenida que hizo vibrar el habitáculo.
—¡Atiza! —exclamó Walter—. ¡Estabas fingiendo! Otra de tus estrategias para no perderte ni un detalle de lo que decíamos.
Helen esbozó una sonrisa enigmática mientras, con gesto experto, se reajustaba el pequeño sombrero de fieltro. Sus dedos buscaron por instinto el alfiler de perla para asegurar el ala sobre su sien, devolviendo a su rostro esa compostura que el sueño y el vaivén del camino le habían arrebatado.
—No siempre se necesitan estrategias, Walter, pero os escuché. Encontrar a los mejores para esta operación ha sido una labor extenuante, pero los resultados hablan por sí solos: son satisfactorios. Ahora mi mente solo está en lo que queda por resolver. Espero que Chamberlain no haya perdido el tiempo y tenga lista esa reunión con Jordana.
Walter guardó silencio, procesando la magnitud de lo que acababa de oír. Como periodista, su mente comenzó a titular de forma instintiva aquella trama; era el reportaje de una vida, la exclusiva que podría derribar gobiernos. Sintió el peso de la historia sobre sus hombros.
—Todo esto es formidable —admitió con un deje de preocupación—, pero por una vez tendré que priorizar el interés nacional sobre el interés público. Solo espero que... bueno, que mi editor no me despida por guardar tantos secretos.
Veil mantenía el volante firme con la vista en el horizonte, pero le lanzó una mirada cargada de significado a Edwin a través del retrovisor. Este, captando el mensaje, intervino con voz protectora:
—No te preocupes, Walter. Scotland Yard te aceptaría sin dudar y, como bien sabes, también cuento con periodistas en mi equipo. Hablaré con el Alto Comisionado Shaw para que te inscriban en el curso de formación técnica de la academia. Que apruebes o no... eso ya dependerá de tu interés real por formar parte de la familia del Yard.
Walter asimiló las palabras de Edwin con cierta incredulidad, todavía procesando el vertiginoso cambio de rumbo que tomaba su vida.
—Tengo entendido, Edwin, que solo los agentes de carrera son admitidos en la academia —objetó con timidez, buscando una lógica a su situación.
—En términos generales, es cierto —concedió Edwin, inclinándose levemente hacia el asiento de Walter—, pero alguien con tu perfil nos vendría de perlas para lidiar con tus antiguos colegas del departamento de prensa. En esta operación has demostrado una pericia fuera de lo común, Walter. Bajo nuestra instrucción, estoy convencido de que pronto serás un agente excepcional al servicio de Su Majestad.
—¡Suena fantástico! —exclamó Helen, interviniendo con entusiasmo desde su rincón—. ¡Acepta, Walter!
El joven periodista guardó silencio un instante, sopesando la oferta mientras una sonrisa pícara asomaba a sus labios.
—Lo pensaré... O mejor dicho: acepto. Me muero de ganas de verle la cara al pedante de Wegen cuando lo manden de vuelta a la redacción con las manos vacías. Siempre presumiendo de la importancia de su padre... Será un placer enseñarle lo que es una verdadera exclusiva.
—¡Sabia decisión! —tronó Lord Leonard, extendiendo su robusto brazo para estrechar la mano de Walter con un apretón firme—. ¡Bienvenido al equipo de los viejos periodistas armados! Ahora solo te falta una buena mujer que comparta nuestra pasión por este mundo.
Leonard intercambió una mirada cómplice con su hija antes de proseguir:
—No hace falta que hables, Helen, tu mirada lo dice todo —sentenció Leonard—. La verdadera Sharon es la mujer perfecta para Walter. Dime, muchacho... ¿no es ella el tipo de mujer que cualquier hombre querría tener a su lado?
Walter se sonrojó de inmediato, bajando la mirada hacia sus propias manos.
—No negaré que me ha impresionado —admitió en un susurro apenas audible—, pero dudo que ella se fije en alguien como yo, milord.
—Solo hay una forma de saberlo: preguntándole —sentenció Leonard con la sabiduría que dan los años—. Llegaremos al castillo al anochecer; tienes tiempo de sobra para preparar tu estrategia.
Walter asintió en silencio, sintiendo cómo el peso de la timidez sustituía a la adrenalina del búnker. Tal vez Lord Leonard tuviera razón; era hora de agachar la cabeza y armarme de valor.
Acababa de sobrevivir a una aventura y ya sentía el vértigo de la próxima. ¿Podía una mujer tan dulce sentir algo real por él en un suspiro? Poco importaba lo que dijeran; la verdad, tarde o temprano, pondría a cada uno en su lugar. Su estrategia ahora dependía de Edwin y su invitación a Helen. Si Ashley se sumaba al grupo, tendría el margen perfecto para conocerla antes de dar el paso. La duda le quemaba: ¿debía avanzar con pies de plomo para evitar viejas cicatrices o arriesgarlo todo en un salto de fe?
El viaje fue largo, pesado y mudo, con el cansancio dictando las reglas. Cuando el Rolls-Royce frenó frente al castillo a medianoche, la quietud del salón estalló. En cuanto Ernest confirmó que el motor que rugía afuera era el del Rolls, el sopor se transformó en euforia. Todos salieron a la entrada, sacudiéndose el sueño con aplausos efusivos, recibiéndolos con la pompa que un país reserva para sus héroes tras una campaña triunfal.
—¡Qué alegría verlo, Lord Leonard! —exclamó Shaw, con el alivio dibujado en el rostro—. Estaba profundamente preocupado por su bienestar."
—Agradezco tu consideración, Shaw —dijo Lord Leonard, estrechando la mano de su antiguo adversario con una firmeza recuperada—. Aunque en el pasado fuimos rivales, debo admitir que hoy me alegra volver a verte.
Helen intervino con una sonrisa mediadora, colocándose entre ambos.
—Deja el pasado atrás, papá. Ahora es el momento de que trabajéis juntos, sin sectarismos ni viejos rencores.
Ambos hombres intercambiaron una mirada cómplice y sonrieron, reconociendo en silencio que sus disputas de antaño parecían ahora insignificantes frente a la amenaza que acababan de derrotar. De pronto, Leonard entornó los ojos, asaltado por una sospecha repentina.
—¡Lo sabías! —exclamó señalando a su hija—. ¡Sabías lo de Shaw!
—No se me escapa nada, padre —rio Helen—, sobre todo lo que es tan difícil de ocultar. Según Harwood, mi madre era una mujer extremadamente atractiva y media Inglaterra quería conquistarla. Shaw no era la excepción.
—¡Ese viejo lobo de mar de Harwood! —bramó Leonard con una carcajada—. Tengo muchísimas ganas de verlo. ¿Está aquí, en el castillo?
—Que yo sepa, su barco sigue atracado en Plymouth —respondió ella—. Pero no tardará en aparecer si huele que hay una celebración de por medio.
Lord Leonard miró a la multitud que los rodeaba, conmovido por la calidez del recibimiento.
—Por lo visto, todos se preocuparon mucho por mi bienestar —comentó, recuperando su tono de mando pero con un brillo de gratitud—. Lo agradezco de corazón, pero ahora les pido un favor: olviden lo que hemos pasado. La pesadilla ha terminado. De todas formas —añadió con su habitual orgullo—, todo estaba bajo control y me sentía perfectamente seguro.
—Me alegra que mantuvieras la calma, Leonard —admitió Stanley, aunque su tono aún guardaba un rastro de herida profesional—. Pero me angustiaba tu seguridad; no saber nada de lo que ocurría fue un trago amargo. Aun así, agradezco que al final nos pusieran al corriente. Lo importante es que el desenlace ha sido favorable.
Lord Leonard asintió con una gravedad serena, apoyando una mano en el hombro de su amigo.
—Stanley, lamento que tuviera que ser así, pero hay secretos que ni siquiera entre los mejores amigos deben cruzarse. Ha sido la única forma de estudiar de cerca cómo piensan estos hombres. Ahora estamos listos: la próxima vez que asomen la cabeza, sabremos exactamente cómo golpearlos sin cometer ni un solo error.
—No hagas caso a los reproches de Stanley —intervino Dorothy con un ademán elegante, señalando un sillón orejero—. Acomódate aquí, Leonard, que debes de estar exhausto. Además, ese golpe en la cabeza... esa venda que llevas no es precisamente un disfraz de Halloween.
—No lo es, Dorothy —rio Leonard, tocándose el vendaje con cuidado—. Pero no es nada que un buen descanso y las pastillas que me dieron los sanitarios no puedan solucionar. Estaré como nuevo por la mañana.
—Bueno, el descanso vendrá después de acostarse. ¡Pero ahora —exclamó la duquesa de Norfolk, alzando la voz para captar la atención de todos—, brindemos con champán por el éxito rotundo de esta operación!
A una señal de Ernest, las doncellas comenzaron a circular con bandejas de plata donde las burbujas bailaban en las copas de cristal. Walter, sintiendo un repentino impulso de audacia, tomó dos copas y cruzó el salón hacia el rincón donde Ashley observaba la escena.
Se detuvo frente a ella y, con un leve temblor de emoción en la voz, le ofreció una de las copas. Ella la aceptó, sus dedos rozándose apenas, y le regaló una sonrisa tan amplia y sincera que iluminó sus ojos.
—Me alegro de volver a verte, Ashley —susurró él, sintiendo que, por fin, el aire volvía a ser puro.
—Ya puedes llamarme Sharon —dijo ella, sosteniendo la copa con una elegancia que ahora parecía natural—. Se acabaron los secretos; ahora todo el mundo sabe quién soy realmente.
Walter guardó silencio un instante, procesando el sonido del nombre que tanto caos había causado.
—Me había acostumbrado a llamarte del otro modo —admitió con suavidad—. Quizás sea porque ese nombre, "Sharon", todavía me trae demasiados recuerdos amargos de la impostora.
Ella le dedicó una mirada comprensiva, acortando la distancia entre ambos.
—Como prefieras, Walter. Mi nombre completo es Sharon Ashley Hunter, así que, me llames como me llames, estarás en lo cierto.
Sintiendo que el entorno del brindis era demasiado ruidoso para lo que necesitaba decir, Walter bajó la voz:
—Ashley... tenía algo que comentarte en privado. ¿Sigues disfrutando de esos paseos nocturnos por la terraza?
—Es la mejor hora para meditar —respondió ella con una sonrisa cómplice—. Cuenta con ello; allí estaré esperándote.
Mientras tanto, en otro rincón del salón, la tensión política no terminaba de disiparse. Helen se acercó a Mary, con el semblante ensombrecido por la suerte de los hombres caídos en el búnker.
—Me preocupa uno de los heridos, Mary. La situación era crítica...
—No te angusties más, querida —la interrumpió Mary en un susurro—. He oído por casualidad la llamada que le han hecho a Arthur. Un tal Raymond se ha comunicado con él para informarle de que la operación, aunque complicada, ha sido un éxito rotundo. El paciente está fuera de peligro.
Con esa carga liberada de sus hombros, Helen se dirigió hacia el Primer Ministro, que seguía enfrascado en una conversación con Lord Leonard sobre las repercusiones internacionales del asalto.
—¿Dispone de unos minutos, señor? —preguntó Helen con una mezcla de respeto y urgencia.
Arthur asintió de inmediato. Ambos abandonaron el bullicio del salón y se dirigieron hacia la sobriedad del despacho del duque, donde las decisiones más graves aún aguardaban ser tomadas.
Arthur cerró la puerta del despacho, dejando atrás el eco distante del brindis. Se volvió hacia Helen con una expresión donde el cansancio de Estado se mezclaba con un respeto genuino.
—¿De qué se trata, Helen? —preguntó, buscando apoyo en el borde del escritorio de roble.
—Uno de mis hombres, señor. Resultó gravemente herido durante el asalto al búnker. Su compañero, Raymond, me prometió noticias de primera mano, pero no he recibido nada. ¿Sabe usted algo de su estado?
Arthur asintió, y una leve sonrisa de alivio suavizó sus facciones enjutas.
—No tienes de qué preocuparte, querida. Ha sido casi un milagro; la intervención quirúrgica ha sido un éxito y el último parte médico confirma que ya está fuera de peligro.
Helen exhaló un suspiro contenido, pero su mente ya estaba en el siguiente movimiento del tablero.
—¿Y respecto a España, señor? ¿Hay novedades de Jordana?
—Las mejores posibles —respondió el Primer Ministro—. Jordana ha comunicado que han caído todos. Han desarticulado cada ramificación de la banda por todo el país. Me ha pedido expresamente que te transmita su más profunda gratitud.
—Preferiría que fuera él quien lo hiciera personalmente —replicó Helen con su habitual franqueza—. ¿Sigue en pie su visita?
—Mañana por la tarde estará aquí, entre nosotros —confirmó Arthur antes de cambiar de tercio—. Pero dime, ¿qué noticias tenemos de la hija de Aznar? ¿Estaba en el búnker?
—Efectivamente, señor. Ina Aznar estaba entre los liberados. Mis instrucciones fueron precisas: Raymond tiene un sobre con órdenes para llevarla a un hotel seguro. Desde allí, debe ponerla en contacto telefónico con su hermana María y su familia en la calle Romero Robledo, en Madrid. Una vez que hable con los suyos, será escoltada al Consulado a primera hora de la mañana para organizar su repatriación.
Arthur frunció el ceño, todavía inquieto por la seguridad de la joven.
—¿No será peligroso para ella? ¿No quedaba un hombre de Stolp en libertad en ese sector? ¿Ha sido arrestado ya?
Helen sostuvo la mirada del Primer Ministro con una calma gélida.
—Todavía no tenemos la certeza de su captura, señor. Por eso Raymond no se separará de ella hasta que cruce el umbral del Consulado. No dejaremos que Stolp se cobre una última pieza antes de caer.
—Entonces esperemos la llamada de Raymond —concluyó Arthur, suavizando el tono—. Te ves agotada, Helen. Hazme caso: vete a la cama. Yo me encargaré de disculparte ante los demás, pero mañana tenemos mucho trabajo por delante y te necesito despejada. ¡Es una orden!
Helen asintió, agradecida por la tregua. Al salir del despacho, el cansancio empezó a pesarle en los huesos mientras enfilaba las escaleras, pero la voz de Veil la detuvo a mitad del ascenso. Traía consigo la maleta que Raymond le había confiado.
—¡Helen! Olvidaste esto en el coche, estaba escondido bajo mi asiento —le dijo Veil, alcanzándola.
—Qué despistada estoy... ¿Qué haríamos sin ti, John? ¡Muchísimas gracias!
En un impulso de afecto, Helen le tomó la mano y le plantó un beso en la mejilla. Veil se quedó allí, conmovido; aquel gesto bastó para que el dolor del golpe de la rama se desvaneciera por completo de su memoria. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de saborear el momento, pues se cruzó con un Edwin que buscaba a Helen con la mirada.
—Está en las escaleras ahora mismo —le indicó Veil—. Si te das prisa, la alcanzas.
Edwin subió los peldaños de dos en dos, dándole alcance en el pasillo superior justo antes de que ella entrara en su habitación.
—¡Así que pensabas marcharte a dormir sin decirme nada! —exclamó él, señalando la maleta con curiosidad—. ¿Qué guardas ahí con tanto celo?
—¡Fuiste tú! —rio Helen, dándose la vuelta—. Lo supuse... La metiste debajo del asiento de John mientras yo intentaba dormir en el coche.
—¡Me has descubierto! —admitió Edwin con una sonrisa pícara—. Me ocultaste demasiadas cosas hoy y quería enterarme de lo que tramabas. ¿Qué contiene ese maletín?
—Solo documentos para Arthur, que serán despachados mañana mismo —respondió ella, protegiendo el cierre de la maleta—. Y no, no estoy autorizada para que los leas.
Edwin se apoyó contra el marco de la puerta, fingiendo una decepción dramática.
—¿Ni siquiera podrías hacer la vista gorda por una vez? —suplicó en un susurro—. Hazlo por tu fiel enamorado y compañero de fatigas... un pequeño vistazo no le hará daño a nadie.
—¡De ninguna manera! —replicó Helen, recuperando su tono implacable—. ¿Qué clase de persona crees que soy? No intentes apelar al sentimentalismo, Edwin; cuando se trata de asuntos de Estado, me vuelvo hermética.
Edwin alzó las manos en señal de rendición, soltando una carcajada suave que rompió la solemnidad del pasillo.
—Era solo una broma, mujer. Quería poner a prueba tu temple, nada más. ¿Te acompaño? ¿Me permites pasar a tus aposentos?"
—No —respondió ella con una sonrisa cansada y una chispa pícara en la mirada—. Es mejor que bajes; allí abajo todavía pueden necesitarte. Además, dudo que mi reputación soporte otra de tus «pruebas de temple» a estas horas.
Mientras Helen se refugiaba en la penumbra de sus aposentos, en el salón la atmósfera era muy distinta. Emily, sentada a la mesa de cartas, dejó caer sus naipes con un suspiro de agotamiento.
—Me temo que yo también debo retirarme —anunció a las demás—. Las emociones de hoy han sido demasiadas para una sola jornada.
Mary, con una chispa de picardía en la mirada, se inclinó hacia ella.
—Bueno, si las de hoy te parecieron intensas, espera a ver lo que nos depara el mañana.
—¿De qué estás hablando, Mary? —preguntó Emily, deteniéndose en seco.
—Acérquense —susurró Mary—. No quiero que nos oigan los hombres.
Inmediatamente, las damas cerraron el círculo en torno a ella, creando una pequeña burbuja de confidencialidad. Mary, saboreando el momento, reveló finalmente el misterio:
—Mañana tendremos una visita de Estado de la mayor importancia. ¡Imagínense! Vendrá a vernos el artífice de la política exterior española, el general Jordana.
Margaret se quedó boquiabierta, procesando la magnitud de la noticia.
—¿Pero cómo lo has sabido, Mary?
—Lo oí en secreto, Margaret —respondió ella con una sonrisa triunfal—. En este castillo, las paredes tienen oídos, y los míos siempre están bien atentos. ¿Acaso no es la mejor noticia que podíamos recibir?
Margaret escuchaba cada palabra de la esposa del Primer Ministro con una fijeza casi febril. Por dentro, su mente trabajaba a toda máquina: «¡Lo ha hecho! Arthur ha movido ficha. Tengo que contárselo a Clement de inmediato». Con una excusa apresurada sobre tareas pendientes antes de retirarse, se alejó del grupo con paso rápido.
Sharon, que no le había quitado la vista de encima, se inclinó hacia Mary con una expresión de duda.
—¿No te preocupa que Margaret corra a contárselo todo al líder laborista? —susurró—. No sé si está mal que lo diga, pero me parecen personas... sumamente entrometidas.
Mary arqueó una ceja, siguiendo la trayectoria de Margaret con la mirada.
—No me había dado cuenta hasta ahora, querida —respondió con una frialdad glacial—. Pero al parecer, eso es exactamente lo que está haciendo. Mírala: ya está hablando con Clement y no deja de lanzarnos ojeadas furtivas.
Mary recorrió el círculo de damas con una autoridad incuestionable.
—Pero no se preocupen. Si se confirma que esa mujer ha traicionado nuestra conversación privada, no volverá a recibir jamás una invitación a nuestras reuniones sociales. ¿No les parece lo justo?
Tanto la duquesa como Dorothy asintieron al unísono, sellando el destino social de Margaret con un silencio condenatorio. Sharon, aprovechando el momento de confidencialidad, retomó el hilo del misterio:
—Tengo curiosidad, Mary... ¿A qué viene exactamente ese militar español? ¿Qué busca el general Jordana en un lugar como este?
—Eso mismo me pregunto yo —terció Dorothy, ajustándose el collar con un gesto pensativo—. ¿Qué se le habrá perdido a un general español por estas tierras de Arun?
—Supongo que debe de tratarse de los asuntos pendientes de Lord Leonard —aventuró Emily, antes de volverse hacia Mary—. ¿Sabes a qué hora está prevista su llegada?
Mary vaciló un instante. De pronto, la emoción del secreto fue sustituida por una chispa de inquietud: ya podía imaginar la reprimenda que Arthur le dedicaría si se enteraba de que había hablado de más.
—No lo sé con certeza, Emily —respondió, midiendo sus palabras.
—En ese caso, no hay tiempo que perder con los preparativos —sentenció la duquesa, recuperando su papel de anfitriona—. Le daré instrucciones a Ernest para que todo esté impecable y mañana mismo iré al pueblo a supervisar unas compras necesarias.
Stanley, que las observaba desde el otro lado de la estancia, sintió que la curiosidad le quemaba. Aquel círculo de susurros y cabezas juntas le resultaba sospechosamente familiar. Con paso decidido, se acercó al grupo.
—¿Qué están tramando? —preguntó con una sonrisa que no lograba ocultar su intriga.
La respuesta de Mary fue un muro de hielo. Con una sequedad magistral, dio por finalizada la partida aludiendo al agotamiento de la jornada. Una a una las damas se levantaron de la mesa, pletóricas por el pequeño triunfo de dejar a Stanley con la palabra en la boca.
El hombre se quedó allí, plantado en mitad del salón, viendo cómo el frente femenino se retiraba en formación. No tuvo más remedio que buscar refugio en William, que observaba la escena con una mueca de resignación.
—¿Ha visto eso, William? —refunfuñó Stanley—. ¡Me han dejado aquí plantado! Cuando las mujeres actúan así, es que esconden algo grande... ¿no le parece?
—Stanley, déjame darte un consejo —intervino el duque, colocando una mano paternal sobre su hombro—. Déjalas tranquilas a menos que te inviten expresamente. No te entrometas en sus asuntos; es una batalla perdida. Intenta hablar con tu esposa en privado y, si aún existe esa chispa de comunicación entre ustedes, acabarás descubriéndolo todo.
El duque esbozó una sonrisa de despedida.
—Creo que las damas han tenido la mejor idea de la noche: yo también me retiro. Que descanses, Stanley.
Tras la marcha del anfitrión, Stanley se encontró a solas con Lord Leonard. El aristócrata ofrecía una imagen pintoresca: con el puro a medio terminar languideciendo en el cenicero de plata, parecía un viejo bulldog somnoliento. Estaba despatarrado, con la cabeza hundida en el alto respaldo del sillón orejero verde oliva y los pies descansando sobre un escabel de terciopelo con flecos del mismo tono, que parecía absorber la poca luz que quedaba en el salón.
—¿Por qué no te subes a tu habitación, Leonard? —le sugirió Stanley con inusual suavidad—. Tómate esas pastillas y mañana verás lo despejada que tienes la mente.
Por una vez, el orgullo de Leonard cedió ante el cansancio y aceptó el consejo sin rechistar, abandonando el salón con paso pesado. Arthur se disponía a seguir sus pasos, anhelando el silencio de su dormitorio, cuando una sombra se interpuso en su camino.
Clement, que hasta ese momento había permanecido en un rincón conspirando con Margaret, se adelantó para abordarlo. Sus ojos brillaban con la intensidad de quien acaba de recibir una información privilegiada y no piensa dejarla escapar.
—¡Un momento, Primer Ministro! —intervino Clement, cortando el paso a Arthur con una firmeza gélida—. Antes de retirarme, debo hacerle una pregunta basada en lo que mi colega Margaret me acaba de confiar.
Arthur suspiró internamente. Mary lo ha vuelto a hacer, pensó con una mezcla de resignación y fastidio. Tendría que hablar muy seriamente con su esposa sobre la seguridad nacional y las charlas de alcoba.
—Soy todo oídos, Clement —respondió Arthur, manteniendo la compostura—. ¿Qué necesitas saber?
—¿Es cierto que el general Jordana viene de camino y que el encuentro se celebrará aquí mismo, en el castillo?
Arthur guardó silencio un instante antes de asentir con parsimonia.
—Es cierto. Llegará mañana por la tarde.
—¿Y cuándo pensaba informarnos, Premier? —espetó Clement con sarcasmo—. ¿Quizás esperaba que nos marcháramos por la mañana, tal como le habíamos comentado a William?
—Son libres de hacer lo que deseen, Clement. Nadie los retiene ya en este castillo —replicó Arthur con sequedad.
—Queremos estar presentes en esa reunión —exigió el líder laborista.
Arthur clavó su mirada en la de su rival político.
—Así será; nadie les niega ese derecho. Pero quiero que entiendan algo: esta reunión es de vital importancia. Necesito que haya una unidad absoluta respecto a las resoluciones que se adopten. Jordana debe percibir un frente común ante la propuesta que la señorita Spencer le presentará a cambio del manuscrito.
—¿Y va a permitir que se lleve ese documento sin que nadie lo vea ni lo traduzca antes? —intervino Margaret, con una curiosidad que rayaba en la insolencia.
Walter, que había permanecido en un segundo plano escuchando el intercambio, sintió que la indignación le desbordaba. Dio un paso al frente, emulando la franqueza de Edwin que tanto admiraba.
—¡Atiza, señora! Eso son asuntos personales —le espetó Walter, dejando a Margaret estupefacta—. Si quiere, traiga usted su diario privado mañana, lo leemos aquí entre todos y luego lo publicamos para que los parlamentarios pasen un buen rato. Si no quiere que nadie se entrometa en su vida, no lo haga usted con los demás y obedezca al Premier.
Margaret, lejos de mostrarse avergonzada, le lanzó una mirada irascible, guardándose el agravio como un arma cargada para el futuro. Se retiró con paso rígido, dejando tras de sí una estela de resentimiento. Los presentes soltaron un suspiro de alivio colectivo; solo entonces Walter comprendió perfectamente por qué Edwin encontraba a aquella mujer tan profundamente repulsiva.
—Bien —sentenció Arthur, dando por zanjada la noche—. Habiéndolo dicho todo, es hora de que todos busquemos el descanso.
Mientras el castillo se sumergía en el silencio, Mary aguardaba ya en la cama, consciente de que los pasos que oía en el pasillo traían consigo algo más que el cansancio de su marido.
Arthur entró en los aposentos con el peso del mundo sobre los hombros. En la penumbra, encontró a Mary ya recostada; su figura se hundía en el gran lecho de postes, rodeada por la blancura impoluta de las sábanas de lino que contrastaban con el brillo satinado de su camisón.
—Pareces agotado, querido —dijo ella con voz suave, observando la tensión en su cuello—. ¿Quieres que te dé un masaje? Estás rígido como una piedra... ¿Te preocupa algo en especial?
—¡Me preocupas tú! —estalló Arthur, aunque sin levantar la voz para no alertar al servicio—. ¡Lo has vuelto a hacer! Has estado escuchando mis llamadas privadas de nuevo, Mary.
Ella no bajó la mirada; al contrario, esbozó una pequeña sonrisa de suficiencia.
—Ya sabes que soy curiosa por naturaleza, Arthur. No puedo evitarlo.
—Sé cómo eres —replicó él, sentándose pesadamente en el borde de la cama—. Pero lo peor no es que escuches, sino que luego chismorrees. Me has obligado a darle a Clement explicaciones que nunca debieron salir del despacho. Le has dado munición a la oposición.
Mary se incorporó, su expresión tornándose seria.
—¡Así que se confirmó nuestra sospecha! Margaret abrió la boca. Confiábamos en que supiera guardar el secreto de nuestras conversaciones privadas, pero me temo que se ha ganado a pulso entrar en nuestra lista de personas no aptas. No volverá a cruzar este umbral.
—Tienes que ser más cautelosa, querida. Más selectiva con la gente que te rodea —pidió Arthur con un suspiro de cansancio—. Al menos hoy hemos aprendido que Margaret no es de fiar.
—Te lo prometo, Arthur —respondió ella, tomándole la mano—. De ahora en adelante, me aseguraré de tender trampas de lealtad antes de aceptar a nadie plenamente en nuestro círculo.
Mary hizo una pausa, clavando sus ojos en los de su marido con una lucidez casi hiriente.
—Aunque sé que ese no es el único problema. Lo que realmente te molesta, querido, es que Helen esté tomando la iniciativa. Está haciendo lo que tú, en el fondo, deseabas hacer pero no podías por el peso de tu cargo. Al final, ella corre el riesgo... y tú te quedas con la envidia del hombre de acción que solías ser.
—Hasta cierto punto me molesta, lo admito —confesó Arthur, dejándose caer finalmente sobre las almohadas—. Autoricé a Leonard a resolver este asunto usando todos los medios a su alcance, pero jamás imaginé que delegaría tal peso en ella. Esa chica es un terremoto, Mary; mueve la tierra por donde pisa. Y tienes razón: yo no me habría expuesto así, arriesgando la vida de esa forma. Pero no me preocupa demasiado; al final, me ha hecho un favor inmenso y ha silenciado a mis enemigos políticos. Después de todo, sigo siendo el Primer Ministro, ¿no es así?
Mary sonrió en la penumbra, acomodando la colcha.
—Cualquier día de estos veremos a una mujer de Premier, Arthur. Te conviene tenerla de tu parte; ya has visto que no soporta ni a Clement ni a la entrometida de Margaret.
—Sí, me agrada, no lo niego —gruñó él con una mezcla de afecto y fastidio—. Lo que me saca de quicio es que se me adelante. Me utiliza... me da órdenes sin que yo las perciba como tales, y solo después me doy cuenta de que me ha manejado como a un principiante. Igual que tú.
—Cálmate, querido —le susurró Mary, dándole unas palmaditas en el brazo—. Tenemos a Edwin perdidamente enamorado. Cuando se case con ella, todo será diferente. El matrimonio suele suavizar estos ímpetus.
Arthur soltó una carcajada seca antes de cerrar los ojos.
—Olvídalo, Mary. Helen ha sido entrenada precisamente para ser lo que es. Si se une a ese joven, no se suavizarán; formarán el mejor equipo que Scotland Yard haya visto jamás. Ahora, intentemos dormir. Mañana el trabajo no nos dará tregua.
El silencio se adueñó de la alcoba de los Neville y el sueño no tardó en alcanzarlos. Sin embargo, a unos pocos pasillos de distancia, la atmósfera era radicalmente distinta. En la habitación de los Stanley, la quietud era solo un preludio de la tormenta.
—¡Hemos compartido media vida, Dorothy, pero esta vez no te saldrás con la tuya! —rugió Stanley. Caminaba de un lado a otro de la habitación como un animal enjaulado, haciendo que las pesadas tablas del suelo de roble crujieran bajo sus pies y que las sombras de los candelabros bailaran frenéticas en las paredes de piedra. ¿Cómo te atreves a humillarme así delante de todos? El otro día me insultaste en público y ahora esto... ¡Habla de una vez! ¡No te quedes ahí petrificada mirando esa maldita revista de moda como si no pasara nada!
Dorothy pasó una página de su revista semanal ilustrada con una parsimonia exasperante, sin siquiera levantar la vista del papel satinado.
—¿Para qué molestarme en contestarte, Stanley? —respondió con una voz plana y desprovista de emoción—. Ya lo dices todo tú solo. Además, cuando pierdes los estribos de esta manera, no hay ser humano capaz de mantener una conversación contigo.
—¡Basta! —sentenció él, señalándola con el dedo—. Quiero que vayas preparando el equipaje. En cuanto el general Jordana cruce la verja de salida, nos marcharemos nosotros detrás. Aclararemos este asunto en nuestra casa, lejos de oídos indiscretos.
Sin esperar réplica, Stanley se refugió en el cuarto de baño, dando un portazo que hizo vibrar las molduras de la estancia y resonar las viejas tuberías de cobre. Dorothy, con un suspiro de indignación, cerró su ejemplar de The Tatler y accionó el interruptor de la mesilla. Un clic seco sumió la habitación en una penumbra cargada de un silencio mucho más violento que los gritos de su marido.
«Ojalá te rompas un pie al salir de ahí», masculló para sus adentros en la oscuridad. «Malditos hombres... algunos tienen un genio que no hay quien los soporte. Habría que devolverlos a sus madres con un letrero colgado del cuello que dijese: "Cuando la fiera se vuelva mansa, cúrsese la devolución"».
La quietud del dormitorio de Edwin contrastaba con el estruendo de los disparos que aún resonaban en su memoria. Tumbado en la cama, con las manos tras la nuca, sus ojos se perdieron en la opulencia decadente de la lámpara de cristal de roca que presidía el techo. No se fijó en los prismas que faltaban, ni en el polvo acumulado en las molduras de escayola; su atención quedó hipnotizada por una pequeña araña que, con una paciencia infinita, tejía su red desde uno de los brazos de bronce dorados del candelabro.
Aquel movimiento rítmico y circular, el hilo invisible que se tensaba y se unía, le trajo de golpe el recuerdo de la maleta de Helen.
La duquesa no podía conciliar el sueño; la inminente llegada del nuevo invitado le pesaba más que el cansancio de la jornada. Al pasar frente a la recámara de William, un haz de luz bajo la puerta la detuvo.
—¿Aún no duermes, querido? —preguntó al entrar.
William, bañado por la tenue luz verde de su lámpara de lectura, estaba absorto en las páginas de un Dickens. Sus manos huesudas sostenían con deleite aquella primera edición encuadernada en piel lujosa, un tesoro que parecía aislarlo del caos del mundo exterior. Ante la insistencia de su esposa, dejó el libro abierto con pesar y depositó sus gafas sobre la mesita de noche.
—¿Qué ocurre, Emily? —preguntó con un suspiro resignado.
—¿Te has dado cuenta de que tendremos un nuevo invitado mañana?
William frunció el ceño, tratando de recordar alguna nota en su agenda.
—No me han dicho nada. Solo sé que el Primer Ministro se marcha mañana por la tarde.
—Pues me temo que te equivocas —replicó Emily con firmeza—. Esperan al vicepresidente español, el general Jordana.
—Debes de estar confundida, Emily —dijo él, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Estoy completamente segura. Lo ha dicho Mary, y me juego lo que sea a que la reunión tendrá lugar aquí mismo, en nuestro castillo.
William guardó silencio un instante, refugiándose en su escepticismo aristocrático.
—Si fuera como dices, Arthur nos lo habría comunicado formalmente. Mary debe de estar mezclando conversaciones.
—Arthur lo habrá olvidado con tanto ajetreo —insistió la duquesa—. Pero yo no me voy a quedar de brazos cruzados. Ya le he ordenado a Ernest que prepare algo especial; quiero que la recepción sea impecable.
—Ya verás cómo todos esos preparativos resultan innecesarios —concluyó William, volviendo la mirada hacia su libro—. Pero no seré yo quien te contradiga cuando ya has tomado una decisión. Ahora, si me disculpas, aunque esta lectura es fascinante, el sueño empieza a ganarme la partida. No te preocupes más y vete a descansar, Emily.
El Alto Comisionado Shaw roncaba con una placidez envidiable, un sonido rítmico y denso que lograba filtrarse por la puerta de comunicación de roble. En la habitación contigua, sin embargo, Clement se removía entre las sábanas de lino, incapaz de pegar ojo. Furioso por el estruendo y por los pensamientos que le corroían, se acercó al ventanal y accionó el pestillo de bronce. El aire de la noche de entró de golpe, cargado con el aroma a tierra húmeda.
Abajo, en la penumbra de la terraza de piedra, distinguió la silueta solitaria de Walter. El periodista estaba sentado frente al jardín, aferrado a un vaso de cristal tallado que capturaba los escasos reflejos de la luna. Permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la inmensidad de la noche y la expresión de quien ya ha leído los titulares del mañana y no le gusta lo que lee."
«Tiene ganas de pasar frío el muchacho», pensó Clement con una mueca de desprecio. No esperaba nada bueno de él; sabía que Margaret jamás le perdonaría la humillación que le había infligido en el salón. «El Primer Ministro pronto descubrirá el error de confiar en un tipo así. Por mucho que hoy le haya reído las gracias, se le atragantará el desayuno cuando vea la traición impresa en grandes titulares. Si yo fuera Arthur, lo echaría de aquí a patadas... a él y a esa Spencer».
El nombre de Helen hizo que Clement apretara los puños. ¿Quién se creía que era aquella mujer? ¿Poniéndose por encima de las jerarquías, atreviéndose incluso a investigarlo a él?
«Cuando consiga el nombramiento, sabrá quién es Clement Richard», murmuró para sus adentros, dejándose caer en el sofá mientras clavaba la vista en el brillo gélido de las estrellas. «Aunque, pensándolo bien, se la dejaré a Margaret. Ella sabe mejor que nadie cómo destruir una reputación paso a paso».
Un brillo febril iluminó sus ojos en la oscuridad de la estancia.
—Poder, honor, riqueza... —susurró, como si pronunciara un conjuro—. Todo para mí solo. Ya me conocerán. Ya verán de lo que soy capaz.
Walter sintió que el frío de la noche se le colaba en los huesos, más por la incertidumbre que por la brisa de Norfolk. Estaba a punto de apurar su whisky con sifón y dar por perdida la noche cuando el leve chirrido de la puerta de guillotina acristalada lo detuvo. Al girarse, la luz amarillenta del salón recortó una silueta en el umbral, rompiendo la densa oscuridad del jardín.
Ahí estaba ella, envuelta en un chal oscuro que resaltaba la palidez de su rostro bajo la luna.
—¿Qué es eso tan importante que quería decirme? —preguntó Ashley, rompiendo el silencio con una franqueza que desarmó al periodista.
Walter dejó el vaso sobre la mesa de piedra, tratando de encontrar las palabras adecuadas. No era una exclusiva lo que buscaba esta vez, sino una validación que no se atrevía a pedirse a sí mismo.
—Como sabrás, soy periodista —empezó, con la voz algo ronca—, pero las cosas han cambiado mucho desde que entramos en aquel búnker. Edwin me ha propuesto ingresar en la academia de Scotland Yard. Es una oportunidad inaudita para alguien que no pertenece al cuerpo... ¿Qué opinas tú? ¿Crees que debería aceptarla?
Ashley se acercó a la barandilla de la terraza, mirando hacia la negrura del jardín donde las sombras de los robles se mecían lentamente. No respondió de inmediato, dejando que la pregunta flotara en el aire entre los dos.
—Eso es algo muy personal, Walter —respondió finalmente, volviéndose hacia él con una mirada limpia y serena. —Lo tienes que decidir por ti mismo. Es tu vida. Y te pertenece solo a ti.
Walter dejó que su vulnerabilidad fluyera en la quietud de la terraza, con una voz que apenas superaba el susurro del viento entre los árboles.
—Mi vida es solitaria —confesó, mirando al vacío—. Me cuida una ama de llaves, paso el día en la calle persiguiendo noticias y, cuando regreso, no tengo con quién compartirlas. No hay nadie a quien preguntar si este es mi camino o si debería tomar otro. Fuiste sincera conmigo, Ashley... tal vez porque es parte de tu naturaleza, pero también quiero creer que es porque te importo un poco. ¿Qué me dices?
Ashley se apartó un paso, turbada. Su corazón latía con una fuerza que la asustaba; por supuesto que sentía algo por él, pero tras semanas de ser una sombra suplantada, sus propios sentimientos le parecían un laberinto indescifrable.
Walter no permitió que el silencio levantara un muro. Se acercó a ella con lentitud, la tomó suavemente por los hombros y, con una delicadeza infinita, le levantó la barbilla para buscar sus ojos. El beso fue breve, dulce, cargado de una promesa que las palabras aún no habían formulado.
—Ashley... creo que me he enamorado de ti —le dijo, entregándole sus sentimientos más íntimos.
Ella lo miró, con los ojos empañados por una mezcla de sorpresa y alivio.
—Nadie me lo había dicho nunca, Walter... Yo... yo también te quiero.
Él la estrechó entre sus brazos, hundiendo el rostro en su cabello con la desesperación del que encuentra tierra firme tras un naufragio.
—Eres mi destino y mi refugio. Desearía mil vidas para perderme en ti y una eternidad para no dejarte ir. Siempre tú, mi bella pelirroja.
Ambos se acomodaron en el balancín de madera de la terraza. El suave vaivén los arrullaba mientras contemplaban la espléndida noche estrellada de Norfolk. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no era un informe de inteligencia ni una noticia de portada; era simplemente el calor de la mano del otro bajo el firmamento.
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