Bienvenidos a mi casa. Este Blog nace como una iniciativa de mi necesidad de dar a conocer mis vivencias y disponer de un medio para expresar el espíritu de mi Tierra... Muchas gracias por acompañarme en este divertido viaje. Espero disfrutarlo con vosotros. Como todo buen blog que se precie espero tener vuestros comentarios.

sábado, 22 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 8: Sombras en el Tablero

  El alba se filtró por las cortinas de la mansión con una luz grisácea y gélida, revelando un Londres envuelto en niebla. Edwin apenas había dormido; en su mente libraban una batalla la calidez del cuerpo de Helen y la frialdad de su rechazo. Se vistió en silencio, ajustándose la cartuchera bajo la chaqueta con la precisión de un autómata.

  Helen se incorporó, inquieta pero resuelta. Tras una mirada fugaz al reloj, rescató del armario un traje de lana a cuadros sobre una falda tabaco. Se ciñó la chaqueta con un cinturón de cuero y coronó el conjunto con un sombrero de ala ladeada. Tras un toque rápido de carmín en los labios, bajó al comedor. Allí, frente al servicio de plata ya dispuesto, el mayordomo la recibió con una pregunta comedida:

— ¿Sale la señorita?

—Como puede ver, Peel, así es. ¿Se ha levantado ya el señor Woodhall?

—El señor bajó al despacho para una llamada urgente y me pidió la llave. Espero haber obrado correctamente al entregársela, señorita.

—¡Así me gusta! Siempre tan diligente. Esta mañana prefiero algo liviano; el apetito me ha dado una tregua. Un té con una nube de leche y un panecillo de naranja serán suficientes. Algo sutil para despertar los sentidos. Por cierto, pregúntele al señor si desea acompañarme.

  Edwin entró en el comedor justo cuando el mayordomo se retiraba. Su postura era rígida.

—Veo que estás lista. Nos iremos en cuanto termines.

—¿No vas a desayunar nada? —preguntó ella, observando su inquietud.

—Ya lo he hecho. Estoy en pie desde las ocho; patrullé la manzana y todo parece despejado. Además, he revisado la prensa —añadió Edwin, consultando su reloj de pulsera con impaciencia—. Walter ha cumplido: ni una palabra sobre el secuestro. Vámonos sin demora, Veil ya espera en la puerta.

—Señorita —intervino el mayordomo desde el umbral—, ¿dispongo el almuerzo a la hora habitual?

—Sí, Peel. Que preparen cubiertos para cuatro.

—Se hará como desea.

Tras la marcha del mayordomo, Edwin la observó con escepticismo.

—No esperarás que te entreguen a tu padre hoy mismo, ¿verdad?

  Helen guardó silencio. En el fondo, deseaba que así fuera, pero su mente ya trazaba un plan distinto: contaba con que Walter los acompañaría al regreso y quería sumar a John Veil a la mesa. Un almuerzo de trabajo sería el escenario ideal para ultimar los detalles de la operación policial.

Al cruzar el umbral, Helen se dirigió a los agentes que custodiaban la entrada:

—Están pasando frío a la intemperie. Es mejor que vigilen desde el interior; no hay necesidad de inquietar a los vecinos ni dar pábulo a los rumores sobre la desaparición de mi padre.

—Lo lamento, señorita Spencer —respondió uno de los oficiales con rigidez—, nuestras órdenes son no movernos de este puesto hasta el relevo.

—¡Hagan lo que les dice la señorita Spencer! —intervino Edwin con un tono que no admitía réplica—. Tienen mi permiso. Transmítanlo a sus compañeros cuando lleguen; desde dentro serán más eficaces.

—¡A sus órdenes, señor!

  Los oficiales, amedrentados por la determinación de Edwin, les abrieron la puerta del coche antes de retirarse al vestíbulo. En el interior del vehículo, John Veil los esperaba.

—¡Buenos días, John! —exclamó Helen—. Veo que no te cuesta madrugar.

—Es mi deber, señorita. Edwin me ha informado de que los captores ya han movido ficha. No se preocupe: el plan está trazado y mis hombres ya ocupan sus puestos.

—¡Bien hecho, John! Has actuado con una rapidez asombrosa —exclamó Helen con gratitud.

—Solo intento que esto termine cuanto antes —admitió él con un suspiro—. He tenido que posponer mis vacaciones hasta la semana que viene y no soy el único afectado. Como imaginarás, mi novia está furiosa; contaba con esos días.

—Lo siento mucho, John. Quizás un almuerzo preparado por Agatha te reconforte, aunque sé que no es la solución definitiva.

El rostro de Veil se iluminó por un instante.

—Acepto con placer. Todavía guardo el recuerdo de sus dulces... Quizás ella ya ni se acuerde de mí, ha pasado tanto tiempo. Recuerdo cuando jugábamos en la cocina y nos dejaba probar sus creaciones. Sharon y tú me atiborrabais con aquellos pasteles de crema; nos reíamos tanto... Agatha disfrutaba de nuestras travesuras.

  Su tono se volvió más sombrío al pensar en el presente.

—Debe de estar pasándolo mal con todo esto. Quizá pueda consolarla un poco recordándole aquellos días.

  La neblina londinense se aferraba a las columnas de Covent Garden como un sudario grisáceo. Eran las diez menos cuarto y el mercado de flores apenas empezaba a recoger sus bártulos cuando el coche de Veil se detuvo a una manzana de la Royal Opera House.

  Dentro del vehículo, el silencio era denso. Helen apretaba su bolso contra el regazo, sintiendo el peso del metal o del miedo, ya no sabía cuál. Edwin le tomó la mano, notando la frialdad de sus dedos.

—Recuerda, Helen —susurró él, fijando sus ojos en los de ella—. Eres una joven de la alta sociedad buscando una distracción. Ni una mirada atrás, ni un gesto de duda. Walter ya está dentro, fingiendo entrevistar a la compañía del Sadler's Wells; él será tus ojos en la sombra.

  Helen asintió, inspiró el aire gélido y bajó del coche. Su figura, elegante y solitaria, se recortó contra el pórtico del teatro. Caminó con paso firme hacia la taquilla, donde el cristal empañado por el frío apenas dejaba entrever al empleado. Edwin la vio alejarse y activó su cronómetro. El juego de espías en el corazón de Londres acababa de comenzar. Si el hombre del acento español estaba allí, esta era la oportunidad de oro.

  Al llegar, un hombre calvo, de bigote ralo y semblante severo, la escrutó desde el otro lado del mostrador.

—¿Qué desea la señorita? —preguntó con voz monótona.

  Ella pronunció el saludo formal acordado, una frase que en cualquier otro contexto parecería trivial, pero que allí sonaba a sentencia. El taquillero la observó durante unos instantes eternos, con los ojos entrecerrados, y tras un silencio cargado de sospecha, objetó:

—Puede pasar —concedió el taquillero con un gesto seco—. El otro billete ya la está esperando.

  El hombre la guio hasta uno de los palcos laterales. La sala estaba sumida en una penumbra rota solo por el resplandor del escenario, donde los bailarines ensayaban sus figuras como espectros blancos. En el pasillo, las siluetas del director y los representantes discutían en susurros con el escenógrafo. Helen escudriñó la oscuridad, buscando aquel rostro que se había grabado en su memoria, cuando sintió una presencia a su espalda.

  Alguien entró en el palco y se situó a su lado. Era él: el individuo arrestado en Scotland.

—Me complace ver que la señorita Spencer sabe escuchar —dijo con un acento que cortaba el aire.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó ella, manteniendo la vista al frente.

—El paquete que trajo de España. Para usted no tiene valor alguno, pero para mí es vital.

—¿Qué garantía tengo de que mi padre y mi amiga serán liberados tras la entrega?

—¡Mi palabra debería bastarle! —siseó él.

—No le conozco lo suficiente como para saber qué valor tiene su palabra, señor...

—Llámeme Sánchez. No necesita saber nada más.

—Entonces, señor Sánchez, me reservo el derecho a creerle. Pero dígame: ¿qué espera que haga ahora? Supongo que para eso estoy aquí.

  Sánchez se inclinó hacia ella, y Helen pudo sentir la amenaza en su cercanía.

—La hice venir para llevarla con su padre, pero subestimé su astucia. No ha venido sola; mis hombres confirman que Scotland Yard custodia cada salida. Me ha burlado, señorita Spencer... y el engaño es una falta que no suelo perdonar.

—¿Acaso me cree tan ingenua como para acudir sola y entregarle el paquete sin garantías? —replicó Helen, sosteniéndole la mirada en la penumbra—. Si lo quiere, habrá un intercambio. Usted propone el lugar y trae a mi padre y a Sharon; a cambio, recibirá lo que busca. Pero no iré sola: Walter Gallichan me acompañará.

—¡Ese periodista entrometido! —masculló Sánchez, apretando los dientes—. ¡No lo acepto!

—Sea como sea, usted quiere el paquete y yo a los míos. Diga dónde y deje de perder el tiempo.

—Nos veremos el día diez...

—Imposible. Busque otra fecha —cortó ella con firmeza.

—¡Señorita Spencer, está agotando mi paciencia! —siseó él, acercándose peligrosamente—. Su actitud solo perjudicará a los rehenes. Yo pongo las condiciones.

—He dicho que el diez es imposible.

—¡Basta! ¿Cuándo, entonces? —estalló él, contenido por el eco del teatro.

—Tendrá que ser el doce. A menos que prefiera el trece... si es que no es supersticioso.

Sánchez soltó una risa seca, carente de humor.

—Lo dice porque soy español. No crea en las artimañas de mis compatriotas para desplumar a turistas ingenuos; me crie en Alemania y mi mentalidad es otra. Pero dejémonos de nimiedades y vayamos al grano. Usted y el señor Gallichan irán a la estación Victoria el día doce. Pedirán billetes para Wiltshire y se unirán al grupo turístico que visita el círculo de piedras de Avebury. Esperarán allí hasta que todos se hayan marchado.

  El hombre hizo una pausa para enfatizar su amenaza:

—Una vez estemos seguros de que nadie los sigue, nos reuniremos para concretar la entrega. Y una advertencia: no intente jugar conmigo como hoy. No olvide el paquete. Ahora, se quedará aquí diez minutos disfrutando del ensayo; tiempo suficiente para que yo me desvanezca. Si me atrapan, mis hombres tienen órdenes de ejecutar a su padre y a su amiga de inmediato. No dudarán.

  Helen sabía que Sánchez hablaba en serio. Se obligó a esperar, consultando el reloj con los nervios a flor de piel. Cuando finalmente se dispuso a marchar, se topó con el hombre de la taquilla en el pasillo.

—Venía a buscarla, señorita. ¿Disfrutó de los ensayos?

—¿Quién le pidió que viniera? —preguntó ella, a la defensiva—. Conozco la salida.

—Su prometido, el que acaba de marcharse. Me pagó para que la dejara entrar; me dijo que usted debe viajar el día del estreno y que estaba desolada por perdérselo. ¿Le gustó?

—¡Oh, sí! Muchísimo —improvisó ella con una sonrisa forzada—. Me encantaría volver para ver la obra completa.

—Cuando quiera, la dejaré pasar, pero ahora debe irse. El otro caballero la espera fuera y parece impaciente. Menos mal que su prometido salió por la puerta trasera...

El viejo taquillero se inclinó con un aire de complicidad cómplice:

—Permítame un consejo de alguien que ha visto mucho mundo: no juegue con dos a la vez, señorita. Podría quedarse sin ninguno.

  A Helen le hizo gracia que aquel hombre confundiera a un criminal y a un detective con sus amantes. Al salir, tomó a Edwin del brazo con firmeza. El taquillero los observó alejarse, negando con la cabeza ante lo que consideraba un descaro juvenil. Mientras tanto, Walter apareció de entre las sombras y se deslizó rápidamente en el coche de Veil.

—¿Qué tal te fue con ese hombre? —preguntó Walter en cuanto cerraron la puerta del coche—. Lo vi esfumarse hace diez minutos; debió de usar la trampilla del escenario. Estuve a punto de seguirlo, pero preferí esperar a que salieras.

—Me alegro de que no lo hicieras —respondió Helen, aun recuperando el aliento—. El taquillero me confirmó que salió por la puerta trasera.

—¡¿Cómo has podido hacernos esto?! —estalló Edwin, golpeando el respaldo del asiento—. Todo el equipo estaba listo para actuar en cuanto pusiera un pie en la calle. Y tú te quedaste ahí dentro, regalándole diez minutos de ventaja. ¡Has arruinado la operación!

—Hice lo que tenía que hacer; no hay más que hablar —replicó ella con una frialdad que sorprendió a ambos—. Él también estaba preparado por si lo interceptaban.

—¿No entiendes que podríamos haberle obligado a confesar dónde los tienen? —insistió Edwin, fuera de sí.

—¿Y qué esperabas encontrar, Edwin? ¿Sus cadáveres?

—Jamás los matarían; saben lo que arriesgan, no son estúpidos. ¿Cómo es que no entiendes cómo piensa un criminal? Si te amenazó, solo fue para intimidarte y ganar tiempo. Ahora se estará riendo de nosotros.

—Lo hecho, hecho está —sentenció Helen—. No se puede menospreciar a esos nazis, como se ha venido haciendo hasta ahora.

Walter dio un respingo en su asiento.

—¡Atiza! ¡¿Nazis en Inglaterra?!

—Sí, Walter. Es hijo de españoles, pero nacionalsocialista alemán de pura cepa. Y estoy segura de que los demás también lo son, hasta la médula.

  El rostro de Walter se ensombreció de inmediato.

—¿Qué será entonces de Sharon y de tu padre? Sé por fuentes fidedignas cómo tratan a sus prisioneros... No les tiembla el pulso para disparar si no obtienen lo que quieren.

—Tienes razón, Walter —admitió Helen con un escalofrío—. Si ese hombre no llegara hoy al lugar donde retienen a mi padre, él moriría. Lo más probable es que solo mantuvieran a Sharon con vida para asegurar el intercambio.

—Sigo insistiendo en que, si lo tuviéramos bajo custodia, nos diría dónde están y llegaríamos a tiempo —masculló Edwin, rígido de frustración—. Pero por tu terquedad ahora es imposible; estamos atados a sus condiciones.

—Escucha, Edwin —intervino John con calma profesional—, esta gente ha sido entrenada para resistir cualquier interrogatorio. No habríamos sacado nada de él tan fácilmente.

Edwin, al verse en minoría, guardó un silencio sepulcral hasta que llegaron a la mansión. Una vez en la seguridad de la biblioteca, antes de pasar al comedor, Walter rompió la tensión:

—¿Cuáles fueron exactamente las últimas instrucciones de ese tal Sánchez?

—«Menos mal que al menos tenemos un nombre» —le interrumpió Edwin con un deje de sarcasmo.

—No te servirá de nada —replicó Helen—. Podría ser un alias cualquiera; hay miles de Sánchez y Fernández. Lo importante es lo que ordenó: el día doce debemos tomar el tren a Wiltshire en la estación Victoria y unirnos al grupo de turistas que visita el círculo de piedras de Avebury. ¡Tal como lo adivinaste, Walter!

—¡Atiza! —exclamó Walter, radiante—. ¿Y decíais que yo tenía demasiada imaginación?

—La tienes, Walter —replicó Edwin con severidad—, pero que no se te ocurra pensar que la dejaré ir sola. Bajo ningún concepto.

—¡No pienso ir sola! —se defendió Helen de inmediato—. Walter me acompañará.

—No puede. Carece de experiencia; no sabría cómo reaccionar ante lo que sea que nos espere allí fuera.

—Entonces, entrénalo. Tienes cuatro días antes de partir. Es tiempo suficiente para unas lecciones rápidas, Edwin. Al menos para que sepa cómo comportarse y no arruine la misión.

  Edwin suspiró, frustrado por la lógica de Helen.

—Sabes que el día diez estaremos fuera —repuso Edwin, cortante—. Es materialmente imposible que me dé tiempo.

—¿Iréis al Castillo de los Duques de Norfolk? —intervino Walter, esbozando una sonrisa enigmática.

—Sí, a ese. ¿Cómo demonios te has enterado?

—El Alto Comisionado me envió una invitación para una jornada de caza.

—Ya ves, Edwin —añadió Helen con ironía—, tu propio superior te brinda el tiempo necesario para instruirlo. ¡Parece que me haya leído el pensamiento!

—¡Atiza! ¡Qué emoción! —interrumpió Walter, incapaz de contenerse—. Siempre soñé con colaborar con Scotland Yard. ¡Por fin se hace realidad! ¡Hurra!

—¡Basta de aspavientos, Walter! —le cortó Edwin con frialdad—. Conviene que recibas las instrucciones pertinentes cuanto antes. En Scotland actuamos como un solo cuerpo: personas adiestradas, eficientes y, sobre todo, obedientes. Ese es el secreto de nuestro éxito. Trabajamos por el bien común y jamás ponemos en peligro a un compañero. Esa, Walter, es la primera lección que debes grabar en tu mente.

  Walter se puso en pie de un salto, cuadrándose con un saludo militar exagerado.

—¡A sus órdenes, señor! ¡El voluntario Walter Gallichan está listo para el servicio! —exclamó antes de servirse una generosa copa de vino con absoluta despreocupación.

  Edwin, ignorándolo, se giró hacia Helen con la mirada sombría.

—¿No nos has dicho qué se supone que debes hacer exactamente en el Círculo de Piedra?

—Esperar a que el último turista se marche —respondió ella con calma.

—¿Y luego?

—Cuando comprueben que nadie nos sigue, volverán a contactar conmigo.

—Entonces no es seguro que los tengan allí —concluyó Edwin, impaciente—. Solo están jugando con nosotros.

—Creo que están cerca. Me exigió que llevara el manuscrito para el intercambio. ¡Eso es lo que buscan!

  Edwin dio un paso hacia ella, cerrando el espacio personal.

—No lo llevarás. Me entregarás ese manuscrito ahora mismo. ¡Ve a buscarlo!

—Puedes estar seguro de que no lo haré —replicó Helen, sin retroceder un milímetro—. Ponte como quieras, Edwin, pero a mí nadie me da órdenes. No soy tan dócil como Walter.

—Debes entregarlo, Helen —intervino Veil con tono conciliador—. Es por tu propia seguridad.

—Decidiré qué hacer después de hablar con el Primer Ministro —sentenció ella—. El señor Woodhall no es Chamberlain. Hasta entonces, el manuscrito se queda dónde está.

—¡Lo encontraremos! —estalló Edwin—. Mis hombres registrarán cada rincón de esta casa. ¡Los haré venir ahora mismo!

—Haz lo que te plazca. Por mí, como si derribas la casa piedra a piedra. Pero te aseguro que aquí no vas a encontrar nada.

  Woodhall la escrutó con fijeza, tratando de detectar el menor rastro de un farol. Buscó un titubeo, una sombra de duda en su mirada, pero Helen sostuvo el pulso con una altivez gélida. Parecía haber sido adiestrada para la impasibilidad; un escalofrío recorrió a Edwin al darse cuenta de que la ternura que ella le profesaba se había evaporado. Se estaban alejando, pero su deber profesional se imponía: no permitiría que su plan se desmoronara. Con un gesto seco, tocó el timbre. Peel apareció al instante.

—Prepare la habitación de invitados para el señor Woodhall, la contigua al dormitorio de mi padre —ordenó Helen—. Que limpien también el cuarto de Sharon para su regreso. Y sirvan el almuerzo ahora mismo.

  Peel lanzó una mirada inquisitiva a Woodhall, quien se limitó a encogerse de hombros antes de seguir al grupo hacia el comedor. Helen orquestó el protocolo con precisión quirúrgica: sentó a John y a Walter a sus flancos, dejando a Edwin aislado en un extremo de la mesa. Él acusó el desaire, pero su orgullo le impidió mostrar flaqueza; permaneció hermético, apenas participando en la conversación.

  Al terminar, el silencio en la estancia era casi sólido. John, buscando romper la tensión, se excusó para bajar a la cocina. Allí, entre el vapor y el aroma a especias, encontró a la veterana cocinera.

—¿Dónde está Agatha, la mejor de las cocineras? —preguntó con curiosidad.

—Soy yo —sentenció Agatha con la cuchara de madera en alto—. ¿Desea algo, señor? ¿Acaso no le gustó el almuerzo? Le recuerdo que aquí no aceptamos quejas. Y con perdón, señor, pero este no es sitio para un caballero.

—¿Vas a echarme después de todos los dulces que me diste de niño? —preguntó John con una sonrisa nostálgica.

—No le recuerdo. El tiempo vuela y he alimentado a demasiados chiquillos.

—Agatha... ¡Soy yo, John Veil!

  La mujer entrecerró los ojos, escudriñando las facciones del hombre bajo el uniforme de gala. De pronto, soltó una carcajada ronca.

—¿Aquel niño regordete al que se le reventaron los pantalones al agacharse?

—¡El mismísimo, nanny!

—¡No me lo puedo creer! ¡Mírate! ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Qué haces hoy en esta casa?

—Helen me invitó para que volviera a disfrutar de tu mano en la cocina.

—Seguro que comerías mejor en esos restaurantes famosos de la ciudad —refunfuñó ella, aunque halagada.v

—Soy soltero y vivo solo, Agatha. En Scotland Yard no hay cocineras que te lleguen a la suela del zapato.

  Al oír el nombre de la institución, los ojos de Agatha brillaron con una chispa de interés. «A esto le sacaré provecho», pensó, «sobre todo si sigue siendo tan blando como cuando era pequeño». Lo invitó a sentarse a la mesa del servicio y le sirvió una porción generosa de pastel de piña. John suspiró de puro deleite al ver el bocado.

—¡Agatha, esto es gloria bendita! ¡Daría cualquier cosa por tus dulces!

  Ella se apoyó en la mesa, cruzando los brazos sobre el delantal.

—¿Incluso contarnos qué está pasando de verdad en esta casa?

—¿Qué os han dicho? —preguntó John, deteniendo la cuchara a medio camino.

—¿Que es un secreto de Estado? —soltó ella con una mirada que exigía la verdad.

—Bueno, no llega a ser un secreto de Estado, Agatha —matizó John entre bocado y bocado—. Pero es vital que nadie sepa nada, especialmente por la seguridad de Sharon y de Lord Leonard.

Peel, que observaba desde un rincón, intervino con voz pausada:

—Agatha pregunta porque está dolida con la señorita. No le ha confiado ni una palabra de lo que ocurre, y ella estaba acostumbrada a ser su confidente.

—No te preocupes, Agatha —la consoló John—. Helen es excepcional; está manejando esto como si fuera una de las nuestras. El propio Comisionado Shaw está impresionado por su entereza.

—Se lo está inventando —bufó la cocinera, cruzándose de brazos—. Esa no es mi Helen. Me la han cambiado.

—Me temo que esta es la verdadera —replicó John con seriedad—. La otra era solo la fachada que ella quería proyectar. Su labor diplomática en España fue impecable, digna del mismísimo Lord Leonard. Desconocemos los detalles de sus misiones, pero el Gobierno español ha mantenido una relación excelente con nuestro Primer Ministro desde entonces.

—Puede que les hablara en castellano —comentó Remedios con una sonrisa de suficiencia—. Yo misma le enseñé mi lengua. También le advertí que, cuando visitara mi tierra, usara siempre un traductor; así sabría si intentaban engañarla. Porque verá, señor, en mi país el que no corre, vuela... y abundan los pillos.

—Los hay en todas partes, Remedios —concluyó John, poniéndose en pie—. Ahora, si me disculpan, debo subir. Agatha, confía en la señorita Helen. Todos lo hacemos.

—¡Gracias, Veil! —exclamó Agatha, algo más animada—. Me ha devuelto el humor.

  Sin embargo, en su fuero interno, la cocinera seguía observando al detective con incredulidad. No podía ser. La mujer de la que hablaban no era su señorita; la Helen que ella conocía era sensible, propensa a la melancolía y al aislamiento. Estaban equivocados, pensó Agatha, convencida de que nadie conocía a la muchacha mejor que su nanny.

  El ambiente en la biblioteca, cuando Veil entró, era eléctrico. Woodhall se había instalado en un rincón, fingiendo leer con avidez un tratado sobre la formación de vías mentales de William W. Atkinson, aunque su atención estaba en otra parte. Walter, con tono conciliador, le sugería a Helen que entregara el manuscrito al Primer Ministro; ella, casi en un susurro, replicó que tendría que sopesarlo incluso si se tratara del mismísimo Chamberlain.

  Edwin captó esas últimas palabras y se incorporó bruscamente.

—¿Qué pretendes decir con eso? —exigió saber.

—Lo que has oído —intervino Veil—. Es su estilo, Edwin. Tendremos que acostumbrarnos.

—Aquí nadie dirige la investigación salvo nosotros —sentenció Woodhall, herido en su orgullo—. No tengo por qué acostumbrarme a nada.

—Será mejor que te calmes —le espetó Veil—. He hablado con el Comisionado Shaw mientras esperábamos frente al teatro. Está al tanto de que Helen ha mediado en asuntos de alto nivel y su orden es tajante: debemos apoyarla en cada paso que dé.

  Una sonrisa forzada, la primera del día, asomó al rostro de Helen. Edwin, sin embargo, palideció; su propio jefe lo había excluido de la información confidencial. Antes de que pudiera insistir, ella se levantó con elegancia y se retiró a sus aposentos.

  En su dormitorio, Betty ya preparaba el equipaje.

—¿Has guardado mi ropa de montar? —preguntó Helen.

—Sí, señorita, pero... ¿alguna preferencia en particular?

—La chaqueta deportiva marrón claro, la corbata de ganchillo y la boina a juego. Y por supuesto, las botas y mi fusta favorita. Para la cena, el crepé georgette negro de corte princesa. Asegúrate de que el encaje ocre del corpiño esté bien protegido; no quiero que sufra durante el viaje.

—No se preocupe, señorita, irá todo impecable. ¿Desea algo más? —preguntó Betty.

—Ah, sí. Prepara también el conjunto de crepé marrón rojizo con el cinturón de brocado. El sombrero de fieltro negro y los zapatos a juego. Esta vez no llevaré joyas.

—Entendido. ¿Y qué ropa desea para el trayecto del viaje?

—El vestido de lana negra con hilos blancos —respondió Helen mientras se observaba en el espejo—. El de las mangas abullonadas. Y no olvides la sombrerera con el fieltro gris de adorno en la copa.

—Todo estará listo. ¿Se ausentará mucho tiempo, señorita?

—Solo dos días, Betty. Si necesito algo más a última hora, te avisaré. Ya puedes retirarte. Y deja claro al servicio que no deseo ser molestada bajo ningún concepto.

  Mientras Helen se encerraba en su santuario, Edwin se dirigía a la oficina central con Walter y John. Tras coordinar la posición de sus hombres en Wiltshire, entró en el edificio principal de Scotland Yard y se plantó en el despacho del Comisionado Shaw.

—¡Woodhall! ¿Qué hace aquí? —exclamó Shaw, levantando la vista de unos informes.

—Señor, vengo a solicitar que me retire del caso.

—¡Lo lamento, pero es imposible! —replicó el Comisionado, tajante—. ¿Cuáles son sus motivos?

—He cometido el error de entregar mi corazón a la señorita Spencer —confesó Edwin con la mandíbula tensa—. Y usted, al ocultarme información vital, me ha dejado en una posición ridícula frente a ella.

—No veo motivo alguno para relevarlo, Woodhall —sentenció Shaw, sin dignarse a levantar la vista de sus papeles—. No debería tomárselo como algo personal; ni siquiera yo cuento con el panorama completo de mis superiores y, como ve, no por ello abandono el barco. Además, detective, mis informes son claros: este caso es suyo, ¿no es así?

—Eso creía, señor. Pero ahora lo dudo.

—¿Qué es lo que hace tambalear su convicción, Woodhall? —Inquirió Shaw, finalmente clavando sus ojos en él.

—Cuando le exigí el manuscrito, se negó en redondo. Su mirada me dejó paralizado; era como si estuviera frente a una completa desconocida.

—Comprendo —asintió Shaw con frialdad—, pero su error fue ese: creer que tenía derecho a pedírselo.

—¡Pero señor! —estalló Edwin, perdiendo la compostura—. ¡No podemos permitir que entregue ese manuscrito a los secuestradores solo para recuperar a Lord Leonard!

—Confía usted muy poco en su propio instinto, Woodhall —replicó Shaw con una calma exasperante—. Sus hombres ya están apostados en el perímetro. Solo esperan una orden.

—Exacto. El encuentro se ha fijado para el día doce, en las inmediaciones del Círculo de Piedras de Avebury. Se llevará a Walter; ella insiste en la descabellada idea de que yo me encargue de su instrucción.

—¡Hágalo! —sentenció Shaw con firmeza—. Ponga todo su empeño en ese entrenamiento; ese muchacho podría ser una pieza clave en nuestro tablero.

—¿Usted también está de su parte, señor?

—Deje que ella lleve la voz cantante en cualquier plan que trace, detective. Es una orden directa.

Edwin dio un paso al frente, perdiendo los estribos por un instante:

—Con el debido respeto, señor... creo que la vieja historia que lo une a la madre de Helen le está nublando el juicio.

—¡Silencio, Woodhall! —rugió Shaw, poniéndose en pie de un salto—. ¿Busca que le abra un expediente disciplinario? No soy yo quien autoriza este despliegue, sino el propio Primer Ministro. Le recuerdo que es él quien tiene potestad sobre ese manuscrito, no usted. Así que regrese a esa casa y no se mueva hasta que yo lo ordene. ¡Fuera de mi despacho! Nos vemos el día diez en el castillo.

  El Alto Comisionado había sido implacable. Edwin no dejaba de dar vueltas a las mismas preguntas: ¿Por qué tantas libertades? ¿Por qué el apoyo directo del Primer Ministro? ¿Qué demonios había hecho ella en España? Sabía que Helen tenía las respuestas, pero también que no soltaría prenda sin una autorización superior. La vigilaría de cerca; estaba convencido de que intentaría acudir a la cita sin informarle, pero no pensaba dejarse pillar por sorpresa. Olía algo turbio.

  Al llegar a la mansión, el servicio le confirmó que la señorita se había recluido en sus aposentos y que no bajaría a cenar. Brilliz se le acercó en silencio, con el rostro cargado de preocupación.

—Todo ha vuelto a ser como al principio, señor —susurró la mujer.

—No se inquiete, Brilliz. Continúe con sus labores; la señorita está bien —la tranquilizó él, aunque por dentro sentía lo contrario.

  Woodhall dejó a la mujer limpiando el mobiliario y se escabulló en el despacho de Lord Leonard. Necesitaba algo, cualquier indicio que arrojara luz sobre el misterio. Empezaba a dudar incluso de que el manuscrito fuera el verdadero motor de todo aquel enredo. Sin embargo, tras registrar cajones y estantes, no halló nada.

—¿Puedo ayudarle en su búsqueda, señor? —La voz de Peel, apareciendo como una sombra en el umbral, le hizo tensarse.

—¿Dónde guarda el señor sus documentos, Peel? —preguntó Edwin, tratando de recuperar la compostura.

—Nunca los trae a casa, señor. En las raras ocasiones en que lo hace, utiliza esta maleta de cuero marrón, pero los despacha en el mismo día. Como puede ver, ahora está vacía.

Edwin observó el maletín inerte sobre el escritorio. Luego, fijó sus ojos en el mayordomo.

—Dígame una cosa, Peel... ¿Cómo llegó usted a trabajar en esta casa?

—Pertenezco a la guardia personal del conde de Bewdley —reveló Peel con una rectitud militar—. Él me asignó al servicio de Lord Leonard con su consentimiento. Mi misión era vigilar a la señorita Helen; cuando ella dejó de salir, su padre me presentó oficialmente como mayordomo para que pudiera escudriñar al personal desde dentro.

—¿Con qué propósito? —inquirió Edwin, sorprendido—. ¿Qué debía descubrir?

—Me ordenaron seguir sus pasos, informar de sus contactos y actividades. Pero fue imposible; no logré averiguar nada, ni siquiera identificar a los hombres que la seguían. En cuanto intentaba acercarme a ellos, arrancaban el coche y desaparecían, solo para ser relevados por otro vehículo de inmediato.

—Lo que no alcanzo a comprender es por qué le golpearon con tanta saña, Peel.

—Venganza, sencillamente. Intervine cuando intentaron agredir al prometido de Betty mientras este le entregaba un mensaje a la señorita Helen.

—¿Qué mensaje? —Edwin se inclinó hacia delante, tenso.

—Tenía que realizar una entrega en un lugar acordado.

—¿Y Betty informó a la señorita?

—No. La convencí de que guardara silencio sobre lo ocurrido.

—¡Bien hecho, Peel! —concluyó Edwin—. Gracias.

  Mientras tanto, a kilómetros de allí, Sánchez ya estaba de regreso en Wiltshire. Cruzó el umbral de la estancia donde custodiaba a los cautivos con una confianza gélida que pareció congelar el aire.

—Me informan de que han sido cooperativos. Me alegro —dijo, mientras sus ojos evaluaban a cada rehén con precisión quirúrgica—. Vayan preparándose: el día doce, Lord Leonard se reunirá con su hija y daremos paso al intercambio. Sus vidas por el paquete.

  Lord Leonard, a pesar del cansancio y las sombras bajo sus ojos, alzó la voz con una firmeza inquebrantable:

—Se equivoca, Sánchez. Mi hija jamás se lo entregará.

—Ella está dispuesta a hacerlo, milord —siseó Sánchez con una sonrisa gélida—. Su seguridad es lo único que le importa. ¿Usted no dice nada, señorita Sharon?

—No me ha preguntado —replicó ella, manteniendo la barbilla alta.

—¡Me gusta esa actitud! Veo que es obediente. ¿Qué opina de su amiga? ¿Cree que intentará jugárnosla?

—No puedo leer su mente —contestó Sharon con sequedad—. Conociéndola, dudo que se atreviese a algo así.

—Por su bien, espero que no. En cualquier caso, nos aseguraremos de que vengan solos.

—¿Quién vendrá con ella? —preguntó Sharon, incapaz de reprimir la curiosidad.

—Su amiga y ese periodista... el señor Gallichan.

  Sánchez salió dejando tras de sí un portazo que hizo vibrar los muros. Sharon comenzó a susurrar, alarmada por la temeridad de Helen, pero Lord Leonard la frenó en seco con un dedo sobre los labios. Con un gesto apenas perceptible, señaló las rejillas de ventilación; en aquel lugar, hasta los susurros tenían dueño.

  En la mansión, Helen se refugiaba en la penumbra de su alcoba, sumida en sus pensamientos. A pesar de haber exigido soledad, el leve tintineo de una bandeja anunció la llegada de Agatha.

—Sé que ordenaste que nadie te molestara, pero aquí me tienes —dijo Agatha desde el otro lado de la puerta, con voz firme pero cargada de preocupación—. Ábreme, Helen. Necesito que me mires a los ojos y me digas la verdad: ¿dónde está tu padre?

  Helen suspiró y, tras un instante de duda, se levantó para descorrer el cerrojo. Al abrir la puerta, la luz del pasillo inundó la estancia, obligándola a entrecerrar los ojos. Agatha entró sin esperar invitación y dejó la bandeja sobre la cómoda con un golpe seco que hizo tintinear los cubiertos.

—¿Si te dijera que está en manos de los alemanes, me creerías? —soltó Helen, manteniendo la vista fija en la oscuridad.

—¡Qué sarta de sandeces! ¡Los alemanes! —Agatha se cruzó de brazos, clavando su mirada en ella—. No digas tonterías. ¿Por qué demonios querrían ellos a tu padre?

—Porque tengo algo que codician —replicó Helen, enfrentándola al fin—. Quieren un intercambio. Supongo que ya sabes lo de Betty y el mensaje que recibió.

Agatha apretó los labios, indignada al confirmar que la doncella no había sabido guardar el secreto.

—Me he enterado de que te marchas el día diez —soltó, ignorando la provocación—. ¿Cuándo piensas regresar?

—No lo sé, Agatha —contestó Helen con voz firme—. Solo sé que no volveré sin mi padre.

  Agatha abandonó la alcoba mascullando protestas, convencida de que la audacia de Helen no era más que una locura suicida. Mientras tanto, en un rincón apartado de la ciudad, Woodhall descargaba su propia rabia sometiendo a Walter a un entrenamiento implacable. No se detuvo hasta que dejó al periodista frente a la redacción, exhausto y con la mente nublada, sin darle tiempo siquiera a recuperar el aliento.

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Sueños de Honor — Capítulo 7: Duros de cerviz

  Abandonaron el Exeter tras expresar su gratitud personal al comandante por todas sus atenciones. A ella la conmovió la sinceridad de sus palabras al desearle que su padre estuviera pronto a su lado.

  Ya en el coche, Veil rompió el silencio: «No hay noticias de los secuestradores. En cuanto al supuesto turista, fue liberado al día siguiente de que ustedes partieran gracias a la mediación del secretario del Consulado. Se dirigió a la estación Victoria y tomó un tren hacia Bath, donde ha pasado estos días en las termas romanas. No ha contactado con nadie más que con el personal y los clientes del balneario. Si no fuera por la conversación que Helen escuchó, parecería un turista legítimo». Era evidente que se esforzaba por engañarlos, pero, curiosamente, ese teatro encajaba a la perfección con sus planes.

—¿Han seguido vigilando la casa? —preguntó Helen.

—No. La policía no detectó nada y Peel ni siquiera llegó a ver a sus atacantes.

—Es evidente que se retiraron —intervino Edwin—. Deben haber conseguido lo que buscaban de tu padre.

—No lo creo. Él jamás diría nada que pudiera ponerlo en peligro, y menos con Sharon allí.

—Eso espero. Veil, ¿tienes alguna orden para mí?

—El jefe te quiere en la central. Dejaremos a Helen en casa y seguiremos directos hacia allá.

  Veil detuvo el coche frente a la casa. En el umbral, Peel conversaba con uno de los agentes, pero al reconocer el vehículo se apresuró a abrirles la puerta. Edwin se despidió de Helen con afecto, prometiéndole regresar lo antes posible. Antes de bajar, le lanzó una última advertencia: no debía moverse de allí hasta su vuelta; si los secuestradores llamaban, bastaría con avisar al jefe de vigilancia para que lo localizaran de inmediato.

—No te preocupes —le aseguró ella—. No haré nada por mi cuenta. No pondré en peligro a Sharon ni a mi padre... pero vuelve pronto.

Una vez que retomaron la marcha, Veil rompió el silencio:

—¿Cómo fue todo por tierras lusas?

—Bien. Al menos ya podemos descartar al señor Robles de esta ecuación.

—Es un alivio tachar un nombre de la lista —asintió Veil—. Pero hay algo más que no te he contado sobre el hombre que arrestamos. Ayer abandonó Bath; lo seguimos hasta la estación, donde compró un billete para Wiltshire. Varios de nuestros agentes se turnaron para no levantar sospechas, pero al bajar en la estación... se esfumó. Les dio esquinazo.

—Deberías habérmelo dicho antes —estalló Edwin—. ¡Tenemos que regresar a casa de lord Leonard! Podrían estar en peligro.

—Mi orden es llevarte a la central —replicó Veil con calma—. Nuestros hombres están preparados para cualquier eventualidad; saben lo que hacen y, de momento, no nos necesitan. ¡Baja ya! El comisario te espera.

  Edwin asintió, aunque el recelo no le abandonaba. Al entrar en el despacho, se topó con la mirada inquisitiva de su jefe. Sin preámbulos, comenzó a detallar lo sucedido en la entrevista mientras extraía con suma cautela un documento del bolsillo interior de su raída chaqueta de pata de gallo.

  El comisario Shaw leyó el papel en un silencio sepulcral antes de preguntar con escepticismo:

—Y bien, ¿podemos confiar en esto?

—La señorita Spencer cree que sí —respondió Woodhall—. Aunque, personalmente, tengo mis reservas sobre sus formas. En cualquier caso, coincido con ella: por ahora, ese hombre cumplirá lo firmado. Más adelante, quién sabe.

—«Al menos acepta que todo se le entregue al vicepresidente Jordan a través de nuestro primer ministro», intervino Ged. «Ahora podemos estar seguros de que Robles no tuvo nada que ver con que esos documentos llegaran a manos de la señorita Spencer».

—Lo dejó muy claro —añadió Edwin—. Sostiene que se los robaron y que jamás tuvo intención de usarlos. Además, aclaró que él no envió ninguna carta al periódico de Gallichan para publicar sus memorias; alguien se hizo pasar por él y desconoce quién pudo ser.

—¡Buen trabajo, Woodhall! —concluyó el comisario—. Ahora regresa a casa de lord Leonard e infórmame de inmediato si hay novedades. Sobre el supuesto turista español, supongo que Veil ya te habrá puesto al tanto.

—¡Así es, señor! —confirmó Woodhall—. Veil me informó al llegar; ese sinvergüenza burló a nuestros hombres en Wiltshire. Estoy convencido de que los tienen allí, pero es un área demasiado vasta. Si me lo permite, sugiero infiltrar agentes disfrazados de turistas, especialmente en el círculo de piedras de Avebury y el cementerio cercano a Overton Hill. Deberíamos desplegarlos en puntos estratégicos. Quizá sea solo una corazonada, pero presiento que usan esa zona como refugio.

—Adelante, Woodhall. Tienes mi autorización y todos los recursos que necesites —concedió el comisario—. Debemos localizarlos cuanto antes y zanjar este asunto de una vez por todas.

  Edwin abandonó el despacho eufórico, espoleado por la confianza absoluta que acababan de depositar en él. Mientras tanto, en la casa, Helen intentaba distraerse ordenando su habitación con ayuda de Betty. El silencio lo rompió Peel al asomarse a la puerta:

—Señorita, un hombre al teléfono dice que usted espera su llamada.

  Helen dejó caer lo que tenía entre manos. Ignorando a la criada, bajo las escaleras a toda prisa, con el corazón en un puño, y descolgó auricular del vestíbulo.

—¡Dígame! —exclamó con la voz entrecortada por la ansiedad.

—Espero, señorita Spencer, que estos días le hayan servido para recapacitar. ¿Está dispuesta a colaborar?

—Antes quiero saber cómo están mi padre y mi amiga —exigió ella, con la voz temblorosa.

—Oh, están disfrutando enormemente de nuestra... hospitalidad.

—Quiero hablar con él. Ahora mismo.

—Me temo que eso es imposible. No cuente con ello.

  En un arrebato de furia, Helen estrelló el auricular contra el soporte. Se quedó temblando, invadida por una oleada de repulsión al pensar que su impulsividad pudiera empeorar las cosas para los rehenes. El timbre insistió de nuevo al instante; un repiqueteo metálico que parecía juzgarla. Ignorándolo, se obligó a cruzar el pasillo hacia la privacidad de la biblioteca y allí, con el pulso acelerado, descolgó por fin la extensión.

—Eso no ha estado bien, señorita Spencer —advirtió la voz al otro lado, gélida—. Tenemos que hablar.

  El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el crepitar de la línea y el latido desbocado en los oídos de Helen. Por la ventana de la biblioteca, el jardín inglés se extendía sumido en una niebla gris, tan indiferente a la tragedia de los rehenes como la voz que acababa de amenazarla.

—¡No tengo nada que decirle! Si no me deja hablar con mi padre, asumiré que no está con usted y colgaré de nuevo.

Hubo un silencio breve antes de que el hombre soltara una risa seca.

—Su audacia es admirable, señorita Spencer, pero no está en posición de dar órdenes. No obstante, le permitiré hablar con él; solo unas palabras, como prueba de mi buena voluntad.

Se oyó un golpe seco contra el auricular y, de pronto, una voz cansada pero familiar llegó desde el otro lado de la línea:

—Querida Helen... ¿eres tú?

—¡Papá! ¿Estás bien? —exclamó ella, aferrando el auricular con los nudillos blancos.

—¡Estamos bien, hija! ¡No te rindas nunca! —la voz de su padre sonó firme, casi desafiante—. ¡Recuerda que somos como los judíos, duros de cerviz!

—¡Basta ya! —El secuestrador le arrebató el aparato con brusquedad, apartándolo del oído de lord Leonard—. Ya ha comprobado que siguen vivos. Ahora, escuche con atención: mañana día ocho, vaya a la taquilla de la ópera en Covent Garden y diga: «Quiero dos entradas para Shakespeare el próximo lunes». Cuando le pregunten si prefiere platea, galería o palco, responda: «Palco, por favor». Allí le darán instrucciones. Volveremos a hablar.

Helen se quedó petrificada con el auricular mudo en la mano. «¿Covent Garden? ¿Shakespeare? Qué extraño...». Nada encajaba, pero tenía claro su siguiente paso: «Se lo contaré a Woodhall en cuanto llegue».

Mientras tanto, en el sombrío habitáculo donde permanecían cautivos, la voz ronca y autoritaria de lord Leonard rompió el silencio, dirigiéndose a su captor:

—Veo que domina nuestro idioma. ¿Puede decirme qué demonios hacemos aquí? ¿Qué es este lugar y qué espera de nosotros?

—Hace demasiadas preguntas, milord —respondió el hombre con una calma gélida—. Solo le diré que usted es el medio para recuperar algo que nos pertenece.

—¡Llevo días esperando una explicación! —estalló Leonard—. ¿Qué es lo que quieren? ¿Y qué tiene que ver mi hija en todo esto?

—Usted ya lo sabe, milord. No se haga el tonto —replicó el captor con desdén—. Sabemos que es un hombre inteligente. Su hija tiene algo que nos pertenece; si nos lo entrega, podrán marcharse. ¿O acaso cree que ella no los aprecia lo suficiente como para soltarlo?

—Eso será así... siempre que ella tenga en su poder lo que ustedes buscan —masculló lord Leonard.

—Siga fingiendo, adelante. ¿Cree que somos idiotas? Hemos perdido demasiado tiempo: primero porque Scotland Yard andaba husmeando; luego, por la llegada de su invitada, que nos obligó a investigar también. Pero el plazo se ha agotado. A menos que nos diga dónde esconde su hija el paquete, no saldrán de aquí.

—¡No lo escuche, lord Leonard! —intervino Sharon con desesperación—. Estos inhumanos jamás nos dejarán marchar. En cuanto consigan lo que quieren, nos matarán. ¿No ve que son espías alemanes que intentan hundir a nuestro país?

El individuo soltó una carcajada fuerte, oscura y cavernosa que resonó con un eco patético en la sala. Luego, con un deje de burla en la voz, sentenció:

—Qué poco sabe usted, señorita. Es cierto que mis colegas son alemanes... pero yo soy español.

—¿Qué hace en Inglaterra con esta gente? —preguntó lord Leonard, desafiante.

El captor sonrió con suficiencia antes de responder:

—¿Acaso no recuerda, milord, lo que su propia prensa publicó sobre Stolp? Aquel regimiento de dos mil oficiales que se rebelaron y terminaron expulsados del ejército alemán. El Führer lo negó en su discurso del 20 de febrero del año pasado; lo que no mencionó es que, bajo el mando de Stolp, ese grupo formó algo mucho más ambicioso: una Scotland Yard a escala global, una «Quinta Internacional» al servicio de la gran nación alemana.

El hombre dio un paso hacia la luz, sus ojos brillando con fanatismo.

—Nuestra misión es sencilla pero implacable: vigilamos los países en los que nos filtramos, diseccionamos sus debilidades y nos establecemos silenciosamente hasta dominar su economía y su sistema político. Respecto a Inglaterra... —hizo una pausa dramática—, Alemania no tiene motivos para el conflicto, siempre que se respeten nuestras reivindicaciones coloniales. Fuera de eso, cualquier base para una guerra ha desaparecido por completo.

—Eso ya lo sabemos —repuso lord Leonard, secamente.

—Chamberlain nos dio sus garantías —añadió Sharon, intentando sonar firme.

El hombre clavó la mirada en ella con una intensidad que la hizo estremecer de pura vergüenza. Tras un silencio gélido, estalló en una carcajada burlona.

—¿Chamberlain? ¿Ese hombrecillo de cuello flácido y paraguas largo? —se mofó el español—. Es un pobre anciano aturdido. ¿Qué puede saber él de la voluntad de la gran Alemania?

Nada más pronunciar aquellas palabras, las tradujo a un alemán impecable para los guardias que custodiaban la entrada. Los hombres estallaron en risas estridentes que rebotaron en las paredes del habitáculo.

—No lo menosprecien —saltó Sharon, con el rostro encendido—. ¿Acaso creen que su Führer es mejor que él?

—¡Cállate, Sharon! —le amonestó lord Leonard en un susurro urgente—. No los provoques. Es mejor no hacerlos enfadar.

—Haga caso a lord Leonard —advirtió el captor con una calma inquietante—, a menos que quiera que deje a mis hombres libertad para que hagan con ustedes lo que les plazca.

—¡No se atrevería! —desafió Sharon, aunque un escalofrío le recorrió la espalda.

—No lo dude ni un segundo, señorita. Soy capaz de cualquier cosa por mi patria.

Lord Leonard intervino, tratando de desviar la atención de Sharon hacia una debilidad del hombre:

—Si es tan patriota, ¿por qué se ha aliado con los alemanes?

—Porque ellos han prometido una ayuda mucho mayor para reconstruir España —respondió el hombre sin pestañear.

—Entonces es cierto... —concluyó Leonard con amargura—. Les estuvieron ayudando durante toda la guerra, a pesar de sus constantes desmentidos.

—Sí, se refiere a los veinte mil hombres en Marruecos que supuestamente desembarcamos, o al pacto con Italia para repartirnos el país —replicó el español con un gesto de desdén—. La prensa británica se deleita con esas fábulas. Lo que Alemania garantiza es una España Nacional soberana, libre de la garra bolchevique. Nos ayudan a extirpar el comunismo internacional, esa enfermedad que carcome a nuestra vieja Europa y quiebra su equilibrio.

El hombre se acercó a lord Leonard, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro amenazador:

—Si mi patria se convirtiera en una sucursal de Moscú, la epidemia de destrucción y desolación se extendería sin freno. Las consecuencias serían irreparables y ante eso, milord, no podíamos permanecer indiferentes. El destino de Occidente se juega en nuestras tierras.

—¿Y quiénes se creen ustedes para decidir el destino de una nación? —espetó lord Leonard—. Si se ha decidido que la España Nacional sea independiente, deben ser los españoles quienes tomen las riendas, y nadie más.

El captor soltó una risa seca, carente de humor.

—Usted y su Cámara de los Comunes pecan de una soberbia infinita. Creen que solo Inglaterra tiene el derecho divino de proteger a otros, como a Polonia, pero se lo niegan sistemáticamente a Alemania.

Se acercó un paso más, señalando a Leonard con el dedo.

—Le refrescaré la memoria: recuerde la respuesta del Führer a sus cartas de queja sobre nuestras sentencias judiciales. Les recomendó que los miembros de su Parlamento se ocuparan de las condenas dictadas por los consejos de guerra británicos en Jerusalén antes de juzgar a los Tribunales Populares Alemanes. Interferir en nuestros asuntos internos no ayuda, en absoluto, a mejorar las relaciones entre Londres y Berlín.

—Debería preguntarles a las madres y esposas que perdieron a los suyos en esa guerra entre hermanos —sentenció Sharon, con la voz quebrada por la indignación.

El hombre reaccionó con una violencia eléctrica. Estampó su mano sobre la boca de la joven, apretándola con una fuerza brutal que le hundió las mejillas.

—¡Cállate! —siseó cerca de su oído—. ¡Es la última advertencia! ¡Habla solo cuando te lo ordene! ¿Entendido?

Sharon comenzó a temblar, conmocionada por la presión de aquel puño fanático sobre su rostro. Las lágrimas brotaron de sus ojos, surcando sus mejillas en silencio para fundirse con la atmósfera turbia y la frialdad de aquellas paredes desnudas. Lord Leonard, aterrado por el destino de su compañera, intervino de inmediato para desviar la atención del agresor.

—Entonces... —dijo Leonard, forzando un tono de interés frío—, ¿insinúa que España entraría en una nueva guerra? ¿Es por eso por lo que necesitan lo que mi hija posee?

—Lo ha entendido a la perfección —asintió el captor con una sonrisa gélida—. Es evidente que su querida hija le puso al tanto del contenido.

—Se equivoca. Ella no me dijo nada —replicó Leonard con firmeza—. Para entenderlo, tendría que conocer su idioma, y ya sabe que no es el caso.

—Eso la salva, de momento. Lo que ella tiene en su poder, si se usa con la habilidad necesaria, podría dinamitar los cimientos del gobierno actual. Serviría para alzar un régimen aún más fuerte que el de Burgos, centralizado en Madrid, como es natural, y con el poder suficiente para reclamar lo que por derecho es propiedad española.

Lord Leonard guardó un silencio tenso antes de lanzar su dardo:

—¿Se refiere a nuestra colonia de Gibraltar? ¿De verdad está tan seguro de que Alemania apoyaría esa aventura?

—En primer lugar, como usted bien sabe, Gibraltar es territorio español; nos lo arrebataron en el pasado —espetó el captor con un brillo de fanatismo en los ojos—. Pero Alemania devorará a Inglaterra, milord. Entonces, y solo entonces, nos devolverán la Roca que tanto anhelamos. Si su país se atreve a desafiarnos cuando tomemos Polonia al final del verano, se tomarán las medidas necesarias para que mi patria sea, por fin, grande y libre. Siéntase un privilegiado por conocer el futuro de antemano.

Sharon sintió el impulso eléctrico de interrumpir a aquel fanático, pero se obligó a guardar silencio. Clavó una mirada gélida e inexpresiva en los hombres que la custodiaban, ocultando su pavor tras un velo de indiferencia.

Fue lord Leonard quien rompió el silencio con una pregunta cargada de veneno:

—¿Me está diciendo, entonces, que toda esa prensa que jura que Hitler no busca la guerra, que no persigue la gloria militar por la gloria misma... es solo una sarta de mentiras?

—Lleva razón en algo —admitió el captor con una sonrisa torva—. Pero piense en esa frase: «gloria militar por la gloria misma». Alemania simplemente reclama lo que es suyo. ¿O es que acaso solo los ingleses tienen el derecho divino de dominar millones de kilómetros cuadrados por todo el globo? ¿Le parece injusto que ochenta millones de alemanes exijan el derecho a vivir en apenas ochocientos mil kilómetros cuadrados, cultivando sus tierras y trabajando en paz?

El hombre se inclinó hacia Leonard, invadiendo su espacio personal.

—No es una injusticia solicitar la devolución de nuestras posesiones coloniales, que eran propiedad absoluta del Reich. Del mismo modo que España tiene derecho a las suyas, ese derecho que ustedes, con su arrogancia británica, siguen negando.

Lord Leonard mantuvo el tipo, impasible ante la lección de historia interesada, y volvió al único punto que le importaba:

—Todo eso suena muy grandilocuente, pero sigo sin entenderlo... ¿Qué es exactamente lo que tiene mi hija en su poder?

—Se trata de los manuscritos de puño y letra del Ministro de Guerra español de 1934 y 1935 —reveló el captor—. Seguramente habrá oído hablar de José María Gil-Robles, el fundador de la CEDA, el gran partido de la derecha autónoma española.

—Conozco bien su trayectoria —asintió Leonard con cautela—. Sé que, aunque ha estado en contacto con la prensa internacional, se ha negado a hacer declaraciones oficiales. Vive retirado en Portugal.

—En efecto. Pero dejó constancia de testimonios muy comprometedores en sus escritos... unos textos sesgados que no deben ver la luz. Según mis informes, el gobierno de Franco está dispuesto a concedernos cualquier cosa a cambio de ese paquete.

Lord Leonard guardó silencio, comprendiendo al fin la magnitud de la trama que amenazaba con devorarlos. Helen estaba atrapada en una red que ponía en jaque no solo sus vidas, sino la estabilidad de su propio país. «¿Se habrá dado cuenta de la pista que le di por teléfono?», se preguntó con angustia. «¿Sabrá interpretar mi mensaje?».

El captor, complacido al ver que sus palabras habían silenciado por completo a lord Spencer, sonrió con suficiencia.

—Veo que al fin comprende el alcance de nuestra misión. Ahora, le sugiero que se ponga cómodo e intente colaborar. Mis hombres no son tan cordiales como yo... y su paciencia tiene un límite.

Satisfecho con el impacto de sus palabras, el captor los abandonó a su suerte. Quedaron bajo la vigilancia de dos uniformados de aspecto embrutecido, auténticos gorilas de mandíbula cuadrada que les servían el rancho sin desviar un segundo la mirada inquisitiva.

—¿Qué va a ser de nosotros, lord Leonard? —susurró Sharon, con la voz quebrada.

—Debemos mantener la certeza de que nos encontrarán. No te rindas, Sharon. Come lo que te den; vas a necesitar todas tus fuerzas cuando llegue el momento.

—¿Y si han echado algo en la comida? —preguntó ella, observando el plato con recelo.

—Lo máximo que podrían darnos es un somnífero para que no les causemos problemas. No te preocupes por eso: nos necesitan vivos. Pero te lo ruego, no vuelvas a provocar al jefe. No hables a menos que te pregunten.

—Lo haré —asintió ella, sumisa—. ¿Cree que Helen les entregará el manuscrito?

Lord Leonard guardó un silencio pesado antes de responder, con la mirada perdida en las sombras de la habitación:

—Espero que no lo haga, Sharon.

—Pero... entonces, ¿qué será de nosotros?

—No lo sé, Sharon, pero ese montón de papeles no puede caer en sus manos. Definitivamente no —sentenció lord Leonard con gravedad.

—¡Están locos! —exclamó ella—. ¿Ha oído lo que ha dicho? ¿Que Alemania invadirá Polonia a finales de verano, en septiembre?

—Eso obligaría a Chamberlain a declarar la guerra. No tendría otra opción.

—¡Y nos invadirán a nosotros también! —Sharon estaba al borde del pánico.

—¡Por Dios, Sharon, eso jamás sucederá! —la interrumpió él, tratando de infundirle valor—. Estoy convencido de que, con la ayuda de nuestros aliados, Alemania será derrotada. Inglaterra saldrá victoriosa y nuestros soldados desfilarán por el mismísimo Unter den Linden.

Lord Leonard observó el rostro de su compañera; al menos, en aquel agujero infecto, no estaba solo.

Mientras tanto, en un entorno mucho más sobrio, el comisario Shaw descolgaba el teléfono para informar al Primer Ministro:

—Señor, han regresado.

—¿Qué ha descubierto, Woodhall? —preguntó la voz al otro lado de la línea.

—Que el señor Robles no fue quien envió el paquete ni la carta a la prensa —informó Woodhall con firmeza—. Por tanto, autoriza el uso de su manuscrito para entregarlo directamente al gobierno español. A cambio, él se compromete a guardar silencio absoluto y a no escribir nada más sobre el asunto.

—¡Es una noticia excelente! ¿Cree que podemos fiarnos de su palabra? —preguntó el Primer Ministro.

—Le hice la misma pregunta a Woodhall, señor, y él nos garantiza que el señor Robles es de confianza.

—¿Y qué hay de lord Leonard? ¿Sabemos algo de su paradero?

—Todavía nada, señor; Woodhall está sobre el terreno. Pero, cambiando de asunto... ¿ha pensado ya cómo organizará el encuentro con la señorita Spencer?

—¡Por supuesto! Estoy planeando una recepción. Mi esperanza es que su padre esté fuera de peligro para entonces y así podamos celebrar también su liberación.

—No quisiera ser pesimista, señor —intervino Shaw con cautela—, pero si los secuestradores contactan con la señorita Spencer y le exigen el manuscrito a cambio de los rehenes antes de que hablemos con ella... nos encontraríamos en un grave aprieto. No sabemos qué podría prometerle al vicepresidente español, el señor Jordana.

—Tiene razón, no había caído en esa posibilidad —admitió el mandatario, pensativo—. Haremos lo siguiente: la invitaremos el día diez a la residencia de los duques de Norfolk, en el castillo de Arundel. Es un lugar discreto y perfecto para que descanse. Organizaremos un par de días de caza; usted, Shaw, encárguese de su acompañante.

El Primer Ministro colgó el auricular. De inmediato, Shaw llamó a Veil:

—¿Sigue Woodhall en el edificio?

—Sí, señor. Está en el centro de mando finalizando la coordinación con los equipos.

—Interrúmpalo. Dígale que se presente en mi despacho antes de que las unidades se desplieguen.

Veil cruzó el pasillo a paso ligero hacia el centro de mando. Allí, Edwin Woodhall supervisaba sobre un mapa cartográfico el despliegue de las unidades destinadas a Wiltshire. El ambiente estaba cargado de humo de tabaco y una tensión eléctrica; varios agentes verificaban frecuencias de radio y armamento mientras Edwin marcaba con círculos rojos el perímetro de Overton Hill.

—Woodhall, lamento cortar el despliegue —intervino Veil desde el umbral—, pero el Alto Comisionado requiere su presencia inmediata. Es prioritario.

Edwin clavó una última chincheta en el mapa y se volvió hacia sus hombres con una mirada de acero:

—¡Atención, equipo! Ya tienen las coordenadas y los objetivos. Mantengan silencio de radio entre sectores y esperen a la señal para iniciar la incursión. Consulten con nuestra infiltrada en la zona; ella es quien conoce los puntos ciegos del terreno, así que sigan sus protocolos al pie de la letra. Mézclense con el entorno, pasen desapercibidos y, sobre todo... vuelvan todos de una pieza. ¡Despliéguense!

—Bueno, ahora nos toca a nosotros, John —dijo Woodhall—. Veamos qué quiere el jefe. Espérame para llevarme a casa de Helen.

Edwin se encaminó al despacho de su superior. Al cruzar frente a la sala de prensa, Walter, que estaba al acecho, lo interceptó en mitad del largo pasillo.

—¡Ya estás de vuelta! —exclamó Walter—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Se sabe algo de ellos? Mi editor está que echa humo; todos los periódicos hablan de un posible secuestro y ya no sé qué inventar para calmarlo.

—Dígale esto de mi parte —respondió Woodhall, deteniéndose en seco con semblante serio—: Scotland Yard informa que lord Leonard se encuentra en una misión confidencial para el Gobierno de Su Majestad. Por tanto, existe un embargo total de información por estrictos motivos de seguridad del Estado. Asegúrele que, en cuanto tengamos resultados positivos, su periódico será el primero en recibir la exclusiva.

—Eso lo va a enfurecer —admitió Walter con una mueca—. Pero dime la verdad: ¿vas ahora a casa de Helen?

—Me estaba preparando para salir, pero todavía tardaré un poco —repuso Edwin—. Ahora debo ver al superintendente. Si quiere pasar a saludar a Helen, espéreme en el coche con John Veil.

Edwin entró en el despacho de Shaw con paso firme.

—¿Me llamaba, señor?

—Woodhall, tengo un mensaje directo del Primer Ministro para la señorita Spencer —informó Shaw sin preámbulos—. El día diez debe presentarse en el castillo de Arundel; el mandatario desea hablar con ella personalmente y usaremos la cacería como pretexto. Usted será su escolta y acompañante; asegúrese de que no falte. Eso es todo, Woodhall. Puede retirarse.

Minutos después, Edwin se reunió con Walter y Veil en el vehículo.

—Ya podemos marcharnos, Veil —ordenó, antes de volverse hacia el periodista—. ¿Te ocurre algo, Walter? Te noto muy pensativo.

—Estaba pensando en Sharon —confesó él, con la mirada perdida tras el cristal—. ¿Cómo estará? ¿Se atreverán esos malnacidos a ponerle la mano encima? Te juro, Edwin, que si le hacen el más mínimo daño, se arrepentirán el resto de sus vidas. No tendré piedad.

—¡Tranquilízate, hombre! Ya verás cómo todo sale bien —le animó Edwin—. Además, lord Leonard está con ella; se ocupará de protegerla.

—Ya no es un niño —replicó Walter con amargura—. Si les pegan como hicieron con Peel, ¿qué va a poder hacer él?

—Te importa de verdad, ¿no? Sharon, quiero decir.

—Desde que la conocí en Lisboa el año pasado, fue algo especial —confesó Walter, suavizando el tono—. No he podido sacármela de la cabeza. Volver a encontrarla aquí... Me encantaba pasear con ella, llevarla a la ópera, cenar a solas. Ya sabes, lo normal entre un hombre y una mujer que se gustan.

—Bueno, el jefe lo está organizando todo para que, en cuanto la liberen, esté lo bastante distraída como para olvidar este mal trago.

—¿Y tú qué, Edwin? ¿Qué hay de Helen?

—Me he enamorado —admitió él con una sonrisa contenida—. Y lo mejor de todo es que soy correspondido.

—¡Atiza! —exclamó Walter, dándole una palmada en el hombro—. No olvides que la conociste gracias a mí, así que espero que me elijas como padrino.

—No corras tanto, Walter. Tiempo al tiempo.

Tras recibir las novedades de los agentes que custodiaban la propiedad, Peel los condujo al comedor. Helen ya los esperaba allí; los invitó a sentarse y ordenó que se sirviera la cena de inmediato.

—¿Cómo ha ido el regreso a casa? —quiso saber Walter.

—Ya puedes imaginártelo —respondió ella con un suspiro de cansancio—. He tenido que lidiar con los reproches de Agatha; no entiende nada de lo que está ocurriendo y está fuera de sí.

De pronto, Edwin intervino con tono profesional, cortando la charla trivial:

—Dime, Helen... ¿te ha llamado alguien en mi ausencia?

—Sí, poco después de que te marcharas.

—¿Era un hombre o una mujer?

—Un hombre. Estoy convencida de que es el tipo al que liberasteis. Su voz es inconfundible: hablaba un inglés correcto, pero con un marcado acento español.

—¿Y bien? ¿Te ha dicho cómo están tu padre y Sharon?

—Parece que están bien —respondió Helen—, al menos durante el breve tiempo que me permitió intercambiar unas palabras con él.

—¿Por qué no avisaste a la policía para que me localizaran, como te ordené? —le reprochó Edwin, incapaz de ocultar su tensión.

—Solo lo habría hecho si hubiera retenido a ese hombre al teléfono, pero no fue el caso. Colgué de inmediato.

—Disculpa, Edwin —intervino Walter, tratando de calmar los ánimos—. Deja los tecnicismos para luego. Ahora, dinos: ¿qué fue exactamente lo que te dijo tu padre?

—«¡Nunca te rindas! Eres como los judíos, duros de cerviz» —citó ella, frunciendo el ceño—. No tiene ningún sentido para mí.

—Quién sabe qué pretendía transmitirte con eso —concluyó Edwin, pensativo—. Nos centraremos entonces en lo que dijo el secuestrador.

—Que vaya mañana a las diez de la mañana a la taquilla de la Ópera en Covent Garden. Debo pedir dos entradas para Shakespeare; será entonces cuando reciba nuevas instrucciones.

—¡Menos mal que la cita es para mañana! —exclamó Edwin con alivio—. Pronto sabremos qué es lo que ese hombre busca en realidad. Pero escucha bien: si te piden otro encuentro, tendrás que ingeniártelas para que no coincida con el día diez.

—¿Por qué? —preguntó Helen, extrañada—. ¿Qué ocurre el día diez?

—Tienes una audiencia con el Primer Ministro.

—¿Una audiencia? ¿Quién ha dispuesto eso?

—El Alto Comisionado acaba de darme la orden —explicó Edwin con gravedad—. Debemos presentarnos en el castillo de Arundel. El mandatario quiere hablar contigo personalmente.

—¿En ese mausoleo de casi setecientos años? —bufó Helen—. ¡Qué aburrido!

—A mí me ocurre lo mismo con esas mansiones antiguas —admitió Edwin—, pero te pido un pequeño esfuerzo. Estar allí nos da margen de maniobra si el secuestrador pretende retenerte estos días. Si vuelve a contactar contigo, infórmale de que te vas de caza con el Primer Ministro; dile que es un compromiso ineludible que ya estaba planeado. No puedes fallarle.

—Veré qué puedo hacer —murmuró ella, dubitativa.

—¡No! —sentenció Edwin—. ¡Hazlo exactamente como te digo! Y ni se te ocurra pensar que mañana irás sola a la Ópera.

Walter, que había permanecido en un silencio sepulcral, saltó de repente en su asiento:

—¡Atiza! —exclamó con los ojos muy abiertos—. Creo que ya entiendo lo que quería decir tu padre.

—¡Por favor, explícate! —le urgió Helen—. No me dejes con esta angustia.

—He estado dándole vueltas —comenzó Walter, inclinándose sobre la mesa—. Cuando alguien es secuestrado, lo primero que intenta es dejar pistas sobre su paradero. Aprovechan cualquier detalle que percibieron durante el traslado o el cautiverio para comunicar dónde los tienen. Mi teoría se basa en lo que el Dios de los judíos les reprochaba: que eran «duros de cerviz», como la piedra. Las leyes no lograban penetrar en ellos.

Walter hizo una pausa dramática antes de continuar:

—Tal vez lo que tu padre quería decir es que están en un lugar impenetrable, algo sólido como el sílex o la roca. Y pensando en ello, solo hay un entorno en nuestro país que encaja con esa descripción. Tiene que ser un círculo de piedras. ¿Y cuál es el más famoso de toda Inglaterra? Es evidente: se trata del monumento megalítico de Stonehenge o del círculo de Avebury. Aunque la zona es inmensa, estoy convencido de que los retienen en las cercanías de uno de esos dos lugares. ¿No te parece lógico, Edwin?

—¡Qué imaginación tienes, Walter! —exclamó Edwin con una media sonrisa—. Pero no seré yo quien te quite la ilusión. Además, aunque lord Leonard no hubiera sido tan ingenioso con esa pista, lo cierto es que el hombre del que habló Helen ya no está en las termas de Bath. Se marchó a Wiltshire y allí mis hombres le perdieron el rastro. Así que tu teoría no es descabellada: lo más probable es que los tengan allí. Pero ahora lo urgente es la cita de mañana.

—Yo te cubro las espaldas, no lo dudes —aseguró Walter. Pero de pronto, se quedó rígido—. ¡Espera un momento! ¿Has dicho que ella tiene que pedir «dos entradas» exactamente?

Edwin asintió, repitiendo la frase con precisión:

—«Quiero dos entradas para Shakespeare para el próximo lunes». Eso es lo que debe decir en la taquilla.

—¡Pero eso es imposible! —exclamó Walter—. No se representará ninguna obra de Shakespeare el próximo lunes. En su lugar, actuará el ballet del Sadler's Wells con El lago de los cisnes, la intensa pieza de Chaikovski.

—Es evidente —explicó Edwin con calma profesional—. Se trata de una contraseña. Mientras el público general solicita entradas para el espectáculo real, ellos usan a Shakespeare como santo y seña. Esta gente está sumamente organizada.

—Es cierto —asintió Walter, ensombrecido—. Una organización con ramificaciones que dan escalofríos. Hoy en día no se puede confiar en nadie.

—¿Significa eso —intervino Helen, con la voz cargada de indignación— que la taquilla de Covent Garden, el corazón de la alta sociedad británica, está implicada? ¡Debemos atajar esto de raíz! No podemos permitir que se extienda como una gangrena por nuestras instituciones. ¡Si no lo frenamos ahora, el daño será irreversible!

—¡Tranquilos! —les pidió Edwin con firmeza—. Actuaremos con eficacia, pero por ahora debemos seguirles el juego hasta que podamos atraparlos.

—Pero... ¡tengo miedo! —confesó Helen—. Miedo de que les ocurra algo a Sharon o a mi padre.

—No te preocupes —le aseguró Walter—. Mañana iré a entrevistar a algunos de los bailarines durante los ensayos; es algo que suelo hacer y no levantará sospechas, menos aun tratándose de una obra de esa envergadura. Llegaré antes que tú para vigilar el terreno.

—Te agradezco todo lo que estás haciendo —respondió ella, conmovida—, y también que guardes el secreto de la noticia.

—Es un gran sacrificio para un periodista —admitió Walter con una sonrisa triste—, pero lo hago encantado. Me importa Sharon; jamás haría nada que pusiera en peligro su vida o la de tu padre.

Helen se despidió de ellos, dejándolos charlar en el comedor. Al entrar en su dormitorio, se encontró con una presencia familiar que no esperaba.

—¿Sigues enfadada, nanny? —preguntó Helen, deteniéndose en el umbral.

—Y seguiré estándolo mientras no me digas qué está sucediendo —sentenció la mujer.

—Lo lamento, pero tengo prohibido hablar de ello —respondió Helen con suavidad—. ¿De verdad crees que tienes derecho a exigir explicaciones sobre los asuntos de mi padre cada vez que algo te preocupa, Agatha?

—Sé que no tengo derecho a indagar en los negocios del señor; al fin y al cabo, solo soy la cocinera —admitió ella, con la voz quebrada—. Pero estoy angustiada. Entiéndelo, Helen: te he visto crecer, me siento como una madre y esta incertidumbre me consume. Por favor, dame un respiro.

—No puede ser, nanny. Solo te pido que esperes a que regresen. No insistas, porque no saldrá de mi boca ni la más mínima pista. Solo debes saber que todo está bajo control y que muy pronto estarán con nosotros, sanos y salvos. Si quieres investigar por tu cuenta, prueba con los detectives de Scotland Yard... si es que están dispuestos a contarte algo. Yo, desde luego, no puedo.

—Sé de sobra que esos hombres no dan explicaciones a nadie, y menos a una criada que para ellos no vale nada —rezongó Agatha, secándose las manos en el delantal—. Una los cría y los alimenta como si fueran sus propios hijos, y este es el pago que recibe. ¡Ay, si Thomas levantara la cabeza!

—No seas dramática, Agatha; guarda el teatro para otra ocasión —le reprochó Helen con una media sonrisa—. Te conozco demasiado bien: sé que intentas ablandarme para que te lo cuente todo, pero esta vez no funcionará.

Betty asomó la cabeza por la puerta:

—Siento molestarla, señorita, pero Peel me ha pedido que le pregunte si ya tiene todo preparado.

—¡Oh, sí! —respondió Helen—. Quiero que dejes lista mi ropa de caza y otra muda para esta noche.

En cuanto la criada se retiró, Agatha, que aún estrujaba con fuerza su plumero, retomó el ataque:

—¡Dios sabe dónde andará la cabeza de tu padre y la tuya con esas cacerías! Ya no te conozco, Helen. Has cambiado para mal; debería haberte dejado encerrada en tu habitación a solas con tus pensamientos, al menos antes eras más considerada. Parece que no te importa en absoluto lo que le pase a Sharon. Si yo fuera tu verdadera madre, cerraría esta puerta ahora mismo y no saldrías de casa hasta que regresara el señor.

—Entiendo que no me comprendas, Agatha —replicó Helen con calma—, pero es lo que debo hacer. Tu enfado no me hará flaquear; sé que, cuando todo esto acabe, acabarás entendiéndome.

La mujer se levantó del sofá indignada. Se marchó refunfuñando, agitando el plumero con rabia contenida mientras susurraba para sí misma:

—En otro tiempo te habrías llevado un buen castigo por portarte así... Pero ya no eres una niña. En el fondo te quiero, pero ¡ojalá tuvieras algo de sentido común!

Agatha entró furiosa en la cocina, donde Remedios la esperaba expectante:

—¿Qué te pasa ahora, Agatha? ¿Tampoco ha querido soltar prenda esta vez?

—¡Se niega en redondo! Dice que no le está permitido... ¡A mí con esas! —rezongó la cocinera, tirando el plumero sobre la mesa.

—Pues yo oí a los policías comentar que el asunto de lord Leonard es muy turbio —intervino Remedios en un susurro—, y que solo esperaban que la señorita supiera jugar bien sus cartas.

—¡Virgen santa! ¡Que me los matan! —exclamó Agatha, llevándose las manos a la cabeza.

—¡Templanza, mujer! —la atajó Brilliz—. He oído que ese detective decía que el Primer Ministro quiere verla en un castillo, no sé dónde, el día diez. ¿Será verdad?

—Acabo de oír a Betty decir que le prepare la maleta —confirmó Agatha—, pero no ha dicho el destino. ¡Y yo que pensaba que la niña solo salía a divertirse!

—Bueno, hay más —añadió Brilliz, bajando aún más la voz—. Dicen que mañana tiene una cita crucial. ¿Tendrá que ver con el paradero del señor y de la señorita Sharon?

—No lo sé, Remedios, pero ya no me atrevo a preguntar más —suspiró Agatha, agotada.

—¿Y si probamos con Peel? Él siempre se entera de todo...

En ese preciso instante, Peel cruzó el umbral de la cocina y las miró con una ceja levantada:

—¿Hablaban de mí, señoras? —preguntó con curiosidad.

—Agatha está indignada con la señorita porque no suelta prenda —explicó Remedios, cruzándose de brazos—. Intento restarle importancia, pero está empeñada en descubrir qué ocurre.

—Somos viejos amigos, Agatha —añadió Peel, suavizando el tono—, y por esa amistad te aseguro que la joven está moviendo cielo y tierra con Scotland Yard para traer de vuelta al señor. Es mucho más fuerte de lo que imaginas. Veo en tus ojos que dudas, pero su actitud tiene una razón de ser: con su silencio, nos está protegiendo a todos.

—Pero... ¿de qué exactamente? —balbuceó Remedios, estremeciéndose.

—Atravesamos tiempos oscuros, Remedios. Podría haber alguien al acecho en cualquier rincón, esperando a su próxima víctima.

—¡No sigas! —le cortó ella, abrazándose a sí misma—. Me traes recuerdos que preferiría haber olvidado. Ya ni me atrevo a cruzar el umbral; ese aire húmedo y acre de ahí fuera... esa maldita niebla que se cuela por las rendijas y trepa por las escaleras como un espectro. ¡Siento que incluso aquí nos envuelve con su sombra maligna!

—¡Vamos, vamos! No seas tan dramática, Remedios —la aplacó Peel—. La vida es incierta, sí, pero también hermosa y hay que vivirla. Ahora mismo, el señor y la señorita Sharon están en peligro, en manos de desconocidos cuyos planes ignoramos. Lo que más necesitan de nosotros es apoyo y confianza; que les facilitemos las cosas y, sobre todo, que tú, Agatha, dejes de querer saberlo todo al instante. La paciencia es una virtud que deberías cultivar. Te lo pido como amigo.

—¡Pero si lo hago es porque solo quiero lo mejor para ella! —exclamó Agatha, con los ojos empañados.

—Lo mejor ahora es que se sienta respaldada por todos nosotros. No le carguemos con más preocupaciones de las que ya tiene.

—Lo pensaré, Peel —murmuró ella, dándose por vencida—. Me voy a la cama; ya no tengo ánimos para seguir hablando.

Remedios la vio marchar y suspiró:

—No se le puede decir nada, está demasiado angustiada. —Luego, se volvió hacia Peel con una mirada astuta—. Ahora que estamos solos... ¿por qué no me cuentas lo que escondes de verdad?

—¡Lo siento! —cortó Peel con una sonrisa enigmática—. No sé nada, e incluso si lo supiera, no te diría ni una palabra.

—Vaya, no te lo tomes tan a pecho —rio Remedios—. No insistiré más. Yo también me retiro, que mañana será otro día. Descansa, Peel.

El mayordomo abandonó la cocina para realizar la última ronda por la mansión antes de retirarse. Mientras tanto, en su alcoba, Agatha se hundía en la almohada, sollozando en la penumbra: «Solo ruego a Dios que no le pase nada a mi niña... Espero que me perdones; soy demasiado orgullosa para disculparme, pero te quiero. Trae de vuelta a tu padre y a Sharon. ¡Tráelos!». El agotamiento de una jornada tan amarga terminó por vencerla y se quedó dormida entre lágrimas.

Por su parte, Remedios se reunió en el cuarto con Betty y Brilliz. Esta última, con una chispa de intriga en la mirada, no tardó en preguntar:

—¿Se han marchado ya esos apuestos caballeros?

—Solo uno —asintió Betty—. El detective se ha quedado; va a pasar la noche en la habitación de Sharon para vigilar desde allí.

—¿Os fijasteis en cómo devoraba con la mirada a la señorita? —comentó Remedios con malicia—. Tenía unos ojos de cordero degollado que no engañan a nadie.

—Y no solo él —añadió Betty con malicia—. Helen también le devolvía una mirada especial. ¿Estará enamorada? ¿Qué habrá pasado entre ellos mientras fingían ser un matrimonio en ese viaje?

—¡Vaya imaginación tienes, Betty! —rio Remedios.

—¡No es imaginación! Sé reconocer perfectamente cuando un hombre tiene interés en una mujer. Y no te ofendas, Remedios, pero no me digas que tú no sabes de estas cosas... ¿O es por eso por lo que no tienes novio?

—Más te vale que no se te ocurra soltar ni una palabra de esto delante de Agatha —advirtió Remedios, ignorando el dardo.

—No sufras, no somos tontas —intervino Brilliz—. Ya sabemos lo disgustada que está al darse cuenta de que su «niña» ya ha crecido.

—¡No seas grosera, Brilliz! —le afeó Remedios—. Agatha merece un respeto.

—¡Está bien, está bien! —rezongó Brilliz—. Me voy al «sobre», ya veo que estoy molestando.

Brilliz se dio la vuelta en el colchón y se cubrió hasta las cejas con la sábana, ofreciendo una estampa que recordaba a la señora Powell en su tienda de campaña de las Girl Scouts. Remedios y Betty no pudieron contener una carcajada ante la comparación. Finalmente, Remedios se retiró a su cuarto aun sonriendo, no sin antes apagar la luz del pasillo.

Mientras tanto, en el piso de arriba, el silencio era muy distinto. Edwin se encontraba en la habitación con Helen, repasando los últimos detalles antes del amanecer.

—Sabes... —susurró Edwin, deteniéndose en el umbral—, me gustaría dormir con la puerta abierta. Solo para sentir que estoy más cerca de ti.

Helen sonrió con una mezcla de ternura y reproche.

—Será mejor que la cierres, Edwin. ¿No te das cuenta de que cualquiera podría vernos? —replicó ella, aunque su mirada decía otra cosa.

—Está bien —claudicó él con un suspiro—. Pero no me iré sin un beso de buenas noches.

—¡Solo uno! —advirtió Helen con un dedo en los labios—. ¡Y después, a tu habitación!

Helen se dejó envolver por los brazos de Woodhall. Sus labios se buscaron con urgencia y el calor del deseo los encendió con la velocidad del rayo. Por un instante, ella quiso alejar ese placer que amenazaba con consumirla, pero al mismo tiempo anhelaba que la noche se detuviera para siempre. Se sentía tan plena en su abrazo que apenas fue consciente de cómo el frío de la habitación erizaba su piel al quedar sus pechos expuestos contra el torso desnudo de Edwin. Los besos, cada vez más intensos, se mezclaron con suspiros y promesas susurradas.

—Yo también ardía por tenerte así —le confesó él al oído, con la voz quebrada por la agitación—. Deseaba estar a solas contigo, sentir tu calor... ¡Te amo, Helen! ¡Te amo!

Aquella declaración de entrega total actuó como un resorte en la mente de ella. A su pesar, la lucidez despertó de la voluptuosidad para tomar las riendas de la situación. Helen frenó ese impulso ferviente con una caricia suave pero decidida.

—Te correspondo, Edwin, lo sabes —murmuró ella, tratando de recuperar el aliento—, pero perdóname si soy más fría y calculadora que tú ahora mismo. No puedo dejarme llevar; tengo demasiadas sombras en la cabeza y necesito descansar para mañana. Sé que me amas y que desearías que nos entregáramos toda la noche, pero... ¡todavía no! Por favor, es demasiado pronto. Mañana debes estar alerta y levantarte antes del alba.

Dicho esto, se zafó con delicadeza de sus brazos. Le dio un último beso en la mejilla y retrocedió, esperando a que él activara el mecanismo que cerraba la comunicación entre ambas estancias.

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