Bienvenidos a mi casa. Este Blog nace como una iniciativa de mi necesidad de dar a conocer mis vivencias y disponer de un medio para expresar el espíritu de mi Tierra... Muchas gracias por acompañarme en este divertido viaje. Espero disfrutarlo con vosotros. Como todo buen blog que se precie espero tener vuestros comentarios.

viernes, 21 de agosto de 2026

Sueños de Honor — Capítulo 5: Hombres de hierro, muros de papel

Si acabas de llegar al blog o quieres repasar el inicio, lee aquí el Capítulo I: Helena — La Sombra de Lisboa

  Con manos expertas, Betty extendió el vestido sobre el lecho como si fuera una pieza de cristal. Helen salió del baño envuelta en su bata, pero no tardó en deslizarse dentro del delicado tejido rosa pálido que había adquirido la tarde anterior. Frente al espejo, aplicó un maquillaje sutil; prefería que su belleza se adivinara, no que se impusiera.

—Qué exquisita elección —comentó Agatha desde el umbral, con los ojos fijos en el talle—. Esas flores en el costado izquierdo realzan tu figura de forma maravillosa.

—Me alegra que te guste —sonrió Helen, dándose un último retoque—. ¿Sabes si Sharon está lista?

—Ni idea, vine directa hacia aquí.

  Justo entonces, Sharon irrumpió en la habitación, deslumbrante en un diseño romano de crepé morado. Al verlas, posó con una exagerada elegancia de pasarela, provocando una carcajada coral. Solo Agatha mantuvo un tono solemne entre risas:

—Estáis sublimes las dos. Si esos caballeros no caen rendidos a sus pies esta noche, es que están ciegos.

—Qué cosas tienes, Agatha. No queremos dar la nota, solo disfrutar de la velada —replicó Sharon con una sonrisa.

  La Nanny abrió el imponente armario de castaño. Era una pieza renacentista, cuajada de incrustaciones de ébano, encargada décadas atrás a la mítica casa de José Prat en plena España republicana. Tras un breve vistazo al espejo interior, Agatha rescató dos prendas:

—El negro es vuestro color. Helen, ponte este Philippe & Gastón; el terciopelo de lana y ese cuello de zorro te sentarán de miedo. Y para ti, Sharon, el Bruyère con piel de mono blanco. ¡Estáis sublimes!

  En el vestíbulo, Peel aguardaba con las llaves en la mano. Al entregárselas a Sharon, hizo una leve inclinación:

—El coche está listo, señorita. Y, si me permiten el atrevimiento, lucen divinas esta noche. ¡Disfruten de la velada!

—No te preocupes, Peel, lo haremos. ¡Cuida de la casa!

  Se acomodaron en el interior del automóvil, pero el ambiente se enturbió apenas arrancaron. Sharon lanzó una mirada fugaz al retrovisor y apretó el volante; el coche que las seguía no les daba tregua.

—Es insoportable —masculló.

—Tranquilízate —intervino Helen con voz queda—. Sé que, por mucho que intentemos ignorarlos, sentir el aliento de esos tipos en la nuca no te hace ninguna gracia.

—¡Es que no lo entiendes! —estalló Sharon—. Eres un caso perdido, Helen. Hasta que no sientas el frío de un revólver en la sien, no te tomarás esto en serio.

  Helen no respondió. Se limitó a sonreír con una calma que a Sharon le pareció provocadora. Por supuesto que era consciente del peligro, pero un presentimiento le dictaba que esa noche todo daría un giro irreversible.

  Mientras tanto, en el restaurante, Walter saboreaba con parsimonia una copa de vino espumoso. Ni siquiera levantó la vista cuando Edwin se materializó a su lado.

—Llegas tarde —dijo Walter, dejando que las burbujas murieran en su paladar—. Empezaba a creer que no vendrías.

—¿Tan mala es tu opinión sobre mí, Walter? ¿Por qué ese reparo a cenar con damas? Por un momento temí que te darías la vuelta.

—Estuve a punto de dejarte solo ante el peligro —admitió Walter con una mueca—, pero lo pensé mejor y aquí me tienes.

—¡Venga ya, amigo mío! Ese instinto de Scotland Yard no te abandona; salir de situaciones espinosas es tu especialidad.

  Edwin sonrió, reconociendo que su amigo había dado en el clavo, y se sirvió una copa de aquel vino generoso. Tras el primer sorbo, chasqueó la lengua con deleite. El caldo era soberbio; un aroma tan profundo que parecía impregnar el alma. Como de costumbre, una chispa de optimismo lo invadió: después de todo, conocer en persona al contacto de Walter no sería un sacrificio, sino un placer.

—Pero si se retrasan —murmuró Edwin con un rastro de inquietud—, ¿no habrán decidido no venir?

  Walter no respondió. Se quedó lívido, con la frase suspendida en los labios y la mirada fija más allá del hombro de su amigo. Edwin, contagiado por la sorpresa, se puso en pie; el detective lo imitó por puro instinto. Al girarse, el silencio se apoderó de la mesa.

  Allí estaban Helen y Sharon. Esta última, con una sonrisa radiante, extendió los brazos hacia un Walter petrificado.

—¿Ni siquiera vas a darme un abrazo, Walter? —preguntó ella, rompiendo por fin el hechizo de su asombro.

—Ah... ¡Sí! Lo siento, Sharon. Me has pillado totalmente fuera de juego —balbuceó Walter, recobrando el aliento—. Estás incluso más radiante que en Lisboa.

—Adulador. Sigues siendo el mismo de siempre —rio ella, aunque aceptó el cumplido con un brillo en los ojos—. Te creeré por esta vez. Walter, te presento a mi amiga, Helen Spencer.

—Es un honor, señorita —respondió él con una inclinación.

  Helen asintió con una sonrisa amable, pidiéndoles que prescindieran de las formalidades y la llamaran por su nombre. Edwin, que no había despegado los ojos de ella desde que se sentaron, hizo las presentaciones de rigor. Mientras Walter acomodaba la silla para Sharon, esta lanzó la primera piedra:

—¿Y cómo va el trabajo, Walter? ¿Sigues persiguiendo fantasmas?

—Bueno, acabo de cerrar una investigación importante. Un artículo que hasta mi jefe tuvo que aplaudir.

—¿Te ha llevado de vuelta a Portugal? —preguntó ella con curiosidad.

—No he vuelto desde el año pasado, desde que nos conocimos. ¿Y tú?

—No he parado. He estado estudiando la arquitectura del Mediterráneo. Estaba terminando unos bocetos en Grecia cuando recibí el telegrama de Helen y, como ves, aquí me tenéis.

  Walter se giró entonces hacia la otra dama, recorriendo con la mirada la elegancia del vestido rosa pálido.

—¿Y usted, Helen? ¿A qué dedica su tiempo?

—Trabajo para mi padre. A él no le entusiasma viajar, así que, cuando debe asistir a algún acto público o supervisar asuntos fuera, voy en su lugar.

—Un papel fascinante —comentó Walter—. Debe de conocer a personas muy influyentes.

  Antes de que ella pudiera profundizar, Edwin rompió su silencio con una precisión casi quirúrgica:

—Disculpe, señorita Spencer... Su apellido no es común. ¿Es usted, por un casual, la hija de Lord Leonard Spencer?

—En efecto, así es —respondió ella, endureciendo imperceptiblemente el gesto.

—¡Vaya! —exclamó Walter, entusiasmado—. He intentado conseguir una entrevista con su padre durante meses, pero siempre me da largas. Quizás usted podría...

—Me temo que no —lo cortó ella con una cortesía gélida—. No me involucro en los asuntos de mi padre, y mucho menos trato de influir en su agenda.

  El detective la observó fijamente. No era una mirada de cortesía, sino un escaneo minucioso, pesado, que hizo que Helen se removiera en el asiento, claramente incómoda.

—Si me disculpan —dijo ella de pronto, buscando la mirada de su amiga—, iré un momento al tocador. Pide por mí, Sharon.

—Te acompaño —añadió Sharon de inmediato, captando la urgencia en el aire.

Tras señalar rápidamente sus preferencias en el menú, Sharon siguió a su amiga, dejando a los dos hombres solos. Walter se inclinó hacia su amigo, bajando la voz:

—¿Pero qué te pasa? Has estado glacial con ella. Es una mujer encantadora y la has echado de la mesa con esa mirada tuya de interrogatorio.

—¿De verdad lo crees? ¿No estarás exagerando? —murmuró Edwin, restándole importancia.

—¡En absoluto! —insistió Walter—. Haz un esfuerzo por ser civilizado, por favor.

  Mientras tanto, al amparo del espejo del tocador, Helen se pasaba un dedo por la sien, visiblemente tensa.

—¿Qué te pasa, Helen? —preguntó Sharon, observando el reflejo de su amiga.

—Me siento vigilada. No sé si esta cena ha sido una buena idea...

—¡Pero si son encantadores! Especialmente Walter.

—Walter puede que sí —replicó Helen—, pero su amigo es... gélido. Seco como un desierto.

Sharon soltó una risita traviesa mientras se retocaba el carmín.

—¿Y eso qué más da? Es el prototipo de caballero inglés, y no me digas que no es atractivo. Es alto, tiene ese porte atlético y una piel bronceada que... bueno, ya me entiendes. Y esos ojos color caramelo... rezuma inteligencia. Su timidez solo lo hace más interesante, ¿no te fijaste en cómo ese traje resalta su mirada?

—Puede ser —admitió Helen con un suspiro—, pero tiene una forma de mirar que me pone los pelos de punta. Siento que me está diseccionando.

  Sharon se puso seria de repente y bajó la voz, acercándose al oído de su amiga.

—¿Acaso no hemos venido hasta aquí con un propósito? Tenemos que descubrir qué saben.

—Sí, lo sé. Tienes razón.

—Pues entonces habrá que apechugar, querida. Sonríe y aguanta.

  Al regresar a la mesa, Edwin se puso en pie con una caballerosidad impecable para acomodar la silla de Helen, lanzándole a Walter una mirada cargada de ironía que decía: «¿Ves como sí sé ser un caballero?».

—Dígame, Helen, ¿cómo se encuentra su padre? —preguntó Edwin con naturalidad, como quien retoma una vieja amistad—. Hace tiempo que no coincido con él.

—Está bien, gracias —respondió ella, algo sorprendida por el cambio de tono—. Ahora prefiere trabajar desde casa; no es como en los tiempos de Stanley. Aquello era una vida agotadora, demasiado estrés para él.

—Entiendo. ¿Y la ha enviado a usted a muchos sitios últimamente en su representación?

—Solo a España —contestó ella, tratando de mantener la guardia alta mientras aceptaba una copa.

—¡Vaya, España! —exclamó Walter, casi saltando en su silla—. Me enviaron a Madrid hace poco para un reportaje de guerra. Qué lástima no habernos cruzado allí.

—Solo estuve en Madrid unas horas —aclaró Helen, agitando ligeramente su copa—. La situación no era apta para personas sensibles. Me desplacé a Granada para una recepción en nuestra embajada justo antes de mi regreso.

Edwin, que no perdía detalle de la conversación, intervino con un tono más pausado:

—¿Y cómo vio el país, Helen? ¿Qué impresión le dejó?

Se volvió hacia Edwin con el rostro ensombrecido por los recuerdos.

—Se lo digo de verdad —comenzó, con la voz cargada de una amarga certeza—, encontré a España en la miseria. Diría que su pobreza supera incluso la de cualquier otra nación europea castigada por la guerra. Vi un panorama desolador: calles pobladas por mujeres que habían enterrado a sus maridos y a sus hijos, una estampa que se me quedó grabada a fuego. Me duele admitirlo, pero la España actual está mucho peor que aquella que conocí en 1922.

  Hizo una breve pausa, su mirada pareció perderse en el tiempo mientras evocaba un verano en Cádiz. Recordó una pensión atestada de turistas extranjeros donde, por azares del destino, le tocó compartir habitación con una mujer española.

—Allí nos mataban de hambre a todos —continuó, con una sonrisa irónica—. El plato estrella eran apenas unas quisquillas, y una simple raja de melón se recibía con la reverencia de quien contempla un elixir medicinal. Fueron apenas unos días, pero el hambre marca la memoria de una forma indeleble.

  Hizo una pausa, recordando la hipocresía de aquellos años previos al desastre.

—En aquel entonces, la gente aún se aferraba a lujos imaginarios para salvar el orgullo. Supe después que mi compañera de cuarto, al regresar a su círculo, presumía de haber pasado unas vacaciones divinas, asegurando con descaro que en la pensión le servían langosta a diario.

Suspiró, conectando aquel pasado de apariencias con el presente de carencias reales.

—¿Entiende ahora por qué insisto en que el país ha caído tan bajo? La guerra no solo trajo hambre, sino que fracturó los valores y la actitud de la gente. Hoy, para ellos, Inglaterra ya no es solo un vecino, sino una auténtica tierra de promisión a la que miran con el anhelo de quien busca la salvación.

—Para nosotros, la verdadera ventaja es no entender ni jota de su idioma —comentó Walter, con ligereza—. Lo mejor de todo es dejarse llevar por la charanga y la pandereta; el espíritu de la fiesta española. Prefiero mil veces San Sebastián o la adrenalina de los toros en San Fermín.

  Helen palideció. Una sombra de angustia le cruzó el rostro, tan evidente que Edwin lanzó a Walter una mirada de advertencia para que callara.

—¿He dicho algo inapropiado, Helen? —preguntó Walter, desconcertado.

  Sharon intervino antes de que el silencio se volviera insoportable:

—Helen entiende el español perfectamente, Walter. Desde hace años vive en su casa una exiliada republicana que, además del idioma, le ha transmitido una visión muy lúcida de lo que ocurre más allá de los Pirineos.

  Helen no permitió que Sharon terminara. Sus pensamientos brotaron con una urgencia amarga:

—¡Siempre igual! —exclamó—. Nos deslumbra el sol de España y sus playas, pero nos importa un bledo el sufrimiento humano. Pecamos de soberbia al creer que estamos a salvo; no entendemos que, muy pronto, ese dolor podría ser el nuestro. Solo entonces, cuando sea tarde, comprenderemos el calvario ajeno.

—¿Por qué tan fúnebre, Helen? —replicó Walter—. Disfrutamos de la «paz de nuestro tiempo», como bien dice Chamberlain.

—¿Y cuánto crees que durará esa paz, Walter?

Walter guardó silencio un instante, pero su naturaleza optimista se impuso:

—Espero que, pase lo que pase, mis hijos vivan tranquilos. ¡Vaya! Aunque hablando de hijos, lo primero sería encontrar una buena esposa, ¿no creen?

  Al decir esto, Walter clavó la vista en Sharon. Ella no pudo evitar una sonrisa, mientras sus mejillas se encendían con el rojo vibrante de las amapolas bajo el sol de agosto.

—Me alegra que seas tan optimista, Walter, pero no es tan sencillo —replicó Helen, dejando su copa sobre la mesa—. Me inclino a observar los hechos, y no creo equivocarme si digo que, antes de que termine el verano, estaremos inmersos en una guerra mundial sin precedentes.

—¿En qué te basas para ser tan categórica, Helen? —preguntó Edwin, intrigado por su firmeza.

—En los acontecimientos, Edwin. El ex primer ministro Stanley Baldwin, para quien trabajó mi padre, despreciaba las ambiciones de Alemania, pero Chamberlain se ató las manos con el Pacto de Múnich. ¿Realmente cree que Hitler se detendrá? Ahora mismo está acechando a Polonia. Si cruza esa frontera, nuestro país no tendrá más remedio que declarar la guerra. Y entonces, tarde o temprano, nuestro aliado, el tío Sam, se verá arrastrado al conflicto.

—¡Cállate, Helen! —estalló Sharon, visiblemente tensa—. No seas tan agorera. Eso no va a pasar. Estoy harta de tus sombrías predicciones; por favor, déjanos disfrutar de esta cena en paz.

  Helen, por deferencia a su amiga, guardó silencio. Edwin, sin embargo, permanecía absorto. «¿Cómo puede ver con tanta claridad lo que otros ignoran?», se preguntaba mientras la observaba de soslayo. «¿Cómo sabe lo que el Gobierno intenta ocultar?». Admiraba su inteligencia casi tanto como su belleza; esos ojos vibrantes que contrastaban con una madurez impropia de su edad.

  Mientras Edwin se perdía en la devoción que sentía por la mujer de sus sueños, la voz de Walter rompió el hechizo con un entusiasmo inesperado:

—¡Atiza! Si lo que dices es cierto, sería el mayor desafío de nuestra generación. Es una pena que probablemente sea solo producto de la paranoia colectiva, pero es una lectura fascinante. Dime, ¿tu padre ha comentado algo más al respecto? ¡Daría lo que fuera porque me concediera una entrevista!

  Sharon observaba a Helen con una mezcla de envidia y desconcierto; la energía que desprendía su amiga al hablar de política la hacía sentir pequeña. Decidida a recuperar el control de la mesa, forzó un cambio de tercio:

—Walter, aún no nos has contado cómo terminó aquella entrevista en Lisboa. Por eso te separaste del grupo, ¿no?

—¡Vaya, es cierto! —exclamó Walter, ensombreciendo el gesto—. No fue una experiencia agradable, os lo aseguro. Aquel tipo me envió a un lugar espeluznante; creo que lo hizo a propósito para evitarme. Por un momento temí no salir de allí con vida, hasta que se me ocurrió la pantomima de meterme la mano en el bolsillo. Debieron pensar que iba armado, porque me dejaron marchar al hotel sin más incidentes. Mi editor estaba furioso; le habían asegurado que el hombre estaba ansioso por hablar con la prensa.

  Helen, dejando de lado su reserva, lo interrumpió con viveza:

—¿De quién se trataba? ¿A quién fuiste a buscar a Portugal?

—A alguien que dio mucho que hablar el año pasado: el señor José María Gil Robles.

—¡¿Gil Robles?! —Edwin casi se atraganta con el vino—. ¿Fuiste a entrevistar al líder de la CEDA en el exilio?

—¡Desde luego! ¿Por qué no? —replicó Walter—. Según la carta que llegó a la redacción, era una noticia bomba. El hombre pretendía desafiar al gobierno de Burgos, acusando a los hombres de Franco de mancillar su honor, de tacharlo de traidor e incluso de planear un atentado contra el Generalísimo. ¡Imaginad el escándalo! Por eso fui a investigar.

  Helen entornó los ojos, analítica.

—Walter, ¿estás completamente seguro de que fue el propio Gil Robles quien envió esa carta al periódico?

—¿Quién si no?

  Edwin guardó silencio un segundo, clavando la vista en Helen. En sus ojos leyó una certeza que ella aún no verbalizaba. Comprendió, de pronto, que las piezas del tablero eran más complejas de lo que parecían.

—Hay mucha gente interesada en desestabilizar al gobierno español —murmuró Edwin—. ¿Me equivoco, o esta cena es mucho más que una simple reunión de amigos?

—Tienes razón —asintió Helen con gravedad—. Es mucho más.

Sharon, que había palidecido, intervino con un susurro:

—Antes de que hablemos, Walter, debes prometerme que no usarás nada de esto en tus crónicas.

—Sharon, soy un profesional —respondió él, herido en su orgullo—, pero sé cuándo el silencio es una cuestión de vida o muerte. Te lo prometo. ¿De qué se trata?

—En primer lugar —dijo Sharon, volviéndose hacia Edwin—, me gustaría saber qué te hizo sospechar del apellido de mi amiga. Spencer... la hija de Lord Leonard.

  Edwin dejó escapar un suspiro pesado.

—Me dio la sensación de que alguien ocultaba algo tras ese linaje. Alguien juega con nosotros, Sharon, y no sabemos por qué.

—¡Eso lo explica todo! —exclamó Helen, uniendo los puntos—. ¡Significa que Scotland Yard me está vigilando! ¿Es eso, Edwin? ¿Estamos bajo la lupa del Servicio Secreto?

—El gobierno español nos dio el aviso —comenzó Edwin, bajando la voz—. Nos pidieron que interceptáramos un paquete de su propiedad que iba a ser introducido ilegalmente en el país. Según sus informes, contenía componentes explosivos de alta peligrosidad transportados por una mujer.

  Hizo una pausa para observar la reacción de los presentes antes de continuar:

—En el aeropuerto se inspeccionaron todos los equipajes, palmo a palmo. Todos excepto el suyo, Helen, protegida como estaba por su acreditación diplomática. La seguimos de cerca, pero al comprobar que ya no llevaba nada sospechoso encima, relajamos la vigilancia. Lo que depositó en el banco resultó carecer de interés... aunque, para nuestra consternación, su pequeña broma sobre la «tinta para intrusos» dejó inservible el uniforme de uno de nuestros mejores agentes.

  Helen no pudo evitar una sonrisa de pícara satisfacción mientras Edwin proseguía, imperturbable:

—Tras aquello, hablamos con el cónsul. Le dejamos claro que, tras nuestras pesquisas, era evidente que usted no ocultaba nada. Incluso recurrimos a un colega de su padre para averiguar hasta qué punto estaba implicada en la trama. Su informe fue tajante: usted solo estaba pasando por un bache sentimental, un mal de amores. Fue entonces cuando levantamos la vigilancia por completo. Su padre, por lo que pudimos comprobar, no sabía absolutamente nada de ese paquete.

  ¿Me estás diciendo que el coche que me pisa los talones no es de Scotland Yard? —preguntó Helen, arqueando una ceja.

  Edwin palideció ligeramente.

—No tenía ni idea de que te estuvieran siguiendo. Si es así, deben ser los que esperan el paquete aquí en Londres; creerán que aún lo tienes. Pero no te preocupes, si no está en tu poder, acabarán cansándose.

  Helen, incapaz de contenerse más, dejó escapar una sonrisa triunfal.

—¡Claro que lo tengo! Por eso planeé esta cena.

  Edwin la miró fijamente, sin pestañear. Aunque tenía motivos de sobra para molestarse por sus burlas, mantuvo la compostura, aunque su voz traicionó cierta ansiedad:

—¿Quién te lo dio? ¿Cómo llegó a ti?

—Se organizó un vuelo especial desde el norte de Valladolid para mi regreso a Londres —explicó ella con calma—. Mientras subía al coche que me llevaba al aeródromo, una mujer chocó conmigo. Se deshizo en disculpas por su torpeza, pero ahora estoy segura de que aprovechó el impacto para deslizar el paquete en mi bolso. Fue el único incidente en todo el viaje. Nadie me pidió formalmente que trajera nada al país.

—¡Por Dios, Helen! —estalló Edwin—. ¿Cómo puedes tener algo tan peligroso contigo? Creemos que es un explosivo experimental. ¡Debes entregárnoslo inmediatamente!

—¡Cielos, cálmate! No es un explosivo, Edwin. Te engañaron con esa falacia. No es una bomba que vaya a estallar en suelo británico, pero su contenido sí que podría causar un daño irreparable al Estado español.

—¡Atiza! —exclamó Walter, al borde de su asiento—. ¡Esto es sensacional! ¡Sigue, Helen, no pares!

—Lo que tengo —continuó ella, bajando el tono— es un manuscrito y correspondencia privada entre el vicepresidente español, el conde de Jordana, y el embajador portugués. ¿Y a que no imagináis quién es el remitente de esas cartas?

  Walter, con los ojos como platos, apenas pudo articular:

—¿Quién?

—El mismísimo José María Gil Robles. Y os aseguro que ahí están todas las respuestas que buscabas, Walter.

—¡Vaya exclusiva! —gritó Walter, entusiasmado—. ¿De verdad esperáis que me quede callado ante esto?

—Eso es precisamente lo que Gil Robles desearía —sentenció Helen.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque tras leer sobre su vida y analizar el tono de sus escritos, estoy convencida de que lo último que quiere es que esto se haga público. Sería una imprudencia temeraria.

—¿Crees que el manuscrito fue robado? —intervino Edwin, recuperando el tono profesional.

—Es probable, Edwin. Pero solo saldremos de dudas si se lo preguntamos al propio Gil Robles.

—No lo recomiendo —replicó él, tajante—. No creo que colabore.

—A Scotland Yard no se le suele negar nada. Puedes intentarlo, Edwin.

  Él asintió, comprendiendo finalmente el propósito de la velada.

—Entiendo. Has preparado esta cita para que yo mueva los hilos, ¿verdad? Bien, intentaré averiguarlo y hablaremos en otro momento.

—Cuando quieras —respondió Helen con una inclinación de cabeza—. A partir de ahora, estoy a disposición de Scotland Yard.

—Entonces, mañana vendrás a la oficina y traerás el manuscrito.

—Cuando quieras, Edwin... pero el manuscrito no se moverá de donde está.

Edwin suspiró, entre la admiración y la exasperación.

—Eres una mujer difícil, Helen. Sabes que podemos obligarte a entregarlo, ¿verdad?

—Empiezas a conocerme, y me alegro. Si es así, sabrás que no habrá manuscrito hasta que descubras quiénes son los que me siguen y quiénes han sembrado mi casa de micrófonos. Te espero mañana en mi casa para darme la respuesta.

  Edwin se levantó de su sitio súbitamente, dejó la servilleta doblada sobre la mesa, tomó su abrigo y salió del restaurante sintiéndose utilizado y obligado a hablar con el Alto Comisario para contarle los hechos de aquella reunión; sin duda, un trabajo que le sentaría como pez fuera del agua. Caminaba por la calle mientras una luz plúmbea y deslustrada, cargada de niebla y humedad, envolvía la noche. Tras de sí percibió los pasos del hombre que lo seguía desde el restaurante. ¿Sería uno de los hombres que dijo la señorita Spencer que la seguían?, se preguntaba. Ambos subieron al autobús que los condujo hasta el Parlamento.

  Observando al individuo que espiaba todos sus movimientos, pensaba que su presencia se hacía muy evidente. Pero para sorpresa del interfecto, la intención de Edwin era introducirlo en la boca del lobo. En aquellos automóviles vulgares parados en la calle, tras sus toldos grises o sus costados carentes de letreros, se camuflan los aparatos más ingeniosos salidos del taller de su inventor. Se trata de las unidades de la "escuadra volante".

  Edwin intercambia una señal con uno de sus compañeros, un camarada que simplemente parece un pacífico burgués. Este permitió que el hombre entrase en su zona de control siguiendo a Edwin hacia Scotland Yard. El individuo misterioso se detuvo súbitamente, realizó un giro de noventa grados y se encaminó hacia la cabina telefónica; pero antes de que pudiera telefonear, fue atrapado por el detective Peter y los demás colegas de Edwin, que emergieron de la sombra inesperadamente. El hombre protestó enfurecido usando característicos vocablos castellanos: «¡Suéltenme! ¡Soy turista! ¡Exijo llamar al Consulado español!». Aun así, es trasladado a un despacho y retenido allí a pesar de sus demandas y reclamaciones. Mientras tanto, Edwin entró en la oficina del Alto Comisario.

—Señor, ¿podría dedicarme un momento? —preguntó Edwin, cuadrándose ante el escritorio.

  El Alto Comisionado levantó la vista de sus informes, con gesto cansado.

—Debe de ser importante, Woodhall. Siéntese.

—Señor, estoy seguro de que recuerda la comunicación del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Aquella petición para interceptar un paquete que traería una mujer.

—¡Exacto! Lo recuerdo perfectamente —el Comisionado tamborileó los dedos sobre la mesa—. Pero la vigilancia del caso se abandonó, ¿no es cierto? Se consideró una falsa alarma.

—Así es, señor. Sin embargo, esta noche he descubierto que el paquete no solo entró en el país, sino que está en posesión de la mujer.

—¡Pues tráigalo inmediatamente! —ordenó, recuperando la energía.

—Señor, hay un inconveniente: se trata de la hija de Lord Leonard. ¿Se imagina el escándalo si la prensa pusiera el foco en sus asuntos? Su padre es uno de los miembros más destacados del Parlamento. Por fortuna, ella está dispuesta a colaborar, pero bajo una condición innegociable: la más estricta discreción.

  El Comisionado frunció el ceño, evaluando las implicaciones políticas.

—¿Y sabe ya qué contiene ese dichoso paquete y cuándo nos lo entregará?

—Son manuscritos y correspondencia mecanografiada, señor. Nada más.

—¡Vaya por Dios! —bufó el Comisionado con un rictus de desprecio—. ¿Tanto revuelo por un montón de papeles? Todo ser humano tiene derecho a emborronar folios con sus vivencias o sus memorias, e incluso a darles una publicidad rimbombante si le apetece. Pero estos españoles, con su censura del nihil obstat... ¡No sé qué demonios pretenden, Woodhall! Y lo peor es que nosotros estamos aquí, siguiéndoles el juego como si no tuviéramos una guerra a las puertas.

—Se trata de documentos del mismísimo José María Gil-Robles —sentenció Edwin—. Ministro de la Guerra en el 34 y el 35, una figura clave antes de la contienda civil y líder de la oposición parlamentaria hasta hace apenas tres años. Aunque se mantiene en una ambigua neutralidad en su exilio, desconocemos qué trama. Alguien introdujo esos manuscritos en el bolso de la señorita Spencer justo antes de que subiera al coche hacia el aeródromo. Utilizaron a la hija de un Lord, por así decirlo, como una «valija diplomática» humana.

  El Comisionado se reclinó en su sillón, entrelazando los dedos con preocupación.

—Lo que me dice ahora cambia las reglas del juego, Woodhall. Atravesamos tiempos convulsos y lo último que necesitamos son más fricciones con gobiernos dictatoriales de las que ya tenemos como vecinos.

—Esta noche, durante una cena con Walter Gallichan, Sharon Hunter y la propia señorita Spencer, terminé de encajar las piezas.

—¡Santo cielo! —exclamó el Comisionado, golpeando la mesa—. ¡Gallichan! Ese periodista es un incordio. Tendremos que neutralizarlo para que su periódico no suelte una palabra. Invéntense cualquier cargo, deténganlo por algo... lo que sea necesario mientras resolvemos este entuerto.

—No será necesario, señor —intervino Edwin con calma—. Walter es un hombre de palabra; si ha prometido silencio, lo cumplirá. Doy mi fe por él. Pero volviendo a la señorita Spencer... ¿no cree que el propio Gil-Robles podría estar detrás de esto? Ella insinúa incluso que los documentos podrían haberle sido robados.

—Es muy posible. Sin embargo, no esperemos nada del Consulado; se cerrarán en banda.

—Habrá que averiguarlo. La señorita Spencer me informó de que su casa está intervenida y bajo vigilancia constante. Yo mismo pude comprobarlo: en cuanto puse un pie fuera del restaurante, un hombre comenzó a pisarme los talones.

—Lo han atrapado, supongo.

—Así es, señor. Cayó en la trampa por su propio pie. El problema es que aún no hemos podido interrogarlo a fondo. Estamos esperando al intérprete; de momento, solo ha gritado «Consulado» y «Turista» entre dientes.

—¿Alguna idea, Woodhall, o vamos a quedarnos aquí parados? —soltó el Comisionado con fastidio—. Sin el intérprete estamos ciegos. Nadie aquí domina el español, y si empiezan con el euskera, el gallego o el catalán, volverán locos a mis hombres. No es la primera vez que utilizan sus lenguas como un arma para ganar tiempo.

«—Pero yo sé quién puede ayudarnos, y no como detenida. —¿No se referirá a la señorita Spencer? ¿Cómo puede hacerlo ella, Woodhall?».

—Habla un español fluido. Además, percibí en sus palabras que nos estaba lanzando un guante: quiere que concertemos una entrevista con Gil Robles.

  El Comisionado esbozó una sonrisa cínica.

—La señorita Spencer no tiene un pelo de tonta; tiene a quien parecerse. Está bien, lo pensaremos. Movamos ficha. Vaya a buscarla ahora mismo y daremos comienzo al interrogatorio.

  Edwin partió de inmediato. Llegó a la residencia de los Spencer poco después de que el grupo regresara del restaurante. Se disponían a tomar cafe cuando el mayordomo, con la rigidez propia de su oficio, abrió la puerta.

—¿Desea algo el caballero? No se me informó de que esperáramos visitas.

—La señorita Spencer me aguarda. Dígale que es el señor Woodhall.

  El mayordomo lo condujo al vestíbulo y entró en el salón para anunciar al recién llegado. Antes de que pudiera articular palabra, Sharon se adelantó:

—¿Qué ocurre, Peel?

—Un tal señor Woodhall espera en el vestíbulo. Dice que la señorita Helen cuenta con su presencia.

—Es cierto, Peel. Hágale pasar —confirmó Helen con voz cantarina.

  El mayordomo invitó a Edwin al salón. Bajo la atenta mirada de los presentes, Helen ordenó que le sirvieran café y pidió a Peel que se retirara.

—¡Qué sorpresa tan inesperada, Edwin! —exclamó ella con un deje de ironía—. Pensé que te habrías marchado furioso y que no querrías volver a vernos ni en pintura, mucho menos para tomar café.

—Ya veo, querida amiga, que aún no me conoce bien —replicó Edwin, antes de volverse hacia la anfitriona con semblante serio—. Señorita Helen, ¿le haría un gran favor a Scotland Yard?

—Por supuesto. ¿De qué se trata?

—Hemos arrestado a un hombre que solo habla español y, en este momento, no disponemos de un intérprete de confianza. ¿Podría ayudarnos con el interrogatorio? Le prometo que la traeré de vuelta a casa antes de que el café pierda su aroma.

—¿Adónde piensa llevar a mi hija, Woodhall? —la voz de Lord Leonard resonó en el salón mientras entraba con paso firme.

—Con su permiso, milord. Tenemos a un sospechoso bajo custodia y carecemos de intérprete. Su hija domina el español y su ayuda sería inestimable para la seguridad del reino.

—¡Maldito sea el día en que te permití estudiar esa lengua! —refunfuñó el viejo parlamentario—. Ahora podrías estar descansando, en lugar de andar por ahí a estas horas. Pero haz lo que quieras; ya tienes edad para cometer tus propios errores.

  Helen se puso en pie, ajustándose los guantes con elegancia.

—No se preocupe, padre. Es un idioma fascinante y, como ve, resulta de lo más útil —dirigió una mirada impaciente a Edwin—. Vámonos cuando quieras.

  Sharon hizo amago de seguirlos, pero Edwin la detuvo con una cortesía infranqueable.

—Agradezco el gesto, Sharon, pero es mejor que aguardes aquí. Tu amiga estará de vuelta antes del amanecer.

—Vaya, veo que no sirvo de nada si no hablo ese «maravilloso idioma» —ironizó Sharon, volviéndose hacia el periodista—. ¿Me haces compañía, Walter?

—Lo siento, querida, pero esto es una noticia de primera plana. Si no voy yo, mi jefe enviará a cualquier carnicero de la redacción. ¿Puedo acompañarlos, Woodhall?

  Edwin asintió y los tres subieron al coche oficial. Mientras el vehículo cortaba la niebla londinense, Helen rompió el silencio:

—¿Qué sabemos de ese hombre?

—Poco. Me siguió desde el restaurante. Quizás si lo ves, puedas identificarlo como uno de tus perseguidores habituales.

—¡Atiza! ¡Eso se avisa antes! —protestó Walter—. Me has arruinado la primicia; de saberlo, me habría quedado con Sharon.

—Hiciste bien en venir, Walter —lo calmó Edwin—. Te necesito para calmar a la jauría de la prensa en Scotland Yard. Si nos ayudas, la exclusiva será tuya. Te dejaremos en la entrada principal; nosotros entraremos por el acceso de servicio para que nadie vea a la señorita Spencer.

  Tras dejar a Walter, el coche reemprendió la marcha. Helen observó a Edwin de soslayo.

—¿De verdad confías en él?

—Si le soy sincero, señorita Spencer, confío más en él que en usted —replicó Edwin con una sonrisa gélida—. Aunque eso podría cambiar según su rendimiento esta noche. Espero que me transmita cada palabra que ese hombre diga. No olvide que entiendo lo suficiente como para saber si intenta engañarme.

—Eso dependerá del detenido, no de mí. ¿Y si alega ser un simple turista? Si no tienen pruebas, mi dominio de los dialectos no servirá de nada. Sobre todo porque, si es el mismo que abordó a mi criada Betty, su inglés es impecable.

  Edwin frenó en seco sus pensamientos. —¿Lo conoce?

—Pensé que Scotland Yard sería más perspicaz, Edwin... si me permites el tuteo.

—Puedes hacerlo, pero no insultes a la Brigada; hacemos una labor excelente —Edwin la miró fijamente—. Dime, ¿qué sugieres?

—Que el detenido no sepa que hablo su idioma. Déjame a solas con él; si cree que no le entiendo, se confiará y acabará usando el inglés o cometiendo algún descuido. Además, es vital que no sospeche que he leído el manuscrito.

—Se lo comentaré al Comisionado, aunque no prometo que lo apruebe. No descarto tu plan, pero no tengo la más mínima intención de ponerte en peligro.

  Edwin puso su mano sobre la de ella en un gesto de complicidad. La idea era arriesgada, pero brillante. Frenó en seco ante una de las centrales de alarma para telefonear. La operadora no tardó en pasarle la llamada: el Alto Comisionado estaba al otro lado de la línea.

—Aquí Woodhall. Miss Spencer está conmigo y no hubo ningún problema con lord Leonard. Le llamaba para pedirle que preparasen una de las salas camufladas para interrogar al hombre detenido; hagan que se siente lo más cómodo y confiado posible, luego le explico.

  Al colgar y regresar al coche, Edwin miró a Helen con una mezcla de respeto y algo más profundo.

—Todo listo. Lo que logres sacar de él, es cosa tuya.

   Helen sonrió para sus adentros mientras el coche arrancaba de nuevo. Tenía mucho por descubrir. Miró de reojo al detective y pensó que Sharon no se equivocaba: era un hombre atractivo, y el rastro del calor de su mano aún le reconfortaba la piel. Mientras tanto, en la redacción, el jefe de Walter empezaba a perder la paciencia.

—¡Ya era hora, Walter! —bramó el jefe de redacción en cuanto lo vio asomar—. He tenido que enviar a Wegen a la sala de prensa de Scotland Yard para no quedarnos atrás. ¡Menuda exclusiva! ¡Titulares a cinco columnas! Han arrestado a un espía alemán esta noche; el muy idiota intentó colarse en el Yard para robar documentos vitales del Primer Ministro. ¡Ya está en máquinas!

  Walter se detuvo en seco y soltó una carcajada seca.

—¡Por favor, jefe, pare ya! O mañana seremos el hazmerreír de toda la flota de Fleet Street.

—¿De qué demonios hablas? Wegen me llamó jurando que era la noticia del siglo, que el revuelo entre los corresponsales era total.

—A Wegen le han tomado el pelo por novato y, por extensión, se lo han tomado a usted por no verificar la fuente —replicó Walter, quitándose el sombrero—. He pasado la noche cenando con el inspector Woodhall y dos damas. Hemos disfrutado de una velada tranquila y en ningún momento recibió orden de presentarse en comisaría. Es más, ambos las acompañamos a su casa; nada menos que la residencia de Lord Leonard Spencer, ese al que usted lleva meses intentando entrevistar.

  El rostro del jefe pasó del rojo al púrpura.

—¡Maldita sea! Es la última vez que confío en ese imberbe de Wegen. ¡Y pensar que estábamos brindando por su "excelente" primicia cuando no es más que una novatada!

  De pronto, un rugido ensordecedor brotó de su garganta, compitiendo con el estruendo de las rotativas:

—¡Detengan las rotativas! ¡Y traedme la cabeza de Wegen en una bandeja!

  Un joven periodista que pasaba por allí, aterrorizado por el grito y el fragor de las máquinas, no supo dónde meterse y terminó ovillado bajo el escritorio de Walter. Al descubrirlo, el periodista suspiró con resignación.

—Sal de ahí, Wegen. No tienes por qué esconderte. El jefe no lo decía en serio; tómalo como el bautismo de fuego de cualquier novato. En cuanto pisáis la sala de prensa, los veteranos os sirven una mentira en bandeja de plata. No quiero ni imaginarme las carcajadas que soltaron a tu costa mientras hacías la llamada.

—El pobre Wegen estaba convencido de que era la noticia del siglo —insistió el jefe, secándose el sudor—. Cuando entró en la sala de prensa y preguntó qué había de nuevo, le juraron por lo más sagrado que tenían a un espía de alto rango bajo el flexo.

  Walter soltó una carcajada cínica.

—El "espía" no era más que un pobre diablo borracho que tuvo la mala suerte de tropezar con un detective encubierto. Lo más cerca que tenían era la central y lo retuvieron allí hasta que llegó la patrulla a recogerlo. Nada más, jefe.

—¿Qué demonios haría yo sin ti, Walter? —suspiró el hombre, desplomándose en su silla.

—Déjelo ya, no sea tan duro con Wegen —intervino Walter, apartando con firmeza la mano que apretaba el cuello del joven. —No es culpa suya que esos lobos de la sala de prensa disfruten despedazando a los novatos. Iré a verlos ahora mismo y les explicaré lo que es la vergüenza.

  Walter se alejó ocultando una sonrisa de satisfacción. Le encantaba saborear el ridículo de aquel "hijo de papá" pedante que se creía periodista.

  Mientras tanto, en la otra punta de Londres, Helen Spencer cruzaba por primera vez el umbral de los imponentes edificios almenados de Scotland Yard. Las construcciones, conectadas por un puente de proporciones titánicas, se alzaban frente al Támesis tras una pradera de césped perpetuamente verde.

  Las enormes puertas de hierro forjado, coronadas por el emblema dorado de la Corona, permanecían abiertas en una invitación engañosa. Aquí y allá, varios agentes de uniforme fingían ociosidad, mientras furgonetas grises, sin rótulos ni marcas, entraban y salían por los arcos con el zumbido eléctrico de sus motores.

  Helen observó a un hombre de aspecto vulgar, vestido con un traje gris anodino, que se detuvo a encender un cigarrillo antes de perderse tranquilamente por la calle. Cualquiera habría jurado que era un oficinista más, pero Helen no era "cualquiera". Se dio cuenta de que aquellos supuestos lacayos y transeúntes no la miraban por cortesía: la escaneaban de arriba abajo con ojos brillantes y vidriosos, como depredadores midiendo a su presa antes de que cruzara el último arco de seguridad.

—Es natural que estos edificios te impresionen, Helen —comentó Edwin en un susurro mientras caminaban por los pasillos alfombrados—. Siempre ocurre la primera vez. Pero cuando te familiarizas con ellos, terminas cogiéndoles más cariño que a tu propia casa. Prepárate: estamos a punto de entrar en el santuario del Alto Comisionado.

  Al cruzar el umbral, encontraron al hombre cómodamente repantingado en su sillón de cuero burdeos. El escritorio, una vasta superficie de caoba, estaba sepultado bajo una marea de informes y cables diplomáticos que apenas dejaban ver la madera. Era un hombre de presencia imponente: corpulento, de hombros anchos y una calva pulcra que brillaba bajo la luz de los flexos.

  Cuando levantó la vista, Helen se sorprendió al encontrar unos ojos que irradiaban una amabilidad genuina. No sabía cómo se comportaría con sus subordinados en la intimidad del deber, pero aquel aura de distinción la cautivó al instante. Era, sin duda, un caballero de la vieja escuela.

  Al ser presentada, el Comisionado se puso en pie con una agilidad sorprendente para su porte. Con una galantería impecable, tomó la mano de la joven, depositando un leve beso sobre ella antes de invitarla a acomodarse en un sofá de terciopelo no menos confortable que su propio sillón. Edwin, manteniendo su postura de hombre de acción, declinó el sofá y se sentó en la primera silla que encontró a mano, atento a cada movimiento.

—Es un auténtico placer conocerla al fin, señorita Spencer —exclamó el Comisionado. Su voz recuperó una calidez que suavizó de inmediato el rigor del despacho—. Conocí bien a su madre; tiene usted su mirada... y esa misma silueta elegante. Es como verla a ella otra vez.

—Es usted muy amable, señor —respondió Helen, conmovida—. Siempre me dijeron que mi madre era una mujer extraordinaria.

—¿Acaso su padre no le confesó nunca que fui uno de sus más fervientes pretendientes? —añadió él con una chispa de picardía.

  Edwin alzó las cejas, visiblemente sorprendido por la revelación de su superior. Helen, por su parte, miró al detective con una sonrisa divertida antes de volverse al Comisionado.

—No tenía ni la menor idea, Comisionado Shaw.

—Te agradecería que me llamaras Ged —la corrigió él—. Así lo hacía tu madre. Pero dígame, ¿está realmente dispuesta a ayudarnos con ese individuo?

Edwin intervino antes de que Helen pudiera responder:

—Como le adelanté por teléfono, señor, la señorita Spencer tiene un plan específico. Por eso sugerí trasladar al detenido a una sala más confortable. Si me permite explicárselo...

—¡Un momento, Woodhall! —lo cortó el Comisionado—. Deja que sea ella quien me lo cuente.

—Con su permiso, Ged —comenzó Helen, adoptando un tono profesional—. Mi propuesta es que me dejen a solas con él. Quiero que crea que yo también he sido arrestada; eso le dará la confianza necesaria para hablar. Sé que domina el inglés, y si realmente pertenece a la facción que persigue el manuscrito, es vital que ignore que entiendo su lengua materna. En España siempre utilicé traductores precisamente para mantener esa ventaja.

  El Comisionado asintió, impresionado por la astucia de la joven.

—¡Es una idea brillante! El hombre ya está en una de nuestras salas de cortesía, a salvo de miradas indiscretas. Ha registrado cada rincón buscando espejos o cámaras, pero no ha encontrado nada; se siente seguro. Lo que ignora es que los dispositivos de escucha están camuflados en el falso techo.

  Ged Shaw se puso en pie, dando por finalizada la reunión.

—¡Adelante con tu plan, Helen! Estaremos escuchando cada palabra desde la sala contigua. Confiamos plenamente en ti. Me encantaría seguir recordando viejos tiempos, pero el deber manda. ¡Date prisa, no hay un segundo que perder!

  El Alto Comisionado descolgó el teléfono y convocó a otro agente, que se presentó al instante.

—Veil, póngase a disposición de la señorita Spencer —ordenó Shaw—. Llévela ante el detenido. Debe creer que ella también está bajo arresto, pero ni se le ocurra propasarse con nuestra invitada.

—¡Descuide, señor! —respondió el detective con una sonrisa—. La trataré como si fuera mi propia hermana. La familia de Lord Leonard es muy apreciada en mi casa.

  Edwin hizo amago de seguirlos, pero el Comisionado le puso una mano en el hombro, pidiéndole que se quedara.

—Woodhall, quiero que protejas a Helen como si fuera mi propia hija. Y respecto a esa entrevista con Gil Robles que tanto desea… ponte en contacto con nuestros enlaces en Lisboa. Prepárala cuanto antes.

—A la orden, señor —asintió Edwin—. Pero esperaré a que termine el interrogatorio para llevarla a casa personalmente. Se lo prometí a su padre.

—De acuerdo. Veamos qué tiene que decir ese pájaro.

  Mientras caminaban hacia la celda de lujo donde retenían al sospechoso, el detective Veil rompió el hielo con un susurro:

—¿De verdad no me recuerdas, Helen? Soy John. John Veil. Solíamos jugar en el jardín de los Hunter.

  Helen se detuvo en seco, observándolo bajo la luz amarillenta del pasillo.

—¡John! ¡Qué alegría! No te habría reconocido en la vida, ¡estás cambiadísimo! Sabes que Sharon va a pasar unos días en mi casa, ¿verdad? Le encantaría verte. Recuerdo que siempre andabas tras ella; te traía loco.

—Cierto, me gustaba mucho —admitió John, algo ruborizado—. Pero han pasado diez años. No sé si ella me reconocería a mí. Dime… ¿tiene compromiso? ¿Se ha casado?

—Sigue libre, John, no te preocupes. Las dos seguimos solteras por ahora.

—Me alegra oírlo. Pero dime… ¿qué haces metida en este lío? Algo grave está pasando, ¿no es cierto?

—Sí, John, y es mejor que lo dejemos ahí por ahora —cortó Helen, recobrando la seriedad—. Veamos si podemos hacer que ese tipo hable. No olvides pasarte por casa en cuanto puedas.

—Hablaremos luego —asintió John, recobrando la compostura frente a la puerta—. Ahora, que empiece el espectáculo.

  John Veil cumplió su parte con una brusquedad ensayada. Abrió la puerta de un empujón y la hizo entrar casi a la fuerza, gritando con voz áspera para que se oyera desde el pasillo:

—¡Quédese ahí y no se mueva hasta que vengan a por usted! ¡Y ni una palabra, ¿entiende?!

  La puerta se cerró con un estruendo metálico. El hombre, sentado al otro lado de la mesa, la escrutó con una frialdad absoluta, sin un solo gesto en su rostro curtido. Helen, fingiendo una indignación aristocrática, comenzó su monólogo mientras se despojaba del abrigo con movimientos nerviosos:

—Increíble… Simplemente increíble. Jamás pensé que en mi propio país Scotland Yard pudiera tratar así a una mujer de mi posición. ¡Tener una aventura con un caballero que resulta ser detective! Viene a mi casa, me saca de la cama y me arrestan sin dar explicaciones. Dicen que es «una prueba». ¡Es el colmo del ridículo!

  Se volvió hacia el hombre, entornando los ojos con fastidio.

—¿Y usted qué hace aquí? ¿También le han arruinado la noche?

—No la entiendo, señorita —respondió él en un español tosco y forzado—. Soy español… turista. No hablo inglés.

Helen soltó una risa seca, cargada de ironía.

—¡Vaya, un español! Un país precioso, he estado allí a menudo. Pero… un momento. Su cara me resulta familiar, ¿no nos conocemos?

—Soy español —insistió él, endureciendo la mandíbula—. ¡No hablo inglés!

—¿Se está burlando de mí? —Helen se inclinó sobre la mesa, invadiendo su espacio personal—. Ahora lo recuerdo. Es usted el que me siguió en aquella carrera de coches por el West End y Whitehall, ¿verdad? No ponga esa cara de santo.

—No entiendo… turista… repito, ¡no hablo su idioma! —exclamó él, empezando a mostrar signos de incomodidad.

—Dejemos de decir sandeces, amigo. Sé perfectamente que me entiende. Pero está bien, ya que prefiere el silencio, hablaré yo; estoy aburrida y necesito desahogarme. Le contaré una historia que me ocurrió en su país.

  El hombre la miró fijamente, sin pestañear, atrapado por la seguridad de la joven.

—Fue justo después de salir de la zona nacional en Granada, tomada por el general Queipo de Llano —continuó Helen en un susurro magnético—. Dos días más tarde asistí a una recepción diplomática en Burgos. Allí tuve el placer de conocer a una mujer que me hizo un regalo de un valor incalculable… un regalo que, sospecho, le interesa a usted mucho más que a mí. Se lo cuento porque últimamente se ha tomado demasiadas molestias siguiéndome. Y no se atreva a decirme otra vez que no me entiende, porque ambos sabemos que miente.

  El hombre asintió levemente, sin atreverse aún a confirmar nada en voz alta. Helen, aprovechando su ventaja, se deslizó hacia la silla contigua y bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.

—¿Cree que nos estarán escuchando aquí, como hacían sus hombres en mi casa? —preguntó ella, fingiendo temor.

  El sospechoso se tensó, pero finalmente dejó caer la farsa. Su respuesta llegó en un inglés perfecto, gélido y autoritario:

—La prudencia ya carece de valor, señorita. Si le interesa el bienestar de los suyos, debería empezar a cooperar. Llevo una hora retenido; si me ocurre algo, mis hombres tomarán medidas drásticas para obligarla a entregarnos el paquete.

  Helen fingió un respingo de sorpresa:

—¿De verdad cree que está aquí por mi culpa? Se equivoca, usted es el único responsable. Yo solo salí a cenar con una amiga; no es asunto mío que ella trajera a un detective con ganas de cazar a una ladrona. Lo mío es un error que se aclarará en minutos, pero usted… usted lo tiene difícil. Dígame de una vez: ¿qué quiere de mí?

—Queremos que nos devuelva lo que nos pertenece. Y su palabra de que no se lo ha mostrado a nadie.

—De verdad que no lo entiendo —bufó Helen, recuperando su tono altivo—. ¿Tanto valen esos papeles en una lengua que ni entendemos?

—Pregunta demasiado —la cortó él, con una frialdad que detuvo el aire en la sala—. Ahora lo único que debe ocupar su mente es cómo sacarme de aquí.

—No sé cómo hacerlo… por favor, aconséjeme. ¿Qué quiere que haga?

—En cuanto la dejen marchar, póngase en contacto con mi Consulado. Dígales exactamente dónde me tienen. Eso es todo.

—¿Y qué gano yo siendo su recadera? —desafió Helen.

El hombre se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con una amenaza real.

—Asegúrese de que se cumpla, señorita Spencer. De lo contrario, no volverá a ver a su padre ni a su amiga con vida.

—¡No intente asustarme! —exclamó ella, aunque su voz tembló de forma magistral—. Están en mi casa esperándome, no se atreverían a…

—No esté tan segura. Si fuera usted, me iría a casa en cuanto abran esa puerta. Haga lo que le ordeno y la trataré bien.

—Más le vale —siseó Helen, levantándose con una furia fingida que ocultaba un miedo muy real—. Porque si le tocan un solo pelo a mi padre o a Sharon, prenderé fuego a esos malditos papeles y le arrojaré a los perros para que sea su presa.

—Entendido —replicó él, imperturbable—. No les pasará nada, pero para eso debo salir de aquí. Mis hombres no son tan considerados como yo.

  Helen se alejó hacia el otro extremo de la sala, el corazón dándole vuelcos. La mención a su padre y a Sharon la había golpeado con una fuerza que no esperaba. En ese instante, la puerta se abrió de par en par y John Veil entró con paso marcial y rostro compungido.

—Lo lamento profundamente, señorita Spencer —declaró Veil con voz solemne—. Ha sido una confusión espantosa. Una mujer con un abrigo idéntico al suyo acaba de asaltar una joyería en el West End. Le ruego que acepte nuestras disculpas y se las transmita a su padre por este mal rato. La escoltaremos a su casa de inmediato.

  El sospechoso se inclinó hacia ella una última vez, su aliento frío rozándole el oído:

—Recuerda: cuando llegues, confirmarás mis palabras. Tu padre y su amiga no estarán allí. Entonces llamarás al Consulado; no te arrepentirás. Me pondré en contacto contigo pronto para recoger el paquete.

  Veil, fingiendo una sordera profesional, se interpuso bruscamente entre ambos, protegiendo a Helen.

—¿Le ha molestado este individuo, señorita Spencer? —preguntó con voz gélida.

—No, detective. No entiendo su lengua, pero imagino que habrá soltado algún cumplido típico de los españoles —respondió ella, sosteniendo el papel hasta que cruzó el umbral.

  En cuanto la puerta de la sala se cerró tras ellos, Helen se aferró al brazo de Veil. Su voz era un hilo de puro terror:

—¡John, han secuestrado a Sharon y a papá!

—No lo creas, Helen. Solo quería intimidarte —la tranquilizó él, aunque aceleró el paso—. Te llevaré al despacho de Shaw y enviaremos una patrulla a tu casa de inmediato. Sabremos pronto si solo ha sido un farol.

  Entraron en el despacho del Alto Comisionado. Edwin, que no había dejado de observar la escena a través del equipo de escucha, se puso en pie al instante. Su rostro reflejaba una preocupación que intentaba enmascarar con profesionalidad.

—Es una artimaña, Helen. Quería aterrorizarte para que hiciéramos lo que él desea.

  De pronto, el teléfono sobre el escritorio de Ged Shaw estalló en un timbre estridente. El Comisionado descolgó, escuchó en silencio y se desplomó pesadamente en su sillón de cuero. Su rostro, antes amable, se tornó sombrío y colérico.

  Helen se lanzó hacia la mesa, el corazón en la garganta.

—¿Es cierto? ¿Se los han llevado? ¿Cómo ha ocurrido? ¡Dígame si están bien!

—Hay un hombre herido, parece que lo golpearon brutalmente —respondió Shaw con voz ronca—. Las doncellas están atadas y amordazadas.

—¿Y Agatha, la cocinera? —logró articular Helen.

—Consiguió escapar por la puerta de servicio. Se topó con una patrulla, pero cuando los agentes llegaron a la casa, ya era tarde. Se los habían llevado.

—Al menos… al menos nadie ha muerto —susurró Edwin, tratando de buscar un ancla de realidad.

—¡Voy a hundir a ese hombre! —rugió Ged Shaw, golpeando el escritorio—. ¡Voy a encerrarlo en lo más profundo de la Torre y tiraré la llave al Támesis!

—No, Ged, por favor —suplicó Helen, recuperando la firmeza en medio del caos—. Haremos lo que piden. Iré a casa y llamaré al Consulado. Les diré dónde está su hombre y ustedes tendrán que dejarlo ir.

El Comisionado apretó los dientes.

—Me revuelve el estómago liberar a ese criminal, pero es nuestra única pista para llegar a ellos. ¡Vete a casa y haz esa maldita llamada! Pondremos un equipo de rastreo sobre él en cuanto cruce la puerta; no se nos escapará. ¡Es una orden, Woodhall! Te quedarás en casa de la señorita Spencer hasta que este asunto se resuelva. No la dejes sola ni un segundo.

  «Shaw miró a Helen a los ojos, suavizando el tono.

—No temas, Helen. Todo está en manos expertas. Ese hombre no te contactará hasta que se sienta seguro, pero Edwin no se apartará de tu lado».

  El comisario Shaw le besó la mano con una ternura casi paternal antes de escoltarla hasta la salida. Helen, sumida en un silencio de piedra, ya había previsto aquel desenlace. Durante el trayecto de vuelta, Edwin buscó sus ojos y tanteó las palabras, pero ella mantuvo la mirada perdida en el cristal, ignorándolo por completo. En cuanto el coche se detuvo, Helen se lanzó bajo la lluvia, no de agua, sino de flashes y gritos: la noticia sobre Lord Leonard y «la joven» ya corría como la pólvora. Walter apareció poco después, abriéndose paso con la calma de quien se sabe dueño del lugar. Mostró su pase al guardia de la entrada, que le franqueó el paso de inmediato. Ante las protestas airadas del resto de la prensa, Walter se detuvo, giró sobre sus talones y, con una sonrisa cargada de suficiencia, les espetó:

—Caballeros, la diferencia entre un rumor y una noticia es saber a qué puerta llamar; y esta… ¡me la deben!.

  Tras soltar la sentencia, Walter se hundió en el refugio de la casa. El policía cerró el portón a sus espaldas, dejando fuera el clamor de la prensa. Edwin ya lo esperaba en el vestíbulo, con el rostro desencajado.

—¿Qué demonios ha pasado? —soltó Edwin sin preámbulos.

—Secuestro. Se han llevado a Lord Leonard y a Sharon.

—¿Secuestrados? ¿Quiénes? No tiene sentido...

—Aún no hay rastro de ellos —soltó Edwin sin rodeos—. Tendremos que esperar una llamada, pero de esto nada a tu periódico.

  Walter guardó silencio, pero la descarga no se hizo esperar:

—Esto es por el hombre que detuviste, ¿verdad? Si no hubieras intervenido, Sharon estaría arriba, preparándose para dormir. ¡Maldita sea! ¡Lo que daría por interrogar yo mismo a esa chusma!

—Calma, Walter. Perder los estribos no la traerá de vuelta. Ella es fuerte, estará bien. Y Leonard... bueno, es demasiado valioso como para que le pongan una mano encima. Ten cuidado con lo que dices de él.

—Sé que son piezas de caza mayor, pero eso no me quita el miedo. ¿Dónde está Helen?

—Con el doctor. Están remendando al mayordomo. Las criadas no vieron nada y la cocinera solo suelta gritos histéricos. El único que puede decirnos algo es él.

  Ambos guardaron silencio ante el caos del salón: Agatha recibía un sedante entre espasmos, las criadas sollozaban en las esquinas y el mayordomo, con la cabeza envuelta en un turbante de gasas y el rostro empañado por los hematomas, intentaba enfocar la vista. El doctor se acercó a ellos secándose las manos:

—Ha sido un golpe brutal. No hay fracturas óseas evidentes, pero el traumatólogo debería confirmar que no hay presión interna. Es un hombre robusto y ha tenido suerte; un centímetro más y estaríamos hablando de un entierro, no de una conmoción.

—¡Oh, mi niña! ¡Gracias a Dios que no estabas aquí! —Agatha se aferró a ella, deshecha en lágrimas.

—Tranquila, nanny. Ya verás cómo papá y Sharon cruzan esa puerta antes de que te des cuenta.

—¡Es culpa mía! —sollozó la mujer—. Si no hubiera enviado aquel telegrama pidiéndole que viniera... Si les pasa algo, no me lo perdonaré jamás.

—Lord Leonard es un hombre influyente —intervino el detective Woodhall, tratando de imponer calma—. Nadie en su sano juicio retendría a alguien así con todo Scotland Yard pisándole los talones.

—¿De verdad no correrán peligro? —preguntó la mujer, buscando los ojos de Helen.

—No, Agatha. Ahora lo que importa es que Peel recupere el sentido.

  Ella lo miró con los ojos empañados, la voz trémula y el aliento entrecortado:

—Él les plantó cara —logró decir—. Oí gritos, voces que no conocía... luego esos golpes secos. Me entró el pánico y salí corriendo a la calle; me crucé con unos hombres que, por suerte, no me prestaron atención. Entraron en la casa como si fuera suya. No sé de dónde saqué el valor para escapar.

—¿Y tú dónde estabas, Remedios? —le preguntó Helen.

—En la cama, señorita. Su padre nos dio la noche libre; dijo que no necesitaba servicio y que Sharon y él la esperarían a usted. Peel se quedó con ellos para acompañarlos.

—Está bien, Remedios, respira. Ve a preparar habitaciones para el detective Woodhall y para el señor Gallichan. Se quedarán esta noche.

—No me movería de aquí ni por todo el oro del mundo —sentenció Walter—. Quiero estar presente cuando suene ese teléfono; Sharon es la mujer de mi vida. Si Woodhall debe permanecer en su puesto, velaremos juntos. Al fin y al cabo, el mayordomo está fuera de combate.

—Peel no es solo un mayordomo, Walter —lo cortó Helen con frialdad—. Es el guardaespaldas personal de mi padre. Fue policía y habría llegado a detective en la Yard si no se hubiera retirado. Solo el Comisionado Shaw es la excepción a la regla de promocionar desde abajo.

—¿Cómo sabes tanto de rangos policiales? —preguntó Edwin, sorprendido.

—Sé muchas cosas. No olvides de quién soy hija; mi padre me educó para entender cómo funciona el mundo, no solo para heredar su apellido. Y ahora, si me disculpáis, tengo que hacer la llamada que le prometí al detenido.

  Walter intercambió una mirada con Edwin; el gesto del detective dejaba claro que consideraba a Helen una mujer de sangre fría, pero no se inmutó. La siguió en silencio hasta el despacho de Lord Leonard, con el periodista pisándoles los talones. Helen buscó en la agenda de cuero de su padre hasta dar con el número del consulado. Marcó con dedos firmes.

—Consulado de España, dígame —respondió una voz femenina al otro lado.

—Habla la señorita Spencer. Comuníqueme con el cónsul, por favor. Es urgente; se trata de una cuestión de vida o muerte para un ciudadano de su país.

—Lo lamento, señorita Spencer, el cónsul no puede ponerse al aparato ahora mismo. Le paso con el secretario. Un momento.

Hubo un chasquido en la línea antes de que una voz grave y pausada tomara el relevo.

—Dígame, señorita Spencer. Habla el señor Navia. Me informan de que tiene algo de extrema importancia que comunicarnos.

—Así es, señor Navia. Debo informarle sobre un compatriota suyo que se encuentra bajo custodia en Scotland Yard. Estoy convencida de que se trata de un error; el caballero insiste en su condición de turista y ha solicitado auxilio consular con una angustia que me resulta imposible ignorar. A pesar de la barrera del idioma, creí mi deber ponerme en contacto con usted de inmediato.

—Le agradezco mucho la diligencia, señorita Spencer —respondió Navia, ahora más atento—. El cónsul querrá agradecérselo personalmente.

—Como desee, señor Navia. Le facilito mi número directo. Solo espero que este súbdito suyo reciba un trato justo y que este incidente no empañe la imagen de nuestro país.

—Transmitiré sus impresiones, señorita Spencer. Haremos lo necesario para contactar con él cuanto antes. Gracias de nuevo.

  Helen colgó el auricular con una lentitud deliberada. «Pobre Navia», pensó para sí, «está en medio de la carretera, como dirían en su tierra, y no sospecha que me lo voy a comer vivo».

  Se giró hacia Edwin, clavando sus ojos en los de él.

—Bien, acepto mi parte del trato. Ahora espero que, en cuanto la Embajada lo saque de la Scotland, ese hombre cumpla con lo suyo y mi padre y Sharon regresen intactos. Por cierto —añadió con un matiz gélido—, ¿sabes si la policía ya ha terminado de retirar los micrófonos de esta casa?

—Están en ello —respondió Edwin.

—Espero que tus hombres acaben pronto; no quiero ni un solo micrófono en esta casa; así los obligaremos a ponerse en contacto mucho antes. Vamos a ver cómo sigue Peel.

  «Agatha, que no se había movido de su lado, exclamó al verlos llegar:

—¡Mi niña! ¡Parece que ya recupera el conocimiento!»

  Helen acercó una silla al hombre herido. Al verla, Peel intentó incorporarse, pero el dolor le arrancó una mueca y sus palabras salieron quebradas:

—Les fallé, señorita Helen... No pude protegerlos. Me tomaron por sorpresa; si hubiera tenido mi arma a mano...

—No te culpes, Peel. Nadie podía prever esto —lo atajó ella con suavidad—. De hecho, me alegro de que no estuvieras armado; probablemente ahora estarías muerto. ¿Recuerdas algo útil?

  Peel asintió con dificultad, entornando los ojos por el esfuerzo.

—Llamaron al timbre. Abrí pensando que era usted y dos hombres se me echaron encima. Llevaban pistolas, unas Star de 6.25 milímetros, calculo. Exigieron que el señor saliera al vestíbulo. Lord Leonard se negó a seguirlos sin una explicación y retrocedió hacia el salón; uno de ellos fue tras él. Aproveché un descuido para golpear al que me encañonaba y su arma cayó junto a la escalera. Forcejeaba con él cuando otros dos aparecieron de la nada. Me redujeron y... —Peel apretó los dientes—. Me molieron a golpes mientras veía cómo se llevaban a su padre y a la señorita Sharon. Después, todo se volvió negro.

—Tranquilo. Todo saldrá bien —dijo Helen, dándole una palmada firme en el hombro—. Estos caballeros te ayudarán a subir a tu habitación. Necesitas descansar.

—Déjeme ir tras ellos, señorita... Déjeme ajustar cuentas por lo que han hecho.

—Habrá tiempo para todo, Peel. Ahora no te conviene alterarte. Hazme caso y descansa.

  El agotamiento golpeó a Helen de repente, como un muro invisible. Se despidió del detective y de Walter con una inclinación de cabeza y subió a sus aposentos escoltada por Betty. La doncella no podía apartar la vista del rostro sombrío de su señorita.

—¡Ánimo, Betty! Nadie podría haber evitado este desastre, pero no hay motivo para el pánico.

—Si usted lo dice, señorita... Me asombra su entereza. Parece que nada hubiera pasado.

—Lo entenderás a su debido tiempo, te lo aseguro. Has trabajado suficiente por hoy; solo te pido un último favor: asegúrate de que nuestros invitados estén cómodos. Agatha no está para tareas domésticas y el sedante la dejará fuera de combate en cualquier momento. Asegúrate de taparla con una manta en el salón.

—No se preocupe, señorita. Yo me encargo de todo.

  Betty se acercó a los hombres y les ofreció su ayuda con una reverencia. Edwin, que revisaba su cuaderno de notas, alzó la vista y la estudió un segundo.

—¿Cuál de las criadas eres? ¿Remedios, Brilliz o Betty?

—Soy Betty, señor. ¿Desea algo en particular?

—Llévame a la habitación que ocupaba la señorita Sharon.

La joven lo guio por el pasillo en silencio hasta detenerse frente a una puerta de madera oscura.

—Es aquí, señor —susurró—. Pero le ruego que no haga ruido; la señorita Helen descansa justo al lado. ¿Puedo preguntar por qué tanto interés en este cuarto?

—Cuestión de seguridad, Betty. Puedes retirarte.

—Comprendo... quiere estar cerca por si ocurre algo —murmuró ella antes de marcharse—. Agatha nos dijo que esta era siempre la habitación de la señorita Sharon cuando se quedaba en casa.

  Edwin entró en el cuarto a oscuras. No dio ni tres pasos cuando tropezó con una silla, provocando un estrépito que rompió el silencio de la noche. Al otro lado del tabique, la voz de Helen sonó inmediata:

—¿Sharon? ¡Qué despistada soy...! ¿Quién anda ahí?

—Perdona si te he despertado, soy Edwin —respondió él, avergonzado—. Quería hacer guardia cerca de tu alcoba.

—No creo que se atrevan a volver con la policía en la puerta —replicó ella, y Edwin juró detectar una sonrisa en su voz—. ¿Tienes la luz encendida?

—No encuentro el interruptor, por eso casi me mato con la silla.

—Camina recto y a tu derecha lo verás.

—Ya lo tengo —dijo Edwin al encenderse la lámpara—. Mucho mejor.

—Ahora, busca el estante a tu izquierda. ¿Ves un ejemplar de Cuentos de la Alhambra de Washington Irving?

—Lo tengo. ¿Qué quieres que haga con él?

—Sácalo. Mete la mano en el hueco; al fondo notarás algo redondo, como una moneda. Gíralo a la derecha y retira la mano rápido.

  Edwin obedeció. Hubo un clic metálico y una parte de la pared cedió, pivotando silenciosamente para dejarlo cara a cara con Helen, que lo observaba desde su cama.

—¿Qué te parece mi pequeño secreto? Ingenioso, ¿verdad?

—Me dejas sin palabras —confesó él, fascinado por el mecanismo.

—Ahora ya sabes que puedes acudir a mi habitación si es necesario. No creo que a Sharon le importe que uses su cama por una noche.

—¡Helen!

—¿Dime?

—Nada... solo descansa.

  Edwin cerró el pasaje secreto. Se sentía ridículamente cohibido. Quería decirle que le atraía, que deseaba conocer a la mujer que se escondía tras esa armadura de hierro, pero las palabras se le anudaban en la garganta. No en vano lo llamaban el «Soltero de Oro»; mientras sus colegas ya criaban hijos, él seguía hechizado por mujeres inalcanzables. Y Helen Spencer, con su mirada cautivadora y su mando natural, lo había conquistado por completo.

  Se preguntó si el Comisionado Shaw habría sentido lo mismo por la madre de Helen antes de que Lord Leonard se cruzara en su camino. Rezó para que los rumores sobre un amante en España fueran solo eso: rumores. Se tumbó en la cama de Sharon, pero el sueño no acudía. Estaba tan cerca de ella que creía percibir su respiración a través del muro. Para calmar los nervios, abrió el libro de Irving y se dejó llevar por las leyendas granadinas hasta que el cansancio, finalmente, le cerró los ojos.

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Sueños de Honor — Capítulo 4: El Desafío de Helen: La Guardiana de Secretos

Si acabas de llegar al blog o quieres repasar el inicio, lee aquí el Capítulo I: Helena — La Sombra de Lisboa

  A las diez en punto, Agatha entró en el dormitorio de Helen con la inquietud marcándole el paso. La joven aún dormía profundamente, ajena al mundo. Al descorrer las cortinas, Agatha se quedó gélida: frente a la casa, un coche negro custodiaba la calle. En su interior, dos desconocidos apuraban el contenido de unos vasos blancs. «Quizá Helen no desvariaba con sus historias de espías», murmuró para sí. ¿En qué clase de intrigas andaría metido Lord Leonard?

—¡Arriba, dormilona! —exclamó Agatha, regresando al pie de la cama. —Déjame... —protestó Helen entre sábanas—, apenas he pegado ojo.

  Tras comprobar que Sharon también dormía —seguramente tras una noche de confidencias y travesuras—, Agatha inundó la estancia de luz y bajó al salón. Allí, impecable en su traje de raya diplomática y su eterna pajarita de lunares, Lord Leonard la esperaba como una estatua de elegancia. —¿Es que esas dos no piensan bajar a desayunar? —preguntó él, con una frialdad que contrastaba con el sol de la mañana.

—No las espere, milord. Duermen como troncos; seguro que anoche se les fue el santo al cielo charlando —comentó Agatha con una sonrisa cómplice antes de enfilar hacia la cocina. —Puede que sea así, pero me alegro —respondió él, aunque su mente ya empezaba a perderse entre legajos y sellos oficiales.

  Mientras Lord Leonard se sumergía en sus asuntos de Estado, el servicio —Remedios, Betty y Brilliz— entraron en el comedor de criados. Peel ya presidia la mesa con su habitual rigidez cuando Agatha, impaciente ante la parsimonia del grupo, rompió el aire con un palmetazo seco.

—¡Siéntense de una vez antes de que el estofado se enfríe más que el corazón de un prestamista! —sentenció Agatha, fulminando al grupo con la mirada mientras se limpiaba las manos en el delantal—. ¿Creen que el tiempo se detiene porque el señor esté ocupado con sus legajos y sellos oficiales?

Peel, impasible, se ajustó la chaqueta y comenzó a afilar el cuchillo de trinchar, ignorando el drama habitual de la cocinera. El aroma a estofado de buey y pudín de sebo llenaba el comedor de techos bajos, un contraste terrenal con el refinamiento silencioso de la planta de arriba.

—Remedios, deje de soñar despierta; Betty, enderece ese delantal, que parece que viene de una pelea; y Brilliz, si vuelve a arrastrar los pies de esa manera, pensaré que tenemos una alma en pena en el sótano —ordenó Agatha, dejando caer una montaña de puré sobre el plato del mayordomo—. Coman rápido, que los platos de Lord Leonard no se van a lavar solos cuando termine lo que está haciendo.

  Peel hizo amago de incorporarse para imponer orden, pero la mano firme de Agatha sobre su hombro lo devolvió a la silla de un golpe seco. Ella tomó asiento frente a él, clavándole una mirada cargada de intención.

—Y bien —dijo el mayordomo, entornando los ojos mientras recuperaba la compostura—. ¿Qué historia traes hoy entre manos para estar tan mordaz, Agatha?

  El tintineo de los cubiertos se detuvo en seco cuando una voz temblorosa cortó el aire.

—¿Podemos hablar? —soltó Brilliz. Su voz sonó pequeña, casi ahogada por el peso del techo bajo.

Peel abandonó su posición de hierro y suavizó el gesto. Dejó el cuchillo de trinchar sobre la mesa y asintió con una solemnidad casi paternal, esa que solo reservaba para los muros del sótano.

—Desde luego —respondió—. Aquí abajo somos una familia, Brilliz; estamos para sostenernos cuando el piso de arriba pesa demasiado. ¿Qué te ocurre? ¿Es que no te sientes a gusto entre nosotros?

  Agatha dejó de servir el puré y apoyó los codos en la mesa, escrutando a la joven. El silencio en el comedor de criados se volvió denso, a la espera de una confesión que amenazaba con enfriar el estofado definitivamente.

—Me siento bien, es una casa tranquila —respondió ella, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde del mantel—. Lo que no me gusta es ese coche. Siempre está ahí, apostado frente a la puerta. No sé si nos vigilan o si...

—Eso son imaginaciones tuyas —la cortó Peel con un gesto de desdén, volviendo a su plato como si quisiera enterrar el tema bajo el puré.

—¡No es cierto, no me lo invento! —insistió ella. La voz se le quebró en la garganta, una nota aguda que hizo que Remedios y Betty dejaran de masticar—. Lleva tres días ahí. El mismo motor apagado, los mismos cristales oscuros. Acechando.

  Peel clavó el tenedor en la carne con más fuerza de la necesaria. Agatha, que no le quitaba ojo, notó cómo la mandíbula del mayordomo se tensaba, revelando que, tal vez, él también lo había visto.

—Brilliz tiene razón —añadió Remedios, bajando la voz como si las pareces pudieran oírla—. Yo también lo he notado. Es más, cuando salgo a hacer los recados, siento que me pisan los talones.

Peel soltó una risa seca, un chasquido carente de humor que cortó el aire del comedor.

—Remedios, te estás volviendo una paranoica —la sentenció, sin levantar la vista de su plato—. Londres está plagado de coches negros y hombres con prisa; lo vuestro es pura sugestión.

—¿Sugestión? —intervino Agatha, dejando el cucharón sobre la mesa con un golpe seco—. El miedo no se inventa un motor en marcha a medianoche, Peel. Si la muchacha dice que la siguen, es que hay ojos donde no debería haberlos.

—No soy ninguna paranoica —replicó Remedios, sosteniéndole la mirada al mayordomo con una firmeza que no le conocían—. El otro día, en el mercado, estaba segura de que un hombre me pisaba los talones. Entré en el pub de una amiga y le pedí que vigilara mi cesta mientras yo me alejaba un poco. Ella vio cómo el tipo se agachaba junto a la compra fingiendo atarse los cordones. Me dio tanto miedo que volví en taxi. Y cuando llegué a casa y revisé la cesta… encontré esto.

  Remedios rebuscó en su delantal y depositó una mota oscura sobre el mantel inmaculado. Agatha se inclinó hacia delante, con la vista fija y la mandíbula tensa, mientras el aire en la sala parecía espesarse ante la mirada atónita del servicio. Peel dejó a un lado el tenedor, tomó el objeto con una delicadeza quirúrgica y lo giró lentamente bajo el resplandor de la lámpara.

—Un micrófono —dijo, con un tono ensombrecido por la sospecha—. Inútil, está destrozado.

—Pensé que alguien se estaba tomando demasiadas molestias por escucharnos —continuó Remedios con una chispa de orgullo en la mirada—, y no iba a consentirlo. Así que grité: «¡Vaya, un bicho en la lechuga!». Y lo aplasté con todas mis fuerzas. Si alguien estaba al otro lado, pensará que lo rompí por accidente, sin saber qué era.

Peel asintió, impresionado por la sagacidad de la mujer.

—Bien hecho, Remedios. Si me lo permites, me quedaré con el aparato para enseñárselo al Señor.

  Mientras el resto comentaba la jugada, Agatha se percató de que Betty permanecía estática, con la mirada perdida en algún punto difuso de la cocina. Su silencio pesaba más que las palabras de las demás.

—Betty —la llamó Agatha, captando la atención del grupo—. Es obvio que te pasa algo. Estás demasiado callada. ¿A ti también te han seguido?

Betty tragó saliva, nerviosa.

—No sé si debería decir nada...

—¿Qué dices, mujer? —insistió Peel, suavizando el tono—. Te lo repito: aquí abajo somos una familia y nos protegemos. Confía en nosotros, suéltalo de una vez.

  Betty tomó aire, jugueteando nerviosa con el borde de su delantal antes de empezar:

—Sucedió hace tres días, en mi tarde libre. Freddy vino a buscarme y, apenas empezamos a caminar, notó que algo iba mal. Un hombre nos seguía a corta distancia y aquel coche negro avanzaba a nuestro paso, como una sombra metálica. Freddy se puso tenso; llegó a preguntarme si me estaba burlando de él, si aquel tipo era algún pretendiente. Le juré que no lo conocía de nada.

Betty hizo una pausa, recordando el miedo de aquella tarde.

—Para forzar la situación, nos desviamos por un callejón y fingimos ponernos románticos. El tipo intentó pasar de largo, pero en cuanto estuvo a tiro, Freddy lo agarró por las solapas y lo estampó contra la pared. «¡Habla ya!», le exigió. El hombre, casi sin aire, preguntó si yo era la criada de Helen Spencer. Cuando asentí, soltó el mensaje: «Nos pondremos en contacto pronto; prepara el paquete».

  Las mujeres en la cocina se miraron, pálidas. Betty continuó, con la voz quebrada:

—En ese momento apareció un segundo hombre. Freddy me gritó que corriera, que buscara un taxi y no mirara atrás. Lo hice, pero al girarme vi cómo los dos se ensañaban con él. Freddy se defendía como un león, derribó a uno, pero el otro sacó una barra de hierro y se dispuso a golpearlo por la espalda. Entonces, de entre la niebla, surgió una cuarta figura. Fue un visto y no visto: un golpe certero y el atacante cayó al suelo como un fardo.

Betty levantó la mirada y señaló directamente al final de la mesa.

—Ese hombre, el que salvó a Freddy... era Peel.

  Las mujeres clavaron sus ojos en el mayordomo, mudas de asombro. Las preguntas se agolpaban en sus mentes, pero nadie se atrevía a romper el hechizo. ¿Qué hacía Peel en aquel callejón? ¿Por qué se movía como un fantasma entre la niebla?

—No quiero que pienses que soy una desagradecida —continuó Betty, rompiendo el silencio—. Aprecio de corazón lo que hiciste por Freddy. Pero te marchaste tan rápido como llegaste, camuflado por la oscuridad, sin darme tiempo a darte las gracias. Como aquí en casa no dijiste ni una palabra al regresar, decidí guardar el secreto.

  Peel se irguió en su silla, recuperando su habitual compostura.

—No hay nada que agradecer, Betty. Solo cumplía con mi deber. Estoy en esta casa para protegerlos a todos.

—¿Cómo? —¿Qué estás diciendo? —saltó Agatha, indignada—. ¿Qué clase de tontería es esa?

—No es ninguna tontería, Agatha. Es la realidad —sentenció él con una frialdad que les heló la sangre—. Y espero que todas sepan guardar el secreto, por su propio bien y, sobre todo, por el de la joven Helen.

  Remedios palideció mientras procesaba las piezas del rompecabezas.

—Así que lo que dijo aquel tipo... lo del paquete... no era una invención. Es cierto.

—Es cierto, Remedios —admitió Peel—, aunque todavía no sabemos qué es exactamente ese "paquete".

  Fue entonces cuando Remedios se inclinó hacia delante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de sospecha:

—¿Qué es usted, Peel? ¿Es de la policía... o acaso viene de Scotland Yard?

—Soy guardaespaldas —sentenció Peel, con una naturalidad que heló el ambiente—. Me contrataron específicamente para proteger a la señorita. Ahora que lo sabéis, espero que todo siga como antes entre nosotros.

  Peel se recostó ligeramente en su silla, observando las caras de estupefacción. Se fijó en Betty, que parecía procesar la información a toda velocidad.

—Te conozco, Betty. Sé lo que estás pensando: «¿Qué hacía el mayordomo en ese callejón precisamente esa noche?». Para saciar tu curiosidad: cuando tu novio vino a buscarte, noté que aquel coche negro arrancaba tras de vosotros. Mi instinto se puso en alerta. Os seguí aprovechando la oscuridad y el amparo de las sombras. Cuando os vi entrar en aquel callejón, temí lo peor y me mantuve cerca, oculto en un portal para intervenir si era necesario.

  Peel esbozó una brevísima sonrisa de reconocimiento antes de añadir:

—Por cierto, Betty... tu novio es un hombre muy fuerte.

—¡Desde luego! —exclamó ella, recuperando el aliento con orgullo—. Practica lucha libre.

—Menos mal que tu novio sabe encajar los golpes —añadió Peel con una mueca seca—. Y suerte que no sacaron armas de fuego. Pero hiciste mal en no marcharte, Betty; si yo no hubiera estado allí, las cosas habrían acabado de forma muy distinta.

  En ese instante, un chasquido metálico y una luz roja en el panel de la cocina interrumpieron la confesión. Alguien llamaba desde el dormitorio de Helen. Peel reaccionó con la precisión de un resorte:

—¡Es la señorita! Betty, sube a ver qué necesitan. ¡Y ni una palabra de esto!

—No se preocupe, soy una tumba. No sabrá nada por mí, lo prometo.

  «Eso ya lo veremos», pensó Agatha para sus adentros mientras le ordenaba preparar una bandeja para dos; estaba segura de que Sharon no se habría movido del lado de Helen.

  Betty cumplió la orden a rajatabla. Al entrar en la habitación, encontró a las dos jóvenes sentadas entre las sábanas.

—¡Qué bien! Gracias por el servicio doble, Betty —dijo Helen, mientras la criada posaba la bandeja sobre la mesilla—. Pero te veo decaída... ¿te ocurre algo?

«¿Cómo es posible que lo note tan rápido?», se preguntó Betty, sintiendo un sudor frío.

—Todo está bien, señorita —respondió, sin mucha convicción.

—¿"Todo" qué? —insistió Helen con una sonrisa pícara—. ¿Te refieres a Freddy y a ti?

Betty suspiró aliviada. Si la señorita pensaba que era un asunto de faldas, mejor dejarlo así.

—A eso me refiero, sí. Somos muy felices, aunque me gustaría tener más días libres para estar con él.

Pero Helen no era fácil de engañar. Se cruzó de brazos y la miró fijamente.

—Sé que me ocultas algo, Betty.

—¿Qué podría saber yo que le interesara a usted, señorita? —intentó defenderse ella.

—Si no fuera porque frunces el ceño cada vez que me guardas un secreto, querida Betty, te creería. Anda, cuéntanos qué está pasando de verdad.

—Creo que no es más que una broma de alguien con ganas de enredar —comenzó Betty, tratando de recuperar la compostura—. Recuerde que hace unos días me dio la tarde libre para ver a Freddy. Pues bien, cuando iba a su encuentro...

  Betty hizo una pausa. Se sentía observada. Miró a Sharon y por un instante se distrajo con la extraña elegancia de la mujer, cuya presencia le resultaba vagamente incómoda, casi iridiscente bajo la luz de la mañana. Pero ya no podía dar marcha atrás. Helen la observaba fijamente, como si esperara que las palabras brotaran de las paredes de la habitación.

—Era un hombre alto —continuó Betty al fin—, de aspecto serio pero con una forma de hablar muy cordial... incluso atractivo, si me permite decirlo. Se acercó a mí con mucha cortesía y me preguntó si yo era la doncella de la señorita Helen Spencer, la hija de Lord Leonard.

  Helen dejó la taza de té a un lado, intrigada.

—Asentí, por supuesto —prosiguió la criada—, y entonces él me indicó que tenía un mensaje para usted. Me aseguró que era algo que solo usted, señorita, sería capaz de entender.

—¡Bueno, Betty! ¿A qué esperas para soltarlo? ¡Tanto rodeo me pone nerviosa! —exclamó Helen, perdiendo la paciencia.

  Betty tragó saliva, sintiendo el peso del secreto que aún guardaba bajo la lengua.

—Ya verá, señorita... El hombre me aseguró que se pondría en contacto con usted muy pronto y que debían tener listo «el paquete».

Helen arqueó una ceja y, con una frialdad que descolocó a la criada, se encogió de hombros.

—Si eso es todo, Betty, puedes retirarte. No tengo ni idea de qué hablas.

  Betty asintió, aunque la confusión le nublaba el juicio. Había cumplido con su deber de entregar el mensaje sin desobedecer del todo a Peel —ya que no había mencionado la pelea ni la sangre—, pero sentía que se marchaba dejando una bomba de relojería en la habitación. Helen fingía desinterés, pero sus dedos jugueteaban nerviosos con la sábana.

  Mientras tanto, un piso más abajo, la parsimonia británica saltó por los aires. Peel irrumpió en el despacho de Lord Leonard sin llamar, con la respiración contenida y el rostro encendido por la gravedad del asunto. El noble levantó la vista de sus informes, estupefacto ante tal falta de protocolo.

—¿Qué ocurre, Peel? ¿A qué viene esta entrada? —preguntó Lord Leonard, dejando la pluma suspendida en el aire.

—¡Lo que sospechábamos, señor! —exclamó Peel, dejando el micrófono roto sobre el escritorio—. Siguen al servicio... se lo metieron a Remedios en la cesta de la compra. Ella lo destrozó, pero es la misma tecnología que encontramos en el salón. Estoy decidido a averiguar quién mueve los hilos, aunque los informes externos siguen en blanco.

  Lord Leonard suspiró mientras se masajeaba las sienes con cansancio.

—Quizá el desenlace de esta noche nos arroje la luz que tanto necesitamos, Peel.

—¿A qué se refiere exactamente, señor?

—Helen y Sharon cenarán con dos caballeros —respondió Leonard con una media sonrisa—. Y uno de ellos es, nada menos, que un inspector de Scotland Yard.

—Tengo mis reservas, señor... —Peel comenzó a recoger el micrófono destrozado con la mano enguantada como si fuera un insecto muerto—. Mis contactos en los bajos fondos no guardan simpatía alguna por Scotland Yard. Me preocupa que, al abrir la puerta a la ley, las jóvenes queden expuestas a una investigación que escape de nuestro control.

—Ha llegado el momento de confiar en los demás, Peel —el señor suspiró, clavando la mirada en los cables retorcidos que aún colgaban de la mano del mayordomo—. ¡Aceptar ayuda no es una derrota, es una estrategia!

  Peel asintió, aunque el gesto le pesaba en los hombros.

—Señor, yo también he tenido que mover ficha. Mi anonimato entre el servicio se ha quebrado; Betty me descubrió la otra noche, cuando tuve que intervenir para sacar a su novio de un aprieto.

—¿Confías en ellas para un asunto de este calibre, o nos estamos excediendo? —preguntó Lord Leonard, clavando su mirada en él.

—Descuide, señor. Pondría la mano en el fuego por su fidelidad. Es el momento de que nos demuestren que son capaces de estar a la altura de las circunstancias.

Lord Leonard guardó silencio, sopesando la apuesta de Peel. Finalmente, bajó el tono de voz.

—Está bien. Dime una cosa: ¿sabes qué le dijo ese hombre a Betty?

—Al parecer, el mensaje era directo: «Nos pondremos en contacto pronto; prepara el paquete». ¿Sabe usted, señor, a qué se refería con eso del paquete?

—No tengo nada más que decirte, Peel —sentenció Lord Leonard, poniéndose en pie—. Ya veremos qué ocurre esta noche. A partir de ahora, extrema las precauciones al seguir a las señoritas; mantén los ojos bien abiertos. Me retiraré a mi habitación a trabajar; no quiero que nadie me moleste.

  Peel asintió en silencio y abandonó el despacho. Al llegar a la cocina, se encontró con Agatha a solas. La mujer lo midió con la mirada antes de soltar un suspiro cargado de ironía.

—¡Vaya, hombre! Me equivoqué de medio a medio con usted, si es que ese es su verdadero nombre.

—Efectivamente, Agatha. Peel es mi nombre real.

—He vivido con el corazón en un puño por Helen —confesó ella, dejando un paño sobre la mesa—, y ahora resulta que tenía un guardaespaldas pegado a los talones. ¿Lleva mucho tiempo en esto?

—Desde que regresó de su viaje a España. Me contrataron para asegurar su integridad y decidimos que lo más eficaz era infiltrarme en el servicio como mayordomo.

  Agatha bajó la cabeza, algo avergonzada.

—Y pensar que le he hecho la vida imposible desde que llegó...

—No se preocupe —respondió Peel con una nota de calidez inédita—. Lo entiendo. Usted es la ama de llaves; de pronto le quitan responsabilidades y, para colmo, un extraño ocupa el lugar que antes tenía su marido. Comprendo perfectamente su incomodidad.

—¿Alguna vez me perdonará por todo lo que le hice pasar? —preguntó Agatha, con una nota de arrepentimiento que rara vez se permitía mostrar.

Peel le dedicó una inclinación de cabeza, casi solemne.

—Todo olvidado, Agatha. Agua pasada.

La mujer se acercó un paso más y bajó la voz; la rigidez de ama de llaves se desvaneció para dar paso al tono de una madre.

—Dígame la verdad, ahora que estamos en confianza... ¿Qué le pasa a mi niña? ¿En qué lío se ha metido Helen?

  Peel suspiró, dejando que la fatiga asomara por un segundo en sus ojos.

—Esa es la pregunta que le quita el sueño a Lord Leonard. No lo sé con exactitud. Mis vigilancias confirman que un coche negro no le quita el ojo de encima, y he detectado otros vehículos camuflados que rotan para no llamar la atención. Son profesionales, Agatha. Pero todavía no he podido averiguar quiénes son... ni qué demonios pretenden conseguir de ella.

—¿Y se encuentran ese «paquete» del que hablaba Betty? —preguntó Agatha, con la inquietud grabada en el rostro.

—Es posible —admitió Peel—, pero la única que tiene la respuesta es la señorita.

—Pes iré a hablar con ella para ver qué puedo sonsacarle.

  Peel la detuvo con un gesto severo.

—Mi deber es pedirte que no te entrometas, Agatha. Recuerda la reprimenda que te llevaste cuando enviaste aquel telegrama a Sharon sin consultar. Aun así... comparto tu curiosidad. Solo te pido que seas cauta. No preguntes directamente; espera a que ella hable. Si guarda silencio, no insistas.

—Una reprimenda no va a detenerme —replicó ella con firmeza—. Subiré a recoger el servicio y, de paso, soltaré un par de indirectas. Ya veremos qué pesco.

  Agatha entró en la habitación justo cuando Sharon le decía a Helen en un susurro cargado de veneno:

—Tu terquedad va a provocar una desgracia.

  Agatha dejó la bandeja con un ruido seco, rompiendo el momento.

—¿Podría saber a qué desgracia se refiere Sharon, Helen? —preguntó ella, con una calma inquisidora—. ¿Tiene algo que ver con ese coche frente a la puerta? Me resulta extraño que se haya puesto de moda vivir en un auto, en plena calle.

—¡Caramba! No me había dado cuenta... ¿Tú lo habías visto? —balbuceó Helen, intentando sonar casual.

—Es mejor que no contestes, Helen —la cortó la ama de llaves—, porque presiento que no vas a decirme la verdad. Sabes que soy como una madre; cuando te pasa algo, lo huelo. Sé que no has quitado el ojo a ese coche ni un segundo. ¿Qué quieren de ti esos hombres?

—No tengo ni idea de qué estás hablando —respondió Helen, aunque sus ojos seguían fijos en el cristal de la ventana, perdidos en el vacío.

—Ojalá pudiera creerte —suspiró Agatha—. Confía en mí, sabes que estoy aquí para escucharte y ayudarte en lo que necesites.

  Agatha permanecía rígida junto a la ventana, como un centinela, hasta que Helen se acercó y la apartó con un gesto cargado de ternura.

—Nanny, sabes que te quiero muchísimo —le dijo Helen con suavidad—, pero por favor, no te angusties así. ¡Escucha! Te prometo que, cuando volvamos de cenar, me sentaré contigo y te contaré todo lo que quieras saber. En cuanto a los tipos del coche... de verdad, no sé quiénes son ni qué pretenden.

  Agatha clavó entonces su mirada en Sharon, exigiéndole en silencio una explicación que pusiera luz a tanto misterio. Pero no obtuvo nada; la invitada parecía tan desconcertada como la propia Helen.

—Entonces —sentenció Agatha, soltando un as en la manga—, el asunto queda en manos de Peel. Esta misma noche se encargará personalmente de ir a hablar con ellos... o de llamar a la policía.

  Agatha sabía de sobra que Peel no daría un paso en falso sin órdenes, pero quería ver cómo reaccionaban. Si las chicas no soltaban prenda, quizás el miedo al mayordomo lo haría.

—¡Vaya! —exclamó Sharon con una pizca de ironía—. Qué valiente nos ha salido el mayordomo.

—No te burles, Sharon —cortó Helen con un tono inusualmente severo—. Peel es un hombre serio; si Agatha dice que va a intervenir, me parece bien. Quizá así esos tipos se larguen de una vez por todas.

  Sin esperar respuesta, Helen caminó con paso decidido hacia el armario, arrancó un vestido de la percha y se encerró en el baño. Apenas unos segundos después, su voz resonó desde el interior, cargada de una autoridad que no admitía réplicas:

—¡Prepárate, Sharon! ¡Nos vamos! Necesito aire fresco, Hyde Park... lo que sea. Siento que estas cuatro paredes se me echan encima; me asfixio aquí dentro.

  Sharon alzó las cejas, sorprendida por el arrebato de su amiga.

—¡Está bien, mujer! Iré a cambiarme.

  Se giró hacia el ama de llaves con una sonrisa forzada antes de salir de la habitación.

—Lo siento, Agatha, pero los planes han cambiado. Seguiremos hablando... en otro momento.

  Tras la marcha de Sharon, Agatha se sintió confundida; no había logrado nada, el asunto parecía realmente serio. Se quedó sola en medio del dormitorio, con el eco de las palabras de las jóvenes y el presentimiento de que, en lugar de aire fresco, lo que iban a encontrar en Hyde Park era un peligro mucho mayor.

  El trayecto hasta Hyde Park transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el rugido del motor. Una vez estacionaron, Sharon contempló el paisaje grisáceo con una mueca de desdén.

—¿Qué sería de Londres sin sus parques? —murmuró Sharon sin esperar respuesta—. Es una ciudad tan poco agraciada...

—Londres no se diseñó para la belleza, como París o Roma —respondió Helen mientras caminaban—, sino para el comercio. Nuestra arquitectura es sobria, casi utilitaria, pero mientras nos queden oasis como este, podemos darnos por satisfechas.

  Se acercaron al área de los oradores, donde los charlatanes y predicadores se desgañitaban sobre sus tarimas de madera. Helen se detuvo a escuchar un instante.

—No andan desencaminados —continuó ella—. Analizan las grietas que nos llevaron a la Gran Guerra del 14 y auguran que ya está germinando una todavía peor.

—No seas trágica —la interrumpió Sharon—. Yo tengo fe en nuestros políticos. ¿Acaso tú no?

  Helen soltó una risa seca, carente de alegría.

—¡No, Sharon! Muy pocos cuentan con mi beneplácito. Su política hace aguas por todos lados, como un calcetín viejo. Están más preocupados por sus sillones que por el destino del pueblo; para ellos, solo somos corderos esperando el turno del sacrificio.

—Vaya... deberías subirte tú también a una plataforma y dar un discurso sobre tu inconformismo —ironizó su amiga.

—No tengo vocación de mártir, Sharon. Les dejo ese trabajo a mi padre y a sus colegas del Parlamento. Pero que no sea política no significa que sea ciega a lo que nos rodea... como pareces serlo tú.

—¡Está bien, mujer! No voy a discutir de política contigo. Caminemos y disfrutemos de la naturaleza.

  Helen no respondió. Se dejó caer en el primer banco libre, absorta en el murmullo de las damas distinguidas que se mezclaba con los gritos ininteligibles de los mítines. Tenía la certeza de que la cena de esa noche marcaría un punto de no retorno en su vida. Mientras otros hacían oídos sordos a los nubarrones de guerra, aquellos oradores callejeros daban voz a una verdad incómoda.

  Miró de reojo a Sharon y se preguntó en qué bando encajaría ella cuando todo estallara. «Espero estar equivocada», pensó Helen con un escalofrío. «De verdad espero estarlo».

  Sharon, ajena a la gravedad del momento, extendió su pañuelo sobre la hierba con delicadeza y se sentó sobre él. No era fatalista; los discursos de los charlatanes le resbalaban como la lluvia. Ella prefería habitar en sus sueños quiméricos y sus ideales utópicos. Sin embargo, algo rompió su burbuja: la punzada de sentirse observada.

  Discretamente, Sharon buscó la mirada de Helen y señaló con un leve gesto de cabeza hacia un banco a su derecha. Allí, dos hombres las observaban con una fijeza gélida. La agradable belleza del parque se marchitó al instante.

—Vámonos de aquí —instó Sharon, poniéndose en pie de un salto.

  Caminaron a paso lento, fundiéndose entre la multitud pero sin separarse ni un centímetro, sintiendo el peso de aquellas miradas en la nuca. Una vez a salvo tras el blindaje de las puertas del coche, Sharon estalló:

—¡Helen, no puedo más! Tenemos que actuar. Voy a enfrentarme a ellos ahora mismo y averiguar qué demonios quieren.

—No te impacientes —la frenó Helen, manteniendo la calma—. Esperaremos a que anochezca. Habrá tiempo para lo que tengas que decir, pero no ahora. Si tuvieran el más mínimo interés en hablar, ya se habrían acercado.

—Me gusta sentirme libre —protestó Sharon, apretando los puños sobre el volante—. Saber que cuando salgo de casa soy una persona corriente, sin que nadie intente intimidarme.

Helen no respondió; se limitó a accionar el pestillo del coche, asegurándolo con un chasquido seco. Sabía que la libertad era un lujo que, estaba a punto de agotarse.

—Lo que pides es un imposible, Sharon: negarse a la realidad —sentenció Helen mientras el coche devoraba la distancia hacia casa—. No puedes salir a la calle esperando que el mundo no te afecte; si lo hicieras, acabarías encerrada en ti misma, como me ocurrió a mí. No te deseo el infierno mental en el que yo habito.

  Al cruzar el umbral de la casa, el silencio habitual había sido sustituido por un murmullo de voces graves. Betty apareció de inmediato para recoger sus abrigos y sombreros, colgándolos en el pesado perchero barroco del recibidor. Con un gesto cómplice, les informó de que Lord Leonard no estaba solo; había visitas en la biblioteca.

  Helen y Sharon intercambiaron una mirada eléctrica. «Vienen a por el manuscrito», pensaron al unísono.

  Entraron en la biblioteca, donde el aroma a cuero y tabaco flotaba en el aire. Lord Leonard, apoyado con elegancia en su bastón de empuñadura de marfil, permanecía junto a la chimenea observando cómo las ramas de roble se consumían entre chispas y resplandores. En el sofá, un hombre y una mujer de porte aristocrático sostenían sendas copas de Oporto, charlando con una confianza que denotaba años de trato.

  Al ver a su hija, Lord Leonard se irguió, recobrando su impecable compostura.

—Lo siento, querida. No te avisé de que tendríamos compañía; pensaba que almorzarías fuera —se disculpó, aunque sus ojos escudriñaban la reacción de Helen—. Permíteme presentarte a mis invitados: la señorita Margaret Bondfield y el señor Clement Richard Attlee, líder del Partido Laborista.

—Es un placer conocerles —respondió Helen, dibujando una media sonrisa de cortesía.

—El placer es mío, señorita Spencer —repuso Clement Richard Attlee mientras le estrechaba la mano. Era un hombre de rasgos enjutos, con un bigote castaño bien recortado y una calvicie que le daba un aire profesoral; de hecho, parecía más un erudito de despacho que un líder político. Sin embargo, tras sus gafas, sus ojos claros observaban con una precisión gélida. Su autoridad no residía en el volumen de su voz, sino en un silencio pausado, solo interrumpido por el rítmico chasquido de su pipa, que manejaba con la parsimonia de quien dispone de todo el tiempo del mundo para tomar la decisión correcta.

  Junto a él, la señorita Margaret Bondfield destacaba por una belleza curtida, de baja estatura, pero con una presencia que llenaba la habitación y un aire levemente masculino que delataba una vitalidad inagotable. Su voz, cálida y profunda, llenaba la estancia. Clement desvió entonces su expresivo rostro hacia el dintel de la puerta, donde Sharon permanecía apoyada, observando la escena.

—Y usted, señorita... Temo que no hemos sido presentados —aventuró Clement, sosteniéndole la mirada.

—Discúlpeme, qué descuido por mi parte —intervino Helen de inmediato—. Le presento a la señorita Sharon Hunter; nos honra con su compañía esta temporada.

—Un ángel, sin duda. Es un placer, señorita Hunter —murmuró él con una inclinación.

—Es usted muy amable, señor Richard —respondió ella, acompañando sus palabras con un leve y medido cabeceo.

Helen, detectando que el ambiente se volvía demasiado denso, intentó cortar la reunión:

—Siento que tengamos que dejarlos ahora que la charla se animaba, pero imagino que tienen asuntos pendientes...

  No terminó la frase. Peel entró en la biblioteca con una reverencia casi imperceptible, escoltando al Conde de Bewdley, Stanley Baldwin, el ex primer ministro. Su sola presencia era la personificación de la respetabilidad: de hombros anchos, rostro rubicundo y una mirada que transmitía la paz del campo inglés. Era el tipo de hombre que jamás daría un disgusto a su esposa; amable y buen padre, pero con una parsimonia que en esos tiempos de amenaza de guerra se antojaba carente de ese fuego que acelera el pulso.

—¡Conde de Bewdley! ¡Qué alegría que haya venido! —exclamó Helen con entusiasmo sincero.

—Siempre es un placer volver a esta casa, querida Helen —dijo Stanley con voz pausada—. Desde que dejé Downing Street no he tenido muchas ocasiones... Nos has sido de gran utilidad durante mucho tiempo.

—No se lo crean —bromeó ella—, no estaría aquí si fuera cierto.

—Tan audaz como de costumbre. ¿Saben? —dijo el Conde a los demás—. Con solo dieciséis años, Helen tuvo la valentía de señalarme mis propios errores. Me dijo que estaba demasiado absorto en minucias como para ver que Alemania extendía sus alas de buitre sobre sus vecinos. Creo, Margaret, que si la entrenáramos, sería la gran dama política a la que todos temeríamos en el Parlamento.

—Soy enemiga acérrima de la ociosidad —añadió Margaret con firmeza—. Me agrada ver espíritus renovadores en nuestras filas.

—Se lo agradezco, señorita Margaret —concluyó Helen—, pero la política se la dejo a ustedes. Aun así, cuenten conmigo para cualquier cosa que aporte estabilidad y progreso al Reino Unido. En eso, siempre estaré a su disposición.

—Y ahora que me fijo... ¿Quién es esta belleza? —preguntó el Conde, volviendo su atención hacia la joven que aguardaba junto a la puerta.

—Una amiga de la familia, Stanley: la señorita Sharon Hunter.

—¡Encantado, señorita Hunter! —exclamó él, entornando los ojos como si buscara un archivo en su memoria—. Hunter... Hunter... ¡Ah! Conozco a su padre; ¡es un arquitecto magnífico! Por cierto, ¿cuándo piensa regresar a Inglaterra?

—No tienen intención de hacerlo, señor —respondió Sharon con cortesía—. Se sienten muy cómodos con su nueva vida.

El Conde asintió, aunque se percibía una sombra de decepción en su rostro.

—En ese caso, cuando regrese a casa, dele mis saludos. Anímelo a que vuelva a Londres y venga a verme. Necesitamos hombres inteligentes como él en estos tiempos.

—Me temo que le gusta demasiado su trabajo en Washington —repuso Sharon—. Goza de gran prestigio allí; ha realizado proyectos para la Casa Blanca y no me sorprendería que terminara dedicándose a la política. Al parecer, ya ha trasladado todas sus pertenencias desde su antigua residencia en Roma.

—Es una lástima —suspiró el Conde—. Pero cada uno elige su destino. En cualquier caso, hágale saber que lo recordamos.

Helen, sintiendo que la red de conexiones se volvía demasiado estrecha, intervino para liberar a su amiga:

—Si nos disculpas, Stanley, estábamos despidiéndonos de los caballeros justo cuando llegaste. Os dejaremos a solas para que continuéis con vuestros asuntos de Estado.

—¡Un momento! —la detuvo el Conde con un gesto autoritario pero amable—. No te quitaré mucho tiempo, querida. Entiendo que hoy tienes una cita de suma importancia con Walter Gallichan y Edwin T. Woodhall.

Helen sintió que el aire de la biblioteca se volvía gélido. Aquellos no eran nombres de simples invitados; eran hombres que cargaban con el peso de los secretos más oscuros de Scotland Yard.

—Intuyo que mi padre no te oculta nada, Stanley —replicó Helen con una calma gélida—. Es cierto: Gallichan y Woodhall serán nuestros acompañantes esta noche.

Clement Richard se inclinó hacia delante, con los ojos brillando de curiosidad.

—Qué interesante, ¿hay alguna intriga? —preguntó Richard.

—¿Por qué tendría que haberla, Clement? —soltó Helen. La pregunta quedó suspendida entre ambos, pesada como un veredicto. Margaret Bondfield rompió el silencio con una risa seca, un chasquido de incredulidad que cortó el aire.

—Sé de buena tinta que Woodhall no suele cenar en compañía femenina. —terció Margaret, clavando la mirada en Helen—. Todos sabemos lo mucho que se violenta en nuestra presencia; lo digo por experiencia propia.

  Hizo una pausa deliberada, dejando que su escepticismo llenara el hueco.

—Se pone muy nervioso, por lo cual me extraña que aceptara cenar en compañía femenina. ¿Acaso es una orden directa del Alto Comisario, como fue mi caso, o es que están bajo investigación? ¿Cuál de las dos, señoritas?

Sharon, lejos de amilanarse, sostuvo el envite con una sonrisa audaz:

—Quizá haya oído que somos la cura para su timidez. O simplemente aceptó porque su amigo Walter se lo pidió.

—¿Conoces a Gallichan? —preguntó Margaret, arqueando una ceja.

—Perfectamente, señorita Bondfield. Es un hombre de mi entera confianza y, para más señas, un caballero impecable.

Clement Richard asintió, dando un sorbo a su Oporto.

—Es bueno que piense así, señorita Hunter. Ese hombre siempre nos ha resultado... extremadamente útil.

—Bueno, ahora que su curiosidad ha sido satisfecha —sentenció Helen con una elegancia gélida—, nos retiraremos. Les deseamos una agradable tarde.

En cuanto la pesada puerta de la biblioteca se cerró tras ellas, el ambiente se volvió denso y profesional. Clement Richard dejó su copa de Oporto y clavó la mirada en su anfitrión.

—Leonard, volvamos al asunto que nos ha traído hoy aquí —dijo Clement con voz grave—. ¿Has descubierto ya qué es lo que tanto nos preocupa de tu hija?

—Ya os lo dije: está pasando por un mal momento —respondió Lord Leonard, esquivando la pregunta.

Margaret Bondfield soltó una risa escéptica mientras se ajustaba los guantes.

—Nadie lo diría, Leonard. No parece estar tan "afectada" como sugieres. Al contrario, se la ve más aguda que nunca.

—Puede que te parezca inverosímil, Margaret, pero para mí también lo es —admitió Lord Leonard, apoyándose con cansancio en su bastón—. Y respecto a esa sospecha de si transportó desde España algo que no le pertenecía... no me ha contado nada. Tampoco creo que se lo haya confesado a su amiga; de ser así, Sharon me lo habría dicho.

Clement se levantó, dando por terminada la reunión.

—Esperamos que nos mantengas informados si descubres algo, Leonard. Por tu bien y el de todos. Ahora, si nos disculpas, Margaret y yo tenemos mucho trabajo por delante. Nos vemos mañana en el Parlamento. ¡Ah! Y felicita a tu cocinera; el refrigerio estaba exquisito.

  Lord Leonard llamó al mayordomo, quien ayudó a los invitados con sus abrigos y los escoltó hasta el coche que aguardaba en la entrada. Una vez que el eco de los motores se desvaneció, el silencio de la biblioteca se volvió asfixiante. Stanley se volvió hacia su viejo amigo con una mirada que no admitía más rodeos.

—No vas a decirme lo mismo que a ellos, Leonard —sentenció el conde—. Conozco a tu hija. Sé que es perfectamente capaz de traer ese paquete, esconderlo y entregarlo cuando le plazca. ¿Qué fue lo que la impulsó a hacernos el favor de introducirlo en el país?

—No te equivoques, Stanley —replicó Leonard con voz sombría—. Helen no le hizo un favor a nadie más que a nosotros y a la Corona británica.

  Stanley suspiró, apoyando las manos en el respaldo de un sillón de cuero.

—Leonard, sabes que siempre he confiado en ti y valoro tu lealtad por encima de todo, pero mi visita no es una cortesía social. Chamberlain me ha llamado personalmente; sabe que eres mi colaborador más fiel y está nervioso. Los españoles nos están estrechando el cerco. Insisten en que el paquete lo trajo tu hija y exigen su devolución inmediata.

  El conde se inclinó hacia delante, bajando la voz.

—Nos amenazan con abandonar su neutralidad y apoyar abiertamente a Alemania. Entenderás que, en el clima actual, eso es algo que no nos podemos permitir. Sería el desastre.

Lord Leonard guardó silencio, perdiendo la vista en el rescoldo de las brasas antes de hablar.

—Lamento las implicaciones, Stanley, pero te diré lo mismo que a él: ¿y si ella ya no lo tiene? —Su voz bajó de tono, cargada de una urgencia sombría—. ¿Qué demonios hacemos entonces?

—Scotland Yard la ha seguido desde que puso un pie en el puerto —reveló Stanley con gravedad—. Sospechan de sus contactos en España y saben que oculta información clasificada. Chamberlain me pidió que hablara contigo porque sabe que, si tú se lo pides, ella no podrá negarlo.

  Lord Leonard suspiró, derrotado por la evidencia.

—Está bien. Es cierto. No lo niego: ella lo tiene.

—Dámelo, entonces. ¿Podrías entregárselo a Chamberlain?

—¡Es imposible! —exclamó Leonard—. Helen ni siquiera me lo ha enseñado. Dice que lo ha puesto a buen recaudo, en un lugar que solo ella conoce.

  Stanley golpeó el suelo con su bastón, indignado.

—Tu hija está actuando con una temeridad absoluta, Leonard. Se está oponiendo frontalmente al Gobierno, y sabes perfectamente lo grave que es eso.

—No seas tan severo, Stanley. Cuando le sugerí entregarlo al consulado, ella temió que hubiera topos infiltrados. Cree que, si lo entrega allí, el paquete nunca llegará al alto mando español.

—No es tonta —admitió el conde—, pero debe dárselo al Primer Ministro.

—A mí no me escuchará. Tendría que ser el propio Chamberlain quien se lo exigiera en persona.

—Organizaremos un encuentro informal para no levantar sospechas —concluyó Stanley—. Pero dime... ¿sabes al menos qué contiene ese maldito paquete?

—Al parecer, se trata de un manuscrito y correspondencia privada.

—¡Vaya! Tanto estrépito por un montón de papeles viejos. Me marcho, Leonard, pero no lo olvides: prepara a Helen para lo que viene.

—Gracias por la visita, Stanley. Y la próxima vez, vuelve como amigo, no como mensajero de nadie.

  Stanley abandonó la mansión y subió a su coche oficial. Apenas habían avanzado un par de calles cuando el chófer miró por el retrovisor con el ceño fruncido.

—Señor, un coche nos sigue desde que salimos de casa de Lord Leonard. ¿Quiere que intente despistarlos?

—¡No, Blak! Deja que nos sigan —ordenó Stanley con una calma gélida—. Dirígete directamente al número 10 de Downing Street, a la residencia del Primer Ministro.

  Blak obedeció sin rechistar. Al detenerse frente a la famosa puerta negra, uno de los agentes de guardia se acercó al vehículo con paso firme.

—¿Le espera el Primer Ministro, señor? —preguntó, reconociendo de inmediato al pasajero.

—No exactamente —respondió Stanley—, pero me pidió que acudiera en cuanto tuviera noticias.

  El agente entró en la residencia y regresó casi al instante, abriendo la puerta del coche con deferencia.

—El Primer Ministro Chamberlain le recibirá ahora mismo, Conde de Bewdley.

  Antes de apearse, Stanley se inclinó hacia su chófer.

—Blak, regresa en quince minutos. Da un par de vueltas a la manzana y presta mucha atención a cada movimiento del coche que nos sigue. Quiero saber exactamente qué pretenden.

  Blak asintió con gravedad y arrancó de inmediato mientras Stanley cruzaba el umbral del poder. Una vez en el despacho, Neville Chamberlain levantó la vista de sus documentos, visiblemente sorprendido por la rapidez de la visita.

—¡Vaya, Stanley! Veo que me traes noticias puntuales sobre el encargo que te hice —dijo Chamberlain, señalando una silla frente a él—. Supongo que no vienes con las manos vacías.

—¡En efecto! —confirmó Stanley—. Sus sospechas eran certeras: Helen trajo el paquete de España.

—¿Lo has visto? ¿Qué contiene exactamente? —inquirió Chamberlain, inclinándose sobre su escritorio.

—Ni siquiera Leonard lo ha visto, señor. Ella se lo oculta. Al parecer, solo ha confesado que se trata de un manuscrito y correspondencia privada.

  Chamberlain golpeó la mesa con impaciencia.

—Leonard tendrá que convencerla de que nos lo entregue.

—Lo dudo. Conociéndola, no cederá fácilmente. Su actitud es enigmática; teme que el consulado español esté comprometido y que la información nunca llegue a manos limpias.

—¿El cónsul bajo sospecha? ¿Incompetencia o traición? —Chamberlain frunció el ceño—. Es una acusación grave.

—Tan grave como el hecho de que me hayan seguido varios hombres desde que salí de casa de los Spencer —añadió Stanley—. Alguien tiene mucho interés en que esos papeles no lleguen a usted.

Chamberlain guardó silencio un instante, procesando la magnitud del problema.

—Hablaré con el Alto Comisionado para que la investigación prosiga.

—¿No sería más sencillo pedírselo directamente a la señorita Spencer? —sugirió Stanley—. Es una mujer razonable y siente una verdadera admiración por usted. Si organiza una reunión informal e invita a Leonard, a su hija y a la señorita Sharon, estoy seguro de que ella le entregaría el manuscrito sin preámbulos.

  Stanley hizo una pausa antes de soltar el último aviso:

—Por cierto, Clement Richard y Margaret Bondfield estaban allí husmeando. Se marcharon sin estar convencidos de las negativas de Leonard. Necesitamos su apoyo, y sus informantes son los mejores de Londres.

  Chamberlain suspiró, asumiendo el envite.

—Consideraré su sugerencia, Stanley, aunque detesto estar a merced de las circunstancias. Necesitamos que España se mantenga neutral si el conflicto con Alemania estalla. Debemos asegurar esa frontera a toda costa.

—Empiece por tranquilizar al embajador Jordana —concluyó Stanley—. Dígale que el paquete está localizado y que se le entregará en cuanto obre en su poder. Eso le ganará el tiempo necesario para entrevistarse con Helen.

—Buena idea. Gracias por el consejo, Stanley. Mantengámonos en contacto.

  Tras una breve despedida, Stanley recuperó su bombín y subió al coche. Blak, que había regresado puntualmente, mantenía la vista fija en el retrovisor.

—¿Y bien, Blak? ¿Qué fue de nuestros amigos del coche negro?

—Nada, señor; salió detrás de mí, pero al dar la vuelta a la manzana se fue por otra calle. Solo querían marcar el territorio, señor. ¿A casa ahora?

—Sí, Blak. Hay mucho que procesar.

  Mientras tanto, en el número 10 de Downing Street, el teléfono de Shaw, el Alto Comisionado, no dejaba de sonar.

—Shaw, sobre el paquete... Tenía razón —sentenció Chamberlain—. Stanley acaba de confirmar que Helen Spencer lo tiene.

—¡Maldita sea! ¡Entonces Arthur nos engañó y se burló de mis hombres en sus narices! —rugió Shaw.

—Eso parece. Stanley sugiere que hable con ella personalmente. ¿Qué opinas?

—Es una buena idea, aunque tengo entendido, por lo que me ha dicho Veil, que Woodhall cena esta noche con unas señoritas y el periodista Gallichan. Creo que podríamos esperar y ver qué sucede, porque me da el presentimiento de que una de ellas es la hija de Lord Leonard.

—¡Descubra lo de Woodhall con esas señoritas!

—Si se trata de Helen, en el momento en que sepa su nombre se acordará del caso y pondrá en marcha su olfato de sabueso. No olvide, Arthur, que es uno de los mejores investigadores.

—Entonces esperaremos para ver qué pasa.

—Es lo mejor, Arthur; ya te comunicaré lo que acontezca.

  Shaw colgó el teléfono. Se quedó como abstraído, pensando en lo que podría suceder. Mientras tanto, en la mansión de los Spencer, el tintineo de las tazas de porcelana marcaba la hora del té. Lord Leonard observaba a su hija con una mezcla de orgullo y temor.

—¿Qué chismorreáis? —preguntó Lord Leonard.

—De esa visita tan "oportuna" que has tenido, papá —respondió Helen, arqueando una ceja.

—Era una comida de trabajo pendiente, Helen. No podía cancelarla sin levantar sospechas; esos dos ya andan con la mosca detrás de la oreja.

—A mí me da el cuerpo que han venido por otra cosa —insistió ella, dejando la taza sobre el plato—. Todos te preguntan por el paquete, incluido Stanley. ¿Verdad?

Lord Leonard suspiró, rindiéndose ante la agudeza de su hija.

—No debemos subestimar a Clement y Margaret; tienen informantes en cada rincón de Londres y huelen la sangre. En cuanto a Stanley... venía de parte del Primer Ministro. Para mí, Helen, la seguridad de este país es lo primero. No lo olvides.

—No te culpo por priorizar al país, papá —admitió Helen. Sostuvo la mirada de su padre con una calma que empezaba a resultar inquietante—. Pero me pregunto qué es lo que busca realmente el Primer Ministro.

—Saber qué contenía el paquete y, sobre todo, quién te lo entregó —respondió Lord Leonard con firmeza.

—Así que era eso. ¿Le dirías que no lo tengo a mano?

  Lord Leonard se removió en su asiento, escandalizado.

—¿Qué estás insinuando, Helen? ¿Acaso pretendes negárselo al mismísimo Primer Ministro?

—¡No, por Dios! —exclamó ella, con una chispa de rebeldía en los ojos—. Pero exijo que me lo pida él mismo, cara a cara. Solo entonces... ya veré. Necesito que me garantice que se cumplirá la voluntad de su verdadero dueño.

—¡Espero haberte entendido mal, hija! —tronó Leonard, incapaz de dar crédito a la audacia de la joven.

—No te preocupes, papá. Lo entenderás todo a su debido tiempo.

Sharon, que hasta entonces había permanecido en un discreto segundo plano, intervino con una sonrisa enigmática:

—Déjela, Lord Leonard. No hay nada que hacer con ella cuando se pone así; está decidida a seguir su propio camino.

  Helen se puso en pie, alisándose el vestido.

—No tengo nada más que decir. Disculpadme, pero debo prepararme. El reloj no se detiene y la noche promete ser larga. Nos vemos en un momento, Sharon.

  Helen abandonó el jardín y se refugió en su dormitorio. En el baño, el rumor del agua llenando la tina rompió el silencio de la estancia mientras ella vertía el contenido de un frasco de cristal tallado. Se despojó de sus ropas con lentitud, deteniéndose un instante frente al espejo para contemplar su propia figura, antes de sumergirse en la calidez del agua.

  La espuma, densa y blanca, cubrió su cuerpo gradualmente. El vapor transportaba el aroma de las sales de lavanda, una fragancia que parecía disolver la tensión de sus músculos y la fatiga de su mente. Allí, en la penumbra del baño, el mundo exterior —los espías, el manuscrito y las presiones de su padre— parecía quedar al otro lado de una puerta infranqueable.

  Tras el baño, se secó la piel con una toalla de hilo y aplicó un aceite de perlas con sutiles notas de salvia y menta. El frescor del perfume le devolvió la firmeza y la vitalidad necesarias para la noche que se avecinaba. Helen se sentía renovada, lista para enfrentarse al escrutinio de los mejores sabuesos de Londres.

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